Capítulo 4 EL REGRESO DE ASRAEL
La Ciudad de los Ecos no dormía.
Ni siquiera durante la noche.
Desde la ventana de la habitación que Caelum les había asignado, Nerea podía ver luces encendidas en decenas de torres.
Eruditos caminando por corredores iluminados. Guardianes transportando libros.
Campanas sonando suavemente a lo lejos.
Era una ciudad construida alrededor de los recuerdos. Y ahora más que nunca parecía estar viva.
Nerea permanecía junto a la ventana.
Sin sueño.
Observando el cielo.
Las grietas seguían allí.
Más brillantes que antes.
Más grandes.
Más inquietantes.
Desde la conversación con Aion no había logrado sentirse tranquila.
La guerra.
Los Eternos.
La puerta.
La entidad detrás de las grietas.
Todo parecía demasiado grande.
Demasiado antiguo.
Demasiado imposible.
Y sin embargo era real.
Tan real como la ciudad que tenía frente a ella.
Tan real como el miedo que comenzaba a crecer dentro de su pecho.
Un movimiento llamó su atención.
Algo se deslizó entre las sombras de un tejado lejano. Rápido.
Silencioso.
Nerea entrecerró los ojos.
Intentando distinguir la figura.
Pero ya había desaparecido.
Frunció el ceño.
Probablemente un guardia.
O algún animal.
Nada importante.
Se obligó a apartar la mirada.
Pero apenas unos segundos después volvió a sentirlo. Aquella sensación.
La misma que había experimentado varias veces durante los últimos días.
La sensación de que alguien la observaba.
No con hostilidad.
No con malas intenciones.
Simplemente observaba.
Esperaba.
Nerea se giró rápidamente.
La habitación estaba vacía.
Eryan dormía en una cama cercana.
Con una tranquilidad que ella envidiaba profundamente. No había nadie más.
Y aun así...
La sensación continuaba allí.
Persistente.
Familiar.
Extrañamente familiar.
Como una voz olvidada.
Como una canción escuchada hace mucho tiempo. Como un recuerdo que se negaba a regresar por completo. Nerea cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Intentó ignorarlo.
No funcionó.
La sensación aumentó.
Y por un instante...
Juró escuchar una risa.
Suave.
Divertida.
Con un tono burlón.
Duró apenas un segundo.
Pero fue suficiente para que su corazón se acelerara. Porque conocía esa risa.
La conocía demasiado bien.
Abrió los ojos de golpe.
Y la habitación volvió a quedar en silencio. Vacía.
Normal.
—Estoy perdiendo la cabeza.
Murmuró.
Después de todo lo ocurrido, no sería extraño. Los recuerdos.
Las visiones.
Las vidas pasadas.
Los Eternos.
Tal vez su mente simplemente estaba agotada. Tal vez estaba imaginando cosas.
Sin embargo...
Una parte de ella no lo creía.
Porque aquella sensación no era nueva.
La había sentido durante años.
En momentos difíciles.
En momentos peligrosos.
En momentos en los que pensaba que no podría continuar.
Era una presencia que había llegado a conocer tan bien como conocía la suya propia.
Y eso era precisamente lo imposible.
Porque esa presencia pertenecía a alguien que ya no estaba. Alguien que había desaparecido.
Alguien que había dado su vida por ella.
Alguien que no podía regresar.
Nerea bajó la mirada.
Intentando contener el dolor que todavía aparecía cada vez que pensaba en él.
Habían pasado años.
Y aun así seguía extrañándolo.
Seguía esperando escuchar sus comentarios sarcásticos. Sus quejas.
Sus advertencias.
Sus burlas constantes.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Involuntaria.
Melancólica.
—Te habría encantado este lugar.
Susurró.
—Habrías discutido con todos los eruditos de esta ciudad. El silencio respondió.
Y Nerea soltó una pequeña risa.
Triste.
Cansada.
Entonces algo ocurrió.
Una sombra apareció detrás de ella.
Reflejada en el cristal de la ventana.
Durante apenas un segundo.
Alta.
Inmóvil.
Con dos ojos brillando en la oscuridad.
Nerea se giró de inmediato.
El corazón golpeándole con fuerza.
Pero no había nadie.
Absolutamente nadie.
La habitación seguía vacía.
Eryan continuaba dormido.
Todo parecía normal.
Y sin embargo...
Aquella sensación permanecía.
Más fuerte que nunca.
Como si alguien hubiera regresado.
Como si alguien estuviera intentando encontrar la forma de llegar hasta ella.
Sin que Nerea lo supiera...
En algún lugar de la ciudad...
Entre sombras que no pertenecían del todo a este mundo... Una figura observaba las grietas del cielo.
Y sonreía.
Nerea apenas durmió aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos, la sensación regresaba. Aquella presencia.
Aquella familiaridad imposible.
Aquella extraña certeza de que alguien la observaba desde las sombras.
Y cada vez que intentaba convencerse de que todo estaba en su imaginación...
Recordaba la risa.
Esa risa burlona.
Irritantemente divertida.
Demasiado conocida para ignorarla.
Cuando el amanecer llegó, Eryan la encontró sentada junto a la ventana.
Observando la ciudad.
—No dormiste nada.
No era una pregunta.
Nerea negó con la cabeza.
—¿Pesadillas?
Ella dudó.
No sabía cómo explicarlo.
Porque ni siquiera ella entendía lo que estaba sintiendo.
—¿Alguna vez has tenido la sensación de que alguien debería estar aquí?
Preguntó finalmente.
Eryan la observó.
—Eso sonó extrañamente específico.
—Porque lo es.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente Nerea suspiró.
—Anoche sentí que alguien me observaba.
—En una ciudad llena de gente, eso es bastante probable. Ella le lanzó una mirada poco amable.
—No me refiero a eso.
Eryan comprendió inmediatamente.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Un recuerdo?
Nerea bajó la vista.
—No lo sé.
Y esa era la verdad.
No lo sabía.
Los recuerdos de vidas pasadas seguían apareciendo. Las visiones aumentaban.
Las emociones antiguas regresaban sin avisar. Quizá aquella presencia formaba parte de lo mismo. Quizá era alguien de otra vida.
Quizá era solo cansancio.
Pero en el fondo sabía que no era ninguna de esas cosas. Porque la conocía.
Conocía esa energía.
Conocía esa forma de estar presente sin decir una palabra.
Conocía esa costumbre insoportable de aparecer cuando menos lo esperabas.
Y eso era precisamente lo que la asustaba.
Porque era imposible.
Absolutamente imposible.
Más tarde, mientras recorrían la Ciudad de los Ecos junto a Caelum, la sensación regresó.
De repente.
Sin aviso.
Nerea se detuvo en mitad de una calle.
Giró la cabeza.
Observando un tejado cercano.
Nada.
Solo piedra.
Sombras.
Y el viento.
—¿Otra vez?
Preguntó Eryan.
Ella asintió.
Caelum los observó con curiosidad.
—¿Sucede algo?
Nerea dudó.
—Creo que alguien nos sigue.
El Guardián de Memorias examinó los alrededores. Durante varios segundos.
Luego negó lentamente.
—No percibo ninguna presencia hostil.
—Yo tampoco.
Dijo Eryan.
—Pero ella no dijo hostil.
Aquello hizo que Caelum la mirara con más atención. —¿Familiar?
Preguntó.
Nerea tardó en responder.
Finalmente asintió.
—Sí.
Demasiado.
Caelum permaneció pensativo.
—Los recuerdos pueden manifestarse de formas extrañas. A veces proyectan emociones sobre lugares o personas. A veces hacen que creamos ver cosas que ya no existen. Nerea intentó aceptar aquella explicación.
Era lógica.
Razonable.
Y probablemente correcta.
Pero no le convencía.
Porque cada minuto que pasaba tenía una sensación más fuerte.
La sensación de que alguien estaba intentando acercarse. Como si una barrera invisible los separara.
Como si aquella presencia estuviera luchando por alcanzarla.
Entonces ocurrió algo extraño.
Mientras atravesaban una plaza llena de estatuas antiguas, Nerea escuchó una voz.
Muy baja.
Tan baja que casi creyó haberla imaginado.
—Sigues siendo igual de testaruda.
Se quedó inmóvil.
El corazón se detuvo.
Aquella voz.
Conocía esa voz.
La conocía mejor que la suya propia.
Giró sobre sí misma.
Buscando entre la multitud.
Entre los viajeros.
Entre los eruditos.
Entre los comerciantes.
Pero no encontró a nadie.
—¿Nerea?
Preguntó Eryan.
Ella apenas podía respirar.
Porque ya no estaba segura de estar imaginándolo. Y eso era mucho más aterrador.
La voz había sonado real.
Demasiado real.
Como si hubiera sido pronunciada justo detrás de ella. Como si alguien estuviera allí.
A unos pocos pasos.
Observándola.
Esperando.
Y por primera vez desde que comenzó aquella sensación... Nerea tuvo una sospecha imposible.
Una sospecha absurda.
Una sospecha que desafíaba toda lógica.
Pero que se negaba a desaparecer.
¿Qué pasaría si no estaba imaginándolo?
¿Qué pasaría si realmente era él?
¿Qué pasaría si realmente era él?
La idea permaneció clavada en la mente de Nerea durante el resto del día.
Imposible.
Absurda.
Y aun así...
No lograba apartarla.
Intentó concentrarse en las explicaciones de Caelum. Intentó escuchar las discusiones de los eruditos. Intentó prestar atención a Eryan.
Pero cada pocos minutos volvía a mirar por encima del hombro.
A los tejados.
A las esquinas.
A las sombras.
Buscando.
Esperando.
Sin saber exactamente qué.
Cuando cayó la noche, la Ciudad de los Ecos volvió a llenarse de luces.
Las torres brillaban como faros bajo las grietas del cielo. Nerea se encontraba en uno de los balcones exteriores de la gran biblioteca cuando escuchó pasos acercándose.
Eryan apareció sosteniendo dos tazas de algo caliente. —Caelum insiste en que esto ayuda a pensar.
Nerea recibió una de las tazas.
—¿Y funciona?
—No.
—Entonces es perfecto para ti.
Eryan fingió sentirse ofendido.
—Tus insultos son cada vez más elaborados. —He tenido años de práctica.
Por un momento ambos sonrieron.
Pero la sonrisa de Nerea desapareció rápidamente. Eryan lo notó.
—Sigues pensando en eso.
No era una pregunta.
Ella bajó la vista.
—Sí.
—Nerea...
—Lo sé.
Lo sé.
Suena ridículo.
Eryan apoyó los brazos sobre la baranda del balcón. —No suena ridículo.
Ella lo miró sorprendida.
—¿No?
—No después de todo lo que hemos visto. Nerea no respondió.
Porque tenía razón.
Habían visto profecías cumplirse.
Habían visto vidas pasadas.
Habían visto al Primer Sueño despertar.
¿Qué era una imposibilidad más?
Sin embargo...
Asrael estaba muerto.
Ella misma lo había visto desaparecer.
Había llorado su pérdida.
Había aceptado que nunca volvería a verlo.
O al menos había intentado aceptarlo.
Un sonido repentino interrumpió sus pensamientos. Un grito.
Lejano.
Luego otro.
Y otro más.
Nerea se enderezó inmediatamente.
Eryan también.