2 La carretera de San Román
A las seis y diecisiete de la mañana, un ciclista encontró el coche.
Estaba fuera de la carretera, parcialmente oculto entre helechos y avellanos, a unos nueve kilómetros de Puerto de Armenta.
No parecía haber sufrido un accidente. Las ruedas delanteras estaban perfectamente alineadas.
No había marcas de frenada sobre el asfalto ni daños importantes en la carrocería.
El vehículo simplemente había abandonado la calzada por una entrada forestal, avanzado unos cincuenta metros y quedado allí.
El ciclista estuvo a punto de continuar.
Había llovido toda la noche y estaba acostumbrado a encontrar coches aparcados en lugares absurdos durante el verano: parejas, pescadores, jóvenes que regresaban de fiestas y decidían dormir antes de conducir.
Entonces vio la puerta del conductor abierta.
Redujo la velocidad. A unos metros distinguió algo oscuro sobre la vegetación.
Era un bolso. No bajó inmediatamente de la bicicleta.
Más tarde declararía que había tenido una sensación.
Los investigadores no podían incluir sensaciones en un atestado, pero el hombre insistió.
Había algo incorrecto en la forma en que aquella puerta permanecía abierta, como si alguien hubiera salido demasiado deprisa.
Encontraron sangre en el lateral interior de la puerta.
Muy poca: una mancha de unos cuatro centímetros y otra sobre el asiento.
El técnico que realizó la primera inspección consideró posible que procediera de una lesión menor, hasta que encontró una tercera mancha en el suelo exterior y después otra.
La lluvia había eliminado casi todo lo demás.
Las huellas de neumáticos resultaban confusas.
Había señales de al menos tres vehículos, probablemente utilizadas durante días anteriores.
Pisadas, barro, agua, restos vegetales. Nada limpio. Nada sencillo.
A las ocho menos diez llegó el inspector Gael Santoro.
Había dormido tres horas. Durante los primeros cinco minutos no preguntó nada.
Recorrió lentamente la escena desde la carretera hasta el coche.
Llevaba una chaqueta impermeable oscura y guantes de nitrilo que todavía no había utilizado.
El cabello húmedo se le pegaba a la frente.
Parecía más cansado que preocupado, aunque quienes trabajaban con él sabían que aquello no significaba nada.
Se detuvo junto a la entrada y miró hacia ambos lados de la carretera.
Bosque. Curvas. Ninguna vivienda visible.
Una pequeña pista de servicio abandonaba el camino unos cien metros más adelante.
Después avanzó hasta el coche. La inspectora Marta Roldán, de Policía Judicial, coordinaba la escena junto a dos técnicos de Policía Científica que fotografiaban el interior.
Gael preguntó por el teléfono y la documentación.
No había teléfono; la documentación estaba completa.
Observó el bolso dentro de una bolsa transparente y preguntó si parecía un robo.
Marta levantó una ceja. No necesitó responder.
Gael rodeó el vehículo. La puerta abierta no había quedado protegida de la lluvia durante varias horas y el agua había entrado, creando una película sobre el asiento.
Había algo en el suelo del acompañante, una esquina blanca.
Se inclinó sin tocarla y preguntó si ya estaba documentado.
Parecía una fotografía. Esperó mientras el técnico la fotografiaba y recogía.
La introdujeron en una funda. Era una imagen antigua: ocho adolescentes en una playa.
Gael sintió que algo se cerraba en su estómago.
No necesitaba verla con nitidez. Reconoció el lugar.
Playa de las Viudas. Siguió mirando la fotografía a través del plástico más de lo necesario.
Habían pasado diecisiete años. El tiempo no modificaba determinadas imágenes.
Solo conseguía convertirlas en lugares a los que uno ya no sabía regresar .
Marta quiso saber si los conocía. Gael tardó demasiado y respondió que a algunos.
Fue suficiente para que ella lo mirara. Él pidió identificación completa de todas las personas que aparecían, identificación oficial.
Aquella fue la primera barrera. Después vendrían otras.
Gael no sabía todavía cuántas podría mantener en pie.
Pidió que dieran la vuelta a la fotografía.
Había una frase escrita en tinta negra: «Esta vez vais a contar la verdad».
Gael cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, vio primero a Nicolás.
Era extraño. De todos ellos, fue Nicolás: sentado sobre una roca, demasiado delgado, mirando hacia la cámara con aquella expresión ligeramente burlona que mantuvo incluso durante los interrogatorios posteriores.
Después vio a Clara, Daniel, Adrián, Lucía, Marcos, Tomás y Eva.
Al fondo, casi fuera del grupo, vio a Irene caminando junto al agua.
Sintió la memoria antes de permitir que adoptara forma: cabello mojado, arena en las piernas, una camiseta demasiado grande, la forma en que torcía la boca cuando no estaba de acuerdo.
Gael apartó la mirada. La elección de las palabras del reverso lo inquietó.
«Esta vez». No «ahora» ni «por fin». Aquellas dos palabras indicaban repetición, una primera oportunidad y un fracaso anterior.
En 2009, los ocho jóvenes de la fotografía habían declarado que Irene Valdés abandonó Casa de la Marea alrededor de las dos y media de la madrugada.
Había bebido. Existía un temporal. Las búsquedas encontraron una zapatilla cerca del sendero del acantilado.
Nunca apareció el cuerpo. El caso terminó considerado una desaparición con probable muerte accidental.
Gael había leído el expediente muchas veces.
Demasiadas. También había conocido cosas que no estaban dentro.
A las ocho y veintitrés encontraron el teléfono de Clara.
No estaba dentro del coche, sino a casi treinta metros, entre la maleza.
La pantalla estaba rota y el dispositivo había recibido agua durante horas.
Lo embolsaron. A las ocho y cuarenta apareció una pequeña mancha rojiza sobre una piedra cercana a la pista lateral.
A las nueve, un perro marcó un recorrido hacia el bosque durante ciento ochenta metros.
Después perdió el rastro junto a otra vía forestal suficientemente ancha para un vehículo.
Aquello cambió la hipótesis: Clara probablemente no había abandonado el lugar caminando. Alguien la había trasladado.
Gael regresó al coche y miró otra vez la fotografía.
No sabía si el mensaje era una amenaza, una acusación o una promesa.
Buscó un punto con cobertura y marcó un número.
Esteban Rivas respondió al tercer tono. La edad había gastado la voz del antiguo comisario, no su capacidad para imponer silencio.
Gael dijo que necesitaba hablar con él. Después informó de que Clara Vega había desaparecido.
Esteban preguntó qué había ocurrido y si estaba herida.
Gael le informó de que el coche había aparecido en San Román y que todavía no la habían encontrado.
Esteban quiso saber por qué lo llamaba. Gael observó los árboles antes de decir que dentro del coche había una fotografía de 2009.
Esta vez el silencio fue diferente. Aclaró que era de la cuadrilla y que Irene aparecía en ella.
Esteban se limitó a señalar que aquello había ocurrido hacía mucho tiempo. «Para alguien, no», contestó Gael.
Terminó la llamada sin saber exactamente por qué la había iniciado.
Quizá necesitaba escuchar la reacción. Quizá quería comprobar que el miedo seguía existiendo en otros además de él.
Regresó al coche. A las diez y doce recibieron la primera información sobre la noche anterior.
Clara había cenado en el restaurante Mare Alta con seis personas, los antiguos miembros de su grupo de amigos.
La reserva estaba a su nombre. Habían llegado entre las nueve y las nueve y media y salieron aproximadamente a las once y media.
La cámara de seguridad mostraba a Clara entrando sola en el aparcamiento.
La grabación exterior captaba su coche abandonando el recinto.
Veintidós segundos después aparecía otro vehículo, una berlina oscura cuya matrícula no se distinguía.
Gael pidió que recuperaran todas las cámaras disponibles en el recorrido hacia San Román y solicitó los nombres de los comensales.
Cuando recibió la lista ya conocía todos: Adrián Soria, Marcos Leal, Eva Barreiro, Tomás Vidal, Lucía Ferrer, Daniel Rivas, Clara Vega.
Nicolás Luján, muerto. Volvió a leer el último apellido, no porque necesitara recordarlo, sino porque sabía lo que significaba. Nicolás tenía una hermana. Vera .
Durante años, Gael había evitado averiguar qué había sido de ella.
No completamente. Había buscado su nombre dos veces, quizá tres, lo suficiente para saber que había entrado en la policía y que después había dejado el cuerpo.
Detective privada. Madrid. Había cerrado el navegador inmediatamente.
Ahora miró el bosque mojado y comprendió que aquello tampoco permanecería enterrado.
Los familiares serían informados. La prensa terminaría relacionando la desaparición con Irene.
Alguien recuperaría el caso de Nicolás. Y Vera Luján regresaría a Puerto de Armenta.
Gael sintió algo que no era exactamente miedo.
Se parecía más a la certeza de escuchar pasos acercándose por un corredor oscuro.
***
A las once y treinta de aquella mañana, Clara llevaba casi doce horas desaparecida.
Su marido, Javier Montes, esperaba en una sala de la comisaría con las manos cerradas entre las rodillas.
Había llorado e intentaba ocultarlo. La hija de ambos estaba con los abuelos.
Javier contó que Clara había estado extraña durante las últimas semanas.
No distante ni deprimida. Vigilante. Comprobaba puertas, miraba por las ventanas, había cambiado la contraseña del portátil y dos veces llegó tarde a recoger a su hija porque, según dijo, había tenido que regresar a la consulta.
Javier no sabía si era cierto. Tampoco sabía nada sobre amenazas.
Gael formuló preguntas sin presionar demasiado: relaciones, problemas laborales, dinero, pacientes conflictivos, parejas anteriores.
Javier respondió a todo. Después mencionó las cartas, casi casualmente.
Dijo que hacía unos meses Clara había empezado a recibir sobres y que nunca quiso enseñárselos.
Según ella, se trataba de algo relacionado con una paciente antigua.
Gael supo que era mentira antes incluso de terminar la frase.
Preguntó si conservó los sobres. Javier supuso que sí, en casa.
Gael pidió una autorización inmediata para registrar la vivienda.
No encontraron cartas. Encontraron un cajón vacío en el despacho; la marca rectangular sobre el polvo indicaba que allí había habido algo hasta hacía poco.
También hallaron una pequeña caja metálica bajo varias carpetas médicas.
Dentro había una llave que no correspondía a ninguna cerradura de la casa .
A las catorce cuarenta, el laboratorio logró recuperar parte del contenido del teléfono.
La última llamada realizada por Clara había sido a su marido a las 20:04.
Después, ninguna. El último mensaje enviado era a Eva Barreiro a las 18:39: «Esta noche se acaba».
La última imagen recibida llegó a las 23:44.
Procedía de un número oculto mediante un servicio digital.
El archivo estaba corrupto y tardaron casi una hora en reconstruirlo.
Cuando finalmente apareció en una pantalla, Gael se quedó de pie detrás del técnico.
Era una fotografía tomada desde el jardín de Clara.
Dentro de la casa aparecían su marido y su hija.
Debajo: «No les cuentes nada». La investigación acababa de desplazarse.
Clara no había sido escogida al azar: tenía información, y alguien conocía tanto lo que guardaba como su intención de hablar.
La reunión de la noche anterior probablemente no había sido un encuentro nostálgico entre viejos amigos.
A las cinco de la tarde ordenó que localizaran de nuevo a los seis asistentes.
No necesitó solicitar la dirección de Daniel.
La conocía. Cuando salió de la sala recibió otra llamada.
Era una agente del puesto de control instalado en San Román.
Habían encontrado algo a unos setenta metros del coche, debajo de una acumulación de hojas arrastradas por la lluvia: un colgante, una cadena fina de plata y una pequeña pieza ovalada.
Gael pidió una fotografía antes de regresar.
La imagen llegó segundos después. Amplió con los dedos.
En el metal había grabada una letra: I. El ruido de la comisaría se borró alrededor de él.
Conocía aquel colgante. Lo había visto sobre la piel de Irene.
Lo había sostenido una noche de agosto entre dos dedos mientras ella se reía porque él intentaba leer la inscripción del reverso.
No podía estar allí. No después de diecisiete años. No junto al coche de Clara.
Gael apoyó el teléfono sobre la mesa. Volvió a ampliar el colgante hasta que la letra grabada ocupó casi toda la pantalla. A su alrededor seguían sonando teclados, radios y teléfonos. Él solo veía aquella I donde no debía estar.