DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Permaneció inmóvil durante varios segundos. Intentando recordar cómo había llegado allí. No lo consiguió.

Intentó recordar qué había ocurrido antes. Tampoco.

Intentó recordar cualquier cosa.

Un nombre.

Un rostro.

Una voz.

Algo.

Solo encontró vacío.

Se incorporó lentamente.

La cabeza le daba vueltas.

Y una sensación inquietante comenzó a crecer dentro de él. Porque no recordaba nada.

Absolutamente nada.

Miró a su alrededor.

Había árboles.

Hierba.

Rocas.

Nada más.

Ninguna pista.

Ninguna respuesta.

Ninguna explicación.

—¿Hola?

Su propia voz le resultó extraña.

Como si perteneciera a otra persona.

El bosque respondió únicamente con silencio.

El hombre bajó la mirada.

Observó sus manos.

Su ropa.

Las pequeñas heridas que cubrían sus brazos.

Y comprendió algo aterrador.

Ni siquiera sabía quién era.

La idea provocó un miedo profundo.

Primitivo.

Porque una persona podía perder muchas cosas. Pero perderse a sí misma...

Era algo completamente distinto.

Intentó concentrarse.

Buscar algún recuerdo.

Alguna imagen.

Alguna emoción.

Y durante un instante apareció algo.

Un rostro.

Cabello oscuro.

Ojos brillantes.

Una sonrisa.

La imagen duró menos de un segundo.

Y desapareció.

Dejando tras de sí una extraña sensación de tristeza. El hombre llevó una mano al pecho.

Sin comprender por qué.

¿Por qué aquella desconocida le provocaba dolor? ¿Por qué sentía que era importante?

¿Por qué sentía que acababa de perder algo inmensamente valioso?

No tenía respuestas.

Solo preguntas.

Demasiadas preguntas.

Finalmente se puso de pie.

Las piernas le temblaban.

Pero logró mantenerse firme.

Observó el camino que atravesaba el bosque.

Y comenzó a caminar.

Porque quedarse quieto no le devolvería su pasado. Porque avanzar era la única opción que tenía.

Y porque en algún lugar de su interior existía una certeza inexplicable.

La sensación de que estaba buscando algo.

Aunque no supiera qué.

Aunque no supiera por qué.

Aunque no recordara nada.

A cientos de kilómetros de distancia, Nerea se detuvo abruptamente.

Su corazón dio un vuelco.

Por un instante...

La conexión se fortaleció.

Como si una llama hubiera brillado en la oscuridad. Como si alguien hubiera despertado.

Nerea levantó la cabeza.

Mirando hacia el horizonte.

Hacia tierras lejanas.

Hacia lo desconocido.

Y por primera vez desde la batalla...

Sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Frágil.

Pero real.

Porque acababa de comprender algo.

Eryan no estaba muerto.

Seguía vivo.

Y aunque todavía no sabía dónde estaba... Lo encontraría.

Sin importar cuánto tardara.

Pasaron tres días.

Tres días de búsqueda constante.

Tres días siguiendo señales débiles.

Fragmentos de energía.

Pequeñas pulsaciones.

Ecos casi invisibles de la Vida.

Nerea apenas durmió.

Apenas comió.

Apenas descansó.

Cada vez que cerraba los ojos veía el momento del sacrificio.

La luz.

La despedida.

La desaparición.

Y cada vez despertaba con la misma pregunta. ¿Seguía vivo?

La respuesta parecía estar siempre un paso más adelante. Siempre fuera de su alcance.

Pero el vínculo continuaba allí.

Débil.

Lejano.

Persistente.

Y eso era suficiente para seguir avanzando.

Asrael y Caelum continuaban acompañándola.

Aunque incluso ellos comenzaban a preguntarse cuánto tiempo más podrían perseguir una esperanza tan frágil. Aquella mañana llegaron a un pequeño valle rodeado de bosques.

Un lugar tranquilo.

Aislado.

Lejos de las cicatrices de la guerra.

El aire era diferente allí.

Más ligero.

Más cálido.

Más vivo.

Nerea se detuvo de repente.

Su corazón comenzó a acelerarse.

Porque la conexión se volvió intensa.

Más intensa que nunca.

Tan fuerte que casi podía sentirla físicamente. —Está aquí.

Susurró.

Asrael la observó.

—¿Estás segura?

Ella asintió sin dudar.

—Sí.

Completamente.

Y echó a correr.

Atravesó el sendero.

Los árboles.

Los arbustos.

Las pequeñas colinas cubiertas de hierba. Sin detenerse.

Sin mirar atrás.

Porque después de todo aquel tiempo... Después de todo aquel dolor...

Lo sentía cerca.

Muy cerca.

Entonces llegó a un claro.

Y se quedó inmóvil.

Porque allí estaba.

Sentado junto a un arroyo.

Observando el agua.

Vivo.

Eryan estaba vivo.

Nerea sintió que el mundo desaparecía a su alrededor. Las lágrimas aparecieron de inmediato.

Sin permiso.

Sin control.

Porque durante días había intentado prepararse para cualquier posibilidad.

Para la muerte.

Para la pérdida.

Para la ausencia.

Pero no para aquello.

No para volver a verlo.

No para tenerlo nuevamente frente a ella.

—Eryan...

La palabra escapó apenas en un susurro.

Él levantó la cabeza.

Y sus miradas se encontraron.

Durante un instante todo pareció detenerse. El viento.

El agua.

El tiempo.

Todo.

Nerea vio aquellos ojos que conocía tan bien. Aquellos ojos que había buscado desesperadamente. Y una sonrisa temblorosa apareció en su rostro. —Te encontré.

Dijo.

Su voz se quebró.

Y ya no pudo contener las lágrimas.

Corrió hacia él.

Sin pensar.

Sin detenerse.

Movida únicamente por el alivio.

Por la felicidad.

Por el amor.

Cuando llegó hasta él cayó de rodillas.

Y lo abrazó con fuerza.

Como si temiera que desapareciera otra vez. Como si todavía no pudiera creer que fuera real. —Estás vivo.

Susurró.

—Estás vivo.

Eryan permaneció inmóvil.

Sorprendido.

Confundido.

Sin comprender qué estaba ocurriendo.

Nerea no lo notó al principio.

Demasiado ocupada intentando contener las emociones que la desbordaban.

Demasiado feliz.

Demasiado aliviada.

Pero poco a poco comenzó a sentir algo extraño. Porque él no la abrazaba.

No respondía.

No decía nada.

Nada en absoluto.

Finalmente se apartó un poco.

Y levantó la vista.

Entonces lo vio.

La expresión de Eryan.

La confusión.

La incertidumbre.

La cautela.

Como si estuviera observando a una desconocida. El alivio desapareció de golpe.

—Eryan...

Murmuró.

Él dudó unos segundos.

Y cuando finalmente habló...

Cada palabra cayó sobre ella como una herida.

—Lo siento.

Dijo suavemente.

—¿Nos conocemos?

El mundo pareció detenerse.

Nerea dejó de respirar.

De pensar.

De sentir.

Porque durante un instante quiso creer que era una broma. Un malentendido.

Algo temporal.

Pero la mirada de Eryan era sincera.

Completamente sincera.

No estaba fingiendo.

No estaba confundido.

Realmente no sabía quién era ella.

Y por primera vez desde que lo encontró...

Nerea comprendió que algo había salido terriblemente mal. El mundo no se rompió con una explosión.

No se derrumbó con una batalla.

No desapareció bajo las sombras del Heraldo.

Para Nerea...

Se rompió con una simple pregunta.

"¿Nos conocemos?"

Aquellas palabras seguían resonando dentro de su cabeza. Una y otra vez.

Como un eco imposible de detener.

Nerea permaneció inmóvil.

Arrodillada frente a él.

Incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar. Porque estaba allí.

Podía verlo.

Podía tocarlo.

Podía escuchar su voz.

Eryan estaba vivo.

Y sin embargo...

Algo esencial había desaparecido.

Algo que tal vez jamás regresaría.

El hombre frente a ella la observaba con preocupación. Como si temiera haber dicho algo incorrecto.

Como si no comprendiera por qué aquella pregunta había provocado tanto dolor.

—¿Te encuentras bien?

Preguntó.

Aquello hizo aún más daño.

Porque era la misma voz.

La misma forma de hablar.

La misma calma.

Y al mismo tiempo parecía alguien completamente distinto. Nerea intentó responder.

Pero las palabras se negaban a salir.

Finalmente logró respirar.

—Soy Nerea.

Dijo en voz baja.

Eryan asintió.

Como si estuviera memorizando el nombre.

Como si lo escuchara por primera vez.

—Nerea.

Repitió.

Y aquello terminó de destruir la última esperanza que le quedaba.

Porque no hubo reconocimiento.

Ni emoción.

Ni recuerdo.

Nada.

Solo cortesía.

Solo educación.

Solo vacío.

Entonces Asrael y Caelum llegaron al claro.

Ambos se detuvieron al ver a Eryan.

Y durante un instante sus rostros se iluminaron. Al igual que Nerea.

Al igual que todos.

Porque estaba vivo.

Pero aquella esperanza duró muy poco.

Bastó una mirada.

Una sola.

Para comprender que algo no estaba bien.

Asrael avanzó lentamente.

—Eryan.

Lo llamó.

El joven volvió la cabeza.

Observándolo.

Esperando.

Nada más.

El demonio sintió cómo se formaba un nudo en su garganta. —¿Sabes quién soy?

Preguntó.

Eryan permaneció en silencio unos segundos.

Luego negó con la cabeza.

—Lo siento.

No.

La respuesta golpeó al grupo como una ola.

Porque confirmaba aquello que nadie quería admitir. No era solo Nerea.

No era solo un recuerdo aislado.

Había olvidado todo.

Absolutamente todo.

Caelum bajó la mirada.

Mientras Asrael cerraba los ojos.

Como si intentara contener una emoción que rara vez permitía ver.

Nerea volvió a acercarse.

Todavía negándose a aceptar la realidad.

—Escúchame.

Dijo.

—Hemos viajado juntos.

Hemos luchado juntos.

Salvamos el mundo juntos.

Eryan la observó atentamente.

Escuchando cada palabra.

Pero su expresión no cambió.

No apareció reconocimiento.

No apareció recuerdo.

Nada.

—Lo siento.

Respondió una vez más.

—No recuerdo nada de eso.

Nerea sintió que las lágrimas regresaban.

Porque él no estaba mintiendo.

Podía verlo.

Podía sentirlo.

Realmente no recordaba.

Era como hablar con alguien que jamás la había conocido.

Como si todas las experiencias compartidas hubieran sido borradas.

Como si su historia nunca hubiera existido.

—¿Ni siquiera mi nombre?

Preguntó.

Eryan guardó silencio.

Y después de unos segundos respondió suavemente. —Ahora sí lo recuerdo.

Porque acabas de decírmelo.

Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente.

Y esta vez Nerea no intentó detenerlas.

Porque aquella respuesta era peor que cualquier otra. Peor que el rechazo.

Peor que la distancia.

Peor incluso que la muerte.

Porque significaba que había perdido algo que ni siquiera sabía que había tenido.

Asrael observó la escena.

Y por primera vez en mucho tiempo no encontró ninguna broma.

Ningún comentario sarcástico.

Ninguna forma de aliviar el momento.

Porque no existía.

No había nada que pudiera decir.

Nada que pudiera arreglar aquello.

El viento atravesó suavemente el claro.

Moviendo las hojas de los árboles.

Mientras el arroyo continuaba fluyendo.

Ajeno al dolor de quienes se encontraban allí.

Y Nerea comprendió algo terrible.