1 Los que todavía estaban vivos #3
Clara guardó otra vez la fotografía y anunció que al día siguiente sacaría el asunto de Puerto de Armenta.
Daniel giró hacia ella y quiso saber a quién, si a la policía.
Clara respondió que primero hablaría con un abogado de Oviedo y que, si el material resistía una revisión externa, lo entregaría fuera del circuito que había llevado el caso de Irene.
Cuando él pronunció su nombre, ella levantó la mano.
Durante toda la cena, su voz no había sonado tan firme: «Ya no vais a decidir vosotros qué hago».
Daniel la miró sorprendido. Aquello también procedía de otro tiempo.
Clara pudo verlo: un verano entero comprimido en dos segundos.
Adrián se inclinó hacia delante y preguntó qué significaba exactamente «todo lo que sabes».
Clara observó su rostro. Habían pasado diecisiete años y seguía temiéndolo un poco, no porque creyera que pudiera hacerle daño, sino porque Adrián había sido siempre el primero en decidir cuál era la versión oficial de cualquier acontecimiento: quién había empezado una pelea, quién había besado a quién, quién había bebido demasiado, quién era culpable, quién debía pedir perdón, quién pertenecía al grupo y quién quedaba fuera.
En 2009 habían necesitado alguien así. Aquella noche más que nunca.
—Significa que Irene no cayó por el acantilado —dijo Clara—.
Y algunos de nosotros sabemos que estaba viva después.
Lucía dejó escapar un sonido pequeño. Marcos volvió la cabeza hacia ella.
Adrián no encontraba una expresión que sostener.
Tomás tenía los ojos clavados en Clara. Eva, en cambio, no mostró sorpresa.
Otra vez. Daniel estaba completamente inmóvil y quiso saber qué había encontrado.
Clara no respondió. En su bolso todavía permanecía la fotografía de Nicolás y algo más: una memoria USB que había recibido tres días antes.
No la había abierto. No todavía. Había sentido que hacerlo sola podía resultar peligroso. No sabía explicar por qué.
Entonces su teléfono vibró. Número oculto.
Clara abrió el mensaje. Había una fotografía y, durante un segundo, no comprendió qué estaba viendo.
Después reconoció su casa. La imagen había sido tomada desde el jardín.
Su marido aparecía a través de la ventana del salón y su hija estaba sentada en el suelo.
Debajo había una frase: «No les cuentes nada».
Clara sintió que el restaurante se inclinaba.
Guardó el teléfono. Lucía preguntó qué ocurría y Clara respondió que nada.
Esta vez los siete supieron que estaba mintiendo.
La idea terminó de ordenarse entonces. No había convocado la reunión para descubrir quién enviaba las fotografías, sino para medir las reacciones de seis personas que llevaban diecisiete años protegiendo versiones distintas del mismo verano. Una de ellas podía, además, estar detrás de las amenazas.
Pidió la cuenta. No les habló de la fotografía de su casa, no les enseñó la de Nicolás y no mencionó la memoria USB.
A las once y treinta y siete salieron del restaurante.
El viento había aumentado. Se despidieron bajo una lluvia fina que avanzaba casi horizontal desde el puerto.
No hubo abrazos. Lucía fue la única que tocó el brazo de Clara antes de marcharse.
Adrián se quedó unos segundos hablando con Marcos.
Eva caminó sola hacia el aparcamiento. Tomás encendió un cigarrillo bajo un toldo.
Daniel se ofreció a acompañar a Clara hasta su coche.
Ella rechazó y dijo que estaba bien. Él respondió que no lo parecía, pero Clara se limitó a darle las buenas noches.
Caminó hasta el aparcamiento subterráneo.
Sus pasos resonaron entre pilares de hormigón.
Durante unos metros creyó escuchar otros.
Se detuvo. Nada. Llegó al coche, comprobó la puerta trasera antes de entrar y se sintió ridícula.
Encendió el motor. Cuando abandonó Puerto de Armenta por la carretera costera eran las 23:51.
La lluvia había empezado a caer con verdadera fuerza.
Clara miró una vez el retrovisor. Detrás circulaba un coche, dos faros blancos a unos cien metros.
No distinguió modelo ni matrícula. Giró hacia la carretera de San Román.
El coche también. Clara redujo la velocidad.
El vehículo de detrás hizo lo mismo. Sintió el primer golpe de miedo verdadero de aquella noche.
Tomó el teléfono. Su primer impulso fue llamar a Javier; el segundo, a la policía.
Después apareció Nicolás, sin lógica aparente.
Quizá porque había llevado su fotografía en el bolso toda la noche.
Quizá porque diecisiete años antes él también había tenido miedo y había decidido no llamar a nadie.
Clara aceleró. Los faros continuaron detrás, siempre a la misma distancia.
En la siguiente curva dejó de verlos durante un instante y creyó haberlos perdido.
Volvieron a aparecer en cuanto la carretera se abrió junto al acantilado.
Entonces apretó el volante con las dos manos y dejó de mirar el retrovisor.