5 La hermana de Nicolás
Vera Luján recibió la llamada a las siete y doce de la mañana, cuando todavía no había decidido si aquella noche había dormido o únicamente había permanecido tumbada con los ojos cerrados.
El número no estaba guardado. Contestó por costumbre profesional, con la voz más despierta de lo que se sentía.
El hombre del otro lado tardó unos segundos en identificarse.
Javier Montes. Marido de Clara Vega. No necesitó explicar quién era ella.
El apellido bastó para que Vera se incorporara en la cama.
Había visto la noticia antes de acostarse.
No por casualidad. Una alerta automática que todavía conservaba asociada a Puerto de Armenta le había mostrado el nombre de Clara, el coche encontrado en San Román y una fotografía tomada a la salida del restaurante.
Vera había abierto tres artículos y cerrado los tres antes de terminar.
Ninguno mencionaba a Nicolás. Sí mencionaban a Irene.
Era inevitable. Cada vez que en Armenta desaparecía una persona cerca de la costa, alguien recuperaba aquel verano.
Durante casi diecisiete años, Vera había aprendido a soportar el nombre de Irene en titulares con una disciplina que se parecía demasiado a la indiferencia.
Clara era otra cosa. Clara había estado allí.
Clara había declarado. Clara había acudido al funeral de Nicolás.
Y cuatro días antes de desaparecer había buscado la página profesional de Vera.
Vera colgó y permaneció sentada en el borde de la cama.
Su apartamento todavía estaba oscuro. En la mesa del salón había un expediente de fraude empresarial que debía entregar el lunes y dos platos sin recoger de la noche anterior.
La vida que había construido en Madrid era deliberadamente poco sentimental: objetos comprados por utilidad, paredes sin fotografías familiares, una agenda donde cada semana podía desplazarse sin arrastrar demasiadas cosas detrás.
Puerto de Armenta era lo contrario. Allí cualquier esquina tenía una memoria que no había pedido conservar.
No llamó inmediatamente a su madre. Preparó café, abrió el portátil y revisó la información pública disponible.
Clara había desaparecido después de cenar con antiguos amigos.
El coche apareció en San Román. La policía investigaba una posible conexión con Irene Valdés.
No existía confirmación de secuestro, aunque varios medios la daban por hecha.
Encontró también una imagen borrosa de Gael Santoro entrando en comisaría.
Vera conocía el nombre. Inspector de Policía Judicial.
Había dirigido investigaciones importantes en la zona durante los últimos años.
No recordaba haberlo visto en su adolescencia, pero algo en su rostro le produjo una impresión incómoda de familiaridad que no consiguió situar.
Buscó después el expediente de Nicolás en la carpeta cifrada que conservaba desde hacía años.
Había digitalizado todo lo que su familia poseía: informe de autopsia, atestado, fotografías que su madre nunca supo que había copiado, certificado de defunción, comunicaciones del juzgado.
Lo había revisado tantas veces que conocía de memoria la redacción de algunos párrafos.
Muerte por intoxicación por monóxido de carbono.
Escena considerada compatible con suicidio.
Presencia de diazepam. Ausencia de indicios de intervención de terceros.
Había además un papel manuscrito hallado en el coche: «Lo siento.
No puedo con esto». El informe grafoscópico atribuía la escritura a Nicolás.
Vera jamás aceptó aquella frase como despedida.
No porque dudara de la letra, sino porque no reconocía en ella a su hermano: no aparecía en sus cuadernos, mensajes ni notas previas, y su concisión perfecta parecía escrita para cerrar una historia, no para despedirse.
Durante años Vera creyó que su negativa a aceptar el suicidio era una forma de duelo.
Después entró en la policía y aprendió que una investigación podía cerrarse correctamente y seguir estando equivocada.
Más tarde, ya como detective, descubrió algo todavía más incómodo: también podía enamorarse uno de una hipótesis falsa porque necesitaba que el mundo tuviera un culpable identificable.
Había pagado un precio profesional por esa lección.
Por eso no se permitió concluir nada sobre Clara y Nicolás.
Anotó únicamente el dato: su nombre figuraba en una libreta cuatro días antes de una desaparición vinculada públicamente con Irene.
Tras dejar el cuerpo obtuvo la habilitación profesional exigida y abrió un pequeño despacho de investigación privada en Madrid.
Desde entonces desconfiaba especialmente de las sospechas que más deseaba confirmar.
A las ocho y cuarto llamó a su madre. Teresa respondió casi de inmediato.
—Has visto lo de Clara. Vera dijo que sí.
La voz de su madre adoptó ese tono práctico que utilizaba cuando algo podía hacer daño.
Había periodistas frente a la casa; uno había preguntado por Nicolás.
Teresa no les había abierto. —Voy para Armenta esta mañana.
Hubo un silencio. —¿Por trabajo? —Todavía no lo sé.
Su madre no insistió. Entre ambas existían asuntos que habían aprendido a rodear con tanta precisión que ya formaban parte del mobiliario familiar.
Condujo durante casi cinco horas. A medida que avanzaba hacia el norte, el cielo perdió color y las montañas empezaron a cerrar el horizonte.
El primer cartel de Puerto de Armenta apareció después de una curva que Vera recordaba más estrecha.
No sintió nostalgia. Sintió reconocimiento, que era distinto y menos agradable.
El polígono industrial había crecido. Había una rotonda donde antes existía un cruce peligroso.
El antiguo cine era ahora un gimnasio. Sin embargo, la línea del puerto seguía apareciendo al final de la avenida como una herida gris, y el olor salado entró por el sistema de ventilación antes de que pudiera decidir si abrir la ventanilla.
No fue primero a casa de su madre. Se dirigió a la comisaría.
Javier la esperaba fuera, con la misma ropa del día anterior y un vaso de café que parecía haber olvidado beber.
Vera lo reconoció por las fotografías de prensa.
Él la reconoció por la página profesional.
Se estrecharon la mano. Javier explicó que ya había informado a Gael Santoro de la llamada y que el inspector quería hablar con ella antes de que aceptara formalmente.
Vera estuvo de acuerdo. No necesitaba permiso para trabajar para una familia, pero tampoco quería convertirse en una interferencia en las primeras cuarenta y ocho horas de un posible secuestro.
Gael los recibió en una sala lateral. Cuando Vera entró, él ya estaba de pie.
Fue la primera cosa extraña: no la miró como a una desconocida.
Hubo un reconocimiento demasiado rápido en sus ojos, algo que desapareció antes de convertirse en expresión.
Vera lo registró de forma automática. Treinta y nueve aproximadamente.
Alto, hombros estrechos, cansancio acumulado bajo los ojos.
Una cicatriz pequeña en la mandíbula. Vestía de civil.
No intentó impresionarla con autoridad, lo cual la hizo confiar menos, no más.
Las personas que no necesitaban demostrar control solían poseerlo de verdad.
Gael explicó los límites. No compartiría información reservada ni permitiría acceso a pruebas.
Si Vera obtenía cualquier dato relacionado con la localización de Clara, tendría que comunicarlo inmediatamente.
No debía contactar a posibles sospechosos fingiendo pertenecer a la policía ni interferir con entrevistas programadas.
Vera escuchó y le recordó que conocía la diferencia entre una investigación privada y una policial.
«Lo sé», dijo él. Aquellas dos palabras volvieron a resultarle extrañas.
Preguntó de qué. Gael explicó que había leído su trayectoria profesional aquella mañana.
Era posible. Aun así, Vera anotó mentalmente la incomodidad .
Javier firmó el contrato en una cafetería cercana.
No buscaba que Vera investigara una infidelidad, una deuda ni un secreto doméstico.
Quería encontrar a Clara. Vera no prometió algo que quizá no pudiera cumplir: ofreció reconstruir los días previos a la desaparición y seguir líneas que la policía no priorizara por falta de recursos o por su relación incierta con el secuestro.
—¿Cuánto sabes de 2009? —Casi nada. Sabía que Clara perteneció a la misma cuadrilla que Irene y Nicolás, que Irene desapareció y que Nicolás murió meses después.
Poco más. Si el caso aparecía en un documental o en un aniversario periodístico, Clara cambiaba de canal.
Javier le entregó una copia de la libreta donde aparecía su nombre.
Había otras anotaciones: M.S.; Lúa; 17/11/07; E.R.
; preguntar a Eva por cinta; N no estaba solo.
La última resultó imposible de ignorar. Vera leyó de nuevo.
«¿Sabes qué significa?» Javier negó. Ella tampoco respondió.
N podía ser Nicolás. Podía ser cualquier otra cosa.
La inteligencia profesional consistía muchas veces en resistirse a la primera interpretación, especialmente cuando era la que uno más deseaba.
Su madre vivía todavía en la misma casa.
Habían cambiado la puerta principal, pintado la fachada y eliminado el seto que Nicolás odiaba podar, pero el timbre conservaba un sonido metálico que devolvió a Vera dieciocho años en menos de un segundo.
Teresa abrió antes de que llamara una segunda vez.
Se abrazaron. No fue un abrazo frío ni especialmente emotivo.
Era el abrazo de dos personas que se querían y habían aprendido a no utilizar el dolor como prueba de ese cariño.
La habitación de Nicolás seguía existiendo, aunque ya no era un santuario.
Su madre había retirado la mayoría de los pósteres, cambiado las sábanas y utilizado el armario para guardar ropa de otras temporadas.
Pero la estantería continuaba allí, igual que el escritorio de madera oscura y una pequeña marca en la pared que Nicolás dejó al lanzar un mando durante una discusión de fútbol.
Vera había dormido en aquella habitación alguna Navidad. Nunca conseguía hacerlo bien.
Teresa le contó que Clara había ido a verla en abril.
Aquello detuvo a Vera. No se lo había mencionado por teléfono porque no había entendido que fuera importante.
Clara llegó una tarde con la excusa de preguntar por unas fotografías antiguas.
Quería saber si conservaban cosas de Nicolás, especialmente cuadernos o cintas.
Teresa respondió que Vera se había llevado casi todo años atrás.
Clara se quedó menos de media hora. Antes de marcharse preguntó algo extraño: si Nicolás había hablado alguna vez de un hombre llamado Mateo.
Teresa no recordaba el apellido. Vera se levantó y fue hasta la ventana.
Desde allí se veía la calle donde su hermano había aparcado una moto roja durante dos veranos.
«¿Por qué no me lo dijiste?» preguntó. Teresa respondió que Clara le pidió que no lo hiciera hasta estar segura de algo.
«¿De qué?» No lo sabía. También había preguntado dónde trabajaba Vera y si seguía investigando casos.
Teresa le dio la dirección web. Aquello explicaba la libreta, pero añadía una cuestión mucho mayor: Clara llevaba al menos cuatro meses reconstruyendo el pasado y había acudido precisamente a la madre de Nicolás.
Vera pidió ver todo lo que aún conservaran.
Teresa subió al desván y regresó con dos cajas de plástico.
No habían sido abiertas en años. Había fotografías, entradas de conciertos, manuales de universidad, cables, una vieja cámara compacta, discos duros cuyo conector ya no reconocía y varios cuadernos.
Vera se sentó en el suelo. No buscaba una revelación.
Buscaba una anomalía. Las primeras dos horas solo encontró vida: listas de canciones, apuntes, números de teléfono, dibujos absurdos, horarios, cuentas.
El peligro de investigar a un muerto querido era terminar sustituyendo a la persona por el expediente.
En el tercer cuaderno apareció una página arrancada.
No era raro. Lo raro eran las marcas de presión sobre la hoja siguiente.
Vera inclinó el papel contra la luz. Había escritura hundida, prácticamente invisible.
Recordó una técnica de instituto y deslizó lateralmente un lápiz blando sobre la superficie sin tocar demasiado.
Poco a poco emergieron palabras fragmentadas.
ESTEBAN. CASA. RICARDO. A.S. Después una línea más clara: NO FUE EL MAR.
Vera dejó el lápiz.
Su madre estaba en la puerta.
Ninguna habló de inmediato. Vera leyó otra vez. No fue el mar. La frase podía referirse a Irene. No existía razón razonable para que Nicolás hubiera escrito aquello si creía que había caído por el acantilado. Debajo aparecía otra marca, casi perdida en el borde: 25/8 — G.
Vera fotografió la página, guardó el cuaderno en una bolsa transparente improvisada y llamó a Gael. Él respondió al segundo tono. Vera no dijo hola. «Necesito que vengas a casa de mi madre». Gael preguntó qué había encontrado. «Algo que la policía debería haber visto hace dieciséis años».
Mientras esperaba, Vera sintió una emoción que conocía bien y temía más que el miedo: la satisfacción de que una sospecha antigua pareciera adquirir forma.
Se obligó a sofocarla. Había perdido una investigación años atrás por enamorarse de una teoría.
No permitiría que Nicolás le hiciera repetir el error desde la tumba.
Aun así, cuando oyó un coche detenerse frente a la casa y vio a Gael bajar bajo la lluvia, pensó que él caminaba hacia aquella puerta como alguien que ya sabía qué podía encontrar al otro lado.