DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Nerea sintió que las lágrimas comenzaban a aparecer. Pero se negó a llorar.

No todavía.

No mientras aún existiera una mínima esperanza. —No te dejaré hacerlo.

Susurró.

Eryan sintió cómo el corazón se encogía.

Porque sabía que hablaba en serio.

Y precisamente por eso...

Sabía que tendría que tomar la decisión solo.

Muy pronto.

La conversación terminó.

Pero las palabras permanecieron.

Suspendidas entre ellos.

Como una herida abierta.

Nerea abandonó la torre poco después.

No porque quisiera.

Sino porque quedarse allí resultaba demasiado doloroso. Demasiado difícil.

Demasiado real.

Eryan la observó marcharse.

Y por un instante estuvo a punto de seguirla.

De decirle que todo estaría bien.

De prometerle que encontrarían otra solución.

Pero no lo hizo.

Porque ya no podía mentirle.

No después de lo que había descubierto.

No después de comprender finalmente la verdad. La torre quedó en silencio.

Solo el viento acompañaba sus pensamientos.

Y las grietas.

Siempre las grietas.

Brillando sobre el mundo.

Recordándole que el tiempo se agotaba.

Eryan volvió a mirar los antiguos registros.

Las placas.

Los símbolos.

Las palabras que parecían escritas exclusivamente para él. Y continuó leyendo.

Necesitaba saberlo todo.

Aunque doliera.

Aunque deseara no haberlo descubierto jamás.

Los caracteres antiguos comenzaron a iluminarse nuevamente.

Y una sección oculta apareció sobre la piedra. Como si hubiera permanecido invisible hasta aquel momento.

Esperándolo.

Eryan sintió un escalofrío.

Y comenzó a traducir.

—"El regreso al origen tendrá un precio."

Su corazón se aceleró.

Aquello ya no le gustaba.

No le gustaba en absoluto.

Continuó leyendo.

—"La llave será borrada del ciclo."

Silencio.

—"Su esencia regresará al principio."

Silencio.

—"Y todo vínculo será roto."

Eryan sintió que el estómago se contraía.

Porque comenzaba a entender.

Comenzaba a comprender algo aún peor que la muerte. Mucho peor.

Siguió leyendo.

Aunque una parte de él ya deseaba detenerse. —"Los recuerdos desaparecerán."

La respiración se le cortó.

Y entonces llegó la última línea.

La más cruel de todas.

—"Como si nunca hubiera existido."

El mundo pareció detenerse.

Eryan permaneció inmóvil.

Observando aquellas palabras.

Una y otra vez.

Esperando haberlas entendido mal.

Esperando que significaran otra cosa.

Pero no.

El significado era claro.

Brutal.

Definitivo.

No solo debía sacrificarse.

No solo debía desaparecer.

También sería olvidado.

Por todos.

Por el mundo.

Por la historia.

Por aquellos que amaba.

La imagen de Nerea apareció inmediatamente en su mente. Su sonrisa.

Su voz.

Su forma de mirarlo.

Sus enfados.

Sus bromas.

Todo.

Y comprendió lo que aquello significaba.

Cuando llegara el momento...

Ella no lo recordaría.

Ni a él.

Ni lo que habían vivido juntos.

Ni el amor que habían construido.

Nada.

El dolor fue tan intenso que tuvo que cerrar los ojos. Porque por primera vez desde el inicio de la guerra... Deseó ser egoísta.

Deseó abandonar todo.

Deseó elegirla a ella.

Solo a ella.

Pero entonces recordó las ciudades destruidas. Los Eternos caídos.

Las personas aterradas.

Los niños.

Las familias.

El mundo entero.

Y comprendió que no podía hacerlo.

No importaba cuánto doliera.

No importaba cuánto sufriera.

No importaba cuánto amara a Nerea.

Debía hacerlo.

Porque alguien tenía que hacerlo.

Una lágrima descendió lentamente por su rostro. La primera en mucho tiempo.

Y justo entonces escuchó pasos acercándose.

No necesitó girarse.

Sabía quién era.

Asrael.

El demonio apareció en la entrada de la torre.

Más serio que de costumbre.

Más cansado.

Como si también estuviera perdiendo una batalla. —Lo descubriste.

Dijo.

No era una pregunta.

Eryan asintió lentamente.

Asrael observó los textos.

Y cerró los ojos.

Como alguien que acaba de confirmar sus peores sospechas. —Siempre pensé que encontraríamos otra solución. Murmuró.

—Yo también.

Respondió Eryan.

El silencio volvió a extenderse.

Pesado.

Doloroso.

Finalmente Asrael habló.

—No quiero perderte.

Aquellas palabras sorprendieron a Eryan.

Porque Asrael rara vez mostraba lo que sentía. Porque detrás de su sarcasmo.

De sus bromas.

De sus burlas.

Siempre había ocultado demasiado.

Eryan sonrió débilmente.

—Lo sé.

Asrael bajó la mirada.

Y durante unos segundos pareció mucho más antiguo. Mucho más cansado.

Mucho más humano.

—Ella tampoco sobrevivirá a esto.

Susurró.

Eryan sintió una punzada en el pecho.

Porque sabía exactamente a quién se refería. Nerea.

—Sí sobrevivirá.

Respondió.

—La conoces.

Asrael soltó una pequeña risa triste.

—Ese es precisamente el problema.

Ambos guardaron silencio.

Porque los dos sabían que era verdad.

Nerea jamás aceptaría aquello.

Jamás.

Y cuando llegara el momento...

Intentaría detenerlo.

Sin importar las consecuencias.

Sin importar el costo.

Eryan levantó lentamente la vista hacia las grietas. Hacia el cielo roto.

Hacia el final que se acercaba.

Y por primera vez...

Aceptó completamente su destino.

No porque quisiera.

No porque estuviera preparado.

Sino porque era necesario.

Y porque amaba demasiado a quienes intentaba proteger.

Incluso si eso significaba que algún día olvidarían su nombre.

La noche era extrañamente tranquila.

Al menos por unas horas.

La batalla parecía haberse detenido.

Los ejércitos descansaban.

Los heridos eran atendidos.

Y la Ciudad de los Ecos respiraba antes de la siguiente tormenta.

Pero Nerea no podía descansar.

No podía dormir.

No podía pensar en otra cosa.

Eryan.

La profecía.

El sacrificio.

El miedo.

Todo giraba dentro de su cabeza sin descanso. Finalmente abandonó su habitación.

Necesitaba verlo.

Necesitaba escuchar su voz.

Necesitaba convencerse de que aún había tiempo. De que todavía podían encontrar una solución. Lo encontró en uno de los balcones más altos de la ciudad. Observando el horizonte.

Las grietas.

Las estrellas.

Como si intentara memorizar el mundo entero. Nerea sintió un dolor extraño al verlo.

Porque algo en su expresión había cambiado.

Algo sutil.

Pero real.

Como si hubiera aceptado una carga que nadie más podía soportar.

Se acercó lentamente.

Y Eryan sonrió apenas la vio.

Aquella sonrisa.

La misma que había conseguido derribar sus defensas. La misma que había logrado hacerla sentir viva. —Sabía que no estabas durmiendo.

Dijo él.

Nerea soltó una pequeña risa.

—Habla el hombre que tampoco duerme.

Durante unos segundos permanecieron en silencio. Simplemente observando el cielo.

Simplemente compartiendo el momento.

Y por primera vez en días...

No hablaron de guerras.

Ni de profecías.

Ni de sacrificios.

Hablaron de cosas simples.

De viajes.

De ciudades.

De historias absurdas.

De momentos que habían vivido juntos.

Pequeños recuerdos.

Pequeñas risas.

Pequeños instantes de normalidad.

Y precisamente por eso dolían tanto.

Porque ambos sabían que podían ser los últimos. Nerea apoyó los brazos sobre la barandilla del balcón. Mirando las luces lejanas de la ciudad.

—¿Recuerdas cuando nos conocimos?

Preguntó.

Eryan sonrió.

—Intentaste alejarme tres veces.

—Fueron más.

—Lo sé.

Ella soltó una risa.

Una risa auténtica.

Y por un momento todo pareció normal.

Como si no existiera ninguna guerra.

Como si el mundo no estuviera rompiéndose. Como si el futuro todavía les perteneciera.

Entonces el silencio regresó.

Más suave.

Más íntimo.

Nerea observó el horizonte.

Y finalmente dijo aquello que llevaba días guardándose. —Tengo miedo.

La confesión quedó suspendida entre ellos.

Eryan giró lentamente la cabeza.

Ella rara vez admitía algo así.

Muy rara vez.

—Yo también.

Respondió.

Y era verdad.

Más verdad de la que ella imaginaba.

Nerea bajó la mirada.

—No quiero perderte.

Las palabras salieron apenas en un susurro.

Pero Eryan las escuchó perfectamente.

Y sintió que el corazón se rompía un poco más. Porque ella no sabía toda la verdad.

No todavía.

Y él ya había decidido que no se la diría.

No esa noche.

No en aquel momento.

No mientras pudiera regalarle unas horas más de paz. Aunque fueran falsas.

Aunque fueran prestadas.

Eryan tomó suavemente una de sus manos. Y Nerea entrelazó los dedos con los suyos.

Instintivamente.

Como si temiera que desapareciera.

Como si ya sintiera que el tiempo se agotaba. —Escúchame.

Dijo él.

Ella levantó la vista.

—Pase lo que pase...

Nerea negó inmediatamente.

—No.

Eryan sonrió con tristeza.

—Déjame terminar.

Ella guardó silencio.

A regañadientes.

—Pase lo que pase...

Continuó él.

—Conocerte fue lo mejor que me ocurrió.

Nerea sintió que los ojos comenzaban a humedecerse. —Eryan...

—Es verdad.

Respondió.

—En todas las vidas.

En todos los recuerdos.

En todos los caminos.

Siempre te elegiría.

El dolor en el pecho de Nerea se volvió insoportable.

Porque aquellas palabras sonaban demasiado parecidas a una despedida.

Y ella no quería despedidas.

Ya había tenido demasiadas.

—No hables así.

Susurró.

—Vamos a encontrar una solución.

Tiene que existir.

Eryan la observó.

Memorizando cada detalle de su rostro.

Cada gesto.

Cada expresión.

Porque sabía algo que ella ignoraba.

Sabía que estaba viviendo uno de sus últimos momentos juntos.

Y necesitaba recordarlo.

Necesitaba conservarlo.

Hasta el final.

—Tal vez.

Respondió suavemente.

Aunque ambos sabían que no lo creía.

Nerea apoyó la cabeza sobre su hombro.

Y durante varios minutos permanecieron así. Sin hablar.

Sin moverse.

Simplemente existiendo.

Simplemente amándose.