Donde enterramos agosto 12 Los papeles de Andrés Valdés
24%

12 Los papeles de Andrés Valdés

La caja estaba detrás de dos archivadores, cubierta por una bolsa de una ferretería.

No tenía llave. Dentro había cuatro carpetas, una memoria USB, un cuaderno negro y un sobre grueso con fotografías impresas en papel barato.

Irene reconoció Mirador de Lúa antes de leer el nombre.

La promoción había ocupado durante años una ladera al este de Puerto de Armenta, visible desde la carretera de la costa como una sucesión de grúas y hormigón.

En los folletos prometía apartamentos con vistas al mar, jardines comunes y un pequeño puerto deportivo que nunca llegó a construirse.

En las fotografías de su padre no había piscinas ni terrazas.

Había excavaciones, muros de contención, maquinaria y hombres con chalecos reflectantes.

Varias imágenes estaban tomadas desde lejos, probablemente sin permiso para entrar.

La memoria USB contenía copias escaneadas y varias hojas de cálculo.

Irene no entendió la mitad. Sí entendió una carpeta llamada SAMPAIO.

Dentro había una fotografía de un hombre de unos cuarenta años con casco, barba oscura y una sonrisa cansada.

El archivo se llamaba mateo_sampaio_ficha.jpg.

Había también una fotocopia del pasaporte, un contrato temporal con una subcontrata portuguesa y tres correos impresos que Andrés se había enviado a sí mismo desde la dirección del Ayuntamiento.

El último tenía una sola línea en el asunto: «Si falta un trabajador, tiene que existir una baja o una salida».

Irene dejó la fotografía y permaneció un rato escuchando los sonidos de la casa.

Su madre estaba en el trabajo. Afuera pasaba una moto.

En el piso de arriba un vecino arrastraba muebles.

Nada en aquel entorno encajaba con la posibilidad que empezaba a formarse.

Por eso intentó desmontarla. Tal vez Mateo había abandonado el empleo.

Tal vez la ambulancia atendió a otra persona.

Tal vez el cierre de la galería obedeció a una razón técnica.

Tal vez su padre había investigado una irregularidad administrativa y, al morir, había dejado papeles incompletos que ahora parecían más graves de lo que eran.

Enumeró las explicaciones una por una porque necesitaba que alguna la tranquilizara.

No funcionó. Dentro de la última carpeta encontró una carta dirigida a un periodista de Oviedo.

No estaba enviada. Andrés explicaba que había detectado contradicciones en la documentación de la obra y que una persona vinculada a una subcontrata llevaba meses sin poder ser localizada por su familia.

No afirmaba que hubiera muerto. Tampoco acusaba directamente a nadie.

Solicitaba una reunión y añadía que no quería utilizar canales municipales hasta comprobar algunos hechos, porque existían «intereses demasiado próximos a quienes deberían investigarlos».

Irene sintió por primera vez algo distinto de la curiosidad. Su padre había tenido miedo.

El accidente de Andrés ocurrió nueve días después de la fecha de aquella carta.

Su coche salió de una carretera comarcal durante una noche de lluvia y golpeó un árbol.

La Guardia Civil concluyó que circulaba demasiado rápido para el estado del firme.

No hubo otro vehículo implicado. Irene había aceptado esa explicación porque necesitaba aceptar alguna.

Ahora abrió el informe del accidente que su madre guardaba en otra carpeta y leyó cada página con una atención que nunca había sido capaz de sostener durante el duelo.

No encontró nada anómalo. Frenada escasa.

Alcohol cero. Neumáticos correctos. Carretera mojada.

Un accidente podía seguir siendo un accidente aunque nueve días antes alguien hubiera escrito una carta peligrosa.

Saberlo no impidió que la sospecha entrara.

Aquella tarde llamó a Samuel. Su hermano vivía ya en A Coruña y trabajaba en un estudio de arquitectura.

Irene no le contó todo. Le preguntó si recordaba que su padre mencionara Mirador de Lúa o a un hombre portugués.

Samuel tardó en responder. Recordaba discusiones con su padre durante los últimos meses, llamadas que Andrés cortaba cuando alguien entraba en la habitación y una ocasión en que dijo que ciertos edificios se levantaban sobre cosas que nadie quería mirar.

Samuel lo había atribuido a su forma de hablar.

Cuando Irene mencionó a Mateo Sampaio, hubo un silencio más largo.

Samuel dijo que ese nombre sí le sonaba, aunque no sabía de dónde.

Irene estuvo a punto de pedirle que regresara.

No lo hizo. Samuel habría llamado a su madre, su madre habría querido llevar los papeles a la policía y el apellido Rivas aparecía en las fotografías de una forma que convertía esa opción en algo que Irene no quería decidir todavía.

Tampoco confiaba en Adrián. Álvaro Soria era su padre.

Clara era hija de Ricardo Vega, cuyo nombre aparecía en dos facturas de la clínica privada vinculada a la ambulancia.

Daniel era hijo de Esteban. De pronto, casi todos los caminos conducían a las familias de las personas con las que pasaba las tardes en la playa.

Pensó en Nicolás porque su padre llevaba la gestoría de varias empresas de la promoción.

Eso podía convertirlo en otra persona de la que desconfiar.

También podía convertirlo en la única forma de interpretar una contabilidad que ella no entendía.

Tardó dos días en decidirse. Antes hizo copias.

No muchas. Escaneó los documentos principales, cambió el nombre de varios archivos y guardó una memoria en un lugar que consideraba seguro.

La original volvió a la caja. El cuaderno de su padre quedó con ella.

La noche del treinta de julio escribió a Nicolás.

No mencionó a Mateo, ni la ambulancia, ni las fotografías de Esteban y Álvaro.

Le dijo únicamente que necesitaba que mirara unos papeles de una empresa y que no podía preguntarle a ningún adulto.

Nicolás respondió con una broma. Irene estuvo a punto de bloquearlo.

Después llegó un segundo mensaje: «Vale.

Mañana. Pero me debes una cerveza». Fue así como empezó una cadena de decisiones que ninguno de los dos sabría detener después.

Antes de acostarse, Irene volvió al despacho.

Colocó las carpetas exactamente como las había encontrado y apagó la luz.

Cuando ya estaba en el pasillo reparó en algo que no había visto al abrir la caja: en la cara interior de la tapa había una frase escrita por su padre con rotulador negro.

No tenía aspecto de nota técnica. «Si me equivoco, mejor.

Si no, no confiar en la versión fácil». Irene pasó el pulgar por las letras.

Durante años recordaría aquella frase como una advertencia dirigida a ella.

Andrés probablemente se la había escrito a sí mismo. Eso no la hizo menos útil.