40 Bajo Mirador de Lúa #2
Marta solicitó al juzgado ampliación inmediata de la orden para incautar servidores, registros de acceso y documentación de Rivas Infraestructuras.
Mientras esperaban, el equipo abrió la puerta de acero utilizando herramientas.
Detrás había una cámara más grande que la habitación de Irene.
Una silla metálica estaba atornillada al suelo.
Frente a ella, un soporte vacío para cámara.
En una pared había un colchón fino. En otra, una mesa con restos de comida envasada.
El espacio estaba limpio de una manera reciente y apresurada.
Faltaban objetos que habían dejado marcas claras: un monitor rectangular, una caja, quizá un pequeño frigorífico.
Vera reconoció la pared del vídeo de Clara por una grieta vertical que aparecía detrás de su hombro. También reconoció la pata de la silla. Durante un momento el alivio de haber localizado el lugar superó al miedo. Duró poco. Clara no estaba.
En el suelo, debajo de la mesa, encontraron una pieza de plástico transparente.
Era parte de la carcasa de un bolígrafo.
Marta recordó que Clara había golpeado la silla con un dedo once veces y después había movido las manos.
En una ampliación del vídeo se veía algo oscuro entre sus dedos durante menos de un segundo.
Podía haber sido ese plástico. Si lo había roto deliberadamente, quizá había intentado dejar material o fabricar una herramienta.
El perro marcó con intensidad cerca de una segunda salida.
El pasillo posterior conducía a una rampa que ascendía en dirección contraria a la entrada policial.
Según la orientación del ingeniero, debía desembocar fuera del perímetro principal, cerca de una carretera de servicio que cruzaba terrenos aún propiedad de la sociedad promotora.
La puerta final estaba abierta. Afuera había barro reciente y huellas de neumáticos deformadas por la lluvia.
El secuestrador podía entrar y salir sin utilizar la nave ni registrar una tarjeta electrónica.
A menos de veinte metros encontraron una zona donde un vehículo había permanecido detenido.
Se tomaron moldes de las rodadas. Había también una colilla, una tira de guante de nitrilo y un fragmento de cinta de embalaje.
Demasiadas cosas podían pertenecer a operarios.
La diferencia era la fecha. El barro conservaba marcas de uno o dos días, no de semanas.
Vera subió a la superficie poco después del mediodía.
La luz exterior le resultó agresiva. Había pasado horas bajo tierra y el cuerpo tardó en aceptar que el cielo seguía existiendo.
Desde la ladera se veía el mar. Durante las búsquedas de 2009, helicópteros y embarcaciones habían recorrido aquella costa mientras Irene estaba a menos de dos kilómetros, encerrada bajo los pies de quienes organizaban los dispositivos.
Marta recibió entonces una llamada del laboratorio móvil.
La gasa contenía sangre humana reciente, pero la identificación genética completa tardaría todavía varias horas.
Habían encontrado además un cabello largo en la unión entre el colchón y la pared, con material suficiente para intentar obtener un perfil.
El análisis microscópico indicaba que había sido arrancado, no caído naturalmente.
Todo apuntaba a una estancia reciente, aunque todavía no podían atribuírsela formalmente a Clara.
La policía activó controles en carreteras y revisó cámaras de las salidas de la zona.
El problema era temporal. Nadie sabía cuándo había sido trasladada Clara.
El último vídeo podía haberse grabado allí días antes.
El consumo eléctrico no distinguía presencia de ausencia.
El secuestrador podía haber abandonado la cámara en cuanto supo que Samuel había hablado o que los archivos de Clara estaban siendo descifrados.
Vera volvió a mirar los accesos administrativos.
Daniel había utilizado su tarjeta maestra tres veces desde el secuestro de Clara.
La empresa justificaba dos entradas por inspecciones de bombas tras lluvias intensas.
La tercera se produjo a las 02:14 del 23 de agosto, menos de treinta horas después de la desaparición.
No había parte de mantenimiento asociado.
Daniel había declarado que aquella noche durmió en casa de su pareja.
Marta no permitió que Vera lo llamara ni que nadie fuera a detenerlo todavía.
Una tarjeta podía prestarse, clonarse o utilizarse para construir precisamente una sospecha.
Necesitaban cruzar cámaras, telefonía y el vehículo.
Vera aceptó la prudencia, aunque sintió el impulso de romperla.
Daniel llevaba diecisiete años apareciendo en el borde de cada decisión: la llamada de 2009, el plano para Nicolás, la reunión de 2010, el miedo a Esteban, el acceso contemporáneo a Mirador.
Durante mucho tiempo esa ambigüedad lo había protegido porque también había hecho cosas que ayudaron a Irene.
Pero ayudar una vez no inocentaba de todo lo ocurrido después.
Antes de abandonar la nave, Vera regresó una última vez al primer corredor acompañada por un técnico.
Quería comprobar el sonido. Esperó junto a la pared.
La válvula comenzó su secuencia. Once golpes.
Después la bomba. Cerró los ojos y pensó en Irene contando lo mismo en 2009, en Clara reproduciéndolo con el dedo en 2026 y en Nicolás escribiendo «bomba 3» pocas horas antes de morir.
Tres líneas temporales habían llegado al mismo punto físico.
Cuando salió, un agente se acercó a Marta con una tableta.
Habían recuperado una cámara de tráfico situada a cuatro kilómetros de la salida de servicio.
A las 03:02 del 23 de agosto registró una furgoneta oscura circulando hacia Armenta.
La matrícula no se leía completa, pero el modelo coincidía con uno de los vehículos de Rivas Infraestructuras.
Cuarenta minutos después, la misma cámara captó el regreso del vehículo vacío de pasajeros visibles.
No era suficiente para afirmar quién conducía.
Marta amplió la imagen. En el parabrisas, detrás del cristal, había una tarjeta rectangular colgada del espejo. El diseño correspondía a los pases internos de la empresa. Vera sintió que la investigación acababa de abandonar definitivamente el territorio de las coincidencias.
Bajo Mirador de Lúa habían encontrado la habitación de Irene y el cautiverio de Clara.
Entre ambas existían diecisiete años, una puerta añadida, una instalación modernizada y una empresa que seguía perteneciendo al mismo apellido.
La pregunta ya no era si el presente estaba utilizando el pasado.
La pregunta era quién había conservado durante todo ese tiempo las llaves.