Capítulo 7
EL PRECIO DE LA VIDA
El mundo cambió después de la revelación del santuario. No de forma inmediata.
No de forma visible.
Pero cambió.
Todos lo sintieron.
La profecía ya no era una leyenda.
Ya no era un misterio.
Ahora tenía un rostro.
Un precio.
Y una fecha cada vez más cercana.
Durante los días siguientes, la Ciudad de los Ecos se convirtió en el centro de una guerra que parecía extenderse por toda la realidad.
Las grietas seguían creciendo.
Las Sombras del Umbral aparecían en más regiones. Y los Eternos comenzaban a movilizarse abiertamente. Por primera vez en siglos.
Nerea observaba todo desde una de las murallas. Sin poder dejar de pensar en Eryan.
En la elección.
En el sacrificio.
En aquellas palabras que seguían repitiéndose dentro de su mente.
La Vida deberá decidir.
No.
Ella se negaba.
Se negaba a aceptar que aquella fuera la única respuesta.
Se negaba a aceptar que después de encontrarlo pudiera perderlo.
Otra vez no.
No como Daniel.
No como Adrián.
No como todos los demás.
Esta vez no.
Un estruendo sacudió la ciudad.
Las murallas vibraron.
Y los guardianes comenzaron a gritar órdenes.
Nerea levantó la vista.
Algo estaba ocurriendo.
Algo grave.
Muy grave.
Entonces sonaron las alarmas.
Todas al mismo tiempo.
Caelum apareció corriendo por la muralla.
Su expresión era de auténtico horror.
—¡Nerea!
Ella se giró inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Caelum apenas podía respirar.
—Han encontrado el origen de las Sombras.
El corazón de Nerea se aceleró.
—¿Dónde?
El Guardián señaló el horizonte.
Más allá de las montañas.
Más allá de los bosques.
Más allá de las grietas.
Y entonces ocurrió.
El cielo se abrió.
Literalmente.
Una de las enormes fracturas se desgarró de lado a lado. La realidad pareció partirse.
La luz desapareció.
Y una oscuridad imposible emergió desde el interior. Miles de personas en la ciudad quedaron inmóviles. Observando.
Aterradas.
Porque algo estaba saliendo.
Algo gigantesco.
Algo antiguo.
Algo que no pertenecía al mundo.
Nerea sintió cómo la energía de la Muerte reaccionaba dentro de ella.
Instintivamente.
Como si reconociera aquella presencia.
Como si la hubiera conocido mucho tiempo atrás. Y entonces una voz resonó en todo el cielo.
Profunda.
Antigua.
Inmensa.
Una voz que parecía existir desde antes de la creación. —Por fin.
El miedo atravesó la ciudad entera.
La voz continuó.
—El sueño termina.
Nerea sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
Porque comprendió inmediatamente quién estaba hablando.
No era una Sombra.
No era un Eterno.
No era Malakar.
Era algo peor.
Mucho peor.
Algo que llevaba dormido desde antes del mundo. Algo que estaba despertando.
Entonces Asrael apareció junto a ella.
Y por primera vez desde que lo conocía...
Parecía verdaderamente asustado.
—No.
Murmuró.
—Es demasiado pronto.
Nerea lo miró.
—¿Qué ocurre?
El demonio observó la grieta abierta.
Y la figura inmensa que comenzaba a emerger. —El Heraldo.
Respondió.
—El primer sirviente del Final.
El silencio cayó sobre todos los presentes.
Porque si aquello era solo un sirviente...
Nadie quería imaginar cómo sería su amo. La gigantesca silueta avanzó un paso.
Y el mundo tembló.
Montañas enteras se agrietaron.
Bosques comenzaron a marchitarse.
Ríos cambiaron de dirección.
La realidad misma parecía romperse a su alrededor. Entonces los Eternos aparecieron.
Docenas de ellos.
Surgiendo desde distintos puntos del cielo.
Preparándose para luchar.
Preparándose para detener la amenaza.
Pero Nerea sintió un miedo profundo.
Porque observando aquella criatura...
Comprendió algo terrible.
Tal vez no fuera suficiente.
Tal vez ninguno de ellos fuera suficiente.
Y por primera vez desde el comienzo de la guerra... Tuvo la sensación de que podían perder.
El cielo ardía.
Las grietas atravesaban el horizonte como cicatrices abiertas sobre la realidad.
Y frente a ellas...
El Heraldo del Final continuaba emergiendo.
Su forma era difícil de comprender.
Cambiante.
Imposible.
A veces parecía una figura humana gigantesca.
A veces una sombra sin límites.
A veces una masa de oscuridad que absorbía la luz a su alrededor.
Como si la realidad fuera incapaz de decidir qué estaba viendo.
Como si aquella criatura no perteneciera a ninguna ley natural.
Miles de personas observaban desde la Ciudad de los Ecos. En silencio.
Aterradas.
Nadie sabía qué hacer.
Nadie sabía cómo enfrentarlo.
Entonces los Eternos atacaron.
La primera en moverse fue una mujer rodeada de tormentas.
La misma que Nerea había visto anteriormente en las visiones de guerra.
Levantó ambos brazos.
Y un océano de relámpagos descendió desde las nubes. Miles.
Decenas de miles.
Iluminando el cielo entero.
La descarga golpeó al Heraldo de lleno.
La explosión fue tan poderosa que la ciudad tembló. Durante unos segundos nadie pudo ver nada.
Solo luz.
Solo energía.
Solo destrucción.
Entonces el resplandor desapareció.
Y el Heraldo seguía allí.
Inmóvil.
Intacto.
Como si nada hubiera ocurrido.
El silencio fue absoluto.
La Eterna retrocedió.
Incapaz de creerlo.
Y no fue la única.
Otros Eternos comenzaron a intervenir. Uno invocó enormes cadenas de energía. Otro abrió grietas de fuego.
Otro manipuló el propio espacio.
Poderes capaces de destruir ciudades. Capaces de alterar continentes.
Capaces de cambiar el curso de la historia. Y ninguno funcionó.
Nada funcionó.
Los ataques atravesaban al Heraldo. Lo golpeaban.
Lo envolvían.
Y aun así...
Continuaba avanzando.
Lentamente.
Imparable.
Como una tormenta inevitable.
Como el propio fin.
Nerea observaba desde la muralla.
Sin poder apartar la vista.
Sin poder creer lo que estaba viendo.
—No puede ser.
Susurró.
Asrael permanecía a su lado.
Su expresión era sombría.
—Sí puede.
Respondió.
—Porque no están luchando contra una criatura. Nerea lo miró.
—¿Entonces contra qué?
El demonio tardó unos segundos en responder. —Contra una consecuencia.
Aquellas palabras resultaron inquietantes. Pero antes de que pudiera preguntar más... El Heraldo levantó una mano.
Solo una.
Y el mundo cambió.
El cielo se oscureció.
El viento desapareció.
El tiempo pareció detenerse durante un instante. Y luego...
Golpeó.
Una onda negra atravesó el horizonte.
Silenciosa.
Rápida.
Imparable.
Los Eternos intentaron detenerla.
Pero fue inútil.
La energía los alcanzó.
Y varios cayeron.
Directamente del cielo.
Como estrellas apagándose.
Como soles extinguiéndose.
Nerea sintió que el corazón se detenía.
Porque acababa de verlo.
Habían caído Eternos.
Seres que existían desde antes de los reinos. Seres inmensamente poderosos.
Y habían sido derrotados con un único movimiento. La ciudad entera quedó paralizada.
El miedo comenzó a extenderse.
Porque si los Eternos no podían detenerlo... ¿Quién podría?
Entonces Eryan apareció sobre la muralla. Llegaba desde uno de los observatorios superiores. Llevaba varios documentos antiguos entre las manos. Y su expresión era distinta.
Extraña.
Pensativa.
Como si hubiera descubierto algo.
Algo importante.
Nerea lo notó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Preguntó.
Eryan observó al Heraldo.
Luego las grietas.
Y finalmente a Asrael.
—Creo que empiezo a entender.
Asrael frunció el ceño.
—¿Entender qué?
Eryan tardó unos segundos en responder.
Como si todavía estuviera procesándolo.
—Por qué la profecía habla de una elección. Nerea sintió un escalofrío.
Porque algo en su voz sonó diferente.
Más serio.
Más pesado.
Más cercano a una conclusión.
Y no le gustó.
No le gustó en absoluto.
Porque por primera vez...
Parecía que Eryan estaba empezando a aceptar aquello que ella se negaba a aceptar.
El sacrificio.
El Heraldo continuó avanzando.
Lento.
Imparable.
Como si el tiempo no significara nada para él.
Como si supiera que tarde o temprano todo terminaría inclinándose ante su presencia.
Los Eternos siguieron atacando.
Uno tras otro.
Sin descanso.
Sin rendirse.
Tormentas.
Fuego.
Luz.
Oscuridad.
Poderes capaces de destruir imperios enteros.
Capaces de alterar la realidad.
Capaces de cambiar el destino de millones.
Nada funcionaba.
Absolutamente nada.
Cada ataque desaparecía al tocar al Heraldo.
Como una gota de lluvia cayendo en un océano infinito. Nerea observaba la batalla con creciente desesperación. Porque estaba viendo algo imposible.
Algo que jamás había imaginado presenciar.
Los Eternos estaban perdiendo.
Y no solo perdiendo.
Estaban cayendo.
Uno de ellos intentó sellar una grieta del cielo. El Heraldo apenas volvió el rostro hacia él.
Y la realidad se quebró alrededor del Eterno.
Como un cristal.
El inmortal desapareció.
Sin gritar.
Sin luchar.
Simplemente dejó de existir.
Nerea sintió un nudo en el estómago.
Porque aquello no era muerte.
Era algo peor.
Mucho peor.
Entonces otro Eterno cayó.
Y luego otro.
Y otro más.
La línea de defensa comenzaba a romperse.
Caelum apareció sobre la muralla junto a ellos. Su rostro estaba pálido.
—Las ciudades del norte han sido evacuadas.
Informó.
—Pero no podremos seguir haciéndolo por mucho tiempo. Nadie respondió.
Porque todos estaban viendo lo mismo.
El avance del Heraldo.
La destrucción.
La desesperación.
La derrota.
Entonces Nerea tomó una decisión.
Saltó desde la muralla.
Antes de que alguien pudiera detenerla.
Su energía oscura se extendió alrededor de su cuerpo. La Muerte respondió a su llamado.
Las sombras comenzaron a girar a su alrededor. Miles de ellas.
Más poderosas que nunca.
Más intensas que nunca.
Porque estaba furiosa.
Porque estaba aterrada.
Porque se negaba a quedarse observando.
El cielo tembló cuando Nerea ascendió.
Atravesando las nubes.
Dirigiéndose directamente hacia el Heraldo. —¡NEREA!
Escuchó la voz de Eryan a la distancia.
Pero no se detuvo.
No podía.
No quería.
Las sombras se concentraron en sus manos. Formando una enorme lanza de oscuridad. Una lanza creada con el poder mismo de la Muerte. Con toda la fuerza que poseía.
Con toda la rabia que sentía.
Y la lanzó.
La explosión sacudió el cielo.
Las nubes desaparecieron.
La energía se extendió durante kilómetros. Incluso las grietas parecieron estremecerse. Por un instante...
La esperanza regresó.
Porque el Heraldo retrocedió.
Un solo paso.
Nada más.