DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

No terminó.

Aquella última frase hizo que el silencio regresara.

Porque todos comprendieron exactamente lo que significaba.

Malakar había sobrevivido.

O algo había sobrevivido de él.

Y ahora estaba de vuelta.

Entonces ocurrió.

Una punzada atravesó la cabeza de Nerea.

Repentina.

Violenta.

Se llevó una mano a la sien.

Y la visión llegó.

Más intensa que las anteriores.

Más real.

Más viva.

Un campo de batalla.

El cielo cubierto de fuego.

Ejércitos enfrentándose.

Sombras.

Luz.

Gritos.

Miles de voces.

Y en medio de todo aquello...

Un hombre.

Vestido con una armadura negra.

Observando la destrucción.

Sonriendo.

Sus ojos brillaban con una crueldad imposible.

Y detrás de él ondeaba el símbolo de los Vigilantes del Umbral.

Nerea retrocedió.

Respirando agitadamente.

La visión desapareció.

Pero la sensación permaneció.

Como un eco.

Como una advertencia.

—Lo vi.

Susurró.

Todos la miraron.

—¿A quién?

Preguntó Asrael.

Nerea tragó saliva.

Porque aún podía ver aquellos ojos.

Aquella sonrisa.

Aquella presencia.

—A Malakar.

El silencio cayó sobre la sala.

Y por la expresión de Asrael...

Comprendió que había visto exactamente a la persona correcta.

Porque el rostro del demonio se volvió completamente serio.

—Entonces ya es demasiado tarde.

Murmuró.

Y por primera vez desde que había regresado...

Pareció verdaderamente preocupado por lo que estaba por venir.

La visión desapareció.

Pero el malestar permaneció.

Nerea seguía viendo aquellos ojos cada vez que parpadeaba.

Aquella sonrisa fría.

Aquella sensación de crueldad absoluta.

Como si Malakar no hubiera sido simplemente un enemigo. Como si hubiera sido algo peor.

Mucho peor.

La reunión terminó poco después.

Los Guardianes tenían demasiado trabajo.

Los informes seguían llegando.

Y la guerra continuaba expandiéndose por el mundo.

Caelum permaneció organizando estrategias junto a los eruditos.

Mientras tanto, Nerea y Eryan salieron de la sala. Necesitaban aire.

Necesitaban pensar.

Necesitaban alejarse por unos minutos de todo aquello.

Caminaron en silencio por uno de los jardines elevados de la Ciudad de los Ecos.

Un lugar tranquilo.

Lleno de árboles antiguos.

Fuentes de agua cristalina.

Y flores luminosas que brillaban suavemente bajo la noche. Normalmente aquel lugar le habría parecido hermoso. Pero no esa vez.

No después de todo lo que habían descubierto. Eryan fue el primero en hablar.

—Sigues pensando en la visión.

No era una pregunta.

Nerea asintió.

—Parecía real.

—Porque probablemente lo era.

Ella suspiró.

—Estoy cansada de no saber qué recuerdos son míos y cuáles pertenecen a otras vidas.

Eryan comprendía perfectamente.

Porque él estaba pasando por lo mismo.

Cada vez con más frecuencia.

Cada vez con más intensidad.

Y cada vez resultaba más difícil distinguir el presente del pasado.

Continuaron caminando.

Hasta que algo extraño ocurrió.

Una sensación.

Un estremecimiento.

Como una corriente atravesando el aire.

Nerea se detuvo.

Eryan también.

Ambos intercambiaron una mirada.

Y supieron inmediatamente que el otro lo había sentido. —¿Otra vez?

Preguntó ella.

Eryan asintió lentamente.

—Otra vez.

El mundo pareció temblar.

Durante apenas un instante.

Y entonces llegaron los recuerdos.

No como imágenes aisladas.

No como fragmentos.

Sino como una auténtica avalancha.

Nerea vio una ciudad enorme.

Más grande que cualquier reino actual. Torres imposibles.

Puentes suspendidos entre montañas flotantes. Ríos de luz atravesando el cielo.

Y personas.

Miles de personas.

Una civilización que ya no existía.

Una civilización olvidada por el tiempo. Y en medio de ella...

Estaba Eryan.

Pero no era exactamente Eryan.

Y al mismo tiempo sí lo era.

Vestía ropas antiguas.

Su cabello era más largo.

Su mirada diferente.

Más madura.

Más triste.

Más antigua.

Y estaba sonriendo.

Sonriéndole a ella.

Porque Nerea también estaba allí. No como la joven que era ahora.

Sino como alguien distinta.

Una versión más poderosa.

Más serena.

Más consciente de lo que era.

Los dos caminaban juntos.

Hablaban.

Reían.

Y por un momento todo parecía perfecto. Hasta que el cielo comenzó a romperse. Las grietas aparecieron.

Exactamente iguales a las actuales. Y el caos llegó.

La ciudad empezó a derrumbarse. Las personas corrían.

Los edificios caían.

La guerra comenzaba.

Entonces apareció una figura.

Malakar.

Más joven.

Pero inconfundible.

Observando el desastre.

Sonriendo.

La visión cambió nuevamente.

Ahora mostraba un campo de batalla.

Nerea y Eryan luchaban juntos.

Espalda contra espalda.

Rodeados de enemigos.

Rodeados de fuego.

Rodeados de muerte.

Y aun así seguían avanzando.

Juntos.

Siempre juntos.

La imagen se desvaneció.

Y ambos regresaron al presente.

Respirando agitadamente.

Como si realmente hubieran vivido aquello.

Como si realmente hubieran estado allí.

Durante varios segundos ninguno habló.

Porque ambos intentaban procesar lo que acababan de ver. Finalmente Eryan rompió el silencio. —Lo viste también.

Nerea asintió.

—Sí.

—No era un sueño.

—No.

No lo era.

Eryan bajó la mirada.

Pensativo.

—Ya habíamos luchado juntos.

Murmuró.

Nerea sintió un extraño nudo en el pecho. Porque aquello era cierto.

Lo había sentido.

Lo había visto.

Lo había vivido.

De alguna manera.

—Y también lo enfrentamos.

Añadió ella.

Eryan levantó la vista.

—A Malakar.

Nerea asintió.

Los recuerdos todavía eran incompletos. Fragmentados.

Pero una cosa estaba clara.

Malakar no era un enemigo nuevo.

Había formado parte de sus vidas mucho antes de esta existencia.

Mucho antes del despertar del Primer Sueño. Mucho antes de la profecía.

Y aquello significaba algo.

Algo importante.

Algo peligroso.

Entonces una voz resonó detrás de ellos.

—Empiezan a recordar más rápido.

Ambos se giraron.

Asrael estaba allí.

Observándolos.

Con una expresión extrañamente seria.

Nerea frunció el ceño.

—¿Eso es malo?

El demonio tardó unos segundos en responder. —Depende.

—¿De qué?

Asrael observó las grietas del cielo.

Y cuando volvió a hablar...

Su voz fue mucho más baja.

Mucho más grave.

—Depende de cuál sea el primer recuerdo que regrese por completo.

Un escalofrío recorrió a Nerea.

Porque algo en aquellas palabras sonó a advertencia. Y no le gustó en absoluto.

La advertencia de Asrael permaneció en la mente de Nerea mucho después de que el demonio se marchara.

—Depende de cuál sea el primer recuerdo que regrese por completo.

Aquellas palabras no parecían una simple observación. Sonaban como una advertencia.

Como algo que él sabía.

Y que no quería explicar todavía.

La noche avanzó sobre la Ciudad de los Ecos.

Pero nadie logró descansar.

Los Guardianes continuaban trabajando.

Los mensajeros seguían llegando.

Y las noticias empeoraban con cada hora que pasaba. Más ciudades se unían al conflicto.

Más Eternos tomaban partido.

Más personas quedaban atrapadas en una guerra que ni siquiera comprendían.

Nerea se encontraba en una de las terrazas superiores de la ciudad.

Observando el cielo.

Las grietas parecían más grandes que la noche anterior. Más profundas.

Más vivas.

Como heridas abiertas sobre la realidad.

Escuchó pasos acercándose.

No necesitó girarse.

Sabía que era Eryan.

—Tú tampoco puedes dormir.

Dijo ella.

—Empiezo a pensar que dormir se volvió un lujo. Respondió él.

Nerea sonrió levemente.

Eryan se apoyó junto a ella.

Durante varios minutos permanecieron observando el cielo en silencio.

Hasta que una nueva punzada atravesó sus mentes. Al mismo tiempo.

Más fuerte que las anteriores.

Mucho más fuerte.

Nerea cerró los ojos.

Y el recuerdo regresó.

Esta vez no fue una visión fragmentada.

Fue una escena completa.

Clara.

Perfectamente definida.

Como si realmente estuviera allí.

Como si hubiera regresado al pasado.

Vio una enorme sala construida de cristal y luz. Columnas gigantescas.

Símbolos flotando en el aire.

Y alrededor de una mesa circular...

Los Eternos.

Docenas de ellos.

Muchos más de los que había imaginado.

Seres antiguos.

Poderosos.

Inmensos.

Y entre ellos estaban ella y Eryan.

No como humanos.

No como reencarnaciones.

Sino como las entidades que alguna vez habían sido. La Muerte.

Y la Vida.

Sentados junto a los demás Eternos.

Debatiendo.

Discutiendo.

Tomando una decisión.

Una decisión importante.

Demasiado importante.

Las voces resonaban por toda la sala.

—Es demasiado peligroso.

—No podemos permitirlo.

—Si despierta, todo terminará.

—Debemos sellarlo.

—Para siempre.

Nerea intentó comprender.

Intentó escuchar mejor.

Intentó entender qué estaba ocurriendo.

Entonces vio algo.

En el centro de la sala.

Una enorme puerta.

Antigua.

Cubierta de símbolos imposibles.

La misma puerta que los Vigilantes del Umbral estaban buscando.

La misma puerta relacionada con el Primer Sueño. Y entonces llegó el momento decisivo.

Uno por uno.

Los Eternos emitieron su voto.

La mayoría estaba en contra.

La mayoría quería destruir la puerta.

Eliminarla.

Acabar con ella.

Pero dos voces cambiaron el resultado.

Dos.

Nerea sintió un frío imposible recorriendo todo su cuerpo. Porque ya sabía cuáles eran.

La Vida.

Y la Muerte.

Ella.

Y Eryan.

Los dos votaron para conservar la puerta.

Para sellarla.

No para destruirla.

Y aquella decisión cambió la historia.

La visión se quebró.

Nerea abrió los ojos de golpe.

Respirando con dificultad.

A su lado, Eryan estaba exactamente igual.

Pálido.

Impactado.

Porque también lo había visto.

También lo había recordado.

Durante varios segundos ninguno dijo nada.

Porque ninguno quería pronunciar la conclusión. Finalmente fue Eryan quien habló.

—Fuimos nosotros.

Nerea cerró los ojos.

Sintiendo el peso de aquellas palabras.

—Sí.

—La puerta siguió existiendo por nuestra decisión. Ella asintió lentamente.

La comprensión llegó como una avalancha.

La guerra actual.

La profecía.

Los Vigilantes.

El despertar del Primer Sueño.

Todo parecía conectado con aquella decisión tomada siglos atrás.

O quizás milenios.

—Ahora entiendo por qué Asrael estaba preocupado. Murmuró Eryan.

Nerea no respondió.

Porque algo más la inquietaba.

Algo peor.

Si ellos habían tomado aquella decisión...

Entonces debía existir una razón.

Una razón muy importante.

Y todavía no la recordaban.