Donde enterramos agosto 1 Los que todavía estaban vivos
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Donde enterramos agosto

Donde enterramos agosto

Por Javier Gila

© inepub.com

1 Los que todavía estaban vivos

Clara había reservado la mesa para ocho.

No fue un error. Cuando el camarero retiró el octavo servicio, estuvo a punto de pedirle que lo dejara donde estaba.

Llegó incluso a levantar una mano, aunque terminó transformando el gesto en una manera torpe de apartarse el cabello de la cara.

Nadie pareció advertirlo. O todos lo hicieron y habían aprendido, como ella, a fingir determinadas cosas.

El restaurante ocupaba la planta baja de una antigua conservera junto al puerto.

Habían conservado las paredes de piedra, las vigas ennegrecidas y dos de los grandes ventanales desde los que antiguamente las trabajadoras debían de mirar el mar mientras limpiaban pescado.

Ahora había lámparas cálidas, botellas colocadas sobre estanterías de hierro y manteles que costaban más que algunas cenas completas de su adolescencia.

Sin embargo, cuando soplaba viento del oeste, como aquella noche, el olor a sal atravesaba las juntas de las ventanas y devolvía al edificio algo de lo que había sido.

Clara lo había elegido precisamente por eso.

Necesitaba un lugar que perteneciese al presente y que, al mismo tiempo, no les permitiera olvidar dónde estaban: Puerto de Armenta. Agosto. Otra vez.

Observó la silla vacía durante unos segundos.

Nicolás habría cumplido treinta y seis años aquel invierno.

Ese pensamiento apareció sin aviso y desapareció antes de que pudiera detenerlo.

Clara llevaba casi diecisiete años practicando aquella clase de expulsiones.

Había conseguido convertirlas en un reflejo: imágenes, nombres, fragmentos de una noche, determinados olores.

Todo podía ser rechazado antes de alcanzar la parte consciente de la memoria.

Casi todo. Las cartas habían cambiado eso .

—¿Esperamos a alguien más? —preguntó el camarero.

Varias cabezas se levantaron. Clara negó y respondió que no.

El muchacho recogió la copa, los cubiertos y el plato de la silla situada frente a ella.

El mantel quedó desnudo en aquella zona.

Siete. Era la primera vez que estaban los siete juntos desde el funeral de Nicolás.

Clara recorrió los rostros alrededor de la mesa con la impresión absurda de asistir a una reconstrucción forense.

Las caras adultas conservaban restos de las de entonces, pero había que saber dónde mirar.

Adrián seguía ocupando más espacio del necesario.

Camisa blanca abierta en el cuello, reloj caro, menos pelo en las sienes y la misma facilidad irritante para atraer las miradas.

A los dieciocho años había decidido muchas veces por todos.

A los treinta y cinco seguía comportándose como si el centro de una habitación le correspondiera por derecho.

Marcos, traje sin corbata y barba corta, hablaba poco y esperaba antes de responder.

Ser abogado había perfeccionado una habilidad antigua: escuchar primero para saber qué versión convenía después.

Eva, periodista, mantenía el teléfono guardado pero llevaba toda la cena controlando puertas, ventanas y mesas próximas.

Había endurecido la boca y acortado el cabello; junto a la ceja izquierda tenía una cicatriz que Clara no recordaba.

Tomás era quien más había cambiado: más corpulento, pelo casi al cero, camisa azul mal planchada.

Profesor de Historia en Santander, separado, fumador otra vez.

Lucía conservaba, en cambio, un gesto intacto: las manos entrelazadas sobre el regazo cuando estaba nerviosa.

Ahora era psicóloga clínica, tenía dos hijos y algunas hebras grises junto a las sienes.

Clara recordó, sin querer, aquellas mismas manos con las uñas negras cerrándose alrededor de una botella de cerveza.

Daniel había llegado el último y se había sentado junto a Clara.

Olía a colonia y a lluvia. Conservaba algo de la belleza limpia de los dieciocho años, aunque los rasgos se le habían endurecido.

Su padre decía que tenía cara de no haber roto nunca un plato.

Clara recordaba perfectamente cuántos había roto.

Siete personas, una silla retirada y alguien más que no necesitaba asiento: Irene.

Clara tomó agua. Tenía la boca seca. Había sido ella quien había enviado los mensajes, uno por uno, sin grupo de WhatsApp, sin una invitación común que les permitiera anticipar quién acudiría.

«Cena. Viernes 21. Necesito que vengas. Es importante».

A Adrián le había añadido que todos estarían.

A Lucía, que no quería hablarlo por teléfono.

A Marcos había tenido que escribirle dos veces.

Tomás contestó en menos de un minuto. Daniel llamó inmediatamente, pero Clara no respondió.

Eva tardó tres días. Todos terminaron aceptando.

Eso le había dado más miedo que cualquier negativa.

Durante los primeros veinte minutos hablaron como personas que únicamente habían perdido contacto.

Trabajo, hijos, divorcios, padres enfermos, hipotecas, viajes, la comida de un restaurante nuevo, la cantidad de turistas que estaba recibiendo Armenta aquel verano.

Nada que pudiera sobrevivir a una inspección profunda.

Clara los escuchaba y pensaba que una vida adulta era quizá eso: una acumulación suficientemente grande de cosas ordinarias colocadas encima de todo aquello que uno no quería recordar.

El viento lanzó una ráfaga contra los cristales y Tomás miró hacia el puerto.

Dijo que al día siguiente habría temporal.

Fue uno de los pocos comentarios que consiguió detener simultáneamente varias conversaciones.

Agosto. Temporal. Clara miró a Lucía. Lucía bajó los ojos.

Marcos bebió vino. Adrián sonrió como si hubiera detectado el problema y estuviera dispuesto a resolverlo mediante pura voluntad.

—Estamos haciendo esto muy raro —dijo Adrián.

Eva quiso saber a qué se refería. Él respondió que se comportaban como si hubiera un cadáver sentado entre ellos.

Nadie contestó y Adrián dejó escapar una breve risa que no era divertida.

Aclaró que era una forma de hablar. Lucía le pidió que eligiera otra. El silencio posterior duró demasiado.

Clara sintió una punzada bajo las costillas.

Todavía podía detenerse. Había pensado en ello durante toda la semana.

Podía guardar las fotografías en el bolso, terminar la cena, regresar a casa y convencer a su marido de que todo había sido una estupidez.

Quemar las cartas. Eliminar los archivos.

Seguir haciendo consultas, guardias y cumpleaños infantiles.

Seguir mirando algunas mañanas la carretera por el retrovisor sin admitir que lo hacía.

Diecisiete años habían demostrado que era posible vivir sin verdad.

Lo que no habían demostrado era durante cuánto tiempo .

El camarero trajo el primer plato. Vieiras.

Clara apenas las tocó. Daniel se inclinó ligeramente hacia ella y preguntó si estaba bien.

Aquella preocupación todavía conservaba algo de su antigua capacidad para parecer sincera.

Clara asintió y dijo que estaba cansada.

Daniel la observó unos segundos más. Ella supo que no le había creído y también que él había entendido que no debía insistir.

A los dieciocho años se conocían demasiado.

A los treinta y cinco quizá seguían haciéndolo.

La comida permitió refugiarse de nuevo en conversaciones laterales.

Marcos habló de una operación empresarial, Eva explicó algo sobre un reportaje que estaba preparando, Adrián criticó el nuevo paseo marítimo con la propiedad de quien había financiado parcialmente su construcción y Tomás bebió demasiado deprisa.

Clara comprobó la hora. Eran las 22:17. En su bolso tenía un sobre marrón y, dentro, tres fotografías.

Junto al sobre guardaba un pequeño estuche de tela gris que no pensaba enseñar todavía a nadie.

La primera había llegado el 3 de marzo, sin remitente.

Dentro no había carta, únicamente una fotografía de Casa de la Marea.

No era actual, sino una imagen tomada en 2009.

En una ventana del piso superior se distinguían varias siluetas.

En el reverso alguien había escrito: «Vosotros sabéis que no cayó».

Clara no durmió aquella noche. La segunda fotografía llegó seis semanas después y mostraba el comienzo de las obras de Mirador de Lúa: una excavadora, tierra húmeda y tres hombres junto a una zanja.

Uno era Álvaro Soria; otro, Esteban Rivas; el tercero no aparecía de frente.

En el reverso: «Preguntad dónde está Mateo».

La tercera llegó el lunes anterior y fue la que la obligó a convocarlos.

Era una fotografía de los ocho amigos en Playa de las Viudas, agosto de 2009.

Nicolás estaba sentado sobre una roca. Adrián tenía un brazo alrededor de Lucía.

Marcos levantaba una botella. Daniel miraba a cámara.

Clara estaba tumbada sobre una toalla. Tomás se encontraba ligeramente apartado.

Eva había programado la cámara y corría para incorporarse.

Irene aparecía al fondo. No formaba parte del grupo.

Todavía no. Caminaba junto al agua y en la fotografía original apenas se distinguía.

En la copia recibida, alguien había trazado un círculo rojo alrededor de su cuerpo.

En el reverso había escrito: «Queda uno de vosotros que todavía puede contar lo que ocurrió».