24 La habitación
Después de varios días, el dolor dejó de servirle para medir el tiempo.
La herida de la cabeza se había convertido en un latido sordo que aumentaba cuando se incorporaba demasiado rápido.
El tobillo seguía hinchado, pero podía apoyar.
La luz continuaba encendida. Había aprendido a dormir dándole la espalda y cubriéndose los ojos con el antebrazo.
No sabía si fuera era de día o de noche.
La bandeja aparecía a intervalos irregulares, quizá deliberadamente.
A veces transcurrían tantas horas que pensaba que se habían olvidado.
Otras veces llegaban dos comidas demasiado juntas.
Quien controlaba la habitación no quería que pudiera construir un reloj.
Había dejado de preguntar cuánto tiempo llevaba allí.
En su lugar observaba. La puerta se abría hacia fuera.
El hombre que traía comida utilizaba zapatos con suela de goma y arrastraba ligeramente el pie derecho.
El médico llegaba una vez por periodo largo de sueño.
La ventilación se detenía durante aproximadamente veinte minutos y entonces podía escuchar mejor lo que ocurría detrás de la pared: agua, un motor distante y, en ocasiones, una vibración profunda que seguía pareciéndole mar.
La temperatura no cambiaba. Aquello reforzaba la idea de un espacio semienterrado.
También había descubierto una corriente mínima junto al zócalo de la pared norte.
Algún conducto o pasillo debía de pasar detrás.
El papel que el médico había dejado —Come.
Bebe. Gana tiempo— seguía preocupándola más que la bofetada.
Una ayuda clandestina significaba que al menos una persona dentro no estaba de acuerdo con lo que ocurría.
También significaba que esa persona no era capaz o no estaba dispuesta a abrir la puerta.
La diferencia podía costarle la vida. Cuando volvió a entrar, ella fingió somnolencia hasta que estuvo cerca.
El médico le cambió el vendaje y comprobó el tobillo.
Le preguntó si tenía náuseas. Ella negó.
Después, muy bajo, preguntó quién era Nicolás para ella.
El hombre detuvo las manos solo una fracción.
Dijo que no era el momento. Ella entendió que había oído la discusión del pasillo.
Preguntó si Nicolás estaba vivo. El médico levantó la cabeza, sorprendido por la formulación.
Eso le confirmó que había elegido bien las palabras.
Si respondía «sí», sabría al menos que fuera no habían construido una catástrofe completa.
Si evitaba responder, también obtendría información.
El hombre dijo que nadie había resultado herido de gravedad.
«Nadie más», corrigió después, mirando su vendaje.
La frase era tranquilizadora solo en apariencia.
Ella preguntó si la estaban buscando. El médico cerró la bolsa.
Contestó que sí. Tardó tanto en decirlo que la respuesta dejó de servirle.
La puerta se abrió antes de que pudiera continuar.
Entró el hombre del reloj metálico. Esta vez la luz no ocultó por completo su cara.
Ella reconoció primero la voz y después una forma de mirar que había visto en reuniones, entradas de edificios y conversaciones donde los jóvenes esperaban mientras los adultos resolvían cosas.
La memoria tardó menos de un segundo. El miedo, en cambio, llegó con una claridad casi tranquila.
No pronunció su nombre. Él tampoco. Se limitó a preguntar si había recordado dónde estaban las copias.
El médico intentó interponerse con una excusa clínica. El hombre le dijo que esperara fuera.
Quedaron solos. El miedo, comprendió ella, podía servirle.
Hasta entonces había repetido que no sabía nada.
Cambió de estrategia. —Una copia salió de Armenta.
El hombre la observó. —La tiene alguien que vosotros no conocéis.
Era mentira, o una verdad a punto de existir: el periodista debía recibir el material al día siguiente.
Necesitaba convencerlos de que matarla ya no servía.
—¿Quién? Ella sonrió pese al labio dolorido.
—Por eso sigo viva. La mandíbula del hombre se tensó. Había funcionado.
Él se acercó sin golpearla. —No entiendes lo que puedes destruir.
Empresas. Familias. Empleos. Tu padre confundió indicios con pruebas.
Ella escuchó lo importante: no defendía inocencia; defendía consecuencias.
—¿Dónde está Mateo? El hombre miró hacia la puerta.
—No sé de qué hablas. —¿Dónde está su cuerpo?
La misma frase volvió, más fría. No sabía de qué hablaba.
Después cambió de terreno: sus amigos la habían dejado sola; todos declaraban que se marchó borracha de la fiesta; incluso Nicolás había repetido aquella versión.
Irene lo dejó hablar. Cada palabra añadía algo que él no pretendía contar.
Aquello hizo daño porque podía ser verdad.
Ella recordó fragmentos de la noche: la escalera, lluvia, una mano agarrándola, el rostro de Clara, Daniel con el teléfono, Adrián demasiado cerca, Nicolás gritándole a alguien.
Después oscuridad. Si estaban diciendo a la policía que se había marchado, entonces la historia ya había empezado sin ella.
El hombre vio el efecto. Añadió que el mar estaba muy fuerte y que encontrar un cuerpo podía ser imposible.
No dijo «tu cuerpo». No necesitó hacerlo.
Por primera vez comprendió el plan completo.
No pretendían esconderla unas horas. Pretendían convertirla en una persona muerta.
El terror estuvo a punto de hacerla perder el control.
Se obligó a mirar la pared detrás del hombre y contar cuatro tornillos en una rejilla.
Uno, dos, tres, cuatro. Después preguntó cuánto tiempo pensaban mantenerla.
Él respondió que dependía de ella. Si entregaba las copias, podrían llevarla lejos y dejar que desapareciera.
La formulación era absurda y precisamente por eso resultaba creíble: aquellos hombres no habían decidido todavía el final.
Estaban improvisando dentro de una decisión demasiado grande.
Ella pensó en su madre, en Samuel, en Gael.
Pensó en Nicolás. Si él había mentido a la policía, podía haberlo hecho por miedo.
También podía estar intentando encontrarla.
Cuando el hombre salió, el médico regresó.
Ella no permitió que la tocara. Le preguntó si sabía que estaban diciendo que había caído al mar.
El hombre bajó los ojos. No contestó. Ella lo insultó.
Lo hizo sin gritar, con una precisión que parecía incomodarlo más.
Le dijo que ayudar a mantener viva a una persona secuestrada no lo convertía en quien la estaba salvando.
Él respondió que estaba intentando evitar una muerte.
Ella preguntó cuál. El médico cerró los ojos un instante.
Esa reacción quedó guardada en su memoria durante años.
Más tarde escuchó una discusión fuerte en el pasillo.
Una voz joven exigía verla. El hombre del reloj se negó.
La voz joven insistió en que no habían acordado aquello.
Ella se acercó a la puerta hasta apoyar el oído.
Reconoció una palabra: «padre». Después un golpe.
Otra voz, más baja, ordenó que se marchara.
La persona joven dijo que si algo le ocurría él hablaría.
El hombre del reloj respondió que ya había hablado demasiado.
No pudo distinguir quién era. La acústica transformaba las voces.
Sí entendió algo: había una grieta entre ellos. No todos querían lo mismo.
Empezó a trabajar en la rejilla cuando el pasillo quedó en silencio.
Había usado durante horas el pequeño fragmento de plástico del cepillo para ensanchar la ranura de uno de los tornillos.
No podía girarlo con fuerza suficiente. Esa noche encontró otra herramienta.
El recipiente de aluminio de una comida tenía un borde rígido.
Lo dobló varias veces hasta que una tira se desprendió.
Cortaba. Se abrió un dedo. Chupó la sangre y siguió.
La tira entraba en la cabeza del tornillo.
El primero giró apenas un milímetro. Le llevó tanto tiempo que tuvo que detenerse por mareo. Pero se movió.
Dos tornillos cedieron antes de que oyera pasos.
Colocó la rejilla en su sitio y escondió el aluminio bajo el colchón.
La puerta no se abrió. Alguien permaneció al otro lado durante varios minutos.
Ella se quedó inmóvil. Después escuchó un roce junto al suelo.
Un objeto pequeño apareció por debajo de la puerta.
Era una llave. No la de la habitación; demasiado pequeña.
Junto a ella había un papel doblado. Esperó antes de recogerlo.
En el papel solo había una frase: «Mañana, cuando se pare el motor». Esta vez no destruyó la nota.
Guardó la llave dentro de la costura del colchón y el papel bajo la plantilla de la zapatilla que todavía conservaba.
Ignoraba quién la ayudaba, qué abría aquella llave y si «mañana» significaba realmente el día siguiente o pertenecía al mismo tiempo impreciso que ella había perdido.
Pero desde que despertó, la habitación había sido un lugar cerrado por completo; ahora tenía una rejilla parcialmente suelta, una llave y a alguien fuera dispuesto a arriesgar algo. Libertad, no. Una grieta.