Donde enterramos agosto 38 La última tarde de Nicolás
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38 La última tarde de Nicolás

Nicolás imprimió tres copias de su confesión porque desconfiaba de cualquier plan que dependiera de un solo objeto.

La primera la guardó dentro de una carpeta azul junto con los documentos de Andrés Valdés.

La segunda la dobló y metió en un sobre sin nombre.

La tercera quedó en la mochila, entre apuntes universitarios y una camiseta limpia, como si la normalidad del resto pudiera protegerla.

Había pasado la noche anterior corrigiendo fechas, eliminando exageraciones y añadiendo aquello que más vergüenza le producía.

No quería escribir una versión heroica. Sabía que si algún día alguien leía aquellas páginas, lo importante no sería demostrar que había intentado arreglarlo, sino admitir que primero había ayudado a que ocurriera.

Nicolás fue primero a la tienda de reprografía.

Entregó dos documentos a un empleado y pidió que escaneara uno en un CD.

No utilizó su nombre. Pagó en efectivo. La cámara exterior lo fotografió al salir porque el propietario acababa de instalar un sistema barato tras varios robos.

Esa imagen terminaría en el archivo de Clara muchos años después.

En aquel momento era solo un chico con una carpeta bajo el brazo y la sensación de que todo estaba avanzando demasiado deprisa.

A las once se reunió con Héctor Garmendia en una cafetería próxima a la estación.

El periodista había llegado desde Oviedo con una libreta y ninguna intención de prometer nada.

Escuchó durante casi una hora la historia de Mateo Sampaio, la obra, el encubrimiento y la desaparición de Irene.

Nicolás no dijo dónde estaba Irene. Ni siquiera confirmó que siguiera viva.

Mostró una certificación de obra y el registro de pagos donde aparecía una empresa portuguesa subcontratada.

Garmendia explicó que aquello demostraba relaciones comerciales, no un cadáver oculto.

Necesitaba un testigo, una inspección física o documentos internos capaces de conectar a Esteban y Álvaro con una decisión posterior al accidente.

Nicolás le habló entonces de Daniel. Dijo que podía tener una copia de un libro de incidencias que su padre había sacado de Mirador antes de que la obra se paralizara.

Garmendia preguntó por qué Daniel ayudaría.

Nicolás respondió que porque estaba asustado.

No añadió que también sentía desprecio por él.

Daniel había sido su amigo. Había dejado el plano de Mirador sobre su moto y después había vuelto a refugiarse bajo la autoridad de Esteban.

Para Nicolás aquella mezcla de ayuda y cobardía resultaba casi más difícil de perdonar que una traición limpia.

El periodista le pidió que no fuera solo.

Nicolás prometió que Gael estaría pendiente.

Era una media verdad. Había hablado con Gael y sabía que estaba en Oviedo.

No quería esperar porque Irene podía viajar en menos de dos días.

Si conseguía una prueba suficiente, la declaración de ella tendría un soporte externo.

Si no, su regreso podía convertirse en otra palabra contra un aparato policial que ya había demostrado lo que sabía hacer con las palabras.

Después de la reunión llamó a Clara. No respondió.

Llamó a Tomás. Le pidió que no moviera la cinta 42 de donde estuviera y que hiciera una copia si podía.

Tomás preguntó qué estaba pasando. Nicolás dijo que por fin iban a terminarlo.

La frase sonó más segura de lo que se sentía.

A Marcos no lo llamó. Habían discutido dos días antes porque Marcos seguía negando que hubiera conservado parte del archivo.

A Eva le envió un mensaje corto: «Si te preguntan por la cámara, no vuelvas a mentir por mí».

Ella contestó con un insulto y después: «¿Qué estás haciendo? » Nicolás no respondió.

Daniel cambió el lugar de la cita a las cuatro menos veinte.

El mensaje decía que no podían verse cerca de su casa ni en el centro.

Propuso una caseta de mantenimiento junto a los terrenos occidentales de Mirador, una instalación que había quedado fuera del perímetro principal después de que la urbanización se paralizara.

Nicolás reconoció el lugar. De adolescentes habían pasado cerca en moto.

Recordaba un edificio bajo de hormigón, dos depósitos y una puerta metálica siempre cerrada.

Preguntó por qué allí. Daniel respondió: «Porque mi padre no va».

Nicolás estuvo a punto de cancelar. En cambio, dejó el mensaje a Gael y condujo hacia la zona industrial.

Antes de entrar, aparcó a unos trescientos metros.

Guardó una de las copias de la confesión dentro del hueco de la rueda de repuesto.

Sacó el CD de la reprografía y lo escondió detrás del revestimiento lateral del maletero.

El plan tenía más miedo que sofisticación: la clase de precauciones que adopta quien ha visto demasiadas películas y, por una vez, tiene motivos reales para temer.

La tercera copia siguió en su mochila. A las cinco y cincuenta y siete empezó a caminar hacia la caseta.

Daniel ya estaba allí. Había llegado en el coche de empresa de su padre y fumaba junto a la puerta.

Nicolás nunca lo había visto fumar antes.

El gesto le pareció una confesión por sí mismo.

Entraron. El edificio olía a humedad, gasóleo y metal oxidado.

La sala principal contenía un cuadro eléctrico, tuberías gruesas y una bomba antigua que ya no funcionaba.

Una segunda puerta conducía a una escalera descendente.

Daniel dijo que las galerías inferiores estaban clausuradas.

Nicolás pensó en Irene, en una habitación sin ventanas y en la facilidad con que una obra abandonada podía esconder más de una cosa.

Daniel llevaba una carpeta de plástico. Dentro había fotocopias de varias hojas manuscritas y una cinta de microcasete.

Explicó que su padre guardaba en un armario cerrado documentos que nunca llegaron al expediente oficial de Mirador.

El libro de incidencias registraba un accidente el 17 de noviembre de 2007 en la galería tres.

Un trabajador había quedado atrapado tras un desprendimiento.

La anotación siguiente ordenaba detener trabajos y avisar a dirección.

La página posterior había sido arrancada del original.

Daniel había encontrado una copia fotográfica entre papeles de Esteban.

En el margen aparecían las iniciales AS, ER y RV: Álvaro Soria, Esteban Rivas y Ricardo Vega.

La cinta era más delicada. Daniel había escuchado solo los primeros minutos.

Según creía, Ricardo había grabado una conversación entre Esteban y Álvaro Soria: hablaban de mover «el problema» antes de una inspección y de cerrar una galería.

Mateo no era nombrado en el fragmento conocido.

Nicolás sostuvo el microcasete entre dos dedos.

Tal vez no bastara para condenar a nadie, pero obligaría a mirar donde hasta entonces todos habían evitado mirar.

—¿Por qué me das esto? —preguntó Nicolás.

Daniel tardó en contestar. —Porque no quiero que Irene vuelva.

Nicolás creyó que estaba protegiendo a su padre, hasta que Daniel negó con la cabeza.

Si Irene reaparecía públicamente, dijo, Esteban no se limitaría a desmentirla.

Reaccionaría. Llevaba meses hablando de ella como de una amenaza abierta.

Daniel quería que los documentos salieran por otra vía y que Irene permaneciera lejos mientras ocurría.

—Eso tiene otro nombre —dijo Nicolás—. Cobardía.

Daniel aceptó la palabra. —Sí. Le tengo miedo.

Tú también deberías. Le recordó agosto: nadie había planeado secuestrar a Irene y, sin embargo, bastó una llamada para que Esteban transformara el pánico de ocho jóvenes en un sistema.

Desde entonces todos se repetían que podrían dejar de obedecer cuando quisieran.

Daniel ya no estaba seguro de que fuera verdad.

—No me hables como si fueras distinto —continuó Daniel—.

Tú limpiaste sangre. Tú repetiste lo del acantilado.

Y ahora nos miras como si hubieras llegado antes que nadie a la parte buena de la historia.

Nicolás dio un paso hacia él y se detuvo.

La acusación dolía porque no era una mentira.

Su confesión existía precisamente para admitir eso: había participado en el daño antes de intentar repararlo.

Daniel pidió una sola cosa a cambio de la cinta: que Nicolás convenciera a Irene de esperar.

Que enviaran los documentos a Madrid, usaran abogados, hicieran cualquier cosa que no la pusiera de nuevo delante de Esteban.

—No puedo decidir por ella. —Llevamos meses haciéndolo —respondió Daniel—.

Tú también. La frase dejó a Nicolás sin réplica inmediata.

Gael quería protegerla. Samuel quería esconderla.

Él quería convertir su regreso en el cierre de una historia.

Ninguno sabía todavía cuánto de todo aquello pertenecía de verdad a Irene.

A las seis y treinta y cuatro Nicolás miró el teléfono.

No tenía cobertura suficiente dentro del edificio.

Salió unos metros y envió a Gael dos letras: DR. Intentó llamar después, pero la llamada no se completó.

Regresó. Daniel estaba escuchando la cinta con unos auriculares pequeños.

Había llegado a un fragmento que no conocía.

Le hizo una señal para que oyera. La grabación tenía ruido, pero una voz masculina reconocible decía que la galería debía quedar sellada antes de que los técnicos de seguridad volvieran.

Otra voz preguntaba qué harían con el portugués.

La respuesta no se entendía completa. Se oía: «ya no hay nada que hacer» y después «nadie baja».

Nicolás sintió una mezcla de alivio y horror. Por fin tenían algo. No una teoría. No un recuerdo adolescente. Una voz. Daniel arrancó los auriculares y dijo que debían irse. Había escuchado un coche sobre la grava exterior. Nicolás miró el reloj. Las seis y cuarenta y nueve.

Daniel apagó la luz principal. Permanecieron unos segundos en silencio.

A través de una pequeña ventana alta se proyectaron dos haces de faros.

El vehículo se detuvo frente a la caseta.

Nicolás preguntó quién sabía que estaban allí.

Daniel no respondió. Su rostro había cambiado.

La valentía limitada que le había permitido robar documentos desapareció y volvió a ser el muchacho de agosto de 2009 esperando que alguien mayor decidiera qué hacer.

—Daniel.

—Yo no le dije este sitio.

La frase resultó peor que una confesión.

Significaba que sí había hablado con alguien.

Quizá había dicho que se reuniría con Nicolás.

Quizá Esteban había seguido el coche. Quizá todo el encuentro había sido permitido para saber qué documentos pretendían sacar.

Nicolás guardó la cinta en el bolsillo interior de la chaqueta y tomó la carpeta.

Miró la puerta de la escalera descendente.

Daniel negó con la cabeza. Las galerías estaban cerradas y podían quedar atrapados.

La puerta exterior se abrió antes de que pudieran decidir.

Esteban Rivas entró sin prisa. No llevaba uniforme.

Vestía un abrigo oscuro y guantes de cuero.

Observó primero a su hijo, después la carpeta en manos de Nicolás y finalmente el pequeño reproductor sobre la mesa.

Su expresión confirmó una sospecha; no había sorpresa en ella .

Nicolás comprendió entonces que Daniel no era el problema más peligroso de aquella habitación.

También comprendió que había cometido exactamente el error que todos le habían pedido evitar: había acudido solo a un lugar elegido por otra persona creyendo que una prueba podía protegerlo por el simple hecho de existir.

Esteban cerró la puerta detrás de sí.