DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Una ciudad ardiendo.

Torres derrumbándose.

El cielo cubierto de grietas.

Personas corriendo.

Gritando.

Muriendo.

Y en medio de todo aquello...

El mismo símbolo.

Grabado sobre enormes estandartes negros. Nerea retrocedió.

Sobresaltada.

—Nerea.

La voz de Eryan llegó desde muy lejos. Ella cerró los ojos.

Respiró profundamente.

Y la visión desapareció.

—¿Qué viste?

Preguntó Asrael inmediatamente.

Nerea abrió los ojos.

Todavía agitada.

—Una ciudad.

Fuego.

Destrucción.

Ese símbolo estaba allí.

Asrael intercambió una mirada con Caelum.

Ninguno parecía sorprendido.

Y eso la inquietó aún más.

—¿Era un recuerdo?

Preguntó Eryan.

Asrael respondió antes que ella.

—Sí.

Nerea lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

El demonio permaneció unos segundos en silencio. Luego respondió.

—Porque yo también estuve allí.

Aquellas palabras congelaron el aire.

—¿Qué?

Asrael observó nuevamente el símbolo.

Y por primera vez desde que había regresado parecía realmente cansado.

—Los Vigilantes del Umbral provocaron una guerra hace siglos.

Una guerra tan grande que incluso los Eternos estuvieron a punto de desaparecer.

Nerea sintió que el estómago se contraía.

Porque ahora entendía por qué aquello preocupaba tanto a Asrael.

No era una nueva amenaza.

Era una antigua.

Una que ya había demostrado de lo que era capaz. Entonces una de las guardianas irrumpió en la sala. Pálida.

Sin aliento.

—¡Llegó otro mensaje!

Caelum tomó el pergamino.

Lo abrió rápidamente.

Y su expresión empeoró.

—¿Qué ocurre?

Preguntó Nerea.

El Guardián de Memorias levantó la vista.

—Ya no son siete ciudades.

El silencio se hizo absoluto.

—¿Cuántas?

Preguntó Eryan.

Caelum tragó saliva.

—Doce.

Nadie habló.

Porque el número seguía creciendo.

Más ciudades.

Más ataques.

Más Eternos tomando partido.

Más caos.

La guerra avanzaba.

Y lo hacía mucho más rápido de lo que habían imaginado. Pero Asrael ya no estaba mirando el mapa.

Ni los mensajes.

Ni los símbolos.

Su atención se había desplazado hacia una de las ventanas. Hacia las grietas del cielo.

Como si hubiera visto algo.

Algo que nadie más podía ver.

Y cuando habló...

Su voz fue apenas un susurro.

—Demasiado tarde.

Nerea sintió un escalofrío.

—¿Qué es demasiado tarde?

Asrael no apartó la mirada del cielo.

—Ellos ya encontraron la puerta.

—¿Qué puerta?

Preguntó Nerea inmediatamente.

Asrael permaneció inmóvil frente a la ventana.

Observando las grietas que atravesaban el cielo.

Las mismas grietas que habían aparecido después del despertar del Primer Sueño.

Las mismas que crecían un poco más cada día.

—La puerta que los Vigilantes han estado buscando durante siglos.

Respondió finalmente.

Caelum se tensó.

—No puede ser.

—Ojalá me equivocara.

El demonio señaló las grietas.

—Pero no lo estoy.

Nerea intercambió una mirada con Eryan.

Ninguno entendía completamente.

Y eso empezaba a ser frustrante.

—Alguien me explica qué está pasando.

Dijo Eryan.

Asrael se volvió hacia ellos.

Su expresión era seria.

Mucho más seria de lo habitual.

—Los Vigilantes del Umbral nunca quisieron controlar a los Eternos.

Eso era solo el primer paso.

Lo que realmente buscaban era llegar hasta el origen. —¿El Primer Sueño?

Preguntó Nerea.

—Sí.

Respondió Asrael.

—Y no para destruirlo.

Para usarlo.

Aquellas palabras hicieron que varios eruditos palidecieran. Caelum cerró los ojos unos segundos.

Como si estuviera intentando procesar algo imposible. —Si logran eso...

—Lo sé.

Lo interrumpió Asrael.

—Por eso es tan grave.

La joven guardiana que había traído los informes volvió a acercarse.

Llevaba nuevos pergaminos.

Demasiados.

Cada vez eran más.

—Siguen llegando mensajes.

Informó.

Caelum los recibió rápidamente.

Comenzó a leer.

Y cuanto más avanzaba...

Peor era su expresión.

—¿Qué dicen?

Preguntó Eryan.

Caelum levantó la vista.

—Las ciudades están dividiéndose.

El silencio se instaló nuevamente.

Porque todos sabían lo que eso significaba.

La guerra ya no era una amenaza futura.

Ya estaba allí.

Y la gente estaba eligiendo bandos.

Caelum desplegó varios mapas sobre la mesa. Docenas de marcas aparecían ahora sobre ellos. Algunas azules.

Otras doradas.

Otras negras.

—Los Eternos están reuniendo seguidores.

Explicó.

—Cada uno tiene una visión distinta sobre la profecía. Nerea observó los mapas.

Algunas ciudades apoyaban a Eternos que querían preservar el equilibrio.

Otras seguían a quienes deseaban reescribir el mundo. Y algunas simplemente intentaban sobrevivir. Pero eran cada vez menos.

—Esto es una locura.

Murmuró Eryan.

—Aún no.

Respondió Asrael.

—La locura viene después.

Nadie encontró gracioso el comentario.

Ni siquiera él.

Entonces una de las marcas del mapa comenzó a brillar. Los presentes retrocedieron sorprendidos.

La luz se extendió sobre el pergamino.

Formando una imagen.

Una especie de proyección.

Una ciudad.

Nerea la reconoció de inmediato.

Era una de las ciudades del norte.

La misma que había sido atacada días atrás.

Pero ahora estaba peor.

Mucho peor.

Calles destruidas.

Edificios derrumbados.

Y personas huyendo.

La imagen mostró algo más.

Dos figuras enfrentándose en el centro de la ciudad. Una mujer rodeada por una tormenta.

Y un hombre cubierto por una energía dorada. El choque entre ambos sacudía edificios enteros. Como si fueran dioses luchando.

Como si las leyes normales ya no importaran.

—Eternos.

Susurró Caelum.

La visión continuó apenas unos segundos más.

Luego desapareció.

Pero fue suficiente.

Más que suficiente.

Porque todos acababan de ver lo mismo.

La guerra era real.

Y estaba creciendo.

Rápidamente.

Nerea sintió un peso en el pecho.

Porque aquellas personas morían sin entender siquiera por qué.

Ciudades enteras estaban siendo arrastradas al conflicto. Y aquello apenas era el comienzo.

Entonces Eryan habló.

—Tenemos que hacer algo.

Nerea lo miró.

La determinación en sus ojos era inconfundible. —No podemos quedarnos aquí observando.

Continuó.

—Si las ciudades están siendo atacadas, debemos ayudar. Caelum parecía estar pensando lo mismo.

Pero antes de que pudiera responder...

Asrael se quedó completamente inmóvil.

Su mirada se fijó en un nombre escrito en uno de los nuevos informes.

Un único nombre.

Y por primera vez desde su regreso...

Nerea vio auténtica preocupación en su rostro.

No miedo.

No incertidumbre.

Preocupación.

Profunda.

Personal.

—No.

Murmuró.

Nerea se acercó.

—¿Qué ocurre?

Asrael tomó el pergamino.

Lo observó unos segundos.

Y luego pronunció un nombre que nadie más reconoció. —Malakar.

El silencio cayó sobre la sala.

—¿Quién es?

Preguntó Eryan.

Asrael apretó el pergamino entre sus dedos.

—Un enemigo que debería estar muerto.

Nerea sintió un escalofrío.

Porque la forma en que lo dijo...

La forma en que pronunció aquel nombre...

Dejaba claro que aquello no era solo un enemigo. Era alguien de su pasado.

Alguien que Asrael jamás esperó volver a encontrar. El nombre quedó suspendido en el aire.

Malakar.

Nadie habló durante varios segundos.

Porque aunque no sabían quién era...

La reacción de Asrael bastaba para comprender que no se trataba de alguien cualquiera.

Nerea observó atentamente al demonio.

Durante años lo había visto enfrentarse a monstruos. A cazadores.

A criaturas imposibles.

A Eternos.

Y jamás había reaccionado así.

Jamás.

—¿Quién es Malakar?

Preguntó finalmente.

Asrael no respondió de inmediato.

Sus ojos seguían clavados en el pergamino.

Como si el simple hecho de leer aquel nombre hubiera abierto una herida antigua.

Una que nunca terminó de cerrar.

Caelum se acercó.

—Yo tampoco conozco ese nombre.

Asrael soltó una pequeña risa.

Pero estaba vacía.

Completamente vacía.

—Eso significa que la historia hizo bien su trabajo. Nerea frunció el ceño.

—¿Qué historia?

El demonio levantó lentamente la mirada.

—La que intentó borrarlo.

El silencio regresó.

Y esta vez fue más incómodo.

Más pesado.

—Empieza a hablar.

Dijo Nerea.

Asrael suspiró.

Resignado.

—Hace mucho tiempo, antes de la última guerra de los Vigilantes del Umbral, existían personas que servían directamente a los Eternos.

—¿Como sacerdotes?

Preguntó Eryan.

—Más peligrosos.

Respondió Asrael.

—Mucho más peligrosos.

Comenzó a caminar lentamente alrededor de la mesa. Mientras hablaba.

Mientras los recuerdos parecían regresar.

—La mayoría servía para proteger el equilibrio.

Pero algunos creían que los Eternos eran demasiado poderosos para existir libremente.

Pensaban que debían ser controlados.

Utilizados.

Convertidos en herramientas.

Nerea ya sabía adónde llevaba aquella historia. Y no le gustaba.

—Los Vigilantes.

Dijo.

Asrael asintió.

—Exacto.

La sala quedó en silencio.

—Malakar fue uno de sus líderes.

Continuó.

—Y el peor de todos.

Caelum levantó la vista.

—¿Qué hizo?

Asrael tardó unos segundos en responder. Como si incluso recordarlo fuera desagradable. —Experimentó con Eternos.

Aquellas palabras helaron la habitación. —¿Qué?

Preguntó Eryan.

—Capturaba fragmentos de su poder. Intentaba arrancar partes de ellos.

Quería comprender cómo funcionaban. Cómo dominarlos.

Cómo convertirlos en armas.

Nerea sintió un nudo en el estómago.

Porque aquello era monstruoso.

Incluso para los estándares de una guerra. —¿Y lo logró?

Preguntó.

Asrael guardó silencio.

Y eso fue suficiente respuesta.

—Lo hizo.

Murmuró Caelum.

El demonio asintió lentamente.

—Sí.

Por un tiempo.

El ambiente pareció enfriarse.

Como si los propios recuerdos rechazaran aquella historia. —¿Cómo murió?

Preguntó Eryan.

Asrael sonrió.

Pero no había alegría alguna en esa sonrisa.

—Yo lo maté.

Todos se quedaron inmóviles.

—¿Tú?

Preguntó Nerea.

—Sí.

La respuesta fue simple.

Directa.

Definitiva.

Asrael observó nuevamente el nombre escrito en el informe. —Lo perseguí durante años.

Ciudad tras ciudad.

Batalla tras batalla.

Hasta que finalmente lo encontré.

Y acabé con él.

Nerea lo estudió unos segundos.

Porque había algo que no encajaba.

Algo extraño.

—Pero no estás seguro de que haya muerto.

Dijo.

Asrael la miró.

Y una pequeña sonrisa apareció en los labios de Nerea. —Te conozco demasiado bien.

El demonio negó con la cabeza.

—Odio cuando haces eso.

—Responde.

Asrael suspiró.

—Vi su cuerpo.

Vi cómo cayó.

Vi cómo terminó todo.

Pero...