20 El informe que no existía
La discusión continuó dentro del coche, contenida para no convertirse en algo más.
Gael sostuvo que algunas informaciones afectaban a terceros y que no podía revelar una historia que no le pertenecía.
Vera le dijo que su hermano estaba muerto y que su propia vida llevaba dieciséis años organizada por decisiones ajenas sobre qué debía conocer.
Él recibió la acusación sin defenderse. Esa falta de resistencia la enfureció todavía más.
Cuando llegaron a la casa de Teresa, Vera abrió la puerta antes de que el coche terminara de detenerse.
Gael dijo su nombre. Ella se giró. Durante un segundo pensó que finalmente hablaría.
Él solo le pidió que no fuera sola a ningún lugar relacionado con Mirador de Lúa.
Vera cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Teresa estaba despierta. Había dejado una lámpara encendida en el salón y una taza de tila sobre la mesa.
Vera evitó contarle la diligencia de Cores hasta saber qué podía soportar.
Su madre la sorprendió. Dijo que ya no quería versiones tranquilizadoras.
Durante años había aceptado el suicidio de Nicolás porque la alternativa era una guerra contra personas a las que conocía desde hacía décadas.
Después del funeral, Esteban visitó la casa tres veces.
La primera para acompañarlos. La segunda para ayudar con trámites.
La tercera para hablar a solas con Eduardo, el padre de Vera.
Tras aquella conversación, Eduardo retiró la petición de una segunda valoración forense que había preparado un abogado amigo.
Vera nunca supo que la solicitud había existido.
Teresa confesó entonces algo que llevaba años guardando.
La semana antes de morir, Nicolás había llegado a casa de madrugada con sangre seca en los nudillos.
Dijo que se había peleado. Eduardo quiso saber con quién.
Nicolás respondió que con Daniel y que todo se estaba yendo a la mierda.
Teresa no recordaba la fecha exacta, pero fue después de que Nicolás empezara a hablar de marcharse de Armenta.
Vera preguntó por qué nunca se lo había contado.
Su madre respondió con una honestidad brutal: porque después del suicidio parecía una de las muchas señales que todos reinterpretan demasiado tarde.
No quería convertir cada discusión de su hijo en una pista.
Y porque Esteban les dijo que remover la desaparición de Irene podía destruir la reputación de Nicolás sin devolverlo.
Antes de acostarse abrió la fotografía de Irene en la playa.
La amplió hasta que el grano deformó su rostro.
Durante años Vera había pensado en ella como la chica cuya desaparición precedió a la muerte de Nicolás.
Un antecedente. Un fantasma ajeno incrustado en su familia.
Aquella noche la imaginó dentro de un coche, herida o inconsciente, rodeada por personas que decidían por ella.
Aquella imagen era solo una posibilidad, no un recuerdo ni un hecho, y precisamente por eso podía resultar más perturbadora que una certeza.
Tal vez Irene no salió de aquella casa por su propio pie.