DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 5
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Capítulo 5

LA GUERRA DEL PRIMER SUEÑO

El silencio permaneció en la sala incluso después de que Caelum terminara de leer.

Nadie habló.

Nadie se movió.

Las palabras de la profecía seguían resonando en las paredes de piedra.

"Comenzará la Guerra de los Cielos Rotos."

Nerea observó los rostros de los presentes.

Eruditos.

Guardianes.

Viajeros.

Todos parecían haber comprendido la gravedad de aquellas palabras.

Porque las profecías antiguas rara vez fallaban.

Y las pocas veces que lo hacían...

Nunca era para mejor.

Caelum enrolló lentamente el pergamino.

—Esto cambia todo.

—No.

Respondió Asrael.

Todos lo miraron.

El demonio tenía los brazos cruzados y la vista fija en las grietas visibles a través de las enormes ventanas de la sala.

—Esto confirma lo que ya estaba ocurriendo. Caelum frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A que la guerra ya comenzó.

Un murmullo recorrió la habitación.

Nerea sintió un escalofrío.

Porque en el fondo sabía que tenía razón.

Durante semanas habían aparecido anomalías. Criaturas imposibles.

Visiones.

Recuerdos.

Eternos despertando en distintos lugares.

Nada de aquello había sido casualidad.

Era el inicio.

El principio de algo mucho mayor.

—¿Quiénes lucharán?

Preguntó Eryan.

Asrael soltó una risa sin humor.

—Todos.

Aquella respuesta hizo que la tensión aumentara. —Explícate.

Dijo Caelum.

Asrael suspiró.

Como si estuviera cansado de ser quien daba las malas noticias.

—Los Eternos están despertando.

No todos piensan igual.

No todos quieren lo mismo.

Algunos creen que la profecía debe cumplirse. Otros creen que debe destruirse.

Algunos quieren proteger el equilibrio.

Y otros quieren aprovechar el caos.

Nerea recordó a Aion.

El Eterno del Tiempo.

Recordó la advertencia.

El equilibrio se había roto.

Y ahora comenzaba a entender hasta qué punto. —¿Cuántos son?

Preguntó.

Asrael la miró.

—Más de los que imaginas.

El ambiente se volvió aún más pesado.

Porque hasta ahora Nerea había conocido muy pocos Eternos.

Ella.

Eryan.

Aion.

Pero si existían muchos más...

Entonces la situación era mucho peor de lo que parecía. Un guardián entró corriendo en la sala.

Pálido.

Agitado.

Asustado.

—¡Caelum!

Todos giraron hacia él.

—¿Qué ocurre?

Preguntó el Guardián de Memorias.

El hombre tragó saliva.

—Llegaron informes de las ciudades del norte. Caelum se tensó.

—¿Qué clase de informes?

—Ataques.

El silencio regresó.

—¿Ataques de qué?

Preguntó Eryan.

El guardián negó lentamente.

—No lo saben.

Las ciudades hablan de personas capaces de alterar la realidad.

Personas que controlan tormentas.

Personas que detienen el tiempo.

Personas que hacen desaparecer recuerdos. Nerea intercambió una mirada con Asrael.

No hacía falta decirlo.

Eternos.

Otros Eternos.

Estaban apareciendo.

Y no todos venían en son de paz.

—¿Cuántas ciudades?

Preguntó Caelum.

La respuesta fue peor de lo esperado.

—Siete.

La sala entera quedó en silencio.

Siete ciudades.

En una sola semana.

Era imposible ignorar lo que significaba.

La guerra estaba extendiéndose.

Rápidamente.

Demasiado rápido.

Entonces algo ocurrió.

Las grietas del cielo brillaron.

Todas al mismo tiempo.

Una luz plateada atravesó las ventanas.

Inundando la sala.

Nerea sintió inmediatamente una presión en el pecho.

La misma sensación que había experimentado cuando el Primer Sueño habló por primera vez.

Eryan también la sintió.

Y Asrael dejó de sonreír.

Lo cual era aún más preocupante.

La luz desapareció segundos después.

Pero el daño ya estaba hecho.

Porque todos habían sentido lo mismo.

Algo había cambiado.

Otra vez.

Caelum levantó lentamente la mirada.

—Está despertando.

Nadie preguntó quién.

No era necesario.

Todos conocían la respuesta.

El Primer Sueño.

Y cada vez despertaba más rápido.

Cada vez estaba más cerca.

Y mientras eso ocurría...

La Guerra de los Cielos Rotos comenzaba a extenderse por el mundo.

Como un incendio imposible de detener.

La noticia se propagó por la Ciudad de los Ecos con la velocidad de una tormenta.

Siete ciudades.

Siete ataques.

Siete lugares distintos.

Y en cada uno de ellos había aparecido alguien capaz de desafiar las leyes normales del mundo.

Los eruditos trabajaban sin descanso.

Los Guardianes recopilaban informes.

Los mensajeros entraban y salían de las torres a todas horas.

La ciudad entera parecía haberse transformado en una colmena inquieta.

Y cuanto más descubrían...

Peor era la situación.

Aquella tarde, Caelum reunió nuevamente a Nerea, Eryan y Asrael en la cámara principal de la biblioteca.

Sobre una enorme mesa de piedra había mapas. Decenas de ellos.

Cubiertos de marcas.

Símbolos.

Anotaciones.

Y nombres.

Muchos nombres.

Nerea observó el mapa más cercano.

Las siete ciudades aparecían señaladas con tinta roja. —Han vuelto a atacar.

Dijo Caelum.

Asrael apoyó una mano sobre la mesa.

—¿Los mismos responsables?

—No.

Esa respuesta hizo que todos levantaran la vista. Caelum señaló distintos puntos del mapa.

—Eso es precisamente lo preocupante.

Cada ciudad describe individuos diferentes. Poderes diferentes.

Objetivos diferentes.

Eryan frunció el ceño.

—Entonces no están trabajando juntos.

—Exacto.

Respondió Caelum.

—Pero todos están actuando al mismo tiempo. El silencio cayó sobre la sala.

Porque aquello significaba algo.

Y ninguno necesitaba que se lo explicaran. Las facciones estaban formándose.

La guerra comenzaba a tomar forma.

Una guerra sin ejércitos tradicionales.

Una guerra de Eternos.

Una guerra de conceptos.

Una guerra capaz de alterar la realidad misma. Caelum señaló uno de los informes.

—En la ciudad de Arken apareció una mujer que controla los recuerdos.

Las personas olvidan quiénes son al mirarla.

Luego señaló otro.

—En Vhalor apareció un hombre capaz de detener el tiempo durante breves instantes.

Otro informe.

—Y en Lyris, alguien convirtió una tormenta común en un huracán que destruyó media ciudad.

Nerea sintió un escalofrío.

Porque aquello ya no eran rumores.

Era real.

Muy real.

Y apenas estaba comenzando.

—¿Qué quieren?

Preguntó Eryan.

Caelum intercambió una mirada con Asrael.

Fue el demonio quien respondió.

—Lo mismo que todos.

Control.

Nerea cruzó los brazos.

—¿Control sobre qué?

—Sobre la profecía.

La respuesta fue inmediata.

Directa.

Incómoda.

Asrael los observó uno por uno antes de continuar. —La Vida y la Muerte son el centro de todo esto. Ustedes despertaron al Primer Sueño.

Ustedes cumplen las profecías.

Ustedes alteran el equilibrio.

La voz del demonio se volvió más seria.

—Y ahora todos quieren decidir qué hacer con ustedes. Aquellas palabras dejaron un sabor amargo en el ambiente. Porque Nerea comprendió exactamente lo que significaban. Algunos querrían protegerlos.

Otros controlarlos.

Y algunos...

Eliminarlos.

—Qué reconfortante.

Murmuró Eryan.

Asrael sonrió.

—Intento ser optimista.

—Lo haces terrible.

—Lo sé.

Antes de que pudieran seguir hablando, una joven guardiana entró apresuradamente en la sala.

Llevaba varios pergaminos en las manos.

Y parecía nerviosa.

Muy nerviosa.

—Caelum.

Llegó otro mensaje.

El Guardián de Memorias lo tomó.

Lo leyó rápidamente.

Y su expresión cambió.

Nerea lo notó de inmediato.

—¿Qué pasa?

Caelum levantó la vista.

—Ahora sabemos que algunas facciones ya los están buscando.

El corazón de Nerea se tensó.

—¿A nosotros?

—Sí.

Eryan se inclinó hacia adelante.

—¿Quiénes?

Caelum desenrolló el mensaje sobre la mesa. En él aparecían varios símbolos antiguos. Algunos desconocidos.

Otros no.

Asrael observó aquellos símbolos.

Y por primera vez desde que había regresado... Su sonrisa desapareció por completo.

—No.

Murmuró.

Nerea lo miró.

—¿Qué ocurre?

El demonio no respondió de inmediato.

Sus ojos permanecían clavados en uno de los emblemas. Un símbolo oscuro.

Antiguo.

Olvidado.

Como si perteneciera a otra era.

—Eso no es posible.

Dijo finalmente.

—¿Qué es?

Preguntó Eryan.

Asrael levantó lentamente la mirada.

Y algo en su expresión hizo que el ambiente se enfriara.

—Una facción que debería haber desaparecido hace mucho tiempo.

El silencio volvió a instalarse.

Pesado.

Inquietante.

Porque si algo había logrado preocupar a Asrael...

Entonces probablemente todos debían preocuparse también.

Mucho.

La sala permaneció en silencio.

Todos observaban a Asrael.

Esperando una explicación.

Pero el demonio seguía mirando el símbolo dibujado sobre el pergamino.

Como si estuviera contemplando un fantasma.

Como si acabara de ver regresar algo que nunca debió volver.

—Asrael.

Dijo Nerea.

—¿Quiénes son?

El demonio parpadeó.

Como si regresara al presente.

Luego soltó un largo suspiro.

—Hace siglos existió una organización.

Una muy antigua.

Más antigua que la mayoría de los reinos actuales. Caelum se acercó un poco más.

Interesado.

—Nunca he oído hablar de ella.

—Porque desapareció.

Respondió Asrael.

—O al menos eso creíamos.

Señaló el símbolo.

Un círculo negro atravesado por varias líneas plateadas. Un emblema sencillo.

Pero inquietante.

—Se llamaban los Vigilantes del Umbral.

El nombre provocó que varios eruditos intercambiaran miradas.

Como si reconocieran fragmentos de viejas leyendas. —¿Quiénes eran?

Preguntó Eryan.

Asrael apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Personas obsesionadas con los conceptos eternos. Vida.

Muerte.

Tiempo.

Destino.

Memoria.

Olvido.

Todo aquello que existía más allá de los humanos. Nerea sintió un escalofrío.

Porque ya podía imaginar hacia dónde iba aquella historia. Y no le gustaba.

—¿Qué querían?

Preguntó.

Asrael respondió sin rodeos.

—Controlarlos.

La palabra cayó como una piedra.

Pesada.

Fría.

Peligrosa.

—Eso es imposible.

Dijo Eryan.

—Sí.

Respondió Asrael.

—Y precisamente por eso destruyeron medio mundo intentándolo.

La sala quedó en silencio.

Caelum frunció el ceño.

—Nunca encontré registros de eso.

—Porque fueron eliminados.

Respondió el demonio.

—La mayoría de los Eternos se aseguraron de que nadie recordara lo que ocurrió.

Nerea observó nuevamente el símbolo.

Por alguna razón le resultaba familiar.

No sabía por qué.

Ni de dónde.

Pero algo en él despertaba una sensación incómoda. Como un recuerdo distante.

Como una imagen perdida.

Y entonces ocurrió.

Durante apenas un instante.

Una visión atravesó su mente.