Donde enterramos agosto 1 Los que todavía estaban vivos #2
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1 Los que todavía estaban vivos #2

Clara había pasado dos horas intentando decidir qué significaba.

Después encontró otro sobre. Estaba dentro de su casa, sobre la mesa de la cocina.

No en el buzón ni bajo la puerta. Dentro de la casa.

Su hija dormía arriba y su marido estaba trabajando.

Clara permaneció inmóvil en el recibidor durante casi diez minutos antes de pensar en llamar a la policía.

No llegó a hacerlo. La fotografía de aquel sobre mostraba a Nicolás, no en 2009 sino meses después, frente a una cafetería.

Era distinta de la imagen de Nicolás que había recibido en junio y que ya no conservaba.

Llevaba chaqueta y tenía la cabeza girada hacia alguien fuera del encuadre.

En el reverso: «Él quiso hablar». Desde entonces Clara sabía que todo había terminado.

No sabía todavía cómo, pero había terminado.

Pidieron otra botella. Tomás rechazó que le sirvieran y dijo que ya había bebido bastante.

Adrián bromeó con que aquello no le preocupaba antes.

Tomás levantó los ojos y, durante un instante, desapareció el hombre divorciado de treinta y cinco años.

Clara vio al chico delgado de la cámara.

«Antes hacíamos muchas cosas que ahora deberían preocuparnos», dijo. La frase quedó sobre la mesa.

Marcos apoyó los cubiertos y pronunció el nombre de Clara con un tono que era casi una orden.

Le recordó que los había llevado allí por algo.

Eva dejó de comer. Lucía hizo lo mismo. Daniel permaneció inmóvil a su lado.

Clara notó que el corazón empezaba a golpearle con demasiada fuerza.

Había ensayado aquello en el coche, en la consulta vacía, en la ducha.

Había construido distintas entradas: una neutral, otra agresiva y una tercera que empezaba pronunciando directamente el nombre de Irene. Ninguna sobrevivió al momento.

Introdujo la mano en el bolso, sacó el sobre marrón y lo dejó en el centro de la mesa.

Nadie preguntó qué contenía. Eso fue lo primero que confirmó que había hecho bien convocándolos.

Todos sabían. No exactamente qué, pero sabían.

Adrián dejó de sonreír. Daniel miró el sobre y después a Clara.

Marcos mantuvo una quietud que resultó más reveladora que cualquier gesto.

Lucía perdió color. Tomás bajó los ojos.

Eva fue la única que extendió una mano. Clara colocó la palma encima del sobre antes de que pudiera tocarlo y le pidió que esperara.

—¿Quién te lo ha enviado? —preguntó Eva.

Clara sintió frío. —Entonces sabes que me lo han enviado.

Eva no contestó. Una ráfaga hizo vibrar los cristales.

Fuera, las luces de los barcos parecían suspendidas sobre la oscuridad del puerto.

Clara recorrió la mesa con la mirada. —Llevo cinco meses recibiendo cosas.

Marcos preguntó cuáles. Clara le pidió que no hiciera de abogado, no aquella noche.

Abrió el sobre, sacó solo la fotografía de los ocho y la dejó sobre el mantel.

Lucía se llevó una mano a la boca. Tomás cerró los ojos un instante.

Adrián no miró a Irene, sino directamente a Nicolás.

Daniel observó el reverso sin tocarlo y preguntó qué decía.

Clara giró la fotografía. Leyeron la frase.

Durante un breve intervalo solo existió el ruido del restaurante alrededor: copas, cubiertos, una carcajada demasiado fuerte desde otra mesa, música baja y el mar golpeando en alguna parte fuera de los cristales.

Todo continuaba. Clara había imaginado durante años que, si alguna vez regresaba el pasado, el mundo debería detenerse para recibirlo. No ocurrió.

Adrián fue el primero en tocar la fotografía.

La giró de nuevo y afirmó que podía ser cualquier idiota.

Clara respondió que sabía lo de Mateo. El nombre produjo el efecto que esperaba.

Daniel volvió la cabeza hacia ella. Lucía palideció aún más.

Marcos cerró los dedos alrededor de la servilleta.

Eva no mostró sorpresa. Tomás miró hacia las ventanas.

Adrián dejó la fotografía y preguntó qué le habían dicho de Mateo, quién lo había hecho y si había ido a la policía.

La pregunta de Daniel sobre la policía fue demasiado rápida.

Clara dijo que no. Él pareció relajarse, muy poco, pero ella lo vio.

Y comprendió que alguien más también lo había visto porque Eva se movió ligeramente en la silla.

Daniel quiso saber por qué no había acudido a la policía.

Clara tardó en responder. «Porque la última vez que la policía investigó algo relacionado con nosotros, Irene desapareció y Nicolás terminó muerto».

Esta vez nadie pudo fingir. Lucía empezó a llorar silenciosamente.

Tomás apartó la silla unos centímetros y dijo que no deberían estar allí.

Eva respondió que precisamente deberían haberlo hecho diecisiete años antes.

Adrián le pidió que no empezara a convertirse ahora en conciencia moral.

Eva lo miró con un desprecio antiguo y afirmó que todos habían contado lo mismo, sí, pero que eso no significaba que fuera verdad.

Clara sintió el cambio. No fue visible. Fue algo semejante a la caída de presión que precede a una tormenta.

Habían cruzado el límite. Durante diecisiete años habían hablado de Irene únicamente mediante perífrasis: lo que pasó, aquella noche, el accidente, la chica.

Jamás la verdad. Porque para pronunciar la verdad primero era necesario saber cuál era.