Capítulo 7 #2
Pero retrocedió.
Nerea sintió una chispa de alivio.
Había funcionado.
Aunque fuera un poco.
Aunque fuera apenas un instante.
Entonces el Heraldo levantó lentamente la cabeza. Y la observó.
Por primera vez.
Directamente.
Nerea sintió un escalofrío tan profundo que casi perdió el equilibrio.
Porque aquellos ojos no contenían odio.
No contenían ira.
No contenían emociones.
Solo certeza.
La certeza de algo inevitable.
La certeza del final.
Entonces habló.
Y su voz resonó dentro de su mente.
No en sus oídos.
Dentro de ella.
—Muerte.
Nerea quedó paralizada.
La criatura la conocía.
La reconocía.
—Tu tiempo también se acerca.
El miedo atravesó cada parte de su ser.
Y antes de que pudiera reaccionar...
El Heraldo extendió una mano.
Una sola.
La realidad se deformó.
Las sombras de Nerea comenzaron a deshacerse. A desaparecer.
Como si jamás hubieran existido.
Como si alguien estuviera borrándolas.
Su poder se debilitó.
Por primera vez en siglos.
La Muerte retrocedió.
No por elección.
Por necesidad.
Porque acababa de comprender algo aterrador.
Su poder tampoco era suficiente.
Ni el de los Eternos.
Ni el suyo.
Ni el de nadie.
Cuando regresó a la muralla, Eryan la sostuvo antes de que cayera.
Nerea respiraba con dificultad.
Todavía podía sentir aquella mirada.
Aquella voz.
Aquella certeza.
—¿Qué ocurrió?
Preguntó Eryan.
Ella tardó varios segundos en responder.
Porque aún intentaba aceptar la verdad.
Finalmente levantó la vista.
Y lo miró directamente.
—No podemos detenerlo.
Susurró.
El silencio cayó entre ellos.
Y por primera vez...
Nerea pronunció las palabras que más había temido decir. —No con nuestras fuerzas.
La derrota dejó una herida profunda en la Ciudad de los Ecos.
No porque la batalla hubiera terminado.
Sino porque todos habían visto la verdad.
Los Eternos podían caer.
La Muerte podía fracasar.
Y el Heraldo continuaba avanzando.
Imparable.
Durante horas, el caos dominó la ciudad.
Los heridos llenaban los salones.
Los guardianes corrían de un lado a otro.
Las alarmas no dejaban de sonar.
Y sobre todo aquello...
Las grietas seguían creciendo.
Como si el propio cielo estuviera muriendo.
Nerea permanecía junto a una ventana.
Observando el horizonte.
Sin hablar.
Sin moverse.
Eryan estaba cerca.
Pero incluso él parecía distante.
Perdido en sus propios pensamientos.
Perdido en la profecía.
Perdido en el sacrificio que se acercaba cada vez más. Y eso aterraba a Nerea más que cualquier enemigo. Porque comenzaba a verlo en sus ojos.
La aceptación.
Como si una parte de él ya hubiera tomado una decisión. Mientras tanto, Asrael había desaparecido.
Nadie sabía dónde estaba.
Nadie excepto Caelum.
Y Caelum tampoco parecía tranquilo.
Horas más tarde, en las profundidades del santuario oculto, Asrael avanzaba solo entre las antiguas columnas.
Llevaba una antorcha en una mano.
Y varios pergaminos en la otra.
Su expresión era más seria que nunca.
Porque estaba buscando algo.
Algo desesperadamente.
Una alternativa.
Una salida.
Una forma de romper la profecía.
Aunque fuera imposible.
Aunque jamás hubiera existido.
Porque se negaba a quedarse observando cómo la historia se repetía.
No otra vez.
No después de todo lo que habían sufrido.
No después de todo lo que habían perdido.
Llegó hasta una cámara aún más antigua.
Una que habían descubierto apenas unas horas antes. Oculta detrás de una pared de piedra.
Oculta incluso para el propio santuario.
Aquello ya era una mala señal.
Asrael recorrió las paredes con la mirada.
Miles de símbolos cubrían la roca.
Más antiguos que cualquier idioma.
Más antiguos que cualquier civilización.
Y en el centro de la sala encontró algo inesperado. Un mural.
Gigantesco.
Cubriendo toda una pared.
El demonio se acercó lentamente.
Y cuando la luz de la antorcha iluminó la imagen... Sintió que la sangre se congelaba en sus venas. Porque reconoció lo que estaba viendo.
La Vida.
La Muerte.
Y una tercera figura.
Una figura que jamás debería haber aparecido allí. Una figura borrada de todos los registros. Olvidada por todos los mundos.
Asrael permaneció inmóvil.
Observándola.
Incapaz de creerlo.
—No...
Susurró.
Aquello era imposible.
Completamente imposible.
La figura estaba situada entre la Vida y la Muerte. Con una mano extendida hacia cada una. Como si las uniera.
Como si formara parte del mismo equilibrio. Debajo del mural había una inscripción.
Asrael se acercó.
Y comenzó a traducir.
Lentamente.
Con creciente horror.
—"Cuando las dos llaves fallen..."
—"La tercera deberá elegir."
El demonio cerró los ojos.
Porque ya comprendía.
Comprendía demasiado bien.
Durante siglos había creído que la profecía hablaba únicamente de Nerea y Eryan.
Pero ahora estaba descubriendo algo diferente. Algo oculto.
Algo que alguien había eliminado deliberadamente de la historia.
La existencia de una tercera llave.
Una tercera fuerza.
Una tercera entidad.
Y si aquello era cierto...
Entonces todo lo que sabían estaba incompleto. Otra vez.
Asrael continuó leyendo.
Necesitaba respuestas.
Necesitaba entender.
Las siguientes palabras estaban dañadas.
Casi borradas.
Pero todavía podían leerse.
—"El Guardián del Umbral."
El demonio sintió un escalofrío.
Porque conocía ese nombre.
Lo conocía demasiado bien.
Y precisamente por eso resultaba aterrador. Hacía miles de años que nadie lo pronunciaba. Miles.
Entonces escuchó pasos detrás de él.
Se giró de inmediato.
Preparándose para atacar.
Pero era Caelum.
El Guardián de Memorias se detuvo al ver el mural. Y su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué encontraste?
Preguntó.
Asrael permaneció varios segundos en silencio. Luego respondió.
Con una voz que apenas parecía la suya.
—Tal vez una esperanza.
Caelum observó nuevamente la figura desconocida. —¿O una tragedia aún peor?
Asrael no tuvo respuesta.
Porque aún no lo sabía.
Pero una cosa era segura.
La historia de la Vida y la Muerte acababa de complicarse mucho más.
Y por primera vez desde el inicio de la profecía... Existía la posibilidad de que Eryan no fuera el único destinado al sacrificio.
Aunque descubrir la verdad podría costarles todo. La noche había caído nuevamente sobre la Ciudad de los Ecos.
Pero el cielo ya no conocía la oscuridad.
Las grietas brillaban constantemente.
Como heridas abiertas sobre la realidad.
Como ojos gigantes observando el mundo.
Eryan permanecía solo en una de las torres más altas de la ciudad.
Frente a él descansaban decenas de pergaminos. Placas antiguas.
Mapas.
Registros recuperados del santuario.
Había pasado horas leyéndolos.
Horas buscando respuestas.
Horas intentando encontrar una alternativa.
Y cada vez encontraba la misma conclusión.
La misma verdad.
La misma condena.
El viento agitó los documentos.
Pero Eryan apenas lo notó.
Su atención estaba fija en una pequeña placa de piedra. Una de las más antiguas.
Una que nadie más había logrado traducir completamente. Hasta ahora.
Los símbolos brillaban débilmente bajo sus dedos. Y cuanto más los observaba...
Más claros se volvían.
Como si estuvieran destinados únicamente para él. Como si lo hubieran estado esperando.
Respiró profundamente.
Y continuó leyendo.
—"Cuando el Heraldo camine sobre la creación..." —"La puerta comenzará a abrirse."
Eryan ya lo sabía.
Lo estaban viendo.
Lo estaban viviendo.
Pero la siguiente línea era diferente.
Una línea que jamás habían encontrado antes.
—"Solo la Vida podrá sellar el camino."
El corazón de Eryan se aceleró.
Continuó leyendo.
Necesitaba saberlo.
Necesitaba comprenderlo todo.
—"Porque la Vida fue creada para abrir."
—"Y también para cerrar."
Las piezas comenzaron a encajar.
Lentamente.
Dolorosamente.
Como un rompecabezas que jamás quiso resolver. Entonces llegó la última parte.
La parte que había permanecido oculta durante miles de años.
Y cuando Eryan la leyó...
Comprendió.
Finalmente comprendió.
Su función.
Su propósito.
Su destino.
—"La llave deberá regresar al origen."
El silencio llenó la torre.
Eryan cerró los ojos.
Porque ya sabía exactamente lo que significaba. Regresar al origen.
No era una metáfora.
No era una transformación.
No era un viaje.
Era el final.
La desaparición.
El sacrificio.
La Vida tendría que dejar de existir.
Solo así la puerta podría sellarse para siempre. Solo así el Heraldo sería detenido.
Solo así el Durmiente permanecería encerrado. Una parte de él quiso negarlo.
Quiso rebelarse.
Quiso buscar otra solución.
Pero ya no podía.
Porque después de todo lo que había descubierto... Sabía la verdad.
No existía otra respuesta.
Entonces una nueva voz habló detrás de él. —Ya lo encontraste.
Eryan no se sorprendió.
Porque reconoció la voz inmediatamente. Nerea.
Ella avanzó lentamente hasta situarse a su lado. Observó los documentos.
La expresión de su rostro.
Y comprendió.
No necesitó leer nada.
No necesitó preguntar.
Simplemente lo comprendió.
—No.
Susurró.
Eryan bajó la mirada.
—Nerea...
—No.
Repitió ella.
Con más fuerza.
Con más dolor.
—Dime que no es verdad.
Él permaneció en silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
Porque la respuesta estaba allí.
En sus ojos.
En su expresión.
En la tristeza que intentaba ocultar.
Nerea sintió que el mundo comenzaba a romperse dentro de ella.
—Encontraremos otra forma.
Dijo.
—Tiene que existir.
—Llevamos días buscándola.
Respondió Eryan suavemente.
—No la hay.
—¡Entonces seguiremos buscando!
La voz de Nerea resonó por toda la torre.
Llena de desesperación.
Llena de miedo.
Llena de amor.
Eryan cerró los ojos durante unos segundos.
Porque aquello era precisamente lo que más difícil hacía todo.
Porque él tampoco quería perderla.
Porque él tampoco quería marcharse.
Porque la amaba más de lo que había amado nada. En cualquier vida.
En cualquier mundo.
En cualquier existencia.
Pero también sabía algo más.
Sabía lo que ocurriría si no hacía nada.
Había visto ciudades caer.
Había visto Eternos morir.
Había visto al Heraldo avanzar.
Y sabía que aquello apenas era el comienzo.
Finalmente levantó la vista.
Y sostuvo la mirada de Nerea.
—Si no lo hago...
El mundo terminará.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos. Dolorosas.
Implacables.
Verdaderas.