Donde enterramos agosto 8 Los apellidos de los padres
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8 Los apellidos de los padres

Eduardo Luján llevaba más de veinte años ocupándose de nóminas, impuestos y contabilidad de pequeñas empresas de Armenta.

Nicolás conocía aquella tinta azul, el nombre comercial y la firma rápida que su padre utilizaba cuando llegaba tarde a casa con una carpeta bajo el brazo.

El documento correspondía a una subcontrata de Mirador de Lúa.

Había una factura por retirada de tierras, otra por trabajos de contención y una tercera, corregida a mano, por «regularización extraordinaria de personal».

La última cantidad era demasiado grande para lo que describía.

Irene explicó que su padre había guardado copias de documentos municipales y de empresa antes de morir; durante meses ella creyó que eran papeles viejos de trabajo.

Empezó a revisarlos porque necesitaba vender el coche y buscaba la póliza del seguro.

Encontró primero un pendrive, después una libreta y finalmente una caja con fotografías.

Lo que más la inquietó no fue una cifra concreta, sino la repetición de los mismos apellidos: Soria en sociedades promotoras, Rivas en comunicaciones con la comisaría de Armenta, Vega en una hoja médica cuyo encabezado no correspondía a ningún hospital, y Luján en facturas de una subcontrata portuguesa.

Salieron de la cafetería casi una hora después.

Ninguno propuso ir a la playa. Irene quería ver Mirador de Lúa desde cerca y Nicolás dijo que conocía un acceso por la parte posterior, una pista utilizada por ciclistas antes de que empezaran las obras.

El proyecto se levantaba en una ladera al oeste del pueblo, sobre antiguas canteras y galerías cerradas décadas atrás.

Desde la carretera principal parecía una urbanización a medio construir: esqueletos de hormigón, chalés sin ventanas, grúas inmóviles y grandes movimientos de tierra separados por vallas metálicas.

La crisis había ralentizado la obra, pero todavía había actividad.

Camiones entraban y salían por el acceso principal.

Ellos dejaron la moto de Nicolás junto a un pinar y continuaron a pie.

El terreno olía a resina, polvo y gasóleo.

Irene llevaba la carpeta dentro de la mochila y caminaba más deprisa de lo prudente, como si acercarse físicamente al lugar pudiera convertir documentos incomprensibles en respuestas.

Encontraron una zona desde la que se veía la parte baja de la promoción.

Había tres edificios de apartamentos, un muro de contención y, más abajo, una explanada excavada contra la roca.

Nicolás señaló una abertura oscura protegida por una reja.

Recordaba haber oído que las galerías antiguas atravesaban parte de la ladera y que durante las obras habían sellado algunas por seguridad.

Irene sacó una de las fotografías de su padre.

Estaba tomada aproximadamente desde la misma orientación, aunque dos años antes.

En ella no existían todavía los bloques de apartamentos y la explanada era mucho más profunda.

Había una excavadora, una zanja y cuatro hombres.

Uno de ellos aparecía de espaldas. Otro tenía una mano levantada hacia la cámara.

Irene no sabía quién había hecho la fotografía, pero su padre la había conservado con los papeles de Mateo.

Nicolás comparó el perfil del terreno con el paisaje.

Una parte de la zanja estaba ahora bajo el muro de contención.

Un todoterreno blanco apareció por la pista inferior.

Nicolás tiró de Irene hacia los árboles antes de pensar si realmente necesitaban esconderse.

El vehículo se detuvo junto a la reja de las galerías.

Bajaron dos hombres con casco y un tercero sin ropa de obra.

Desde aquella distancia no podían distinguir bien los rostros, pero Nicolás reconoció la forma de caminar del último antes de reconocer la camisa.

Álvaro Soria, el padre de Adrián. Lo había visto suficientes veces entrando en restaurantes, partidos y reuniones para identificar aquella seguridad corporal incluso de lejos.

Los hombres hablaron unos minutos, abrieron la reja y desaparecieron dentro.

Irene no hizo ninguna fotografía. Solo observó.

Cuando Nicolás preguntó por qué, respondió que una imagen de Álvaro Soria visitando su propia obra no demostraría nada.

Aquella respuesta le hizo comprender que no estaba jugando a ser periodista ni detective.

Irene entendía, de manera intuitiva, que una sospecha no debía confundirse con una prueba.

De regreso a la moto discutieron qué hacer.

Nicolás quería hablar con su padre. Irene se negó: no sospechaba de Eduardo, pero cada conversación podía avisar a alguien antes de que supieran qué tenían entre manos.

Primero quería localizar a algún compañero de Mateo, confirmar si había salido de España y encontrar el parte médico citado en la libreta y una comunicación municipal cuyo número de registro estaba incompleto.

—¿Por qué no vas a la Guardia Civil? ¿O a un periodista?

Irene señaló los papeles que llevaba en la mochila.

Por separado, muchos admitían una explicación inocente.

Y el apellido Rivas aparecía demasiado cerca de todo.

Esteban era uno de los mandos con más influencia en Armenta.

Denunciar sin saber a quién implicaban los documentos podía ser la forma más rápida de perderlos.

Antes de separarse, Irene le hizo prometer que no mencionaría nada al resto de la cuadrilla.

Nicolás aceptó con una facilidad que después recordaría como una primera traición, porque aquella misma noche estuvo a punto de contárselo a Clara.

No lo hizo. Se encontró con todos en una terraza del puerto y pasó dos horas observando apellidos convertidos en personas.

Adrián hablaba de un viaje que su padre quería organizar.

Daniel discutía con Eva sobre política. Clara se quejaba de unas prácticas de verano en la clínica de su padre.

Ninguno cargaba a simple vista con el peso de una muerte escondida bajo una urbanización.

Nicolás pensó que quizá Irene estaba equivocada y deseó que así fuera.

El deseo fue tan intenso que se avergonzó.

Irene llegó más tarde. Se sentó al extremo de la mesa y actuó como si la mañana no hubiera ocurrido.

Adrián le ofreció una copa. Lucía le preguntó si bajaría a la playa al día siguiente.

Tomás encendió la cámara hasta que Eva le dijo que dejara de grabarles mientras comían.

Irene habló poco. Solo una vez cruzó la mirada con Nicolás y él entendió que estaba comprobando si había cumplido su promesa.

Asintió casi imperceptiblemente. Ella relajó los hombros.

Fue un gesto mínimo, pero Nicolás sintió por primera vez que alguien había depositado en él una responsabilidad real.

No sabía todavía que durante las semanas siguientes aquella confianza crecería hasta convertirse en algo que ninguno de los dos podría abandonar sin destruir al otro.

Cuando terminó la noche, Irene no regresó con ellos.

Dijo que había quedado con alguien y caminó sola hacia la avenida del puerto.

Adrián hizo una broma sobre un novio secreto.

Lucía le pidió que se callara. Nicolás observó a Irene alejarse entre la gente y pensó en seguirla, no por celos ni curiosidad, sino porque desde aquella mañana todo lo que la rodeaba tenía un margen de peligro.

No lo hizo. Irene dobló una esquina y desapareció.

A unos cien metros, bajo la marquesina de una parada, alguien la estaba esperando.

Nicolás solo vio una silueta masculina, mayor que ellos, que se incorporó cuando ella se acercó.

Irene lo abrazó. Fue rápido y natural. Nicolás apartó la vista antes de que pudieran verlo mirando.

Durante años recordaría aquella escena sin entender por qué había decidido guardar también ese secreto.