DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Porque lo que venía después era peor.

Mucho peor.

—"Llegará el día en que ambas llaves se enfrenten al final." —"Y entonces la Vida deberá decidir qué será salvado." Nerea frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Eryan tragó saliva.

Porque el texto continuaba.

Y ya comenzaba a comprender.

—"El mundo."

—"O aquello que ama."

La frase cayó como una piedra.

Pesada.

Brutal.

Inapelable.

Nadie habló.

Nadie pudo hacerlo.

Porque todos entendieron exactamente lo mismo. Eryan permaneció inmóvil.

Observando las palabras.

Releyéndolas una y otra vez.

Esperando haberlas interpretado mal.

Pero no.

El significado era claro.

Demasiado claro.

Nerea sintió un nudo en el pecho.

—No.

Susurró.

Eryan levantó lentamente la vista.

Sus ojos reflejaban algo que ella jamás había visto antes. Miedo.

No miedo a morir.

Miedo a elegir.

Porque aquella profecía no hablaba de una batalla. No hablaba de poder.

No hablaba de victoria.

Hablaba de sacrificio.

Y por primera vez...

Eryan comprendió cuál era su papel.

No era luchar.

No era gobernar.

No era destruir.

Era elegir.

Y algunas decisiones eran peores que cualquier guerra. Entonces una nueva explosión resonó sobre la ciudad. Más cerca.

Mucho más cerca.

Las ventanas temblaron.

Las torres vibraron.

Y un grito de alarma se extendió por toda la Ciudad de los Ecos.

La batalla había alcanzado las murallas.

Pero Nerea apenas la escuchó.

Porque una sola frase seguía resonando dentro de su mente. El mundo... o aquello que ama.

Y por primera vez desde que había conocido a Eryan... Sintió verdadero terror por el futuro.

El estruendo de la batalla seguía resonando por toda la Ciudad de los Ecos.

Las murallas temblaban.

Las alarmas no dejaban de sonar.

Y aun así...

Para Nerea, el mundo parecía haberse reducido a una sola frase.

El mundo... o aquello que ama.

No.

Simplemente no.

Se negó a aceptarlo.

Se negó incluso a considerarlo.

—La profecía está equivocada.

Dijo de repente.

Eryan levantó la vista.

Caelum también.

Asrael fue el único que no pareció sorprendido. Como si hubiera esperado exactamente aquella reacción. —Nerea...

Comenzó Eryan.

—No.

Lo interrumpió ella.

—No pienso aceptar eso.

Su voz tembló.

No por miedo.

Por rabia.

Por frustración.

Por dolor.

—Toda nuestra vida nos han dicho lo que debemos hacer. Lo que somos.

Lo que representamos.

Y ahora resulta que además debemos aceptar un sacrificio absurdo porque alguien lo escribió hace miles de años.

Nadie respondió.

Porque nadie tenía una respuesta sencilla.

Nerea comenzó a caminar.

Incapaz de quedarse quieta.

—No.

Repitió.

—No voy a aceptar que el destino ya decidió por nosotros. El silencio se extendió unos segundos.

Hasta que Asrael habló.

—Siempre fuiste igual.

Nerea se giró.

—¿Qué significa eso?

El demonio cruzó los brazos.

—Que nunca aceptaste un destino impuesto.

Ni ahora.

Ni antes.

Aquellas palabras hicieron que ella frunciera el ceño. —¿Antes?

Asrael guardó silencio.

Y Nerea sintió inmediatamente que estaba ocultando algo. Otra vez.

—Asrael.

La advertencia en su voz fue evidente.

—¿Qué sabes?

El demonio observó durante unos segundos las grietas del cielo que se veían a través de las ventanas.

Como si estuviera debatiendo consigo mismo.

Como si estuviera cruzando una línea que había evitado durante siglos.

Finalmente habló.

—Hay algo que nunca les conté.

Nerea soltó una pequeña risa amarga.

—Qué sorpresa.

Asrael ignoró el comentario.

—Porque juré que jamás lo haría.

La expresión de Eryan se volvió seria.

Caelum también prestó toda su atención.

Porque todos comprendieron que aquello era importante. Muy importante.

—La primera vez que la Vida y la Muerte se enamoraron... El corazón de Nerea se detuvo.

—¿La primera vez?

Preguntó Eryan.

Asrael asintió lentamente.

—Mucho antes de cualquiera de sus vidas humanas. Mucho antes de los reinos.

Mucho antes de las profecías.

Cuando todavía existían como Eternos.

Nerea sintió una extraña presión en el pecho. Como si algo dentro de ella recordara.

Como si una puerta olvidada estuviera comenzando a abrirse.

—¿Qué ocurrió?

Preguntó.

La mirada de Asrael se volvió sombría.

—Intentaron escapar.

El silencio fue absoluto.

—¿Escapar?

Repitió Eryan.

—Del destino.

Respondió Asrael.

Nerea sintió un escalofrío.

Porque aquello sonaba exactamente a algo que ella haría. —Se negaron a cumplir su papel.

Continuó el demonio.

—Se negaron a abrir la puerta.

Se negaron a participar en el ciclo.

Intentaron desaparecer juntos.

Alejarse de todo.

De los Eternos.

De las responsabilidades.

Del mundo.

Las imágenes comenzaron a aparecer en la mente de Nerea. Fragmentos.

Pequeños destellos.

Una costa infinita.

Un cielo lleno de estrellas.

Dos figuras caminando juntas.

Felices.

Libres.

Por primera vez.

Y luego...

Oscuridad.

Una oscuridad inmensa.

Violenta.

Devorándolo todo.

Nerea retrocedió un paso.

Llevándose una mano al pecho.

—¿Qué pasó?

Preguntó Eryan.

La respuesta tardó apenas unos segundos.

Pero pareció eterna.

—El mundo empezó a morir.

Nadie habló.

Nadie respiró.

Asrael continuó.

—Porque la Vida y la Muerte no son simples fuerzas. Son parte del equilibrio que mantiene la realidad estable. Cuando desaparecieron...

Todo comenzó a romperse.

Los océanos.

Los cielos.

El tiempo.

La realidad misma.

Nerea sintió un vacío en el estómago.

—No...

Susurró.

—Sí.

Respondió Asrael.

—Y tuvieron que regresar.

La verdad cayó sobre ellos como una tormenta. Porque aquello significaba algo aterrador.

La Vida y la Muerte no podían simplemente marcharse. No podían abandonar su función.

No podían elegir una existencia normal.

Porque el precio sería el mundo entero.

Eryan bajó lentamente la mirada.

Comprendiendo exactamente lo mismo.

Y entonces Asrael reveló la parte que había ocultado durante siglos.

La parte que nunca quiso contar.

—Y cuando regresaron...

Ya sabían que algún día uno de los dos tendría que sacrificarse.

El silencio fue devastador.

Nerea sintió que el corazón se encogía.

Porque acababa de comprender algo horrible. La profecía no había creado aquel destino.

La profecía simplemente lo había recordado. Aquello siempre había estado allí.

Esperando.

Desde el principio.

Desde mucho antes de que ellos nacieran.

Desde mucho antes de que existiera cualquier mundo. Y por primera vez...

Nerea empezó a temer que el destino fuera mucho más antiguo de lo que había imaginado.

Durante varios minutos nadie volvió a hablar. Las palabras de Asrael seguían pesando sobre ellos. La primera vez que la Vida y la Muerte se enamoraron. La primera vez que intentaron escapar.

La primera vez que el mundo comenzó a romperse. Nerea observó el suelo.

Intentando ordenar sus pensamientos.

Intentando encontrar alguna explicación.

Alguna solución.

Algo.

Pero no había nada.

Solo preguntas.

Demasiadas preguntas.

Y cada respuesta parecía peor que la anterior. El silencio fue interrumpido por una nueva vibración. Esta vez más fuerte.

Mucho más fuerte.

Las paredes de la torre temblaron.

Los cristales resonaron.

Y las grietas del cielo emitieron un brillo tan intenso que toda la ciudad quedó iluminada.

Como si fuera de día.

Todos se acercaron a las ventanas.

Y lo que vieron les heló la sangre.

Las grietas estaban cambiando.

Ya no parecían simples fracturas.

Ahora se movían.

Lentamente.

Como heridas vivas.

Como si algo estuviera empujando desde el otro lado. Intentando salir.

Intentando entrar.

Nerea sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Porque por primera vez tuvo la sensación de que aquello también la estaba observando.

Como si una inteligencia inmensa hubiera despertado. Y acabara de fijarse en ella.

—No me gusta esto.

Murmuró Eryan.

—A mí tampoco.

Respondió Caelum.

Asrael permanecía inmóvil.

Observando el cielo.

Y cuanto más tiempo pasaba...

Más oscura se volvía su expresión.

Entonces una alarma comenzó a sonar.

Diferente a las anteriores.

Más grave.

Más urgente.

Uno de los Guardianes irrumpió en la sala.

Agitado.

Pálido.

Aterrorizado.

—¡Lord Caelum!

Caelum se giró inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

El hombre tardó varios segundos en recuperar el aliento. Y cuando habló...

Su voz temblaba.

—Han aparecido.

—¿Quiénes?

Preguntó Nerea.

El guardián tragó saliva.

—Las Sombras del Umbral.

El silencio cayó de golpe.

Asrael maldijo en voz baja.

Y eso fue suficiente para preocupar a todos.

—¿Qué son?

Preguntó Eryan.

El demonio respondió sin apartar la mirada de la ventana. —Malas noticias.

—Eso ya lo suponíamos.

Dijo Nerea.

Asrael finalmente se giró hacia ellos.

Y por primera vez desde que había regresado... Parecía genuinamente alarmado.

—No son criaturas normales.

No son Eternos.

No son humanos.

No pertenecen a este mundo.

Aquellas palabras hicieron que el ambiente se volviera aún más tenso.

—¿Entonces de dónde vienen?

Preguntó Caelum.

Asrael tardó apenas un segundo en responder.

—Del otro lado de la puerta.

El corazón de Nerea se detuvo.

Nadie habló.

Porque aquello significaba algo aterrador.

La puerta aún estaba cerrada.

Y aun así...

Algo estaba logrando atravesarla.

Aunque fuera parcialmente.

Entonces llegaron más informes.

Uno tras otro.

Los guardianes comenzaron a acumular pergaminos sobre la mesa.

Las noticias eran cada vez peores.

Ciudades enteras informaban de las mismas apariciones. Figuras oscuras.

Sin rostro.

Sin voz.

Sin forma definida.

Aparecían durante la noche.

Y donde aparecían...

La realidad comenzaba a deformarse.

Los edificios cambiaban.

Los caminos desaparecían.

Las personas sufrían pesadillas imposibles.

Y algunas simplemente...

Desaparecían.

Como si jamás hubieran existido.

Nerea sintió que el miedo comenzaba a extenderse por la sala.

Porque aquello ya no era una guerra entre facciones. Aquello era algo diferente.

Algo mucho peor.

Entonces Caelum desplegó un nuevo informe. Y se quedó inmóvil.

—No...

Murmuró.

Eryan se acercó.

—¿Qué ocurre?

Caelum levantó lentamente la vista.

—Han encontrado una de las sombras.

Todos esperaron.

—¿Y?

Preguntó Nerea.

Caelum tragó saliva.

—No intentó atacar.

Aquello los sorprendió.

—¿Entonces?

El Guardián parecía incapaz de creer lo que estaba leyendo. —Habló.

Un silencio absoluto cayó sobre la sala.

—¿Qué dijo?

Preguntó Eryan.