Donde enterramos agosto 17 Donde termina la carretera
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17 Donde termina la carretera

La búsqueda de Julián Baeza comenzó con una lista de lugares demasiado ordinarios para parecer útiles: un bar frente al mercado donde desayunaba tres veces por semana, el pequeño amarre que compartía con un cuñado, una nave de aparejos junto al puerto viejo, la casa de un antiguo compañero y dos zonas de costa desde las que salía a pescar cuando el tiempo lo permitía.

Su mujer, Carmen, explicó a Gael que aquella mañana había cargado una bolsa térmica y dos cañas, pero no recordaba haber visto el impermeable amarillo que utilizaba en la embarcación.

En el frigorífico de los Baeza había imanes de viajes, fotografías de nietos y una receta médica sujeta con una pinza.

Aquella normalidad doméstica resultaba casi ofensiva frente a la posibilidad de que el hombre que había desayunado allí esa mañana conociera una parte de la verdad que llevaba dieciséis años fuera de los informes.

Carmen no describió a su marido como un hombre asustado.

Dijo que estaba irritable desde marzo, que había vuelto a fumar a escondidas y que dos veces lo encontró despierto en el salón después de las tres.

Julián lo atribuía a dolores de espalda y a la jubilación, una explicación que ella había aceptado hasta que empezó a contestar llamadas en el jardín.

La semana anterior recibió una que lo alteró especialmente.

No gritó, pero después rompió un vaso al dejarlo sobre la encimera y preguntó si todavía conservaban una caja de documentos del piso antiguo.

Carmen creyó que hablaba de papeles de Hacienda.

Él pasó la tarde revisando el trastero y salió con una carpeta marrón que no volvió a ver.

Cuando Gael preguntó si había pronunciado algún nombre, Carmen negó primero y luego recordó una frase.

No estaba segura de haberla escuchado completa: «No voy a cargar también con lo del chico».

Baeza había trabajado treinta años en la policía y podía referirse a decenas de casos.

Gael no escribió Nicolás en el margen. No necesitaba convertir una posibilidad en un hecho para saber que debía comprobarla.

Gael se quedó con una copia de las notas y preguntó cuánto tiempo llevaba Vera sin volver a Armenta más de dos días seguidos.

La pregunta no tenía relación con Baeza y quizá por eso ella respondió.

Años. Había creído que Madrid sería suficientemente grande para que el nombre de Nicolás no apareciera en cada esquina.

Lo había sido, pero no para impedir que siguiera organizando decisiones alrededor de una muerte.

Gael no dijo que aquello se notaba. No hacía falta.

Vera estuvo a punto de preguntarle por qué él había escogido precisamente quedarse cerca de Armenta. Antes de hacerlo sonó su teléfono.

La noche se alargó sin hallazgo. A las dos, la humedad se había metido en la ropa de todos.

Vera compró dos cafés en una máquina de una estación de servicio y entregó uno a Gael.

Él bebió sin agradecerlo, demasiado cansado para protocolos.

Tenía una pequeña cicatriz junto a la mandíbula que ella no había advertido antes.

El pensamiento fue tan impropio del lugar que la irritó.

Desde que había llegado a Armenta, su cuerpo parecía empeñado en reconocer cosas que su criterio profesional consideraba inconvenientes: el modo en que Gael escuchaba sin interrumpir, la paciencia con los familiares, la dureza que aparecía cuando alguien mentía y desaparecía cuando hablaba con una víctima.

La atracción no era confianza. Vera lo sabía.

También sabía que los seres humanos rara vez esperaban a disponer de conclusiones razonables antes de desear a alguien.

Gael, quizá por cansancio, habló primero de sí mismo.

Contó que había pasado muchos veranos en Puerto de Armenta antes de vivir allí de forma estable y que durante años evitó volver después de 2009.

No mencionó a Irene. Dijo que algunas ciudades podían conservar una versión de uno mismo que resultaba insoportable visitar.

Vera preguntó qué versión conservaba Armenta de él.

Gael sostuvo el vaso de cartón entre las manos y respondió que una que había mirado hacia otro lado demasiado tiempo.

Era la frase más cercana a una confesión que le había ofrecido.

Vera podría haber preguntado por G.S., por Nicolás o por la fotografía de la galería que él había conservado desde 2009.

En lugar de hacerlo, preguntó cuándo había decidido ser policía.

Gael dijo que después de aquel verano. El dato encajó de una manera que abrió demasiadas preguntas y ninguna podía formularse sin romper la tregua.

A las tres y cuarto recibieron una llamada de Teresa Luján.

Vera se apartó para responder. Su madre había encontrado a un periodista junto a la verja de casa preguntando si Nicolás participó en el secuestro de Irene.

Alguien estaba filtrando información. Teresa no estaba asustada, sino furiosa, una emoción que manejaba mucho mejor.

Vera prometió regresar al amanecer. Cuando colgó, Gael le ofreció enviar una patrulla de paso.

Ella iba a negarse por costumbre y aceptó.

Aquella concesión mínima le resultó extrañamente íntima.

Durante años había convertido no necesitar a nadie en una habilidad profesional.

En Armenta esa estrategia empezaba a parecer menos una fortaleza que una forma de agotamiento.

Poco antes de las cinco regresaron al vehículo.

La búsqueda se reduciría durante una hora hasta que hubiera luz suficiente para revisar los taludes próximos al agua.

Gael encendió la calefacción. Vera cerró los ojos solo para descansar la vista y despertó cuando el cielo empezaba a aclararse.

Había dormido quizá veinte minutos. Su cabeza estaba apoyada contra la ventanilla.

Gael seguía despierto, mirando el mar. No hizo comentario alguno.

Vera se incorporó y sintió una vergüenza desproporcionada por haber permitido que la viera vulnerable de una forma tan simple.

Él le indicó que una unidad había localizado restos de pintura en un poste de la rampa.

Color negro o azul oscuro. Podía proceder de cientos de vehículos.

Aun así, el equipo de buceo estaba en camino.

A las seis y cuarenta y dos, con la marea bajando, apareció la primera línea del techo.

No emergió de golpe. Fue una forma geométrica debajo de agua turbia, demasiado regular para pertenecer al fondo.

Un agente señaló y todos miraron hacia el canal.

A medida que descendía el nivel, se distinguió el borde de una ventanilla.

El coche estaba inclinado sobre el lateral derecho, a unos veinte metros de la rampa.

La matrícula no era visible. Gael no necesitó esperar.

Ordenó cerrar la zona, apartar a los civiles y preparar extracción forense.

Vera observó desde detrás de la cinta cómo los buzos se aproximaban.

Uno iluminó el interior y se quedó inmóvil durante un segundo antes de levantar el brazo .

Había alguien dentro.

No supieron oficialmente que era Julián Baeza hasta las siete y nueve, cuando un buzo pudo acceder al habitáculo.

Estaba sujeto por el cinturón, inclinado hacia el volante, con la piel de las manos pálida bajo el agua.

No había cañas, bolsa térmica ni equipo de pesca.

En el asiento del acompañante encontraron una carpeta marrón empapada que se deshacía por los bordes.

Gael miró a Vera antes de que retiraran el coche.

No dijo nada. La frase del mensaje seguía entre ambos: lo que falta del garaje.

Por primera vez desde que empezó la investigación, Vera tuvo la certeza de que la muerte de Nicolás no estaba entrando en el caso porque ella la empujara.

Alguien más llevaba años intentando mantenerla dentro.