Donde enterramos agosto 19 El coche bajo el agua
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19 El coche bajo el agua

El coche de Julián Baeza tardó casi tres horas en salir del canal.

La operación se realizó como si el agua pudiera alterar de nuevo una escena que llevaba toda la noche destruyendo lentamente.

Los buzos fijaron eslingas, una grúa municipal elevó el vehículo por etapas y Policía Científica fotografió cada posición antes de moverlo.

Vera observó desde la zona permitida, detrás de una valla portátil, con las manos dentro de los bolsillos para evitar el impulso inútil de acercarse.

Había aprendido que una muerte reciente tenía un periodo extraño en el que todos buscaban narrarla demasiado pronto.

Accidente. Suicidio. Homicidio. Cada palabra intentaba ordenar algo que todavía era solo un cuerpo en un coche.

Con Nicolás habían elegido una palabra antes de que ella entendiera siquiera las preguntas.

No permitiría que el recuerdo sustituyera el método ahora.

Vera vio el año desde lejos y sintió cómo todo su cuerpo se preparaba para correr hacia una información que aún no podía tocar.

Gael la detuvo con una mirada antes de que se moviera.

No había autoridad teatral en el gesto. Había conocimiento.

Él sabía exactamente qué significaba para ella aquella fecha y sabía también que permitirle entrar en la cadena de custodia sería regalar una futura impugnación a cualquier abogado.

Vera lo odió durante unos segundos por tener razón.

Después se obligó a retroceder. El procedimiento importaba porque alguien había contado durante años con que otros lo despreciaran.

La autopsia comenzó a media mañana. El médico forense adelantó solo conclusiones provisionales.

Baeza tenía agua en vías respiratorias y pulmones, por lo que estaba vivo cuando el coche entró en el canal.

La herida de la cabeza no parecía suficiente para matarlo por sí misma.

Había pequeñas lesiones en ambas muñecas, compatibles con presión o sujeción, y una punción reciente en el antebrazo izquierdo que podía ser médica o no.

Se solicitaron análisis toxicológicos completos.

La muerte por ahogamiento no convertía la escena en accidente.

Al contrario: el mensaje que lo citó, la ausencia del teléfono y las marcas corporales hacían cada vez más difícil sostener una caída casual.

Gael dejó de tomar notas durante unos segundos.

El impulso de preguntar qué día, qué hora, qué dijo Baeza al llegar, si llevaba sangre o si mencionó a Nicolás tuvo que someterlo al ritmo de una testigo que acababa de perder a su marido.

Carmen confirmó que era la muerte de Nicolás Luján.

Recordaba el apellido porque los periódicos publicaron la fotografía del funeral y reconoció al chico.

Baeza nunca volvió a hablar de él de forma concreta.

Solo una vez, años después y borracho, dijo que «un suicidio es fácil cuando todo el mundo necesita que lo sea».

La frase había quedado en el matrimonio como una rareza desagradable.

Ahora ocupaba el centro de una investigación.

A mediodía llegó Esteban Rivas. No había sido citado todavía.

Entró apoyándose en un bastón que no utilizaba la semana anterior y pidió hablar con Gael.

Tenía sesenta y nueve años, cabello blanco recortado y una forma de mirar que conservaba la jerarquía mucho después de la jubilación.

Al ver a Vera, se detuvo. No preguntó quién era.

Dijo su nombre completo: «Vera Luján». Ella sintió una aversión antigua hacia alguien a quien apenas recordaba.

Esteban había estado en su casa después de la muerte de Nicolás, sentado con sus padres, explicando con voz grave que no debían buscar culpables donde había dolor.

Vera tenía diecinueve años y le creyó durante exactamente dos días.

Esteban lamentó la muerte de Baeza y ofreció una explicación antes de recibir preguntas.

Julián había quedado resentido después de jubilarse, bebía demasiado y llevaba años obsesionado con errores de expedientes antiguos.

Según Esteban, el mensaje que lo llevó a Aroza podía formar parte del mismo chantaje que estaba atacando a la vieja cuadrilla.

Alguien quería convertir cada acontecimiento de 2009 y 2010 en prueba de una conspiración.

Gael le preguntó por la carpeta del coche.

Esteban sostuvo que no sabía nada. Sus manos no temblaron.

Cuando Gael mencionó la transferencia de 2011, el antiguo comisario se mostró genuinamente sorprendido o lo interpretó con precisión impecable.

Dijo que Baeza realizó trabajos de seguridad privada después de dejar determinados destinos y que no era extraño que cobrara de empresas constructoras.

La entrevista cambió cuando Gael preguntó por Nicolás.

Había preparado esa parte con varias cuestiones que Vera le entregó por escrito, separando lo que procedía del expediente de lo que ella había averiguado como familiar e investigadora privada.

Esteban dijo que recordaba el caso porque conocía a la familia: un joven con problemas emocionales, alcohol y sentimientos de culpa después de la desaparición de Irene.

Gael pidió la base objetiva de esa descripción.

Esteban citó testimonios de amigos y una nota.

Quién encontró la nota. Baeza. Quién verificó la letra.

Un perito. Quién recogió la bolsa transparente fotografiada en el asiento trasero.

Esteban dijo no recordar ninguna bolsa. Gael le mostró la imagen en una tableta.

La mirada del antiguo policía permaneció demasiado tiempo en un punto concreto.

No admitió conocer el objeto. Dijo que después de tantos años una fotografía podía sugerir relaciones inexistentes.

Vera estuvo a punto de recordarle la cinta 42, pero Gael intervino y cambió de línea.

Preguntó dónde estuvo Esteban la tarde anterior entre las cuatro y las ocho.

En casa, con una cuidadora que acudía por horas y con Daniel durante parte de la tarde.

Podían verificarlo. Esteban no protestó por la pregunta.

Antes de marcharse se acercó a Vera lo suficiente para hablar sin elevar la voz.

Le dijo que entendía que quisiera transformar la muerte de su hermano en algo que tuviera un responsable.

Añadió que algunas personas preferían un asesino porque era más fácil odiarlo que aceptar que alguien amado había decidido morir.

Vera esperaba en un pasillo apartado cuando Esteban terminó.

Él se acercó por iniciativa propia, lo suficiente para hablar sin elevar la voz.

Le dijo que entendía que quisiera transformar la muerte de su hermano en algo que tuviera un responsable y añadió que algunas personas preferían un asesino porque era más fácil odiarlo que aceptar que alguien amado había decidido morir.

Vera no respondió. Esperó a que se alejara y solo entonces comprendió que tenía las uñas clavadas en la palma.

Gael apareció unos minutos después y la llevó a una sala vacía.

Ella esperaba que le pidiera que se marchara.

Él se limitó a preguntarle si estaba bien.

La pregunta la enfureció más que un reproche.

Dijo que no necesitaba cuidado. Gael respondió que no había dicho eso.

Durante unos segundos quedaron demasiado cerca.

El cansancio, la rabia y todo lo que ninguno había explicado se concentraron en una distancia ridícula entre dos cuerpos.

Vera quiso besarlo con una claridad que no tenía nada que ver con ternura.

No lo hizo. Gael tampoco. Se apartaron casi al mismo tiempo, como si ambos hubieran reconocido el mismo peligro profesional y otro menos fácil de nombrar.

A primera hora de la tarde, los conservadores consiguieron leer varias hojas de la carpeta de Baeza.

Eran copias parciales del expediente de Nicolás, algunas con anotaciones a mano.

Una página correspondía al inventario de efectos recogidos en la nave.

En la versión oficial archivada había nueve entradas.

En la copia de Baeza aparecía una décima, escrita a máquina entre el abrigo y las llaves del vehículo: «1 soporte audiovisual MiniDV, etiqueta 42, bolsa evidencia JL-17».

La línea estaba tachada con bolígrafo rojo.

Al margen, unas iniciales: E.R. Vera no necesitó preguntar a quién podían pertenecer.

Gael pidió peritaje documental antes de extraer conclusiones.

La tinta podía ser posterior, las iniciales podían no corresponder a Esteban y la copia no demostraba que la cinta estuviera dentro de la bolsa fotografiada.

Todo eso era cierto. También era cierto que la existencia de una referencia contemporánea a «MiniDV 42» convertía la coincidencia en algo mucho más difícil de negar.

Tomás había entregado una copia a Nicolás.

La cinta apareció junto al cuerpo o, al menos, un inventario decía que apareció.

Después desapareció del expediente. Baeza conservó la única copia conocida de esa línea durante dieciséis años. Y ahora Baeza estaba muerto.

Vera salió al pasillo porque necesitaba aire.

No llegó lejos. Se apoyó contra una ventana abierta y escuchó tráfico debajo.

Durante años había imaginado descubrir una prueba definitiva: una huella, una confesión, una grabación que permitiera pronunciar la palabra asesinato sin matices.

La realidad era más cruel. Cada hallazgo abría otra zona de incertidumbre.

Si Nicolás tenía la cinta 42, ¿qué vio? Si aquello influyó en su muerte, ¿quién lo supo?

Si Baeza retiró la cinta del inventario, ¿lo hizo por orden, por dinero o porque creía proteger a alguien?

La verdad no estaba apareciendo como una puerta que se abre.

Estaba creciendo como un edificio alrededor de ella.

Gael se acercó sin tocarla. Le dijo que había pedido protección discreta para Carmen Baeza, Tomás tenía ya custodia en su domicilio y revisarían a los miembros de la cuadrilla.

Vera preguntó si también protegerían a Esteban.

Gael respondió que, mientras no supieran quién estaba eliminando testigos, sí.

La palabra testigos quedó suspendida. Era la primera vez que alguien dentro de la investigación utilizaba ese término para Tomás y Baeza de manera conjunta.

Dos hombres muertos podían parecer castigo.

Dos testigos muertos significaban otra cosa: alguien estaba administrando el orden en que la verdad podía salir.

Al caer la tarde llegó el primer resultado toxicológico rápido.

Baeza tenía en sangre una concentración elevada de un sedante de prescripción que su médico no le había recetado.

No era por sí sola mortal, pero podía reducir coordinación y capacidad de reacción.

En el punto de punción del brazo había restos compatibles con una administración reciente.

El médico forense fue prudente: no podía afirmar todavía cuándo ni quién lo había administrado.

Para Vera bastó con escuchar que un hombre sedado, citado mediante un mensaje sobre el garaje de Nicolás, había terminado vivo dentro de un coche lanzado al agua.

El accidente dejó de ser una palabra razonable. El suicidio también.

Gael ordenó abrir formalmente una investigación por homicidio.