Donde enterramos agosto 9 La misma historia, seis veces
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9 La misma historia, seis veces

Vera pasó la mañana del veinticuatro de agosto haciendo algo que conocía mejor que cualquier técnica policial: escuchar la misma historia hasta que las diferencias dejaran de parecer accidentes.

No tenía capacidad para citar formalmente a nadie ni acceso completo al expediente, pero sí una ventaja que Gael no podía fabricar.

Los seis amigos de Clara sabían quién era.

Para ellos no representaba a una institución, sino a Nicolás.

Cada vez que entraba en una habitación llevaba consigo un muerto que todos habían conocido antes que ella.

Algunos intentaban ignorarlo. Otros la miraban como si el parecido con su hermano fuera una acusación.

Empezó por Eva, porque era la única que había mostrado iniciativa después de la desaparición.

Vivía en un piso antiguo encima de una librería, cerca del mercado, y había convertido el salón en una mezcla de casa y redacción: periódicos apilados, dos portátiles, grabadoras, una cámara profesional y varias cajas de archivo etiquetadas por años.

No ofreció café. Tampoco fingió que la visita le resultara inesperada.

Dijo que sabía que Vera terminaría llegando y señaló el sofá.

Durante casi una hora habló de Clara sin que Vera formulara más de cuatro preguntas directas.

Contó los últimos meses, las llamadas que habían aumentado después de marzo y la sensación de que Clara estaba comprobando cosas sin explicar qué buscaba.

Admitió algo que no había contado a Gael: en junio, Clara le pidió acceso a la hemeroteca interna del periódico donde Eva trabajaba.

Quería consultar material no digitalizado sobre Mirador de Lúa, un accidente laboral y el nombre de un portugués.

Eva la ayudó. Afirmó que entonces no conocía a Mateo Sampaio, pero Vera detectó una contradicción sencilla: en la cena, cuando Clara pronunció el nombre, Eva no mostró sorpresa porque ya lo había oído dos meses antes .

Lucía recibió a Vera en la consulta que conservaba en Armenta durante el verano.

La sala estaba diseñada para tranquilizar: madera clara, plantas, sillones bajos, una ventana orientada a un patio silencioso.

A Vera le pareció un decorado cruel para aquella conversación.

Lucía tenía los ojos hinchados y llevaba dos noches durmiendo mal.

No negó estar asustada. Lo que negó fue saber de qué debía estarlo.

Aseguró que Clara había empezado a hacer preguntas incómodas meses atrás, pero que ella siempre había interpretado aquello como una recaída en la culpa.

Vera dejó pasar la palabra. Preguntó de qué se culpaba Clara.

Lucía respondió demasiado rápido que de haber mentido.

Cuando Vera quiso saber sobre qué exactamente, la psicóloga corrigió: todos habían mentido sobre detalles, horarios, alcohol, entradas y salidas.

La misma formulación que Marcos había utilizado ante la policía. Vera anotó mentalmente la coincidencia.

Lucía terminó admitiendo que de adolescente cogía ansiolíticos del botiquín de su madre.

Eran para ella: sufría episodios de ansiedad y en su casa cualquier problema emocional se trataba como una debilidad.

Negó habérselos dado a Irene. Vera no insistió; aún no tenía nada con que desmontar esa parte y prefería que Lucía creyera protegido el secreto.

Antes de irse, preguntó por Tomás. —Siempre supo más de lo que contaba.

No porque decidiera nada. Porque miraba.

Después de la muerte de Nicolás, añadió, se volvió casi paranoico con las grabaciones: hacía copias, inventarios, hablaba de «no perder otra vez la historia».

—¿Otra vez? Lucía negó con la cabeza. No sabía qué quería decir.

Marcos la recibió en un despacho alquilado junto al puerto.

Había regresado a Armenta por el caso, aunque su bufete principal estaba en Bilbao.

Era el más difícil de leer porque no intentaba resultar inocente; intentaba resultar exacto.

Reconoció omisiones de la declaración de 2009 antes de que Vera se las señalara y explicó que a los dieciocho años todos habían protegido a los demás en cuestiones que consideraban secundarias.

Admitió que hubo más discusiones de las declaradas, que Adrián e Irene habían mantenido una relación física breve y que Daniel llamó a su padre aquella noche antes de que supieran que Irene había desaparecido.

La última información era importante. En el expediente original, Esteban Rivas afirmó que recibió la primera noticia sobre Irene a las cuatro y doce de la madrugada, cuando Daniel lo llamó preocupado porque ella no había vuelto.

Marcos recordaba una llamada anterior. No podía dar hora, pero creía que fue cerca de las tres.

—¿Por qué no lo dijiste entonces? Marcos se tomó su tiempo.

No sabía a quién llamó Daniel; solo recordaba que se apartó con el teléfono y que, cuando Esteban apareció en Casa de la Marea, todos asumieron que lo habían avisado más tarde.

Vera escuchó cómo separaba los hechos para no permitir que formaran una conclusión.

—¿Esteban estuvo en la casa aquella noche?

Marcos dejó de mirarla. —Estuvo durante las búsquedas.

—He dicho aquella noche. —No lo recuerdo con suficiente seguridad.

Era la primera vez que retrocedía. Vera puso sobre la mesa una copia del sombreado del cuaderno de Nicolás: ESTEBAN.

CASA. RICARDO. A.S. 25/8 — G. La expresión del abogado se quebró apenas un instante.

No preguntó qué significaba. Preguntó dónde lo había encontrado. La palabra CASA le había bastado.

Adrián fue más sencillo porque confundía seguridad con control.

La recibió en la oficina principal de Soria Desarrollo, un edificio moderno construido precisamente junto a una de las promociones que habían sobrevivido a la crisis.

Tenía fotografías aéreas de Puerto de Armenta en las paredes y una maqueta restaurada de Mirador de Lúa en una sala contigua.

El proyecto ya no pertenecía completamente a su familia; tras varios concursos y refinanciaciones, algunas fases habían pasado a fondos y otras a empresas locales, entre ellas una sociedad participada por Daniel.

Adrián explicó todo aquello sin que Vera lo preguntara.

Cuando ella mencionó a Mateo, negó conocerlo.

Cuando preguntó por el 22 de agosto de 2009, reconoció que discutió con Irene por un asunto personal.

No explicó cuál. Vera mencionó la relación que Marcos acababa de confirmar.

Adrián sonrió sin humor y dijo que Marcos siempre había sido más valiente con los secretos ajenos que con los propios.

La conversación se volvió útil cuando Vera preguntó por la noche posterior a la fiesta, no por la fiesta misma.

Adrián recordó que su padre salió de casa de madrugada.

Afirmó no saber adónde fue. Su madre estaba de viaje y él regresó a casa cerca de las cinco.

Encontró el despacho de Álvaro abierto y barro seco en el recibidor.

Aquella observación nunca estuvo en su declaración.

No porque la ocultara, según él, sino porque nadie le preguntó.

Vera no creyó esa explicación, pero el detalle encajaba con algo más antiguo y más grave que una discusión adolescente.

Antes de irse se acercó a la maqueta de Mirador de Lúa.

El relieve mostraba varias zonas verdes y un aparcamiento subterráneo.

Bajo la ladera occidental había un volumen sin uso señalado como «infraestructura técnica».

Adrián dijo que correspondía a galerías antiguas estabilizadas y que algunas seguían selladas. Vera fotografió la maqueta.

Daniel fue el último. Se encontraron en una cafetería cerca del hospital porque él dijo tener una reunión después.

Vera había decidido no entrar a aquella entrevista buscando al culpable de nada.

Daniel era demasiado obvio como heredero de una familia relacionada con la investigación antigua, y la obviedad podía funcionar como una trampa.

Se mostró atento, preocupado por Clara y sorprendentemente abierto sobre su padre.

Reconoció que Esteban era controlador, que en 2009 intervino más de lo que debía en los interrogatorios y que años después él mismo llegó a sospechar que había protegido al grupo para evitar un escándalo.

Aquello era casi una confesión sin contenido.

Daniel admitía una irregularidad menor para hacer menos imaginable una mayor.

Vera le preguntó directamente por la llamada de la noche del 22 de agosto.

Daniel sostuvo que llamó a su padre cuando comprendieron que Irene no aparecía.

No recordó la hora. Vera dijo que Marcos situaba una llamada anterior.

Daniel respondió que Marcos podía recordar mal o confundirla con otra.

No se irritó. Tampoco mostró sorpresa. Cuando Vera preguntó si había estado alguna vez en las galerías de Mirador de Lúa, negó.

Su empresa había trabajado años después en la consolidación de una parte de la urbanización, pero él aseguró que las galerías profundas estaban clausuradas.

Vera señaló que parecía conocer bien qué parte estaba clausurada para no haber entrado nunca.

Daniel sonrió y contestó que los planos existían para algo.

Antes de separarse, él cambió el equilibrio de la conversación.

Preguntó por qué Vera había dejado la policía.

No era un dato difícil de encontrar, pero ella no esperaba que lo utilizara.

Daniel conocía el expediente disciplinario, el sospechoso inocente y la obsesión que había terminado dañando la investigación.

No la atacó; simplemente recordó que a veces una teoría correcta en apariencia podía convertir cualquier gesto en confirmación.

Vera entendió el mensaje. Era inteligente porque no intentaba asustarla, sino sembrar duda sobre su propio método.

Le agradeció el consejo y se marchó sin mostrar cuánto le había molestado.

A las siete de la tarde regresó a la casa de su madre.

Sobre la mesa del dormitorio de Nicolás extendió las notas del día y construyó una tabla simple con nombres, hechos admitidos y zonas de silencio.

Eva ocultaba la investigación de Clara y sabía de las cintas.

Lucía reaccionaba a los medicamentos. Marcos recordaba una llamada de Daniel y se alteraba con la palabra CASA.

Adrián situaba a su padre fuera de casa de madrugada.

Daniel aceptaba defectos de su padre, pero negaba haber entrado en unas galerías que su empresa había gestionado.

Ninguna de aquellas cosas demostraba secuestro, asesinato ni conspiración.

Juntas sí demostraban algo más elemental: la versión común de 2009 llevaba diecisiete años deshaciéndose por los bordes.

Su teléfono vibró a las ocho y doce. Era un mensaje de un número que no tenía guardado.

«Soy Tomás. Necesito enseñarte algo. No quiero llevarlo a comisaría todavía».

Vera llamó inmediatamente. No respondió.

Un segundo mensaje llegó dos minutos después con una ubicación y una frase: «Si no contesto mañana, busca donde grabábamos cuando llovía».

La ubicación correspondía a una antigua área de servicio junto a la carretera del faro.

Vera respondió que podían verse esa misma noche.

No hubo confirmación. La formulación le resultó demasiado premeditada para ser puro miedo: Tomás escribía como alguien que llevaba años esperando necesitar aquella precaución .

A las nueve y cinco llamó a Gael. Le contó solo lo imprescindible: Tomás quería hablar y había enviado una ubicación.

Gael pidió el número, la hora y una captura de los mensajes.

Vera se la envió. Él dijo que intentaría localizarlo y que no fuera sola a ningún sitio relacionado con la Casa de la Marea.

Ella preguntó por qué mencionaba la casa cuando Tomás no lo había hecho.

Gael tardó medio segundo. Explicó que la frase sobre grabar cuando llovía podía referirse a ese lugar.

Vera recordó entonces las cajas de Nicolás, una cinta sin etiqueta y una fotografía tomada en una habitación con paredes descascarilladas.

No necesitaba obedecer a Gael para saber que ir sola sería una estupidez.

Lo que no sabía era si Tomás seguía teniendo tiempo para esperar hasta la mañana.