Capítulo 4 EL REGRESO DE ASRAEL #2
Los gritos provenían del extremo norte de la ciudad.
Segundos después comenzaron a sonar campanas de alarma.
Ya no eran las suaves campanas académicas de la ciudad. Eran campanas de emergencia.
Campanas de peligro.
—Eso no suena bien.
Dijo Eryan.
—Nada bien.
Respondió Nerea.
Abajo, en las calles, comenzaron a correr personas. Guardianes armados aparecieron entre los edificios. Caelum salió apresuradamente de la biblioteca.
Su expresión era grave.
Muy grave.
—Tenemos problemas.
Anunció.
—¿Qué ocurrió?
Preguntó Eryan.
Caelum observó las grietas del cielo antes de responder. —Una anomalía.
—¿Una anomalía?
—Algo salió de una de las grietas menores.
Nerea sintió un escalofrío.
—¿Una criatura?
Caelum asintió.
—Y no se parece a nada que hayamos visto antes.
Como si sus palabras hubieran sido una invitación, un rugido estremeció la ciudad.
Un rugido tan profundo que hizo vibrar las piedras bajo sus pies.
El sonido provenía del norte.
Y estaba acercándose.
Rápidamente.
Los tres intercambiaron una mirada.
Nadie necesitó decir nada.
Comenzaron a correr.
Atravesaron calles iluminadas.
Plazas abarrotadas.
Escalinatas de piedra.
Mientras los ciudadanos buscaban refugio.
El rugido volvió a escucharse.
Mucho más cerca esta vez.
Cuando finalmente llegaron a la gran avenida del norte, Nerea se quedó paralizada.
La criatura era enorme.
Más de cuatro metros de altura.
Su cuerpo parecía estar formado por fragmentos de recuerdos.
Rostros aparecían y desaparecían en su piel.
Voces susurraban desde su interior.
Sus extremidades cambiaban constantemente de forma. Como si no pudiera decidir qué era.
Como si hubiera nacido de un sueño roto.
O de una pesadilla.
Los Guardianes intentaban contenerla.
Sin éxito.
Cada vez que la golpeaban, la criatura absorbía parte de sus recuerdos.
Y se volvía más fuerte.
Más grande.
Más agresiva.
—Por todos los cielos...
Murmuró Eryan.
La criatura giró lentamente la cabeza.
Y sus múltiples ojos se fijaron en ellos.
En Nerea.
Un rugido sacudió la avenida.
Y entonces cargó directamente hacia ellos. La criatura avanzó como una tormenta.
Cada paso hacía temblar la avenida.
Las piedras se agrietaban bajo su peso.
Los ciudadanos que aún permanecían cerca huyeron aterrorizados.
Los Guardianes intentaron interceptarla.
Fue inútil.
La bestia los apartó de un solo movimiento. Como si fueran muñecos.
Como si ni siquiera existieran.
—¡Atrás!
Gritó Caelum.
Eryan ya estaba moviéndose.
La energía de la Vida surgió a su alrededor. Raíces atravesaron el suelo.
Enredaderas emergieron entre las grietas de la calle. Se lanzaron contra la criatura.
Durante un instante pareció funcionar.
Las plantas rodearon sus piernas.
La sujetaron.
La inmovilizaron.
Entonces la criatura rugió.
Y las enredaderas comenzaron a marchitarse. No por muerte.
No por enfermedad.
Sino porque sus recuerdos desaparecían.
Las plantas olvidaban cómo existir.
Y se convertían en polvo.
Eryan retrocedió sorprendido.
—Eso no debería ser posible.
—Nada de esto debería ser posible.
Respondió Nerea.
La criatura volvió a avanzar.
Más rápido.
Mucho más rápido.
Caelum abrió un antiguo libro cubierto de símbolos. Las páginas comenzaron a brillar.
Decenas de runas aparecieron en el aire.
Formando barreras luminosas.
La bestia chocó contra ellas.
La primera se rompió.
Luego la segunda.
Luego la tercera.
Como si estuviera atravesando cristal.
—No podemos detenerla.
Murmuró Caelum.
Por primera vez parecía asustado.
Realmente asustado.
Nerea sintió cómo la energía de la Muerte despertaba dentro de ella.
Oscura.
Fría.
Familiar.
Dio un paso adelante.
—Yo sí.
Eryan la miró.
—Nerea...
—No tenemos tiempo.
La criatura ya estaba cerca.
Demasiado cerca.
Nerea levantó una mano.
Y la oscuridad respondió.
Las sombras comenzaron a extenderse desde sus pies. La temperatura descendió.
El aire se volvió pesado.
Los rostros atrapados en el cuerpo de la criatura comenzaron a gritar.
Como si reconocieran lo que se acercaba.
Como si temieran a la Muerte.
Nerea liberó su poder.
Una ola oscura atravesó la avenida.
Golpeó a la criatura de frente.
La bestia retrocedió.
Por primera vez.
Pero no cayó.
No murió.
Ni siquiera pareció debilitarse demasiado.
Simplemente rugió otra vez.
Y siguió avanzando.
Nerea abrió los ojos con sorpresa.
Nunca había visto algo así.
—¿Qué demonios eres?
Susurró.
La criatura respondió con otro rugido.
Y entonces ocurrió.
Algo cambió.
La bestia se lanzó directamente contra ella.
Demasiado rápido.
Nerea apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Eryan intentó llegar hasta ella.
Caelum gritó una advertencia.
Pero ninguno era lo suficientemente rápido.
La criatura estaba a punto de alcanzarla.
A punto de atravesarla.
A punto de destruirla.
Y entonces...
Las sombras se movieron.
No las de Nerea.
Otras.
Más oscuras.
Más profundas.
Más antiguas.
Surgieron de los callejones.
De los tejados.
De los rincones donde la luz no llegaba.
Como si toda la oscuridad de la ciudad hubiera despertado al mismo tiempo.
La criatura chocó contra aquella barrera invisible. Y salió despedida.
Atravesó una fuente.
Destrozó una estatua.
Y terminó incrustada contra un edificio lejano.
El silencio cayó sobre la avenida.
Nadie entendía qué acababa de pasar.
Ni siquiera Nerea.
Pero ella sintió algo.
Algo que hizo que el corazón comenzara a latir con fuerza. Porque conocía aquellas sombras.
Conocía aquella energía.
Conocía aquella presencia.
No podía confundirse.
No después de tantos años.
No después de todo lo vivido.
La criatura intentó levantarse.
Las sombras volvieron a moverse.
Esta vez como lanzas.
Como cadenas.
Como manos gigantes nacidas de la oscuridad. Se aferraron a la bestia.
La inmovilizaron.
La arrastraron hacia el suelo.
Y la criatura rugió de dolor.
De auténtico dolor.
Como si aquellas sombras fueran una pesadilla incluso para ella.
Nerea permaneció inmóvil.
Incapaz de apartar la mirada.
Porque ya no tenía dudas.
Ya no.
Aquello no era un recuerdo.
No era una ilusión.
No era producto del cansancio.
Era real.
Absolutamente real.
Entonces una voz resonó desde algún lugar de la avenida. Una voz tranquila.
Burlona.
Molestamente familiar.
—¿En serio?
La criatura volvió a rugir.
—Llevo muerto unos años y ustedes ya están intentando que los maten.
El corazón de Nerea se detuvo.
Porque conocía esa voz.
La habría reconocido entre miles.
Entre millones.
Y por primera vez desde su sacrificio...
Permitió que una esperanza imposible naciera dentro de ella.
Asrael.
El nombre atravesó la mente de Nerea como un relámpago. Durante un instante olvidó la criatura.
Olvidó la ciudad.
Olvidó las grietas del cielo.
Todo desapareció.
Porque aquella voz...
Aquella maldita voz...
Era imposible.
La avenida quedó sumida en un silencio absoluto. Incluso la criatura parecía haberse detenido.
Como si también estuviera esperando.
Como si el mundo entero estuviera conteniendo el aliento. Las sombras comenzaron a reunirse en el centro de la calle. Girando lentamente.
Como un remolino oscuro.
Los ciudadanos observaban desde la distancia.
Los Guardianes permanecían inmóviles.
Caelum no apartaba la vista de aquella energía. Y Eryan...
Eryan sonrió.
Porque él también la había reconocido.
—No puede ser.
Murmuró.
Las sombras siguieron acumulándose.
Cada vez más densas.
Más oscuras.
Más profundas.
Hasta formar una figura humana.
Alta.
Delgada.
Con una silueta familiar.
Demasiado familiar.
Nerea sintió que las piernas dejaban de responderle. Porque sabía quién era.
Incluso antes de verlo.
Lo sabía.
La figura dio un paso hacia adelante.
Y la oscuridad comenzó a disiparse.
Primero aparecieron las botas negras.
Luego el largo abrigo oscuro.
Después los brazos cruzados con absoluta tranquilidad. Y finalmente el rostro.
Aquel rostro irritantemente confiado.
Aquella sonrisa arrogante.
Aquellos ojos llenos de diversión.
Como si absolutamente nada pudiera tomarse en serio. Como si la muerte fuera apenas un inconveniente menor. Asrael.
Estaba allí.
Frente a ellos.
Sonriendo.
Completamente vivo.
O al menos tan vivo como podía estar un demonio. —Bueno.
Dijo mientras observaba los destrozos de la avenida. —Definitivamente los dejé solos demasiado tiempo. Nadie respondió.
Porque nadie podía.
Nerea simplemente lo observaba.
Incapaz de respirar.
Incapaz de pensar.
Incapaz de aceptar lo que estaba viendo.
Asrael ladeó ligeramente la cabeza.
—Vaya.
Eso duele.
Pensé que al menos recibiría un saludo.
—Tú...
La voz de Nerea apenas salió.
Asrael sonrió más.
—Sí.
Yo.
Ella dio un paso hacia adelante.
Luego otro.
Y otro más.
Como si tuviera miedo de que desapareciera. Como si fuera una ilusión.
Un espejismo.
Un sueño.
—Tú moriste.
Asrael hizo una mueca.
—Técnicamente.
—¡TE VI MORIR!
El grito resonó por toda la avenida.
Y por primera vez la sonrisa de Asrael se suavizó. Porque escuchó el dolor detrás de aquellas palabras. Los años de ausencia.
Las lágrimas.
La pérdida.
Todo.
—Lo sé.
Respondió con una voz mucho más tranquila. Nerea sintió que algo se rompía dentro de ella. Toda la rabia.
Toda la tristeza.
Todo el alivio.
Todo al mismo tiempo.
Y antes de darse cuenta ya estaba corriendo hacia él. Asrael apenas tuvo tiempo de abrir los ojos. Porque Nerea lo abrazó con toda la fuerza que tenía. El impacto casi lo hizo retroceder.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Ni siquiera ella.
Simplemente permaneció allí.
Aferrándose a él.
Como si temiera perderlo otra vez.
Como si necesitara asegurarse de que era real. Y Asrael...
Asrael se quedó completamente inmóvil.
Sorprendido.
Muy sorprendido.
—Bueno.
Dijo finalmente.
—Esto es nuevo.
Nerea no respondió.
—Normalmente amenazas con matarme.
Silencio.
—O me insultas.
Más silencio.
—O ambas cosas al mismo tiempo.
Entonces sintió algo.
Las lágrimas de Nerea.
Y la sonrisa desapareció completamente de su rostro. Lentamente levantó una mano.
Y le dio una torpe palmada en la espalda.
Como alguien que no estaba acostumbrado a consolar personas.
Porque realmente no lo estaba.
—Oye.
Estoy aquí.
Aquellas palabras hicieron que Nerea cerrara los ojos. Y llorara todavía más.
Eryan observó la escena en silencio.