4 La casa con todas las puertas cerradas #2
Marcos fue más cuidadoso. Reconoció que todos habían mentido en pequeños detalles durante la investigación original porque eran adolescentes, estaban asustados y temían las consecuencias de haber organizado una fiesta con alcohol en una propiedad abandonada.
Pero negó que existiera una mentira central.
Irene había salido de Casa de la Marea viva.
Eso era lo último que él podía afirmar. Gael preguntó si la vio salir.
Marcos respondió que no personalmente. «Entonces no puedes afirmarlo».
El abogado sonrió sin humor y corrigió: era lo que le dijeron aquella noche.
Cuando Gael preguntó quién, Marcos nombró a Adrián.
Después, casi de inmediato, añadió a Daniel.
Aquella corrección quedó flotando entre ambos.
Adrián llegó a la entrevista preparado para un combate distinto.
Se irritó con la recuperación mediática del caso, criticó las filtraciones y exigió que la policía protegiera a las familias.
Gael dejó que hablara hasta que apareció Irene.
Entonces el empresario se endureció. Admitió una discusión la noche de la fiesta, pero la redujo a un enfrentamiento propio de adolescentes.
Irene era intensa, dijo. Se enfadaba con facilidad.
Gael conocía bien aquel procedimiento: convertir la reacción de una persona en explicación de lo que otros le hicieron.
Le preguntó si entre ellos había existido algún conflicto que no constara en el expediente.
Adrián sonrió, sorprendido, y devolvió otra pregunta: «¿Eso qué tiene que ver con Clara?
» Gael no respondió. El silencio hizo más trabajo que la pregunta.
Adrián terminó diciendo que en aquel verano todos habían discutido con todos y que convertir ahora cada gesto adolescente en una pista criminal era una forma de fabricar una historia que nunca ocurrió.
No fue una respuesta. Gael la dejó registrada como tal.
Daniel fue el último. No necesitó abogado.
Su relación con Gael era demasiado antigua para fingir desconocimiento y demasiado superficial para llamarla amistad.
Habían coincidido durante años en comidas, actos locales, funerales y alguna celebración.
Daniel dirigía ahora una constructora que había absorbido parte de los negocios de su padre y de los Soria.
Había aprendido a vestir sin ostentación y a hablar con una tranquilidad que inspiraba confianza a clientes, bancos y concejales.
Contó que después de la cena había conducido directamente a casa.
Su esposa podía confirmarlo. Una cámara del garaje también.
El vehículo que aparecía siguiendo a Clara no era el suyo.
Gael ya lo sabía. La coartada, al menos para los primeros treinta minutos posteriores a la salida del restaurante, era sólida.
Cuando hablaron de la fotografía, Daniel dijo que le había parecido una amenaza de mal gusto.
Cuando hablaron de Mateo, aseguró que nunca había oído aquel nombre antes de la cena.
Gael lo observó cuidadosamente. No hubo temblor, pausa ni cambio de respiración.
«Mi padre llevó parte de la investigación de Irene», añadió Daniel sin que se lo preguntaran.
«Si esto tiene que ver con aquello, deberías hablar con él».
Gael pensó en la llamada de la mañana y sintió una irritación fría.
Preguntó por qué Clara podía haber dicho que algunos sabían que Irene seguía viva después de abandonar la casa.
Daniel respondió que Clara estaba asustada y que el miedo hacía decir cosas extrañas.
Después preguntó por Javier y por la niña.
Esa preocupación podía ser auténtica. Era precisamente lo incómodo de Daniel: casi todo podía serlo.
Al caer la noche llegó el primer análisis de la microSD.
Contenía veintisiete archivos. Diecinueve eran fotografías escaneadas.
Cuatro documentos PDF. Tres audios de baja calidad.
Y un archivo de texto protegido con contraseña.
Las imágenes pertenecían a distintas épocas.
Había fotografías de las obras de Mirador de Lúa, copias de planos, una instantánea de Esteban Rivas junto a Álvaro Soria y otra de un hombre desconocido con casco de obra.
En dos aparecía una fecha escrita a mano: noviembre de 2007.
Los PDF contenían facturas, mediciones y correos impresos y escaneados.
El nombre Mateo Sampaio figuraba en una relación de trabajadores subcontratados.
Junto a él había un número de pasaporte portugués y una anotación: BAJA 18/11.
El primer audio parecía una grabación telefónica.
Una voz femenina, distorsionada por la compresión, decía únicamente que necesitaba más tiempo.
Otra voz preguntaba cuánto. La mujer respondía que no lo sabía.
El archivo terminaba. En el segundo se escuchaba tráfico y una conversación demasiado lejana para distinguir palabras.
El tercero duraba cincuenta y ocho segundos.
Gael reconoció la voz de Clara. «Si me pasa algo, no miréis únicamente a quienes estaban en la casa.
Nosotros éramos niños. Algunos hicimos cosas de las que no estoy orgullosa, pero hubo adultos que tomaron decisiones después».
Se escuchaba una respiración y luego una silla arrastrándose.
«Nicolás intentó dejar algo. Si esto vuelve a empezar, buscad lo que dejó, no la explicación que os dieron sobre él». La grabación terminaba ahí.
Gael detuvo la reproducción. En la sala nadie habló.
Aquello no demostraba que la muerte de Nicolás estuviera relacionada con la desaparición de Irene ni con el secuestro actual, pero justificaba revisar un expediente que hasta entonces solo pertenecía al pasado familiar de una de las personas implicadas.
Gael pidió una copia completa del caso: fotografías, llamadas, informes toxicológicos, declaraciones y cualquier documento complementario conservado en archivo.
Sabía quién había supervisado aquella investigación.
Esteban Rivas. El dato no convertía a nadie en culpable, pero añadía otro lugar donde el mismo apellido aparecía demasiado cerca de hechos que supuestamente no guardaban relación.
A las diez y veinte, mientras salía de comisaría, recibió un aviso de la unidad que seguía los movimientos de los asistentes a la cena.
Tomás Vidal había abandonado su domicilio hacía media hora.
Conducía hacia el oeste por la carretera costera.
No había cometido ningún delito y no podían detenerlo por moverse, pero Gael pidió que mantuvieran distancia.
Poco después el vehículo de Tomás dejó la carretera principal y tomó un desvío estrecho.
El agente que lo seguía reconoció el destino antes de informar por radio.
Casa de la Marea.
Gael se quedó inmóvil en el aparcamiento, bajo una lluvia que empezaba de nuevo.
Tomás había dicho que no recordaba si grabó aquella noche.
Había mentido al menos una vez. Ahora regresaba, solo y casi a oscuras, al lugar donde Irene había desaparecido diecisiete años antes.
Gael subió al coche. Mientras arrancaba pensó que la diferencia entre una pista y una trampa era, muchas veces, algo que solo se comprendía después de haber entrado.