4 La casa con todas las puertas cerradas
A media tarde, la desaparición de Clara Vega ya había dejado de pertenecer únicamente a su familia.
Dos unidades móviles permanecían frente a la comisaría, los portales digitales habían recuperado en cuestión de horas las fotografías de Irene Valdés y un periodista había encontrado el modo de colocar en un mismo titular las palabras desaparición, misterio y diecisiete años.
Gael observó aquel proceso desde el interior de un coche sin distintivos mientras regresaba a la vivienda de Clara.
Le molestaba la velocidad con la que una investigación adquiría una forma pública antes de que quienes trabajaban en ella hubieran conseguido darle una forma cierta.
Para las seis de la tarde ya circulaba una versión según la cual Clara había pertenecido a una secta adolescente, otra que hablaba de una venganza entre antiguas amigas y una tercera que afirmaba que la policía había encontrado un cadáver en el bosque.
Ninguna era verdad, pero todas tenían la ventaja de estar completas.
La casa de los Montes Vega se encontraba en una urbanización de viviendas unifamiliares levantada en los primeros años dos mil, en la parte alta de Puerto de Armenta.
Desde el dormitorio principal se veía una franja de mar entre dos tejados y, cuando soplaba viento del norte, la sal terminaba depositándose sobre los cristales.
La vivienda tenía el orden imperfecto de los lugares habitados de verdad: una mochila infantil junto a la escalera, dos tazas en el fregadero, dibujos sujetos con imanes a la nevera, una chaqueta de Clara colgada detrás de una puerta.
Aquellos objetos hacían más incómoda la ausencia que cualquier fotografía.
En una desaparición reciente, la ausencia resultaba insoportable porque todo continuaba esperando que la persona regresara .
Javier Montes había autorizado una segunda inspección más exhaustiva.
Permanecía en el salón con la madre de Clara mientras los técnicos trabajaban arriba.
La niña, Jimena, de siete años, estaba en casa de unos tíos.
Gael había preguntado por ella antes de entrar y Javier respondió con una gratitud tan cansada que sintió que la pregunta había sido más importante que cualquiera de las formuladas durante el interrogatorio.
Aquella mañana todavía conservaba una esperanza instintiva: un accidente, una noche fuera, una decisión impulsiva que tendría una explicación.
A esas alturas había visto la fotografía tomada desde el jardín y comprendía que alguien había estado observando a su mujer y a su hija desde fuera de la casa.
La esperanza seguía allí, pero ya no tenía la misma forma.
El despacho de Clara ocupaba una habitación estrecha del piso superior.
Había manuales médicos, carpetas de pacientes antiguos, una impresora, dos estanterías y una mesa orientada hacia la ventana.
Policía Científica había fotografiado el cajón vacío encontrado por la mañana y ahora revisaba restos de fibras, polvo y huellas.
La marca rectangular seguía siendo visible en el fondo: unos treinta centímetros de ancho, algo menos de veinte de fondo.
Gael pidió a Javier que subiera. No le preguntó inmediatamente qué había allí.
Lo dejó mirar. Javier tardó algunos segundos en reconocer la ausencia.
«Una caja», dijo al final. Era de cartón rígido, gris oscuro, con una tapa suelta.
Clara guardaba dentro papeles que no quería tirar: recetas antiguas, cartas, fotografías, documentos de la universidad.
Al menos eso creía él. No sabía cuándo había desaparecido.
Tampoco sabía si Clara se la había llevado o si alguien había entrado en la casa para buscarla.
Gael señaló la ventana. Daba al lateral del jardín y a un estrecho pasillo entre la casa y el seto.
La fotografía recibida por Clara la noche anterior había sido tomada desde aproximadamente allí.
La cerradura de la puerta trasera no estaba forzada.
Tampoco las ventanas. La alarma no había registrado intrusiones.
Aquello ofrecía varias posibilidades, ninguna tranquilizadora: Clara podía haber dejado entrar voluntariamente a alguien; alguien poseía una llave; o quien tomó la fotografía no era necesariamente quien había accedido al despacho.
Gael evitó verbalizar todavía una cuarta: que la propia Clara hubiera retirado la caja antes de la cena porque sabía que estaba en peligro.
En el primer registro del teléfono habían aparecido búsquedas realizadas durante los últimos tres meses.
Casa de la Marea. Mirador de Lúa. Mateo Sampaio.
Hemeroteca Puerto de Armenta 2007. Expediente Irene Valdés.
Nicolás Luján. Había también consultas repetidas a un servicio de almacenamiento cifrado y varias visitas a la página profesional de una detective privada de Madrid.
El nombre hizo que Gael cerrara la carpeta que sostenía.
Vera Luján. No necesitó leer la descripción.
La última consulta a su página se había realizado cuatro días antes.
No había llamadas ni mensajes entre ambas, al menos en los dispositivos analizados, pero Clara había buscado tarifas, dirección y formulario de contacto.
Aquel dato no demostraba que hubiera pretendido contratarla.
Sin embargo, convertía el regreso de Vera en algo más que una posibilidad.
Antes de abandonar el despacho, uno de los técnicos llamó a Gael.
Había encontrado una pequeña hendidura en la parte posterior de la mesa, demasiado regular para ser un golpe.
Retiraron el cajón inferior y descubrieron una memoria microSD fijada con cinta adhesiva bajo la madera.
Era minúscula, del tamaño de una uña. Javier aseguró no saber nada de ella.
Gael ordenó clonarla antes de abrir cualquier archivo.
Durante unos segundos contempló aquella pieza encerrada en una bolsa transparente y pensó que Clara había aprendido a esconder cosas. No sabía todavía de quién.
Los seis asistentes a la cena fueron citados de nuevo.
No como sospechosos formales, sino como las últimas personas que habían visto a Clara antes de desaparecer.
Adrián llegó acompañado de un abogado que no era Marcos.
Eso dijo más de lo que probablemente pretendía.
Eva apareció sola y pidió saber si estaban tratando la desaparición como secuestro.
Tomás tenía ojeras y olía a tabaco húmedo.
Lucía temblaba cuando le ofrecieron agua.
Marcos actuó como si la sala de entrevistas fuera una extensión de su despacho.
Daniel llegó diez minutos antes de la hora indicada y saludó por su nombre a dos policías a los que conocía desde niño.
Gael empezó por Eva. Ella contó la cena con una precisión que parecía periodística hasta que llegaron a los últimos quince minutos.
Recordaba el sobre de Clara, la fotografía de la playa y la frase escrita detrás.
Admitió que Clara había mencionado el nombre de Mateo.
Negó saber quién era. Gael no señaló la contradicción inmediata entre aquella ignorancia y el hecho de que, al escuchar el nombre en el restaurante, según dos testigos, no hubiera mostrado sorpresa.
Preguntó qué había querido decir Clara cuando afirmó que Irene no cayó por el acantilado.
Eva respondió que no lo sabía. «¿Y tú le creíste?
» Ella tardó. «A estas alturas ya no sé qué creer».
La frase era buena, demasiado buena. Gael anotó únicamente la pausa.
Tomás fue distinto. Durante veinte minutos habló de más: platos, lugares en la mesa, fragmentos de conversación.
En cuanto Gael mencionó la fotografía de 2009, los detalles se acabaron.
Sí, la recordaba. Sí, era su cámara. No sabía dónde estaba el original; durante una mudanza había perdido casi todas las cintas.
—¿Grabaste también la noche en que desapareció Irene?
Tomás sostuvo la mirada apenas un segundo.
—No me acuerdo. Se corrigió enseguida. —Creo que no.
Cuando salió, Gael escribió en mayúsculas una sola palabra junto a su nombre: CÁMARA.
Lucía lloró antes de que le preguntaran por Irene.
No era un llanto histérico, sino un agotamiento que parecía haber esperado años un lugar donde aparecer.
Contó que Clara estaba asustada, que durante la cena había mirado el teléfono varias veces y que probablemente les estaba ocultando algo.
Aseguró no haber hablado con ella a solas desde hacía meses.
Cuando Gael preguntó por Mateo Sampaio, Lucía negó conocer el apellido.
Sus dedos empezaron a frotarse entre sí bajo la mesa.
Gael recordó la fotografía adolescente: la joven de dieciocho años tenía las manos levantadas, una pulsera azul, la cabeza inclinada hacia Adrián.
«¿Qué ocurrió en la casa antes de que Irene se marchara?
» Lucía contestó la versión de 2009 casi palabra por palabra.
Habían bebido. Hubo una discusión. Irene se enfadó y salió.
Nadie la siguió. Para alguien que decía recordar muy poco, la secuencia estaba extraordinariamente conservada .