3 Antes de que empezara a llover
Aquel verano todavía creían que las cosas importantes sucedían lejos: en Madrid, en las guerras de la televisión, en las ciudades donde los adultos perdían empleos y los bancos quebraban, en habitaciones de hospital, en carreteras durante la madrugada.
No en Playa de las Viudas. Allí únicamente ocurrían cosas que ellos juzgaban incapaces de dejar cicatriz: cervezas demasiado calientes, piel quemada por el sol, besos que al día siguiente podían negarse y promesas formuladas porque nadie imaginaba que habría que cumplirlas.
La cuadrilla tenía una norma no escrita.
A partir del mediodía, cualquiera que quisiera encontrarlos debía ir a Playa de las Viudas.
No era la mejor playa de Armenta. Precisamente por eso les pertenecía.
El acceso exigía bajar un sendero estrecho entre eucaliptos y roca.
Los turistas preferían las playas urbanas, con duchas, chiringuitos y aparcamientos.
En las Viudas había piedras, restos de algas, corrientes peligrosas y una lengua de arena que desaparecía parcialmente con la pleamar. Para ellos era perfecta.
Aquella tarde eran siete. Nicolás llegó el último.
Bajó por el sendero cargando una mochila y una bolsa de hielo que ya había empezado a gotearle sobre los pantalones.
Adrián lo recibió con una ovación exagerada.
Lucía le lanzó una lata vacía. Tomás no levantó la vista de la cámara.
Marcos dormía boca abajo. Eva intentaba convencer a Daniel de que entrara al agua.
Clara estaba sentada sobre una toalla leyendo una revista sin leer realmente.
Nicolás dejó la bolsa y los llamó inútiles.
Adrián respondió que al menos tenían cerveza y Nicolás le recordó que precisamente él la había traído.
A los dieciocho años, Nicolás Luján era incapaz de permanecer quieto.
No se trataba únicamente de movimiento físico.
Daba la impresión de estar siempre a punto de empezar otra cosa: otra conversación, otra noche, otro viaje, un plan que los demás conocerían cuando ya estuviera medio organizado.
Había suspendido dos asignaturas. Su madre estaba furiosa.
Él había decidido que aquello convertía el verano en algo mejor.
Lucía preguntó por Vera. Nicolás respondió que estaba castigada porque había cogido su moto.
Vera era solo unos meses menor que la mayoría de ellos, pero nunca había pertenecido realmente a la cuadrilla.
Era la hermana de Nicolás y eso establecía una frontera.
Podía aparecer en alguna fiesta, bajar a la playa, acompañarlos al cine, pero siempre conservaba un estatuto diferente.
Además, tenía amigos propios y una relación complicada con la necesidad de que su hermano la aprobara.
Nicolás hablaba de ella con irritación protectora.
Para Clara era evidente que se adoraban y que ninguno de los dos lo habría reconocido.
Tomás levantó la videocámara y pidió que miraran hacia él.
Adrián le arrojó arena. La imagen tembló.
Tomás protestó. Llevaba semanas grabándolo todo con una cámara MiniDV que su padre había comprado para un viaje y que él había decidido convertir en una especie de archivo del verano: las cervezas, las carreteras, los amaneceres, a Lucía durmiendo, a Marcos vomitando detrás de Casa de la Marea, a Adrián saltando desde unas rocas, a Eva insultándolo cada vez que acercaba demasiado el objetivo.
Decía que en septiembre haría una película.
Nadie creía que llegaría a editarla. Tomás grababa porque le gustaba observar cuando los demás olvidaban que estaban siendo observados.
Aquel detalle todavía no inquietaba a nadie.
Daniel salió del agua y se dejó caer sobre la arena.
Clara le lanzó una toalla. Él la utilizó para secarse la cara.
Tenía el cuerpo delgado y musculoso de quien practicaba deporte sin convertirlo todavía en disciplina adulta.
Había cumplido dieciocho en mayo. Su padre quería que estudiara Derecho.
Daniel quería estudiar Arquitectura. Nadie sabía quién ganaría.
Probablemente su padre. Esteban Rivas ganaba casi siempre, incluso cuando no estaba presente.
Eva anunció que aquella noche había fiesta en el faro.
Marcos, sin levantar la cabeza, dijo que no porque al día siguiente trabajaba.
Eva se burló de sus cuatro horas colocando carpetas en el despacho de su tío y añadió que, si le pagaban, aquello se parecía más a corrupción que a empleo.
Marcos levantó una mano desde la toalla y realizó un gesto obsceno. Eva sonrió.
Clara los observaba desde detrás de sus gafas de sol.
A veces pensaba que podría saber qué estaba sucediendo dentro del grupo sin escuchar una sola conversación.
Eva y Marcos se gustaban aunque ambos lo negasen.
Lucía estaba demasiado pendiente de Adrián.
Adrián estaba demasiado pendiente de cualquiera que pudiera mirarlo.
Tomás miraba más de lo que hablaba. Daniel llevaba una semana de mal humor.
Nicolás estaba de un humor excelente, lo cual normalmente significaba que ocultaba alguna imprudencia. Y ella estaba aburrida.
No habría sabido explicarlo. Tenía amigos, planes, una familia razonablemente normal.
Había aprobado el primer curso de Medicina y había un chico en Oviedo con el que quizá saldría cuando comenzaran las clases.
Nada estaba mal. Precisamente ese era el problema.
A los dieciocho años, Clara confundía la estabilidad con una forma menor de tristeza.
La vio antes que los demás. Una chica descendía por el sendero.
Llevaba pantalones cortos, una camiseta negra y una bolsa de tela sobre el hombro.
Caminaba con cuidado porque las sandalias no eran adecuadas para la piedra.
Clara reconoció el cabello. Irene Valdés.
La había visto en el instituto, un curso por debajo de algunos de ellos, aunque había repetido una vez y acababa de cumplir dieciocho.
Su padre había muerto el año anterior en un accidente de tráfico.
Era una de esas informaciones que una ciudad pequeña almacenaba sobre cualquiera aunque nadie lo conociera verdaderamente .
Clara dejó la revista. Irene llegó a la arena, se detuvo y miró alrededor.
No buscaba un sitio donde extender una toalla.
Buscaba a alguien. Nicolás levantó una mano.
«Aquí». Aquello produjo seis reacciones distintas: Clara miró a Nicolás; Lucía también; Adrián sonrió; Tomás dirigió inmediatamente la cámara hacia ella; Eva arqueó las cejas; Daniel se incorporó. Marcos siguió durmiendo.
Irene caminó hacia ellos. Al acercarse, Clara vio que tenía pecas sobre la nariz y los hombros.
Llevaba un pequeño colgante de plata sobre el pecho.
Su expresión era seria, aunque al ver a Nicolás sonrió.
Nicolás se levantó. No hubo abrazo. Eso hizo todavía más evidente que existía algo que los demás desconocían.
Dijo que ella era Irene. Adrián respondió que algunos ya habían ido al instituto.
Irene lo miró y dijo que él era Adrián. Cuando este contestó que se sentía halagado, ella aclaró que no pretendía hacerlo. Eva soltó una carcajada.
Adrián pareció sorprendido durante medio segundo y después sonrió.
Irene acababa de interesarle, no necesariamente de una forma sentimental: Adrián encontraba atractiva cualquier resistencia.
Nicolás realizó las presentaciones innecesarias.
Irene dejó la bolsa sobre la arena. Tomás continuaba grabando.
Ella miró el objetivo y preguntó si estaba encendido.
Tomás respondió que siempre. Irene le pidió que lo apagara.
Él bajó la cámara. No la apagó. Clara lo vio; Irene no.
Años después, Clara recordaría con precisión aquel gesto mínimo.
Nicolás le ofreció una cerveza e Irene aceptó.
Se sentó cerca de Clara. Durante los primeros minutos permaneció ligeramente fuera de las conversaciones.
No por timidez. Estudiaba las reglas internas antes de decidir si quería participar.
Clara conocía aquella sensación. Los grupos antiguos desarrollaban idiomas privados: referencias, sobrenombres, historias que excluían automáticamente a cualquiera que no hubiera estado allí.
Irene no intentó fingir que comprendía. Cuando no sabía algo, preguntaba.
Cuando algo no le interesaba, miraba el mar.
Cuando Adrián intentó impresionarla contando cómo habían entrado la semana anterior en Casa de la Marea, Irene se limitó a preguntar por qué alguien querría entrar en una casa llena de humedad y ratas.
Él respondió que porque estaba prohibido.
Irene observó que aquello explicaba la entrada, pero no quedarse dentro. Clara volvió a reír. Lucía no.
El sol descendía lentamente. La marea empezaba a subir.
Nicolás e Irene hablaron durante un rato apartados del resto.
Clara no escuchó la conversación. Vio cómo Irene sacaba algo de la bolsa.
Un sobre. Nicolás lo abrió, leyó y su expresión cambió.
No mucho, pero suficiente. Después miró hacia Daniel.
Clara siguió la dirección de sus ojos. Daniel estaba tumbado junto a Eva y no se había dado cuenta.
Nicolás devolvió los papeles. Irene dijo algo.
Él negó. Después señaló hacia el pueblo.
Aquella conversación duró menos de tres minutos.
Cuando regresaron, Nicolás había recuperado su estado habitual. Irene no.
Clara preguntó si todo iba bien. Irene la miró y dijo que sí. Fue la primera mentira que Clara le escuchó.
***
A las siete, la playa estaba casi vacía.
La sombra de los acantilados había cubierto la arena.
Adrián propuso subir a cenar hamburguesas.
Marcos despertó. Tomás volvió a grabar. Irene se levantó y caminó hacia el agua.
Clara la siguió sin saber exactamente por qué.
Se detuvieron donde las olas apenas cubrían los tobillos. El agua estaba helada.
Clara preguntó cuánto conocía a Nicolás.
Irene respondió que desde hacía unas semanas y, ante la siguiente pregunta, explicó únicamente que se conocían «de cosas».
Clara bromeó con que sonaba misterioso. Irene recogió una piedra plana, la lanzó y la hizo rebotar dos veces antes de decir que su padre conocía al de Nicolás.
Clara intentó recordar al padre de Nicolás, que trabajaba en una gestoría, pero no encontró conexión.
Quiso saber si por eso había venido. Irene preguntó si le molestaba.
Clara lo negó, aunque el tono debió de traicionarla porque Irene observó que decía lo contrario.
La reacción inmediata de Clara fue de rechazo, hasta que comprendió que la chica tenía razón.
La estaba interrogando. Le explicó que eran amigos desde pequeños y que a veces costaba meter a alguien nuevo.
Irene miró hacia la arena, donde los demás recogían mochilas y toallas, y dejó claro que no quería que la metieran en nada .
La frase pasó por Clara como una incomodidad difícil de nombrar.
Preguntó entonces qué quería. Irene tardó unos segundos.
El viento le movía el cabello sobre la cara.
Dijo que necesitaba que Nicolás la ayudara con una cosa.
Clara quiso saber con qué. Irene sonrió y le dijo que era muy curiosa.
Clara replicó que iba a ser médica. Irene contestó que pensaba que los médicos preguntaban después de cobrar.
Ambas se rieron. Fue el primer momento en que le cayó bien.
Mucho después Clara intentaría recordar aquella tarde buscando señales: algo oscuro, una premonición, un gesto que anunciara que Irene acabaría convirtiéndose en el centro de todas sus vidas.
No encontraría ninguno. Irene tenía dieciocho años.
Estaba descalza. Tenía arena pegada a las piernas.
Se reía. Nada tenía aspecto trágico antes de suceder.
Al regresar junto al grupo, Tomás había colocado la cámara sobre una roca y programado el temporizador.
Quería una foto. Eva le recordó que aquello era una videocámara y él respondió que también hacía fotografías.
Se colocaron. Nicolás se sentó sobre una piedra.
Adrián rodeó a Lucía con un brazo. Marcos levantó una cerveza.
Daniel permaneció de pie. Eva corrió para llegar antes del disparo.
Clara se tumbó teatralmente sobre la toalla.
Tomás ocupó un extremo. Irene no se acercó. Había vuelto hacia el agua.
La cámara disparó. Nadie pidió repetirla.
Fue una de centenares de fotografías de aquel verano: una imagen mediocre, mal encuadrada, con la luz empezando a desaparecer e Irene apenas como una figura en segundo plano.
Ninguno de ellos podía saber que diecisiete años después aquella fotografía aparecería dentro de un coche abandonado, que alguien dibujaría una cruz sobre uno de sus rostros, que una de las personas que aparecía en ella estaría muerta, que otra desaparecería y que durante años periodistas, policías y abogados ampliarían cada centímetro buscando respuestas.
Aquella tarde simplemente recogieron las cosas y empezaron a subir por el sendero.
Clara caminó detrás de Irene. Vio el pequeño colgante de plata sobre su espalda cuando el viento levantó el cabello: una pieza ovalada con una letra grabada.
I. A mitad del ascenso Irene se detuvo y miró hacia el mar.
No estaba cansada. Algo le había cambiado la expresión.
Nicolás regresó unos pasos y preguntó qué pasaba.
Irene tardó en responder. «Nada». Después continuó subiendo.
Muchos años más tarde, Clara pensaría que quizá aquel fue el momento, el punto exacto antes de que todo empezara.
Pero eso tampoco era verdad. Lo que ocurrió aquel verano había comenzado antes de que ninguno de ellos lo supiera, bajo toneladas de piedra, en una obra todavía sin terminar, en un lugar llamado Mirador de Lúa y con un hombre al que ninguno de aquellos adolescentes conocía.
Un hombre llamado Mateo Sampaio. Para entonces llevaba casi dos años muerto.