Capítulo 8
EL HOMbrE QUE OLVIDÓ
La luz comenzó a desaparecer lentamente.
Como una marea retrocediendo.
Como un amanecer al revés.
Durante largos segundos nadie se movió.
Nadie habló.
Nadie respiró.
Toda la plaza permaneció inmóvil.
Observando.
Esperando.
Intentando comprender lo que acababa de ocurrir. Las grietas del cielo seguían cerrándose.
Una tras otra.
Las enormes heridas que habían amenazado al mundo desaparecían lentamente.
La oscuridad retrocedía.
Las Sombras del Umbral se deshacían como ceniza llevada por el viento.
Y donde antes había existido el Heraldo...
Ya no quedaba nada.
Absolutamente nada.
El silencio resultaba extraño después de tantos días de guerra.
Después de tantas explosiones.
Después de tanto miedo.
Nerea permanecía de rodillas en medio de la plaza. Inmóvil.
Con la mirada fija en el lugar donde Eryan había desaparecido.
Su mente se negaba a aceptar lo ocurrido.
Se negaba a comprenderlo.
Se negaba a creerlo.
Porque hacía apenas unos instantes él estaba allí. Frente a ella.
Sonriendo.
Mirándola.
Diciéndole que la amaba.
Y ahora...
Ahora no había nada.
Las lágrimas seguían cayendo por su rostro. Sin que pudiera detenerlas.
Sin que quisiera hacerlo.
Escuchó pasos acercándose.
Pero no levantó la vista.
No necesitaba hacerlo.
Sabía quién era.
Asrael.
El demonio se detuvo a pocos metros.
Observando el mismo lugar.
Con el rostro sombrío.
Más sombrío de lo que Nerea lo había visto jamás. Durante varios segundos ninguno habló.
Porque no existían palabras capaces de llenar aquel vacío. Finalmente Asrael respiró profundamente.
—Las grietas están cerrándose.
Nerea no respondió.
—El Heraldo desapareció.
Silencio.
—El mundo se salvó.
Aquellas palabras provocaron algo inesperado. Una pequeña risa escapó de los labios de Nerea. Una risa rota.
Dolorosa.
Llena de tristeza.
—¿Y de qué sirve eso?
Susurró.
Asrael bajó la mirada.
Porque no tenía respuesta.
Porque él también sabía que aquella victoria tenía un precio.
Y porque ambos sabían exactamente quién lo había pagado. A su alrededor, los supervivientes comenzaban a salir de entre las ruinas.
Guardianes.
Soldados.
Eruditos.
Incluso algunos Eternos que habían logrado sobrevivir. Todos observaban el cielo.
Todos observaban las grietas cerrándose.
Todos comprendían que algo imposible acababa de suceder. La guerra había terminado.
Pero nadie celebraba.
Porque el costo había sido demasiado alto.
Entonces Caelum apareció entre los escombros.
Cubierto de polvo.
Con varias heridas menores.
Pero vivo.
Al llegar hasta ellos observó el lugar vacío.
Y comprendió inmediatamente.
Su expresión se ensombreció.
—¿No encontraron nada?
Preguntó.
Asrael negó lentamente.
Caelum cerró los ojos.
Durante unos instantes nadie habló.
Solo el viento.
Solo el silencio.
Solo la ausencia.
Finalmente Nerea se puso de pie.
Las piernas le temblaban.
Pero logró mantenerse firme.
—Voy a buscarlo.
Dijo.
Asrael levantó la vista.
—Nerea...
—No.
Lo interrumpió ella.
—No me importa lo que diga la profecía.
No me importa lo que diga nadie.
Voy a encontrarlo.
Su voz estaba quebrada.
Pero también había determinación.
La misma determinación que siempre la había definido. La misma que la había llevado hasta allí.
La misma que se negaba a rendirse.
Asrael observó el lugar vacío una última vez. Y aunque una parte de él ya conocía la respuesta... No discutió.
Porque él también necesitaba saber.
Porque él también necesitaba encontrar alguna esperanza. Aunque fuera imposible.
Aunque fuera absurda.
Aunque no quedara nada por encontrar.
Nerea dio el primer paso.
Y luego otro.
Dirigiéndose hacia el centro de la devastación. Hacia el lugar donde Eryan había desaparecido.
Sin saber que muy pronto descubriría una verdad imposible.
Una verdad que cambiaría todo una vez más.
Porque la historia de Eryan aún no había terminado. Y el sacrificio había ocultado un último secreto. Las horas transcurrieron lentamente.
Demasiado lentamente.
El cielo continuaba sanando.
Las últimas grietas desaparecían una tras otra. Como si jamás hubieran existido.
Como si la guerra hubiera sido una pesadilla colectiva.
Pero las ruinas de la Ciudad de los Ecos demostraban lo contrario.
Torres derrumbadas.
Calles destruidas.
Murallas reducidas a escombros.
Las cicatrices de la batalla permanecían allí.
Visibles.
Imposibles de ignorar.
Y aun así...
Por primera vez en mucho tiempo, el mundo seguía existiendo.
El Primer Sueño había sido contenido.
Al menos temporalmente.
La puerta permanecía cerrada.
El Heraldo había desaparecido.
Y la oscuridad se había retirado.
La creación había sobrevivido.
Pero para Nerea aquello no significaba nada.
Porque Eryan seguía sin aparecer.
Desde el amanecer había recorrido cada rincón de la ciudad. Cada calle.
Cada plaza.
Cada edificio derrumbado.
Buscando.
Esperando.
Negándose a rendirse.
Asrael y Caelum la acompañaban.
Aunque ninguno decía demasiado.
Porque el silencio resultaba más soportable que las falsas esperanzas.
Llegaron nuevamente a la plaza central.
El lugar donde todo había terminado.
O comenzado.
Dependía de cómo se mirara.
Nerea observó el suelo.
Las piedras.
Los restos de energía que aún flotaban en el aire. Y sintió una presión dolorosa en el pecho.
Todo había ocurrido allí.
El sacrificio.
La luz.
La desaparición.
Y sin embargo...
No quedaba ninguna señal de él.
Ni una sola.
Caelum se arrodilló junto a una grieta abierta en el pavimento.
Examinando antiguos rastros de energía.
Después de varios minutos se incorporó lentamente. Su expresión no era alentadora.
—¿Encontraste algo?
Preguntó Nerea.
Caelum dudó.
—Encontré rastros de la energía de la Vida.
—¿Y?
—Y desaparecen.
Nerea frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
El Guardián tardó en responder.
—Que el rastro termina aquí.
Como si hubiera sido borrado.
Aquellas palabras hicieron que el miedo regresara. Más fuerte.
Más cruel.
Asrael apartó la mirada.
Porque él también comprendía lo que implicaba.
Un sacrificio de aquella magnitud podía consumir por completo una existencia.
Borrarla.
Deshacerla.
Eliminarla del tejido del mundo.
Y aunque no quería admitirlo...
Comenzaba a pensar que eso era exactamente lo que había ocurrido.
La búsqueda continuó durante horas.
Sin resultados.
Sin pistas.
Sin respuestas.
Y poco a poco...
La esperanza comenzó a desgastarse.
Cuando el sol empezó a ocultarse, Nerea se encontraba nuevamente en una de las murallas destruidas.
Observando el horizonte.
Sin fuerzas.
Sin lágrimas.
Incluso el dolor parecía haberse agotado.
Asrael se acercó lentamente.
Durante varios segundos permaneció a su lado sin decir nada.
Luego habló.
—Nerea.
Ella no respondió.
—No fue en vano.
Aquello provocó una sonrisa amarga.
—¿De verdad crees que eso ayuda?
Asrael guardó silencio.
Porque no.
No ayudaba.
Nada podía ayudar.
Nerea cerró los ojos.
Y por primera vez permitió que la verdad se acercara. Solo un poco.
Solo lo suficiente para sentirla.
Tal vez Eryan realmente se había ido.
Tal vez aquella despedida había sido definitiva.
Tal vez la última vez que lo vio...
Había sido realmente la última.
La idea le resultó insoportable.
Pero también cada vez más difícil de rechazar.
Entonces ocurrió algo.
Algo pequeño.
Tan pequeño que cualquiera podría haberlo ignorado. Una ráfaga de viento atravesó las ruinas.
Levantando polvo.
Hojas.
Fragmentos de piedra.
Y entre ellos...
Una diminuta chispa dorada apareció durante apenas un segundo.
Nerea abrió los ojos.
La vio.
Claramente.
Una chispa de luz.
Brillante.
Familiar.
La misma energía que había sentido incontables veces junto a Eryan.
Se incorporó de inmediato.
El corazón acelerándose.
—¿Lo viste?
Preguntó.
Asrael frunció el ceño.
—¿Ver qué?
La chispa desapareció.
Tan rápido como había aparecido.
Pero Nerea sabía que no la había imaginado. Lo sabía.
Porque había sentido aquella energía antes. Miles de veces.
—Hay algo.
Susurró.
Asrael la observó atentamente.
Por primera vez en todo el día...
Una pequeña esperanza regresó a sus ojos. Porque si existía un rastro.
Aunque fuera mínimo.
Aunque fuera imposible.
Entonces la búsqueda aún no había terminado. Y en algún lugar más allá de las ruinas... Muy lejos de la ciudad...
Un hombre despertaba lentamente entre la hierba. Confundido.
Desorientado.
Sin recordar quién era.
Sin recordar de dónde venía.
Sin recordar el nombre de la mujer que lo amaba. La noche había caído nuevamente.
Pero Nerea se negaba a descansar.
La pequeña chispa de energía que había visto había sido suficiente.
Suficiente para impedirle rendirse.
Suficiente para devolverle una mínima esperanza. Una esperanza peligrosa.
Pero esperanza al fin.
Asrael y Caelum intentaron convencerla de esperar hasta el amanecer.
Fue inútil.
Ella ya había tomado una decisión.
Si existía una posibilidad.
Aunque fuera la más pequeña.
La seguiría.
Sin importar adónde la condujera.
Los tres abandonaron las murallas destruidas y avanzaron entre los restos de la batalla.
El aire todavía conservaba rastros de magia.
Fragmentos de energía dispersos por todas partes. Pero Nerea buscaba algo específico.
Algo familiar.
Algo que solo ella parecía percibir.
Y entonces volvió a sentirlo.
Una pulsación.
Débil.
Lejana.
Como el eco de una presencia conocida.
Se detuvo de inmediato.
—Por aquí.
Dijo.
Asrael observó el lugar.
—Yo no siento nada.
—Está ahí.
Insistió ella.
Caelum intercambió una mirada con el demonio. Ninguno discutió.
Porque después de todo lo que había ocurrido, habían aprendido a confiar en los instintos de Nerea.
Especialmente cuando se trataba de Eryan.
Continuaron avanzando.
Siguiendo aquel rastro casi imperceptible.
Sin saber que la distancia que los separaba de él era mucho mayor de lo que imaginaban.
Porque Eryan ya no estaba en la Ciudad de los Ecos. Ni cerca de ella.
Ni siquiera en el mismo territorio.
Muy lejos de allí...
Un hombre abrió lentamente los ojos.
Lo primero que sintió fue frío.
Después humedad.
Y finalmente dolor.
Un dolor sordo que recorría todo su cuerpo. Parpadeó varias veces.
Confundido.
Desorientado.
Sobre él se extendía un cielo cubierto de estrellas. Desconocido.
Extraño.