7 Lo que Gael ya sabía
Gael llegó a casa de Teresa Luján cuarenta minutos después de la llamada.
Durante el trayecto recibió dos mensajes de la unidad que había seguido a Tomás Vidal la noche anterior y una llamada del subinspector encargado de la búsqueda de Clara, pero nada obligaba todavía a cambiar la prioridad.
Tomás había entrado en Casa de la Marea y había salido diecisiete minutos después.
Llevaba una linterna, una caja de herramientas y una bolsa vacía.
Cuando los agentes lo identificaron en la carretera dijo que había ido a recoger unas pertenencias antiguas.
No podían detenerlo por regresar a un edificio abandonado que conocía desde adolescente, y la casa no era todavía una escena criminal formalmente vinculada al secuestro.
Aun así, Gael había pedido que nadie perdiera de vista sus movimientos.
—¿Esto te dice algo? —preguntó Vera. Gael respondió que los nombres podían corresponder a personas del entorno de la cuadrilla y que una inicial no permitía atribuir nada a nadie.
—No te he preguntado qué puede probarse.
Te he preguntado si te dice algo. A veces Vera recordaba a Nicolás, no por los rasgos, sino por la paciencia con que esperaba después de una pregunta, negándose a rescatar al otro del silencio.
Gael admitió que había conocido a su hermano.
En Armenta, dos jóvenes de edades próximas podían coincidir muchas veces sin ser amigos.
—¿Cuánto? —Lo suficiente para hablar alguna vez. Vera volvió a mirar la inicial.
El cuaderno fue fotografiado y embolsado con el consentimiento de Teresa y de Vera, que exigió conservar una copia completa antes de entregarlo.
Gael no discutió. La hoja no era por sí sola una prueba de delito, pero sí una pieza que podía conectarse con la investigación si Clara había estado buscando precisamente aquello.
Mientras el agente preparaba la cadena de custodia, Vera permaneció junto a la ventana, los brazos cruzados.
Gael tuvo la impresión de que no estaba pensando en el cuaderno, sino en él.
Antes de marcharse, Gael pidió revisar el resto de las cajas de Nicolás.
Vera se negó de momento. No con hostilidad, sino con precisión.
Las pertenencias eran de la familia y ella estaba trabajando para encontrar a Clara; entregaría cualquier elemento que pudiera constituir una prueba, pero no permitiría que la policía se llevara indiscriminadamente dieciséis años de objetos privados porque ahora resultara conveniente reabrir preguntas que nunca habían interesado demasiado.
Gael pudo haberle recordado que él no había participado en la investigación de Nicolás.
No lo hizo. Sabía que para Vera la institución y las personas que la representaban se mezclaban en aquel momento de una forma difícil de separar.
Fue entonces cuando cometió un error pequeño.
Le pidió que no contactara todavía con Esteban Rivas, Ricardo Vega ni Álvaro Soria sin avisar a la policía.
Vera levantó la vista. «No te he dicho que pensara hacerlo».
Gael respondió que era una deducción evidente a partir de las marcas del cuaderno.
Ella señaló que las iniciales A.S. podían ser cualquier cosa y que Ricardo ni siquiera aparecía con apellido.
«Tú los has completado muy deprisa». Gael mantuvo la mirada.
Había suficiente información histórica para justificarlo, pero ambos supieron que la explicación no era completa.
—¿Qué ocurrió el veinticinco de agosto de 2009?
Gael respondió que las búsquedas de Irene seguían activas y que él estaba en Puerto de Armenta.
—Eso ya está en la hemeroteca. ¿Qué hiciste tú?
Gael contempló la fachada de la casa vecina.
Otra evasiva habría convertido la conversación en un interrogatorio.
—Hablé con Nicolás aquel día. Vera tardó en responder.
—¿De qué? —No recuerdo la conversación con suficiente precisión para reconstruirla diecisiete años después.
Era una mentira parcial: la clase que Gael detestaba en los interrogatorios porque podía sostenerse durante mucho tiempo sobre una base verdadera.
Ella lo supo. No necesitó demostrarlo. «Clara desaparece después de decir que algunos mentimos sobre Irene.
Mi hermano dejó tu inicial junto a una fecha de aquellos días y tú apareces aquí como si esto fuera únicamente un expediente nuevo».
Gael respondió que para él no lo era. La frase salió antes de que pudiera corregirla.
Vera se quedó quieta. «¿Por qué?» Gael sostuvo el silencio unos segundos y contestó que cualquier investigador que hubiera leído el caso comprendería que no podía tratarse como algo aislado.
Ella negó lentamente. «Eso no es lo que has dicho».
La conversación terminó ahí porque Gael no estaba dispuesto a avanzar más y Vera no tenía intención de aceptar una explicación peor.
De regreso a comisaría encontró a Tomás con un abogado de oficio.
El hombre del día anterior, verboso y nervioso, había desaparecido.
Tenía ojeras y evitaba mirar la cámara de la esquina.
Admitió haber vuelto a Casa de la Marea, pero sostuvo que buscaba objetos que había escondido allí de joven: cintas y material de vídeo sin valor económico.
—¿Por qué esperar diecisiete años? —preguntó Gael—.
¿Y por qué ir precisamente la noche después de que desaparezca Clara?
Tomás dijo que la cena le había hecho recordar cosas y que no quería que cualquiera encontrara grabaciones privadas de cuando eran adolescentes.
No quiso concretar qué esperaba encontrar.
El escondite estaba vacío cuando llegó. —¿Quién más lo conocía?
—Nadie. Que yo sepa. La corrección reveló más que la respuesta.
Gael preguntó si Clara sabía algo de aquellas grabaciones.
Tomás bebió agua y consultó a su abogado.
Semanas atrás, Clara le había preguntado si conservaba vídeos del verano de 2009 y él había respondido que no.
—¿Era verdad? Tomás miró el vaso. —No del todo.
El matiz no bastaba para acusarlo de nada, pero sí para ampliar el registro de su vivienda cuando llegara la autorización.
Mientras tanto, Gael ordenó analizar las cámaras de tráfico alrededor de Casa de la Marea.
El acceso principal carecía de vigilancia, pero dos carreteras próximas tenían lectores municipales instalados para controlar circulación durante el verano.
Si alguien había seguido a Tomás, quizá hubiera dejado un rastro más útil que las huellas borradas por la lluvia en San Román.
A media tarde Vera caminó sola hasta el puerto.
Había dejado las cajas de Nicolás en casa de su madre y necesitaba distanciarse antes de continuar.
No había regresado a Armenta para investigar la muerte de su hermano, se repitió.
Clara estaba viva hasta que existiera evidencia en contrario.
Ese debía ser el centro. Sin embargo, cada dato nuevo parecía colocarlo todo alrededor de Nicolás: las visitas de Clara a Teresa, el cuaderno, la fecha, la inicial.
La dificultad no consistía en evitar el pasado, sino en impedir que devorara la investigación actual.
Entró en un bar frente a la lonja porque reconoció el nombre aunque el interior estuviera completamente reformado.
Pidió café y abrió en el móvil las fotografías que había hecho antes de entregar el cuaderno.
Amplió las marcas. ESTEBAN. CASA. RICARDO.
A.S. 25/8 — G. La palabra CASA podía referirse a Casa de la Marea.
Ricardo probablemente era Ricardo Vega, padre de Clara y médico.
Esteban podía ser Rivas. A.S. encajaba con Álvaro Soria, padre de Adrián.
G era la única pieza que no podía completar con certeza, aunque ahora existía un candidato evidente.
Buscó noticias de agosto de 2009. En una fotografía de una batida ciudadana tomada el día 24 reconoció a Esteban Rivas junto a varios voluntarios.
En otra del día 25 aparecía Nicolás en segundo plano, hablando con alguien parcialmente fuera del encuadre.
Vera amplió hasta que los píxeles destruyeron casi todo el rostro.
Aun así, la altura, el pelo oscuro y la línea de la mandíbula se parecían a Gael.
Guardó la imagen. No demostraba nada. Precisamente por eso era peligrosa: las pruebas débiles eran las que con mayor facilidad se convertían en confirmaciones cuando uno deseaba demasiado una respuesta .
Regresó a casa de Teresa antes de anochecer y continuó revisando las cajas.
Cerca del fondo de una de ellas encontró un sobre de una tienda de revelado fotográfico.
Contenía copias de baja calidad, casi todas de fiestas y excursiones.
Una mostraba a Nicolás junto a la antigua estación de autobuses.
A varios metros, de perfil, estaba un joven que Vera reconoció ahora con claridad.
Gael Santoro. No aparecía Irene. No había nada extraordinario en la escena, salvo que la fecha impresa en el margen era 25-08-2009.
Vera dio la vuelta a la fotografía. La letra era de Nicolás. Solo había escrito cuatro palabras: HABLAR CON G. CARRETERA VIEJA.
La dejó sobre el escritorio y permaneció mirándola varios minutos.
Gael le había dicho que había hablado con Nicolás aquel día.
Eso era verdad. Lo que no había dicho era por qué Nicolás consideró necesario dejarlo anotado.
Vera fotografió anverso y reverso y guardó el original aparte.
Después abrió el mapa de Puerto de Armenta y buscó qué lugares conectaba en 2009 la carretera vieja.
Uno de ellos aparecía junto a la costa, al oeste de la ciudad.
Mirador de Lúa.