Donde enterramos agosto 11 La forma de una mentira
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11 La forma de una mentira

A las tres y veinte de la madrugada, Casa de la Marea estaba iluminada como no lo había estado desde que dejaron de vivir en ella sus últimos propietarios.

Focos portátiles convertían las paredes húmedas en superficies blancas y crueles, la cinta policial se agitaba con el viento y un generador producía un zumbido constante junto a los vehículos.

Vera permanecía dentro de su coche con las manos alrededor de un café que se había enfriado.

Gael le había pedido que se marchara dos veces.

Ella había contestado que Tomás la había contactado antes de morir y que cualquier intento de apartarla conseguiría únicamente que esperara cincuenta metros más lejos. Él dejó de insistir.

La primera inspección descartó pronto una caída simple.

La lesión principal de Tomás se encontraba en la región occipital y tenía características incompatibles con el borde de los escalones donde apareció el cuerpo.

Había otra contusión en el hombro y restos de madera en la ropa, pero la médica forense consideró probable que hubiera sido golpeado en la planta superior y desplazado, consciente o no, hasta la escalera.

La caída podía haber contribuido a la muerte, aunque sería la autopsia la que determinara la secuencia.

Lo importante para Gael era la construcción de la escena.

El zapato colocado en el sendero eliminaba casi cualquier hipótesis accidental.

Quien lo había hecho conocía el caso Irene con suficiente precisión para reproducir uno de sus elementos más recordados.

Vera entregó voluntariamente los mensajes de Tomás y permitió una copia forense de la conversación.

La frase «busca donde grabábamos cuando llovía» llevó de nuevo a la habitación del piso superior.

Eva, localizada por teléfono, confirmó que durante aquel verano utilizaban esa sala cuando el tiempo impedía estar fuera.

Tomás colocaba allí la cámara y grababa horas enteras.

También recordó el panel de madera. No estaba segura de haber sabido que funcionaba como escondite, pero Nicolás sí.

La respuesta produjo un nuevo silencio en Gael.

Vera lo observó y decidió no preguntarle delante de los agentes.

Cada vez resultaba más evidente que el inspector tenía una relación con aquel pasado que excedía haber leído el expediente.

Vera regresó al dormitorio de Nicolás. Abrió las cajas y buscó fotografías de Casa de la Marea.

Encontró varias. En una de ellas, tomada probablemente por Eva, Tomás aparecía sentado en la habitación del piso superior con la cámara apoyada sobre una mesa.

Detrás se veía el panel. Nicolás estaba agachado junto a la pared, metiendo algo en el hueco.

Vera amplió la fotografía con el móvil. No podía distinguir el objeto.

Podía ser una botella, una cinta o cualquier cosa pequeña.

En otra imagen, el mismo panel estaba cerrado y una inscripción en rotulador ocupaba la madera: «NO GUARDAR NADA QUE QUIERAS VOLVER A VER».

Era una broma adolescente. Después de aquella noche parecía una advertencia escrita para el futuro.

A media mañana llamó Gael. El técnico que digitalizó las cintas recordaba a Tomás: no por el contenido, que nunca vio completo, sino porque insistió en hacer parte del proceso personalmente y en llevarse los archivos sin dejar copia en el estudio.

Había pagado por convertir nueve cintas: 12, 18, 23, 31, 37, 42, 45, 49 y 51.

Una estaba dañada, y Tomás pasó casi una hora repitiendo el mismo fragmento.

El técnico no podía asegurar cuál. —¿Tienes algo en las cajas de Nicolás que relacione esos números?

—Todavía no. Era verdad. Vera no añadió que pensaba revisar cada fotografía en busca de etiquetas.

La autopsia preliminar llegó pasado el mediodía.

Tomás recibió un golpe con un objeto de superficie estrecha y dura antes de caer.

No había signos de una pelea prolongada.

La concentración de alcohol era baja. En las uñas no aparecía por el momento material biológico útil.

La hora de muerte se situaba entre las diez y las once.

La caída por la escalera ocurrió muy cerca del momento del golpe, pero no podía determinarse si ya estaba inconsciente.

El zapato encontrado junto al acantilado presentaba barro distinto al adherido al otro: había sido transportado después.

El laboratorio compararía ese suelo con muestras de varias zonas.

Para Gael, la conclusión operativa era clara.

El asesino quería que encontraran el zapato.

No intentaba ocultar el homicidio. Estaba narrándolo.

Esa idea incomodó a Vera más que la posibilidad de un asesino impulsivo.

Quien mata para evitar una revelación tiene un objetivo limitado.

Quien organiza una escena para comunicar algo necesita espectadores.

Clara desaparecida, la fotografía de los ocho, la frase sobre contar la verdad, el colgante de Irene y ahora el zapato de Tomás formaban una gramática.

El problema era que todavía no conocían el idioma completo.

Samuel Valdés, hermano de Irene, se convirtió inevitablemente en una prioridad.

Vivía desde hacía años fuera de España y, según los primeros datos, había regresado a Galicia una semana antes de la desaparición de Clara.

Gael ordenó localizarlo. Vera hizo algo más sencillo: buscó todas las entrevistas que Samuel había concedido en 2009.

En una de ellas, veinte días después de la desaparición, decía que alguien del pueblo sabía dónde estaba su hermana y que la policía estaba buscando en el lugar equivocado.

Por la tarde comenzaron las segundas entrevistas a la cuadrilla, esta vez en una condición mucho más delicada.

Eva entregó voluntariamente sus viejos archivos.

Lucía llegó acompañada por su marido, que esperó fuera.

Marcos pidió abogado. Adrián apareció con dos.

Daniel acudió solo. Vera no participó en aquellas diligencias ni tuvo acceso a ellas mientras se practicaban.

Gael sí conocía las preguntas y contradicciones que ella había reunido en sus entrevistas privadas, y las incorporó cuando tenían utilidad policial.

La reacción de cada uno ante la muerte de Tomás parecía auténtica, pero el miedo ya no era uniforme: Marcos temía lo que Tomás pudiera haber grabado; Lucía, lo que pudiera haber hecho ella misma; Adrián, lo que alcanzara a su padre; Eva, lo que pudiera estar ocurriéndole a Clara.

Daniel mantenía la preocupación concentrada en el asesino actual.

Esa diferencia quedó anotada en el informe de la jornada.

A Lucía le mostraron la fotografía del zapato.

No necesitó explicación. Se cubrió la boca y pidió salir unos minutos.

Cuando regresó admitió por primera vez que el objeto encontrado en 2009 no había sido únicamente una zapatilla perdida.

La policía lo trató como la principal evidencia de que Irene se había acercado al borde del acantilado, pero Lucía nunca recordó haberla visto con ese calzado al comienzo de la fiesta.

Creía que llevaba botas bajas negras. No lo dijo entonces porque todos estaban confundidos y porque Esteban Rivas le aseguró que varios testigos habían confirmado las zapatillas.

Gael preguntó quiénes. Lucía no sabía. Aquel detalle, si era cierto, atacaba una de las piezas centrales de la versión original: quizá el objeto encontrado junto al mar nunca perteneció a la ropa que Irene llevaba esa noche.

Marcos ofreció otra grieta. Confirmó que Tomás grabó después de medianoche.

Incluso recordó haberle pedido que apagara la cámara durante una discusión.

Cuando Gael quiso saber con quién discutían, Marcos utilizó durante varios minutos expresiones vagas hasta admitir que Irene había acusado a Adrián de intentar proteger negocios de su padre.

No sabía de qué documentos hablaba, según él.

Gael le mostró entonces el sombreado del cuaderno de Nicolás que Vera había entregado previamente a la investigación.

Marcos se tocó dos veces el pulgar derecho con el índice, el mismo gesto que Vera había descrito en sus notas después de entrevistarlo.

No demostraba nada, pero reforzaba la impresión de que ambos asuntos ocupaban la misma zona de incomodidad.

Adrián negó haber visto la cinta 42. Según él, Tomás grababa para sentirse dentro del grupo sin participar de verdad; la crueldad de la descripción no la volvía necesariamente falsa.

Sobre la discusión con Irene, admitió por primera vez ante la policía que ella había encontrado papeles relacionados con Mirador de Lúa y lo acusó de saber cosas.

Sostenía que en 2009 no entendía la importancia de Mateo ni de las obras; solo sabía que Irene amenazaba con perjudicar a su padre.

Vera señaló la contradicción: si recordaba la amenaza, algún contenido concreto debía de haber aparecido aquella noche. Adrián dijo que no recordaba el nombre.

Daniel fue el último. Gael le preguntó por la llamada a Esteban y por las galerías; él mantuvo su versión.

Después vio la fotografía de la caja de cinta vacía y algo se movió en su rostro: no sorpresa, más bien reconocimiento contenido.

Dijo que Tomás etiquetaba todo y que cualquiera del grupo podía conocer aquella numeración.

—¿Recuerdas la cinta 42? —No. Gael dejó constancia de la objeción que Vera ya había formulado por escrito: quizá la pregunta no fuera quién sabía que la cinta existía, sino quién conocía lo que contenía.

Al terminar, Daniel pidió hablar con él a solas.

Cuando terminaron las diligencias, Gael encontró a Vera fuera de la zona de entrevistas.

No podía trasladarle el contenido íntegro de las declaraciones, pero sí confirmó un extremo que afectaba a una información aportada por ella: Esteban llevaba varios días recibiendo llamadas anónimas y Daniel estaba preocupado por su padre.

Vera quiso saber por qué Esteban no las había denunciado.

Gael dijo que seguía creyendo que podía manejar determinados problemas sin ayuda.

La frase llevaba una carga personal que Vera detectó.

Preguntó cuántas veces había tratado con Esteban antes de convertirse en policía.

Gael no contestó directamente. Dijo que suficientes.

Entre ambos se instaló un silencio distinto de los anteriores, menos hostil y más peligroso porque empezaba a contener curiosidad.

Vera advirtió un cansancio en el rostro de Gael que lo hacía parecer mayor y, al mismo tiempo, menos protegido.

Apartó la mirada antes de convertir aquella observación en otra cosa.

A las siete de la tarde, el laboratorio consiguió extraer del teléfono roto de Tomás un archivo temporal de la aplicación de mensajería.

El mensaje que intentó enviar a Vera antes de morir contenía coordenadas incompletas y una fotografía tomada desde el interior de Casa de la Marea.

La imagen mostraba el panel abierto. Dentro estaba la caja de la cinta 42.

Al fondo, reflejado parcialmente en un cristal roto, se distinguía un fragmento de otra figura.

No un rostro. Solo parte de un torso y una mano.

El equipo amplió la imagen sin obtener identificación fiable.

En la muñeca había algo oscuro, quizá una correa de reloj.

Vera pidió ver la fotografía. Gael dudó y finalmente accedió porque ella era destinataria del mensaje original.

Observó la mano durante mucho tiempo. No reconoció a nadie.

Después reparó en otro detalle, mucho menos evidente: en la pared del fondo había una línea vertical de polvo interrumpida por una forma rectangular limpia.

Algo había permanecido apoyado allí hasta poco antes.

La caja de la cinta podía haber sido colocada como señuelo, pero quien preparó la escena había retirado otro objeto.

Vera recordó el inventario, la palabra COPIA y la memoria USB que no apareció en casa de Tomás.

El asesino quizá no había ido a recuperar una cinta. Quizá había ido a recuperar una copia.

Esa noche, cuando todos empezaban a pensar que el caso avanzaba hacia un único responsable, llegó una información que lo complicó.

La sangre encontrada en el coche de Clara pertenecía a ella, pero la cantidad y la distribución eran compatibles con una herida relativamente pequeña.

No había evidencia de que hubiese sufrido allí una lesión grave.

Además, una cámara rural situada en una finca a cuatro kilómetros de San Román había registrado a las 00:18 de la noche de la desaparición dos vehículos avanzando por una pista secundaria.

El primero era compatible con el coche de Clara.

El segundo, una furgoneta clara sin matrícula legible.

Ocho minutos después, solo la furgoneta regresaba.

Gael imprimió tres fotogramas y los colocó junto a la fotografía de los ocho, la del zapato y la imagen enviada por Tomás.

Vera los miró en silencio. Habían pasado apenas tres días desde la cena.

Clara seguía desaparecida. Tomás estaba muerto.

El caso de Irene había dejado de ser una historia vieja pegada a un secuestro nuevo y empezaba a comportarse como si nunca hubiera terminado.

La hipótesis de un castigo contra quienes mintieron explicaba cada vez menos.

Con cada nueva prueba resultaba más difícil saber si los hechos actuales estaban revelando el pasado o utilizándolo para ocultar algo todavía presente.