Donde enterramos agosto 18 Dos pastillas
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18 Dos pastillas

Durante la semana previa a la fiesta, Irene se había vuelto imprevisible para el grupo.

No porque gritara o bebiera más. Hacía lo contrario: aparecía, observaba y se marchaba sin explicar dónde iba.

Hablaba a solas con Nicolás y con Clara.

Evitaba a Adrián. Había discutido con Daniel en una terraza cuando él le pidió que dejara de pronunciar el nombre de su padre como si significara algo.

Eva escuchó solo el final. Tomás grabó desde otra mesa una parte que nadie recordaría con precisión después.

Lucía, que llevaba meses pendiente de cualquier gesto de Adrián, interpretó la tensión como una continuación del breve asunto que él e Irene habían tenido.

La verdad sobre los documentos apenas le llegaba en fragmentos.

Sabía que Irene acusaba a algunas familias de ocultar un problema en Mirador de Lúa y que Clara estaba extrañamente seria cada vez que se mencionaba a Ricardo Vega.

No entendía más. La falta de información no redujo su ansiedad; la llenó con explicaciones propias.

Tomás, mientras tanto, llenaba cintas. Había comprado un paquete nuevo de MiniDV con dinero de dos semanas trabajando en una tienda de fotografía.

Numeraba las cajas con rotulador negro y anotaba fecha, lugar y nombres.

La cámara le permitía existir en el grupo con una autoridad que no tenía cuando la apagaba.

Si Adrián decidía dónde ir, Eva qué canción poner y Nicolás qué plan absurdo intentar, Tomás decidía qué quedaría registrado.

No pensaba todavía en memoria histórica ni en pruebas.

Le gustaba capturar momentos en los que la gente dejaba de representar el papel que había elegido para los demás.

Había filmado a Lucía mirando a Adrián cuando él no la veía, a Marcos contando dinero que había sacado del despacho de su tío, a Daniel discutiendo con su padre desde una cabina telefónica y a Irene llorando sola junto a un muro del puerto.

Esa última grabación no la enseñó a nadie.

Esa noche abrió otra vez el cajón de su madre.

Sacó dos comprimidos del blíster y los envolvió en un trozo de papel.

Conocía su efecto únicamente por frases domésticas: servían para la ansiedad, daban sueño, no debían mezclarse con alcohol.

Precisamente esa última advertencia debería haber bastado.

En lugar de detenerla, la convirtió en cálculo.

Lucía no pensó en una dosis peligrosa ni en daño físico.

Pensó que si Irene llegaba alterada a la fiesta, una cantidad pequeña podría tranquilizarla y evitar que se enfrentara con Adrián, Daniel o cualquiera de los padres.

Era una racionalización construida después de haber decidido.

La causa verdadera era menos noble: quería que aquella chica dejara de dominar cada conversación y que el verano volviera a parecerse al que tenían antes de conocerla.

Lucía llevaba las pastillas en el bolsillo interior de una chaqueta vaquera.

Durante horas casi olvidó que estaban allí.

Bebió cerveza, ayudó a colocar luces y discutió con Adrián porque él no dejaba de mirar el camino.

Cuando Irene apareció cerca de las once, venía sola, con una mochila oscura y una expresión concentrada.

No parecía borracha ni fuera de control.

Saludó a algunos, ignoró a Adrián y buscó inmediatamente a Nicolás.

Lucía sintió un alivio breve y vergonzoso.

Podía sacar las pastillas del bolsillo, tirarlas al baño y convertir la idea en algo que nunca había sucedido. No lo hizo.

Irene y Nicolás hablaron arriba. Tomás los siguió con la cámara hasta que Nicolás le ordenó que desapareciera.

Eva vio cómo Irene guardaba un sobre dentro de un hueco de la pared y más tarde creerá que contenía documentos.

En realidad, llevaba varias copias distribuidas en lugares diferentes.

Marcos observó la maniobra desde el pasillo sin intervenir.

Daniel recibió un mensaje que leyó tres veces antes de bajar al jardín.

Clara llegó alrededor de medianoche. Había discutido con su padre.

Ricardo reconoció haber atendido a un trabajador en Mirador de Lúa, pero se negó a explicarle más y le pidió que no se mezclara en asuntos que no entendía.

Clara estaba temblando de rabia. Irene intentó abrazarla. Ella la apartó.

La primera pelea seria empezó a las doce y cuarenta.

No hubo golpes. Hubo acusaciones que encontraron demasiados destinatarios.

Irene dijo que al día siguiente entregaría copias fuera de Armenta.

Adrián exigió saber qué acusaba exactamente a su padre.

Daniel dijo que estaba convirtiendo notas inconexas en una conspiración.

Clara le pidió que esperara y permitiera que Ricardo explicara lo ocurrido.

Nicolás sostuvo que ya habían esperado demasiado.

Marcos preguntó qué pasaría con ellos si la policía descubría que habían entrado varias veces en las obras.

Irene se rió de la prioridad. Lucía estaba junto a una mesa, escuchando cómo la conversación se movía cada vez más deprisa.

Tomás grababa desde una esquina hasta que Eva intentó quitarle la cámara.

Irene salió al porche para fumar. Lucía la siguió.

Durante unos minutos hablaron sin hostilidad.

Irene admitió que tenía miedo. No del periodista ni de la policía, sino de estar equivocada en una parte y que eso permitiera desacreditar todo lo demás.

Lucía, que había pasado días imaginándola arrogante y manipuladora, encontró delante a una chica de dieciocho años agotada por un problema demasiado grande.

Estuvo a punto de confesar lo de las pastillas aunque todavía no había hecho nada.

En lugar de eso le preguntó por Adrián. Irene comprendió inmediatamente.

Dijo que había estado con él una vez y que no quería repetirlo.

Añadió que Lucía merecía algo mejor que pasarse el verano esperando a que Adrián decidiera mirarla. La frase no pretendía herirla. Lo hizo.

Cuando regresaron dentro, Lucía bebió más deprisa.

La vergüenza se transformó en enfado. A la una y veinte vio a Irene discutir con Adrián en la cocina.

A la una y media, Daniel intentó quitarle la mochila y Nicolás intervino.

A la una y cuarenta, Clara estaba llorando en el baño.

El ambiente había dejado de ser una fiesta, pero nadie se marchaba porque hacerlo significaba renunciar a controlar lo que ocurriría después.

Lucía recordó las dos pastillas. Sacó una.

La partió de manera irregular con el borde de una llave.

Conservó una porción pequeña en la palma.

No la puso inmediatamente en una bebida.

Ese detalle sería importante en su memoria porque durante años utilizaría los minutos intermedios para imaginar que todavía podía haber elegido otra cosa.

Esperó. Vio a Irene aceptar un vaso que Marcos acababa de servir.

Vio cómo lo dejaba sobre una mesa para subir al piso superior.

Lucía se acercó. Miró alrededor. Tomás estaba de espaldas ajustando la cámara.

Eva discutía con Marcos. Daniel había salido.

Adrián no estaba en la habitación. Lucía dejó caer el fragmento en el vaso y removió con un dedo.

La cantidad era pequeña, se dijo. Solo quería que se calmara.

Tomás no estaba de espaldas.

La cámara apuntaba hacia un espejo antiguo colocado contra la pared.

En la cinta, la imagen de Lucía ocupó menos de cuatro segundos.

No se veía con claridad qué dejaba caer.

Se veía su mano, el vaso y el movimiento posterior.

Tomás no comprendió en ese momento lo que había grabado.

Continuó filmando. Minutos después, Irene regresó, tomó el vaso equivocado según recordaría Lucía durante años y bebió.

Ninguno de ellos sabía todavía que el error no consistía únicamente en aquella pastilla.

El verdadero error era que todos seguían convencidos de que aún tenían tiempo para detener lo que habían empezado.