DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 6
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Capítulo 6

LA VERDAD OCULTA

La Ciudad de los Ecos estaba al borde de la guerra. Desde las murallas podían verse columnas de humo en el horizonte.

Mensajeros llegaban sin descanso.

Los Guardianes reforzaban defensas.

Y las grietas del cielo parecían observarlo todo desde arriba. Habían pasado tres días desde la llegada de los ejércitos. Tres días de tensión.

Tres días en los que nadie se había atrevido a lanzar el primer ataque.

Pero todos sabían que era cuestión de tiempo.

La guerra estaba esperando una chispa.

Y esa chispa podía aparecer en cualquier momento.

Nerea observaba el horizonte desde una de las torres cuando escuchó pasos acercándose.

No necesitó girarse.

—¿Qué ocurre?

Preguntó.

Asrael apareció a su lado.

Extrañamente serio.

—Encontré algo.

Eso bastó para captar toda su atención.

—¿Algo relacionado con Malakar?

—Tal vez.

Respondió él.

—O quizá con algo mucho peor.

Nerea frunció el ceño.

Ya estaba cansándose de que todo fuera peor.

Asrael extendió un pequeño objeto sobre la palma de su mano.

Era una pieza de piedra negra.

Cubierta de símbolos antiguos.

Muy antiguos.

Nerea apenas la vio y sintió un estremecimiento. Como si aquella piedra reconociera algo dentro de ella. —¿Dónde la encontraste?

Preguntó.

—Debajo de la ciudad.

La respuesta la sorprendió.

—¿Debajo?

Asrael asintió.

—Hay túneles más antiguos que la propia Ciudad de los Ecos.

Caelum los descubrió esta mañana.

Y lo que encontramos allí no aparece en ninguno de sus registros.

Eso llamó inmediatamente la atención de Nerea. Caelum conocía prácticamente toda la historia registrada del mundo.

Si algo no aparecía en sus archivos...

Entonces era realmente antiguo.

—¿Qué encontraron?

Asrael guardó silencio unos segundos.

Luego respondió.

—Un santuario.

El corazón de Nerea dio un vuelco.

Porque aquella palabra despertó algo en su interior. Una sensación familiar.

Un eco.

Un recuerdo que todavía no lograba alcanzar. —¿Un santuario dedicado a quién?

Preguntó.

Asrael la observó.

Y por primera vez pareció dudar.

—Eso es precisamente lo extraño.

No está dedicado a ningún Eterno conocido.

El viento atravesó la torre.

Las grietas del cielo brillaron brevemente.

Y Nerea sintió que algo comenzaba a moverse en las profundidades de sus recuerdos.

Algo antiguo.

Algo olvidado.

Algo que llevaba esperando mucho tiempo.

—Caelum quiere mostrárnoslo.

Continuó Asrael.

—Ahora mismo.

Nerea observó nuevamente la piedra.

Los símbolos parecían cambiar cuando intentaba enfocarlos. Como si no pertenecieran a ninguna lengua conocida. Como si fueran anteriores a todas ellas.

Entonces una imagen apareció fugazmente en su mente. Una puerta gigantesca.

Luz.

Oscuridad.

Y una voz.

Una voz tan antigua que parecía provenir del principio de todo.

La visión desapareció tan rápido como llegó.

Pero fue suficiente para hacer que su corazón se acelerara. —Nerea.

La voz de Eryan llegó desde la entrada de la torre. Ella se giró.

Él venía acompañado por Caelum.

Y ambos parecían tan preocupados como Asrael. Eso no era buena señal.

—¿Ya te lo contó?

Preguntó Eryan.

Nerea asintió.

—Solo que encontraron un santuario.

Caelum tragó saliva.

Algo muy poco habitual en él.

—Lo que encontramos allí podría cambiar todo lo que creemos saber sobre la profecía.

El silencio cayó entre ellos.

Porque aquella afirmación era enorme.

Demasiado enorme.

—Entonces vamos.

Dijo Nerea.

Y por primera vez desde que comenzó aquella guerra... Sintió miedo de descubrir la verdad.

Porque una parte de ella empezaba a sospechar que la profecía nunca había contado toda la historia.

Y que alguien había ocultado una parte fundamental. Durante miles de años.

El acceso al santuario se encontraba oculto bajo la biblioteca principal de la Ciudad de los Ecos.

Tan oculto que incluso Caelum ignoraba su existencia hasta hacía apenas unas horas.

Aquello, por sí solo, ya resultaba inquietante.

Si el Guardián de Memorias no conocía aquel lugar, significaba que alguien había querido mantenerlo en secreto. Y había conseguido hacerlo durante muchísimo tiempo. Nerea, Eryan, Asrael y Caelum descendieron por una escalera tallada directamente en la roca.

No había antorchas.

No había lámparas.

Y aun así podían ver.

Las paredes emitían una tenue luz azulada.

Como si la piedra estuviera viva.

Como si recordara.

Cuanto más descendían, más extraño se volvía el ambiente. El aire era diferente.

Más antiguo.

Más pesado.

Nerea no sabía cómo explicarlo.

Pero sentía que estaba entrando en un lugar que no pertenecía del todo al mundo actual.

Como si cada escalón la alejara de la realidad conocida. Después de varios minutos llegaron al fondo.

Y todos se detuvieron.

Incluso Asrael.

Frente a ellos se extendía una inmensa cámara subterránea. Mucho más grande de lo que debería ser posible.

Columnas gigantescas sostenían un techo perdido en la oscuridad.

Ríos de luz plateada atravesaban el suelo.

Y miles de símbolos cubrían cada superficie visible. Nerea sintió un escalofrío.

Porque ninguno de aquellos símbolos le resultaba desconocido.

No sabía leerlos.

Pero los reconocía.

De algún lugar.

De algún tiempo.

—Esto es imposible.

Murmuró Caelum.

Por primera vez parecía más un estudiante que un maestro. Más un hombre asombrado que un Guardián de Memorias. —¿Cuántos años tiene este lugar?

Preguntó Eryan.

Caelum negó lentamente.

—No lo sé.

Y eso jamás había ocurrido.

Jamás.

Asrael observó las paredes.

Su expresión era cada vez más seria.

—Creo que sí lo sabemos.

Todos lo miraron.

El demonio señaló los símbolos.

—Estos signos aparecían en relatos que ni siquiera los Eternos recuerdan por completo.

El silencio se apoderó del grupo.

—¿Qué significa eso?

Preguntó Nerea.

Asrael respondió sin apartar la mirada de los muros. —Que este lugar podría ser anterior al mundo. Aquellas palabras resonaron en la inmensa cámara. Y nadie se atrevió a responder de inmediato. Porque sonaban absurdas.

Imposibles.

Y sin embargo...

Todo en aquel santuario parecía imposible. Continuaron avanzando.

Hasta llegar al centro de la sala.

Allí encontraron algo aún más extraño.

Una estructura circular construida con una piedra completamente negra.

Tan negra que parecía absorber la luz.

En su superficie descansaban varias placas antiguas. Decenas de ellas.

Cubiertas por los mismos símbolos.

Caelum se acercó.

Con manos temblorosas.

—Hemos estado intentando traducirlas.

Dijo.

—¿Y?

Preguntó Eryan.

—Logramos descifrar algunas partes.

El Guardián tomó una de las placas.

Respiró profundamente.

Y comenzó a leer.

—"Antes del tiempo..."

La voz de Caelum resonó por toda la cámara.

—"...antes de los cielos..."

—"...antes de los mares..."

—"...antes de la Vida y de la Muerte..."

Nerea sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

Porque aquellas palabras parecían provenir de una historia mucho más antigua que cualquier leyenda.

Mucho más antigua que cualquier profecía.

Caelum continuó.

—"...existía el Soñador."

El aire pareció enfriarse.

El Primer Sueño.

Pensó Nerea inmediatamente.

Pero entonces Caelum siguió leyendo.

Y todo cambió.

—"...y el Soñador no estaba solo."

El silencio cayó de golpe.

Absoluto.

Completo.

Nadie habló.

Porque todos comprendieron lo mismo.

Aquellas palabras desafiaban todo lo que creían saber. Todo.

Nerea sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —Eso no puede ser.

Murmuró.

Caelum bajó lentamente la placa.

Su rostro estaba tan pálido como el de ella.

—Lo sé.

Asrael observaba los símbolos con una intensidad inquietante.

Como si estuviera recordando algo.

Algo que llevaba demasiado tiempo enterrado. —¿Quién estaba con él?

Preguntó Eryan.

Nadie respondió.

Porque nadie conocía la respuesta.

Todavía.

Entonces una nueva visión golpeó a Nerea. Más fuerte que todas las anteriores.

Vio oscuridad.

Oscuridad infinita.

Vio una figura dormida.

Inmensa.

Eterna.

El Primer Sueño.

Pero también vio algo más.

Una segunda silueta.

Oculta.

Observando desde la distancia.

Esperando.

La visión desapareció.

Y Nerea retrocedió bruscamente.

Respirando con dificultad.

—¿Qué viste?

Preguntó Eryan.

Ella tardó varios segundos en responder. Porque aún podía sentir aquella presencia. Aquella figura.

Aquella cosa.

—No estaba solo.

Susurró.

Y por primera vez desde que comenzó todo...

Comprendió que la historia que conocían estaba incompleta.

Porque alguien había sido borrado de ella.

Alguien tan antiguo como el propio Primer Sueño. El silencio continuó después de la visión.

Nadie parecía dispuesto a hablar primero.

Las palabras grabadas en aquellas placas habían cambiado demasiado las reglas.

Durante toda su existencia, Nerea había escuchado la misma historia.

El Primer Sueño había creado el mundo.

Después llegaron los Eternos.

Luego la Vida.

Luego la Muerte.

Era el origen de todo.

El comienzo de todo.

Y ahora acababan de descubrir que aquella historia estaba incompleta.

Tal vez incluso era una mentira.

Caelum avanzó hacia otra de las placas.

Con movimientos lentos.

Casi reverentes.

Como si temiera dañar algo sagrado.

Algo que jamás debió ser encontrado.

—Hay más.

Dijo.

Asrael soltó una risa breve.

Sin humor.

—Claro que hay más.

Siempre hay más.

Nerea observó al demonio.

Algo le decía que estaba ocultando información. Otra vez.

Pero decidió guardar aquella sospecha para después. Caelum comenzó a traducir.

Las palabras aparecían lentamente.

Con dificultad.

Como si la propia piedra se resistiera a revelar sus secretos. —"Cuando el Soñador creó la realidad..."

—"Comprendió que algún día todo terminaría." La sala permaneció en silencio.

—"Y para evitar el fin..."

—"Creó dos llaves."

Nerea sintió una extraña presión en el pecho.

Una sensación familiar.

Como si ya hubiera escuchado aquellas palabras. Como si una parte olvidada de ella las recordara. —¿Dos llaves?

Preguntó Eryan.

Caelum continuó leyendo.

Y la respuesta llegó.

—"Una llevaría el comienzo."

—"La otra custodiaría el final."

El corazón de Nerea comenzó a acelerarse.

Porque ya entendía.

Ya sabía.

Incluso antes de escuchar los nombres.

—"La Vida."

—"Y la Muerte."

El silencio cayó sobre el santuario.

Pesado.

Absoluto.

Nadie habló.