Donde enterramos agosto 10 La cinta cuarenta y dos
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10 La cinta cuarenta y dos

Tomás detuvo el vídeo antes de que el rostro entrara por completo en pantalla.

No necesitaba volver a verlo. Cerró el portátil.

Lo inquietante era otra cosa: alguien podía saber que existía una copia digital.

El ordenador permanecía en casa, y esa tarde encontró una señal que no estaba seguro de haber visto antes: una pequeña marca junto a la cerradura de la puerta trasera.

No había objetos desplazados ni cajones abiertos.

Cualquier persona buscando dinero habría provocado más desorden.

Alguien que buscara un disco duro podía marcharse sin encontrarlo si ignoraba que estaba en un doble fondo construido por él mismo dentro de un archivador.

Decidió preparar una segunda copia y enviarla a una cuenta que nadie asociara con su nombre.

El proceso tardó menos de diez minutos. Después escribió a Vera.

No había elegido a la hermana de Nicolás por confianza profesional; apenas la conocía.

La eligió porque recordaba algo que Nicolás dijo pocas semanas antes de morir.

Estaban sentados en un coche frente al puerto y Nicolás había bebido demasiado.

Dijo que si algún día le ocurría algo, Vera sería la única persona de su familia que no aceptaría una explicación únicamente porque viniera de alguien con uniforme.

Tomás se burló. Nicolás no. Aquella frase había permanecido dieciséis años en algún rincón inútil de la memoria hasta que Vera regresó a Armenta.

A las diez menos cuarto, Tomás salió de casa.

No llevaba el disco duro. Había copiado en una memoria USB únicamente tres archivos y un documento con notas.

Si llegaba a ver a Vera, le entregaría aquello.

Si no, decidiría al día siguiente si acudía directamente a Gael.

Condujo hacia la ubicación que había enviado: una antigua área de servicio junto a la carretera del faro, cerrada desde hacía años.

Había elegido un lugar abierto, visible desde la vía y suficientemente apartado para hablar.

Durante el trayecto miró varias veces el retrovisor.

No detectó el mismo coche más de dos cruces.

Se sintió ridículo y agradecido al mismo tiempo.

Esperó veinte minutos. Vera le escribió que podía acudir y que Gael estaba informado.

Tomás leyó el mensaje dos veces. La mención del inspector lo inquietó más de lo que debería.

No quería que la policía apareciera antes de explicar la cinta.

Pensó en cancelar. Entonces recibió otro mensaje, esta vez de un número desconocido: una fotografía de su coche tomada desde atrás.

Debajo, una frase: «Lo que buscas sigue donde empezó todo».

Tomás miró alrededor. La carretera estaba vacía.

La marquesina abandonada proyectaba una sombra irregular.

Al otro lado había un talud cubierto de helechos. Nadie visible .

La decisión que tomó después no fue valiente.

Fue exactamente el tipo de decisión que había tomado toda su vida: intentar arreglar primero aquello que podía comprometerlo antes de pedir ayuda.

Condujo hacia Casa de la Marea sin responder a Vera.

Si la cinta estaba de nuevo allí, quería recuperarla.

Si el mensaje era una trampa, se dijo, bastaba con no entrar.

Podía mirar desde el coche, llamar a Gael y marcharse.

La lógica duró hasta que vio la casa al final de la carretera costera.

Las ventanas oscuras, la fachada húmeda y las hierbas altas alrededor devolvieron de golpe un verano entero.

Durante años había evitado aquel edificio excepto en visitas breves y clandestinas.

En 2026 parecía más pequeño y más peligroso.

Aparcó junto al muro. El viento venía del mar y la tormenta de la noche anterior había dejado ramas sobre el camino.

Tomás mantuvo el motor encendido. Vio una luz durante un segundo en la planta superior.

No estaba seguro. Apagó los faros. Esperó.

La luz no volvió. Sacó el teléfono y escribió a Vera: «Cambio de sitio.

Te mando ubicación». Antes de enviarlo escuchó un golpe procedente de la casa.

Era posible que fuera una ventana. También era posible que alguien quisiera que entrara.

Tomás miró el mensaje sin enviar. Después pensó en la cinta 42, en el hueco vacío y en el rostro que aparecía a las dos y catorce. Salió del coche.

La puerta lateral de Casa de la Marea estaba abierta.

No debería haberlo estado. El Ayuntamiento había instalado una cadena semanas atrás después de que unos adolescentes resultaran heridos en el interior.

Tomás alumbró con el teléfono. El vestíbulo olía a madera mojada y moho.

Cada paso levantaba un eco suave. Subió las escaleras despacio.

La antigua sala donde grababan cuando llovía estaba al fondo del pasillo.

Allí habían colocado colchones, una mesa, altavoces y una televisión que funcionaba solo cuando conseguían electricidad de un generador.

Ahora quedaban una pared descascarillada y marcas rectangulares donde habían estado los muebles.

El panel de madera estaba abierto. Dentro había una caja de MiniDV.

Tomás se quedó quieto en el umbral. La reconoció por la etiqueta blanca, aunque desde aquella distancia no podía leer el número.

No avanzó. Miró el pasillo. Escuchó. El mar golpeaba abajo contra la roca.

Una contraventana chocó dos veces. Volvió a mirar la caja.

Aquello era demasiado limpio. La cinta que alguien había retirado veinticuatro horas antes no podía haber regresado sola al mismo escondite.

Sacó el teléfono y abrió la cámara para fotografiar sin tocar nada.

La pantalla mostró primero el panel, luego el suelo y finalmente una sombra detrás de él.

Tomás giró. No tuvo tiempo de reconocer un rostro.

El golpe llegó desde un lateral y le hizo perder el teléfono.

Cayó de rodillas. Sintió un dolor blanco en la base del cráneo y después un zumbido que borró durante segundos el resto de los sonidos.

Intentó incorporarse. Una mano lo empujó contra la pared.

Tomás dijo un nombre. No llegó a formular una pregunta completa.

La persona frente a él respondió algo que, más tarde, nadie podría recuperar porque no había cámara encendida, ni grabación accidental, ni testigo escondido.

Por primera vez en aquel lugar, Tomás Vidal no estaba registrando lo que sucedía.

A las diez y treinta y ocho, Vera recibió una notificación de mensaje fallido procedente del número de Tomás.

No había contenido, únicamente la indicación de que el remitente había intentado compartir una ubicación y la transmisión se había interrumpido.

Llamó. El teléfono daba tono. Nadie respondió.

Gael, a quien ella había mantenido informado, ordenó localizar el terminal.

La última conexión con una antena situaba el dispositivo en el sector oeste de Puerto de Armenta, demasiado amplio para precisar un punto.

Vera condujo hacia el área de servicio. Estaba vacía.

A las once y doce encontraron el coche de Tomás junto a Casa de la Marea.

Gael llegó casi al mismo tiempo que la primera patrulla.

Vera estaba fuera del perímetro improvisado y no discutió cuando le impidieron entrar.

No necesitaba hacerlo. Desde la carretera se veía una puerta abierta y, más allá, el haz de las linternas moviéndose por el edificio.

Un agente apareció después de varios minutos y habló al oído de Gael.

Vera observó cómo el inspector levantaba la cabeza hacia el acantilado.

Entonces supo que no estaban buscando ya a un hombre escondido.

El cuerpo apareció al pie de la escalera exterior orientada al mar.

Tomás yacía de lado, con una lesión visible en la cabeza y un brazo atrapado bajo el torso.

Llevaba un solo zapato. La lluvia había empezado de nuevo, muy fina, y Gael ordenó cubrir la zona mientras llegaba Científica.

A primera vista podía parecer una caída accidental: madera podrida, escalones mojados, oscuridad.

Pero el teléfono de Tomás estaba arriba, en la habitación del panel abierto, con la pantalla rota.

Y en el hueco no había ninguna cinta. Solo una caja vacía con una etiqueta parcialmente despegada.

A medianoche, mientras todavía trabajaban en la casa, un agente que recorría el sendero del acantilado encontró el segundo zapato.

Estaba a ciento sesenta y tres metros del cadáver, junto al punto donde en 2009 apareció la zapatilla que la investigación atribuyó a Irene Valdés.

Nadie habló durante varios segundos cuando comunicaron la ubicación por radio.

Gael miró hacia Vera. Ella no necesitaba conocer cada detalle del expediente para comprender la intención.

Tomás no había perdido aquel zapato al caer por una escalera. Alguien lo había llevado hasta allí.

Diecisiete años antes, un objeto abandonado junto al acantilado había ayudado a construir la historia de una muerte sin cuerpo.

Ahora había un cuerpo y el mismo gesto. No era una coincidencia.

Tampoco era únicamente un asesinato. Alguien estaba utilizando la versión que todos habían contado sobre Irene para devolverles una pregunta que habían conseguido evitar durante casi dos décadas: si aquella historia había sido mentira, ¿quién la había inventado primero?