Capítulo 8 #3
Había recuperado a Eryan.
Pero el hombre que amaba seguía perdido.
La tarde comenzó a desvanecerse lentamente sobre el valle. El cielo se tiñó de tonos dorados y anaranjados. Hermoso.
Tranquilo.
Como si el mundo no hubiera estado al borde de la destrucción apenas unos días antes.
Como si nada hubiera ocurrido.
Pero para Nerea, aquella calma resultaba insoportable. Porque Eryan estaba allí.
A pocos metros.
Vivo.
Respirando.
Y aun así parecía encontrarse más lejos que nunca.
Mientras él descansaba junto al arroyo, Caelum y Asrael se apartaron unos metros para hablar.
Nerea permaneció cerca de Eryan.
Negándose a alejarse.
Temiendo que desapareciera otra vez.
El Guardián de Memorias observó al joven durante varios segundos.
Luego habló en voz baja.
—No es una pérdida parcial.
Asrael ya lo sospechaba.
Pero escucharlo en voz alta hizo que resultara más real. —Lo sé.
Respondió.
Caelum respiró profundamente.
—No olvidó una parte de su vida.
No olvidó la guerra.
No olvidó la profecía.
No olvidó a Nerea.
Olvidó todo.
Asrael apretó la mandíbula.
Porque aquella diferencia era enorme.
Y terrible.
—Explícate.
Pidió.
Caelum bajó la mirada.
Pensando cuidadosamente cada palabra.
—Los recuerdos construyen una identidad.
Una persona es la suma de lo que ha vivido.
De lo que ha amado.
De lo que ha perdido.
De lo que ha aprendido.
Asrael comprendió inmediatamente hacia dónde se dirigía aquella explicación.
Y no le gustó.
—¿Qué estás diciendo?
Caelum observó nuevamente a Eryan.
—Que no perdió únicamente los recuerdos.
Perdió la persona que era.
El silencio cayó entre ellos.
Pesado.
Doloroso.
Porque aquello cambiaba todo.
Completamente todo.
Si Caelum tenía razón...
Entonces no estaban intentando recuperar recuerdos. Estaban intentando reconstruir una vida entera. Una existencia completa.
Miles de experiencias.
Miles de emociones.
Miles de momentos.
Asrael soltó una maldición en voz baja.
—El sacrificio.
Murmuró.
—Fue el precio.
Caelum asintió lentamente.
—La Vida cerró la puerta.
Pero el costo fue su identidad.
Su historia.
Su pasado.
Todo lo que lo convertía en Eryan.
Aquellas palabras golpearon a Nerea incluso desde la distancia.
Porque las escuchó.
Y porque entendió perfectamente lo que significaban. La joven cerró los ojos.
Intentando controlar el dolor.
Intentando encontrar alguna esperanza.
Cualquier esperanza.
Entonces habló.
—Se puede recuperar.
Los dos hombres la miraron.
Nerea se puso de pie.
Las lágrimas habían desaparecido.
Pero la determinación seguía allí.
Más fuerte que nunca.
—Tiene que existir una forma.
Caelum no respondió inmediatamente.
Aquello ya era una respuesta.
Porque si hubiera conocido una solución, la habría dicho. Asrael fue quien finalmente habló.
—No lo sabemos.
Nerea negó con la cabeza.
—No.
Voy a encontrarla.
El demonio la observó.
Y durante un instante vio exactamente lo que esperaba ver. La misma determinación que había desafiado profecías. La misma que había atravesado guerras.
La misma que jamás aceptaba una derrota.
Nerea se giró hacia Eryan.
Él seguía sentado junto al agua.
Lanzando pequeñas piedras al arroyo.
Ajeno a la conversación.
Ajeno al dolor.
Ajeno a la tragedia.
Porque ni siquiera recordaba lo que había perdido. Aquello resultaba cruel.
Injusto.
Terriblemente injusto.
Entonces Eryan levantó la vista.
Y sonrió.
Una sonrisa amable.
Sincera.
La sonrisa de alguien que intenta ser cordial con quienes lo ayudaron.
No la sonrisa del hombre que la amaba.
Y eso dolió más que cualquier herida.
Mucho más.
Caelum observó la escena.
Y una idea comenzó a formarse en su mente.
Un recuerdo antiguo.
Una leyenda olvidada.
Algo que había escuchado hacía muchos años.
Muy pocos conocían aquella historia.
Y todavía menos creían que fuera real.
Pero en ese momento...
Por primera vez...
Comenzó a preguntarse si podía ser cierta.
Si existía un lugar capaz de devolver recuerdos perdidos.
Un lugar que aparecía únicamente en los textos más antiguos.
Un lugar que muchos consideraban un mito.
El Reino de los Recuerdos Perdidos.
Caelum no dijo nada.
Todavía no.
Porque no tenía pruebas.
Solo una sospecha.
Una esperanza.
Y las esperanzas falsas podían ser peligrosas.
Muy peligrosas.
Pero mientras observaba a Eryan...
No pudo evitar pensar que quizá...
Solo quizá...
Aquella historia olvidada era la única oportunidad que les quedaba.
La noche regresó al valle.
Las estrellas comenzaron a aparecer una a una sobre el cielo tranquilo.
Por primera vez en mucho tiempo no había grietas. No había sombras.
No había señales del Heraldo.
El mundo estaba a salvo.
Pero Nerea era incapaz de sentir alivio.
Se encontraba sentada junto a una pequeña fogata. Observando a Eryan al otro lado de las llamas.
Él conversaba ocasionalmente con Caelum.
Hacía preguntas simples.
Preguntas normales.
Preguntas que una persona hacía cuando intentaba entender el mundo que la rodeaba.
¿Dónde estaban?
¿Quiénes eran los Eternos?
¿Por qué había ruinas por todas partes?
¿Por qué parecía conocer habilidades que nunca había aprendido?
Cada pregunta era una herida nueva.
Porque demostraba una vez más cuánto había perdido. Y cuánto había perdido ella también.
Finalmente Nerea se puso de pie.
Tomó aire.
Y caminó hacia él.
Eryan levantó la vista cuando la vio acercarse. Le dedicó una pequeña sonrisa.
Amable.
Respetuosa.
Desconocida.
—¿Puedo sentarme?
Preguntó ella.
—Claro.
Respondió él.
Nerea se acomodó a su lado.
Durante unos segundos ninguno habló.
Solo escucharon el sonido del fuego.
Y el viento moviendo las hojas de los árboles.
Entonces Nerea tomó una decisión.
No podía rendirse.
No todavía.
—Quiero mostrarte algo.
Dijo.
Eryan la observó con curiosidad.
Ella extendió una mano.
Y dejó que pequeñas sombras aparecieran entre sus dedos. Oscuras.
Suaves.
Danzando lentamente alrededor de su piel.
Aquella era una de las primeras cosas que él había visto hacer cuando se conocieron.
Una de las primeras cosas que habían compartido. Nerea recordó perfectamente la expresión de fascinación que había tenido entonces.
Recordó su sonrisa.
Recordó sus bromas.
Recordó todo.
Eryan observó las sombras.
Impresionado.
—Es hermoso.
Dijo.
Nerea esperó.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Esperó que algo apareciera en sus ojos.
Una chispa.
Un recuerdo.
Una reacción.
Lo que fuera.
Pero no ocurrió nada.
Absolutamente nada.
El dolor regresó.
Silencioso.
Cruel.
Ella intentó otra vez.
Le habló de la Ciudad de los Ecos.
De los viajes que habían realizado.
De las aventuras compartidas.
De las discusiones absurdas.
De las veces que él la había hecho reír cuando creía que ya no podía hacerlo.
Le habló de todo.
De cada recuerdo que consideraba importante. De cada momento que había marcado sus vidas. Eryan escuchó atentamente.
Con respeto.
Con interés.
Pero cuando ella terminó...
Solo guardó silencio unos segundos.
Y después dijo algo que terminó de romperle el corazón. —Parece que fui una buena persona.
Nerea bajó la mirada.
Porque aquella respuesta confirmaba la verdad. No recordaba nada.
Ni siquiera los momentos más importantes.
Ni siquiera los sentimientos más profundos.
Todo había desaparecido.
Asrael observaba desde la distancia.
Con los brazos cruzados.
Sin intervenir.
Porque sabía que aquello era algo que Nerea debía enfrentar sola.
Caelum, en cambio, permanecía pensativo.
Observando las llamas.
Recordando viejas historias.
Viejas leyendas.
Finalmente se puso de pie.
Y caminó hacia ellos.
—Hay algo que debo contarles.
Dijo.
Su tono hizo que todos levantaran la vista.
Nerea se secó rápidamente las lágrimas.
Asrael frunció el ceño.
Eryan observó al Guardián con curiosidad.
Caelum tardó unos segundos en continuar.
Como si estuviera decidiendo si debía decirlo o no. —Hace mucho tiempo existía una historia.
Una historia más antigua que los Eternos.
Más antigua que los Reinos.
Más antigua incluso que algunas memorias del mundo. El silencio se hizo absoluto.
—¿Qué clase de historia?
Preguntó Asrael.
Caelum observó el fuego.
Y respondió.
—La historia de un lugar donde los recuerdos que se pierden no desaparecen.
Simplemente son llevados a otro sitio.
Nerea sintió que el corazón daba un vuelco.
—¿Qué lugar?
Susurró.
Caelum levantó lentamente la mirada.
Y pronunció un nombre que ninguno de ellos había escuchado jamás.
—El Reino de los Recuerdos Perdidos.
El viento atravesó el campamento.
Moviendo las llamas.
Moviendo las sombras.
Moviendo el destino.
Porque sin que ellos lo supieran...
Aquella leyenda estaba a punto de cambiarlo todo. Y de convertirse en el inicio de una nueva búsqueda.
La búsqueda que llevaría a Nerea hasta los confines del mundo.