Donde enterramos agosto 6 La habitación
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6 La habitación

Despertó con sed antes de saber dónde estaba.

La sed era una presencia completa, una superficie áspera pegada al interior de la boca, más inmediata que el dolor de la cabeza y que el peso extraño del brazo derecho.

Intentó tragar y la garganta respondió con una punzada.

Por un instante creyó que seguía tumbada sobre piedra mojada.

Después notó debajo de la espalda un colchón estrecho, demasiado firme, cubierto por una sábana que olía a detergente barato y humedad.

No abrió los ojos inmediatamente. Había una luz al otro lado de los párpados.

Blanca, fija. Escuchó. El silencio no era absoluto.

En algún lugar funcionaba un mecanismo eléctrico con un zumbido regular; más lejos, a intervalos difíciles de medir, caía agua.

Una gota, después otra, después varias seguidas.

No había tráfico. No había voces. Tampoco viento.

Intentó recordar el último lugar que reconocía y encontró imágenes desordenadas: una escalera, una mano cerrándose alrededor de su brazo, una luz exterior, el sabor metálico de sangre.

Cuando intentó avanzar más allá, el dolor le atravesó la sien y tuvo que quedarse quieta.

Abrió los ojos. El techo estaba a poca altura y había sido pintado de blanco hacía mucho tiempo.

La pintura se levantaba en una esquina. Una bombilla protegida por una rejilla metálica permanecía encendida.

No existía ventana. A su izquierda había una pared de bloques pintados, a la derecha otra, y frente a la cama una puerta gris sin picaporte interior.

Junto a ella, sobre una silla de plástico, alguien había dejado una botella de agua cerrada, un vaso y dos comprimidos blancos.

La sencillez del escenario resultaba peor que cualquier desorden.

Nadie terminaba allí por accidente. Alguien lo había preparado.

Intentó incorporarse. El cuerpo le respondió por partes.

Dolor en las costillas. Tobillo izquierdo hinchado.

Un vendaje alrededor de la cabeza. El brazo derecho sujeto con una férula improvisada desde la muñeca hasta casi el codo.

Llevaba la misma ropa, aunque la camiseta estaba cortada en un lateral y había manchas oscuras, secas, sobre el tejido.

No tenía zapatos. Tampoco bolso. Buscó instintivamente un teléfono y no encontró nada.

La respiración empezó a acelerarse. Se obligó a contar.

Cuatro segundos para inspirar. Cuatro para mantener.

Cuatro para expulsar. El método no eliminó el miedo, pero lo convirtió en algo que podía observar desde fuera.

No sabía cuánto tiempo había pasado. La luz permanente hacía imposible medirlo.

La botella estaba llena. Si alguien la había colocado recientemente, podían ser horas.

Si la reemplazaban mientras dormía, podían ser días.

Se acercó a la silla arrastrando el pie y comprobó primero el cierre del agua.

Intacto. Bebió despacio porque el cuerpo le pedía vaciarla de una vez.

El primer trago produjo náuseas. Esperó.

Después volvió a beber. Ignoró las pastillas.

La puerta no cedió. No había ranura, mirilla ni cerradura visible desde dentro.

Golpeó con la palma izquierda. El sonido fue sordo y corto, como si detrás existiera un pasillo muy estrecho.

Gritó. La voz salió rota. Volvió a hacerlo hasta que el dolor de cabeza aumentó.

Nadie respondió. Apoyó la frente contra el metal y escuchó.

Nada. El miedo empezó entonces a transformarse: ya no respondía a un peligro inmediato, sino a la certeza de que alguien podía decidir cuánto duraba cada minuto.

Exploró la habitación con una lentitud forzada.

La cama estaba atornillada al suelo. La silla no.

El colchón podía levantarse, pero debajo solo había una estructura metálica.

En una esquina existía un pequeño desagüe y, detrás de un tabique incompleto, un inodoro y un lavabo sin espejo.

El grifo soltaba agua solo mientras mantenía pulsado un botón.

Estaba fría. Sobre el depósito había una toalla y un cepillo de dientes nuevo todavía en plástico.

Esos objetos indicaban permanencia. Alguien contaba con que siguiera allí.

Volvió a la cama y examinó sus heridas. El vendaje de la cabeza había sido colocado por alguien que sabía lo que hacía.

La férula también. Tenía un moratón oscuro sobre el muslo y abrasiones en ambas rodillas.

Intentó reconstruir la caída. Recordó gritos.

Recordó un cielo negro. Recordó estar de pie y después no estarlo.

Había más, pero cada vez que se acercaba surgía una especie de niebla.

Quizá por el golpe. Quizá por otra cosa.

Tenía un sabor amargo persistente en la boca que no correspondía únicamente a sangre.

La puerta se abrió cuando estaba intentando retirar el vendaje.

El movimiento fue tan repentino que ella cayó hacia atrás.

Entró un hombre. Llevaba una chaqueta oscura, guantes y una mascarilla quirúrgica.

La luz del pasillo quedó detrás de él y le impidió distinguir bien el rostro; la penumbra borraba su edad.

Cerró la puerta sin dejar de observarla y sostuvo una bolsa de plástico transparente con material médico.

Ella preguntó dónde estaba. La voz apenas le salió.

Él no respondió. Se acercó a la cama y señaló el brazo.

Ella retrocedió. El hombre dijo que debía comprobar la inflamación.

Su tono era controlado, casi profesional.

No utilizó su nombre. Eso la asustó más.

Si la conocía, había decidido no demostrarlo; si no, el encierro podía tener menos que ver con ella que con algo que llevaba o sabía.

Se negó a dejarse tocar. El hombre esperó.

Después dijo que si la muñeca se desplazaba podía terminar necesitando cirugía.

Ella observó sus manos. Sabía colocar una férula, abrir un paquete estéril, medir el pulso con dos dedos sin buscarlo.

Médico o enfermero, pensó. Quizá alguien acostumbrado a lesiones.

Permitió que retirara parcialmente el vendaje.

El dolor fue intenso, pero soportable. No había deformidad evidente.

Él comprobó los dedos, preguntó si los sentía y volvió a inmovilizar el brazo.

Ella intentó memorizar cada detalle. Un pequeño lunar junto a la oreja izquierda.

Un reloj analógico con correa marrón. Olor a tabaco antiguo adherido a la chaqueta.

Una alianza. La voz ligeramente ronca. Cuando se inclinó, vio una mancha de barro seco en el borde del pantalón.

Ignoraba si alguno de esos detalles serviría alguna vez.

Registrar era una forma de no sentirse completamente pasiva.

Quiso saber qué querían de ella. El hombre siguió trabajando.

Preguntó cuánto tiempo llevaba allí. Silencio.

Cuando quiso saber si su familia sabía dónde estaba, las manos del hombre se detuvieron un instante.

Solo uno. Después dejó dos comprimidos sobre la silla.

« Tómatelos». Ella preguntó qué eran. Analgésicos, respondió.

No añadió nombre ni dosis. Ella dijo que no los tomaría.

El hombre recogió el material y se dirigió hacia la puerta.

Antes de que saliera, ella preguntó si iba a matarla. El hombre se quedó de espaldas, como si buscara una respuesta que no sonara falsa. «No si haces las cosas fáciles», dijo finalmente. Después salió y la puerta volvió a cerrarse.

Ella permaneció sentada hasta que las piernas empezaron a temblarle. No si haces las cosas fáciles. La frase revelaba poco y demasiado. Había una condición. Esperaban algo: información, quizá; un objeto; una decisión. Era una negociación cuyas reglas aún no le habían explicado.

Horas después —o lo que creyó que eran horas— la luz se apagó por primera vez.

No completamente. Una línea amarilla apareció bajo la puerta.

El zumbido eléctrico continuó. Ella había contado hasta cuatro mil doscientas respiraciones desde la visita del hombre y sabía que el cálculo era inútil, pero necesitaba construir alguna medida.

En la oscuridad resultó más sencillo escuchar.

El agua. El mecanismo. Una vibración grave que aparecía aproximadamente cada varios minutos.

Podía ser una bomba. Un generador. Quizá maquinaria situada lejos.

Se tumbó de lado y cerró los ojos. Entonces recordó una voz.

No palabras completas. Un hombre diciendo que la levantaran.

Otra persona repitiendo que todavía respiraba.

Una discusión. El olor a tierra húmeda dentro de un vehículo.

Abrió los ojos. Había sido trasladada inconsciente.

Eso significaba que el lugar podía estar lejos de donde había caído.

Intentó recordar quién la había tocado. Aparecieron dedos alrededor de su muñeca, una camisa clara, una luz roja. Nada permanecía suficiente tiempo.

Cuando volvió a encenderse la bombilla, había comida junto a la puerta: pan, queso, una manzana y otra botella de agua.

No oyó entrar a nadie. La silla seguía en el mismo lugar, pero los comprimidos habían desaparecido.

Debía de haberse dormido. Ignoraba cuánto.

Comió la mitad del pan y escondió el resto bajo el colchón.

Necesitaba decidir al menos sobre una cosa, aunque fuera cuándo comerse aquel pedazo.

El segundo visitante llegó más tarde. No entró.

Permaneció al otro lado de la puerta. La voz era diferente.

Más grave. Preguntó dónde estaba la copia.

Ella tardó en entender. «¿Qué copia?» Hubo silencio.

El hombre repitió la pregunta. Ella respondió que no sabía de qué hablaba.

Entonces la voz mencionó una carpeta. Papeles.

Fotografías. Dijo que no tenía sentido resistirse porque otros ya habían hablado.

El miedo cambió otra vez. Por fin existía una dirección.

No la habían llevado allí por accidente.

Buscaban algo que creían que ella poseía.

Recordó un sobre. Recordó unas manos pasándolo de una persona a otra.

Recordó haber escondido algo antes de salir.

O quizá lo había imaginado. El golpe en la cabeza hacía que los recuerdos parecieran sueños contados por otra persona.

El hombre preguntó por segunda vez dónde estaba la copia. Ella cerró los ojos. Dijo que no existía. El golpe contra la puerta llegó tan fuerte que la hizo retroceder. Después no hubo nada durante varios minutos. Cuando la voz regresó era tranquila. «Piensa mejor». Los pasos se alejaron.

Ella esperó hasta no escuchar nada. Después se levantó y empezó a revisar la habitación de nuevo, esta vez no buscando una salida completa, sino imperfecciones.

Pasó los dedos por las juntas de los bloques.

Intentó aflojar tornillos de la silla. Examinó el desagüe.

Desmontó con dificultad el pequeño aro plástico del tapón del lavabo y consiguió una pieza rígida de pocos centímetros.

No cortaba, pero podía servir para raspar, marcar o forzar algo pequeño.

La escondió dentro del vendaje del brazo.

Al regresar a la cama oyó un ruido nuevo. Muy lejos, amortiguado por paredes y tierra, algo semejante a un motor pesado arrancó y se detuvo. Después llegaron varios golpes metálicos, regulares. Obras, pensó. O maquinaria industrial. Se acercó a la pared y apoyó la oreja. El sonido desapareció.

Ignoraba dónde estaba, cuánto tiempo llevaba allí y cuántas personas participaban.

Pero ya podía afirmar tres cosas: alguien con conocimientos médicos intervenía, buscaban una copia de unos documentos y el lugar no había sido escogido solo para ocultarla.

Existía antes de ella. Era un espacio que alguien conocía suficientemente bien como para convertirlo en una prisión.

Aquella certeza no la tranquilizó. La obligó a pensar en algo peor. Si habían sabido que aquella habitación podía utilizarse, quizá no era la primera vez que necesitaban esconder algo bajo tierra.