Capítulo 7 #4
Mientras el cielo seguía rompiéndose sobre ellos. Mientras el mundo avanzaba hacia su destino. Mientras el tiempo se agotaba.
Y en silencio...
Sin que Nerea lo supiera.
Eryan tomó su decisión definitiva.
La decisión que cambiaría todo.
La decisión que pronto los separaría.
Porque si llegaba el momento final...
Él elegiría salvarla.
Aunque ella lo odiara por ello.
Aunque jamás volviera a recordarlo.
El amanecer nunca llegó.
Porque el cielo dejó de comportarse como un cielo. Las grietas crecieron durante toda la noche. Hasta cubrir gran parte del firmamento.
Y cuando las primeras luces debieron aparecer... Solo hubo oscuridad.
Una oscuridad inmensa.
Antigua.
Viva.
La Ciudad de los Ecos despertó entre alarmas. Gritos.
Campanas.
Y miedo.
Mucho miedo.
Nerea abrió los ojos de golpe.
Algo estaba mal.
Terriblemente mal.
Lo sintió antes incluso de escuchar las explosiones. Antes de escuchar los gritos.
Antes de sentir cómo el suelo comenzaba a temblar. Corrió hacia la ventana.
Y el mundo parecía estar terminando.
Las grietas se habían abierto por completo.
Enormes fragmentos de oscuridad descendían desde el cielo.
Torres enteras se derrumbaban.
Las Sombras del Umbral caminaban por las calles. Y en la distancia...
El Heraldo avanzaba.
Mucho más cerca que antes.
Muchísimo más cerca.
Nerea salió corriendo.
Atravesando los pasillos.
Buscando a Eryan.
Buscando a Asrael.
Buscando respuestas.
Pero cuando llegó a la plaza principal...
Comprendió que ya no quedaba tiempo para respuestas. Solo quedaba luchar.
Los Eternos combatían desesperadamente.
Uno tras otro.
Cayendo.
Retrocediendo.
Siendo derrotados.
El Heraldo avanzó otro paso.
Y una de las murallas desapareció.
Simplemente desapareció.
Como si jamás hubiera existido.
La realidad se deshacía a su alrededor.
Y nadie podía detenerlo.
Nerea reunió toda la energía de la Muerte.
Toda.
Sin reservas.
Sin límites.
Las sombras cubrieron la ciudad.
El cielo.
Las ruinas.
Todo.
Era el mayor despliegue de poder que había realizado en toda su existencia.
Y aun así...
Cuando lanzó el ataque contra el Heraldo...
Solo consiguió retrasarlo unos segundos.
Nada más.
Unos segundos.
La desesperación comenzó a extenderse.
Porque todos comprendieron la verdad.
Habían perdido.
Entonces Eryan apareció.
En medio de la plaza.
Solo.
Frente al Heraldo.
Frente al Final.
Frente al destino.
Nerea sintió que el corazón se detenía.
Porque comprendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo.
—No.
Susurró.
Eryan no se giró.
—No.
Repitió ella.
Más fuerte.
Corriendo hacia él.
La energía de la Vida comenzó a despertar alrededor de Eryan.
Más intensa que nunca.
Más brillante que nunca.
Como un segundo sol naciendo en mitad de la oscuridad. Asrael apareció junto a Nerea.
Y cuando ella intentó avanzar...
La sujetó.
—Suéltame.
Ordenó.
—Nerea...
—¡SUÉLTAME!
La voz le tembló.
Llena de terror.
Llena de dolor.
Porque ya sabía.
Ya lo sabía.
Eryan finalmente se giró.
Y la miró.
Aquella mirada.
Aquella sonrisa.
Aquella calma imposible.
Nerea sintió que algo dentro de ella se rompía.
—No lo hagas.
Suplicó.
—Por favor.
No lo hagas.
Eryan cerró los ojos durante un instante.
Como si aquellas palabras fueran lo más difícil que hubiera escuchado jamás.
Y probablemente lo eran.
Luego volvió a abrirlos.
Y la observó una última vez.
—Te amo.
El mundo pareció detenerse.
Nerea intentó llegar hasta él.
Intentó correr.
Intentó romper el agarre de Asrael.
Intentó hacer cualquier cosa.
Pero fue demasiado tarde.
La luz explotó.
Una luz tan intensa que eclipsó las grietas.
Las sombras.
La guerra.
Todo.
La energía de la Vida se elevó hacia el cielo. Hacia la puerta.
Hacia el origen.
Hacia el final.
El Heraldo se detuvo.
Por primera vez.
Y por primera vez...
Pareció sentir miedo.
La luz continuó creciendo.
Más brillante.
Más poderosa.
Más inmensa.
Hasta envolver completamente la realidad. Y entonces...
Eryan desapareció.
No hubo grito.
No hubo explosión.
No hubo cuerpo cayendo.
Simplemente desapareció.
Como una estrella apagándose.
Como un sueño terminando.
Como una vida entregándolo todo.
Las grietas comenzaron a cerrarse.
Una tras otra.
Las Sombras del Umbral se desvanecieron. El Heraldo se quebró.
Y desapareció junto con ellas.
El cielo comenzó lentamente a sanar. La guerra terminó.
El mundo se salvó.
Pero Nerea no podía verlo.
Porque había caído de rodillas.
Incapaz de respirar.
Incapaz de pensar.
Incapaz de aceptar lo que acababa de ocurrir. Las lágrimas descendían por su rostro. Sin control.
Sin descanso.
Sin consuelo.
—Eryan...
Susurró.
Una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Esperando una respuesta que nunca llegó. Asrael permanecía inmóvil.
Con los ojos cerrados.
Porque él también comprendía.
Porque él también había perdido a alguien. El viento atravesó la plaza.
Suave.
Silencioso.
Y durante apenas un segundo...
Nerea creyó escuchar una voz.
Lejana.
Cálida.
Familiar.
—Hasta que nos encontremos otra vez. Las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza. Y el silencio respondió.
Porque Eryan ya no estaba.
Y aunque el mundo había sido salvado... El precio había sido demasiado alto.