DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Hasta que cientos comenzaron a repicar al mismo tiempo. Caelum se puso rígido.

Su expresión cambió por completo.

—No.

Murmuró.

—¿Qué ocurre?

Preguntó Nerea.

Pero él ya estaba caminando hacia la puerta.

—Vengan.

Ahora.

Nerea y Eryan lo siguieron.

Descendieron rápidamente por las escaleras de la torre. Atravesaron varios corredores.

Y finalmente llegaron a un balcón que daba hacia la ciudad.

La escena que encontraron hizo que Nerea contuviera la respiración.

Toda la plaza principal estaba inmóvil.

Completamente inmóvil.

Las personas habían quedado congeladas en medio de sus movimientos.

Un comerciante permanecía con una moneda suspendida entre los dedos.

Un niño estaba detenido en mitad de una carrera. Incluso las aves en el cielo parecían petrificadas. Como estatuas.

Como si alguien hubiera detenido el mundo.

Nerea sintió un escalofrío.

Porque ella sí podía moverse.

Eryan también.

Y Caelum.

Pero nadie más.

Entonces escuchó pasos.

Lentos.

Tranquilos.

Procedentes del centro de la plaza.

Una figura caminaba entre las personas inmóviles. Un hombre joven.

Cabello oscuro.

Ropa sencilla.

Aparentemente normal.

Demasiado normal.

La figura levantó la vista.

Y sonrió.

Como si acabara de encontrar exactamente a quienes buscaba.

—Por fin.

Dijo.

Aquella palabra otra vez.

Nerea sintió que el corazón se aceleraba.

El desconocido inclinó ligeramente la cabeza. Y habló con una calma inquietante.

—Ha pasado mucho tiempo.

La sonrisa desapareció del rostro de Caelum. —No suficiente.

Respondió.

El hombre pareció divertido.

Luego miró a Nerea.

Después a Eryan.

Y finalmente dijo:

—Permítanme presentarme.

El aire alrededor de él comenzó a distorsionarse. Como si miles de relojes invisibles giraran al mismo tiempo. Como si siglos enteros estuvieran respirando.

—Soy Aion.

Y ustedes me conocen mejor como el Tiempo.

Nerea observó al hombre de la plaza.

Aion.

El Tiempo.

No parecía una entidad capaz de detener una ciudad entera. Parecía un viajero cualquiera.

Alguien que podría cruzarse por la calle sin llamar la atención.

Y sin embargo...

Todo a su alrededor transmitía una sensación imposible de ignorar.

Antigüedad.

Como si hubiera contemplado el nacimiento de las montañas.

Como si hubiera visto apagarse las estrellas.

Como si hubiera estado presente desde el principio. Y quizá era exactamente así.

Aion comenzó a caminar hacia ellos.

Con calma.

Sin prisa.

Como alguien que disponía de todo el tiempo del universo. Lo cual, pensó Nerea, probablemente era cierto. Cuando llegó frente al balcón, levantó la vista.

Y sonrió.

—Siguen reconociéndose.

Interesante.

Nerea frunció el ceño.

—¿Reconociéndonos?

—Las almas recuerdan cosas antes que la mente. Respondió Aion.

—Siempre ha sido así.

Eryan dio un paso adelante.

—¿Nos conoces?

Aion soltó una pequeña risa.

—Esa pregunta es adorable.

Nerea no supo si sentirse insultada o confundida. El Eterno apoyó una mano sobre la barandilla de piedra. Y observó la ciudad inmóvil.

—Los conozco desde antes de que existieran los océanos actuales.

Desde antes de las primeras ciudades.

Desde antes de la mayoría de los dioses que los mortales han adorado.

La magnitud de aquellas palabras resultaba difícil de comprender.

Pero algo dentro de Nerea le decía que no estaba exagerando.

Ni un poco.

—Entonces dime quiénes somos.

Exigió.

Aion la observó.

Durante unos segundos no respondió.

Como si estuviera evaluando algo.

Finalmente negó con la cabeza.

—Todavía no.

La paciencia de Nerea comenzó a agotarse.

—¿Por qué parece que todo el mundo sabe cosas menos nosotros?

Aion sonrió.

—Porque ustedes son el centro de la historia.

Y los protagonistas siempre son los últimos en comprenderla.

Caelum soltó un suspiro exasperado.

—Sigues siendo insoportable.

—Y tú sigues siendo aburrido.

Respondió Aion.

Aquello provocó que Eryan levantara una ceja. —¿Se conocen?

—Demasiado.

Respondieron ambos al mismo tiempo.

Por primera vez desde que había aparecido, Aion pareció genuinamente divertido.

Luego volvió a mirar a Nerea y Eryan.

Y su expresión se volvió más seria.

—Los recuerdos están regresando demasiado rápido. Nerea sintió un escalofrío.

—¿Eso es malo?

—Mucho.

—¿Por qué?

Aion guardó silencio unos segundos.

—Porque la última vez que ocurrió...

El mundo terminó.

El aire pareció desaparecer de los pulmones de Nerea. —¿Qué?

El Tiempo apartó la mirada.

Como si contemplara algo muy lejano.

Algo que solo él podía ver.

—He visto el final de este mundo más veces de las que puedo contar.

He visto civilizaciones desaparecer.

He visto continentes hundirse.

He visto cielos romperse.

Pero hay una historia que siempre regresa.

Siempre.

Sus ojos volvieron a encontrarse con los de Nerea. —La de ustedes.

Nerea sintió un nudo en el estómago.

Porque no parecía una advertencia.

Parecía un recuerdo.

Uno doloroso.

Entonces Aion dio un paso atrás.

Y extendió una mano hacia el aire.

El espacio comenzó a ondular.

Como la superficie de un lago.

Y una imagen apareció.

Una visión.

Una escena antigua.

Nerea contuvo la respiración.

Porque se vio a sí misma.

Y vio a Eryan.

Pero no eran Nerea y Eryan.

Eran versiones mucho más antiguas.

Más poderosas.

Más brillantes.

Estaban de pie frente a una enorme puerta sellada. La misma puerta que Nerea había visto en su última visión. La puerta de los símbolos imposibles.

La puerta que aparecía al final de todos los recuerdos. —No...

Susurró Nerea.

Aion observó la imagen.

Con tristeza.

—Sí.

La visión mostró a aquellas dos figuras acercándose a la puerta.

Y entonces la escena se congeló.

Justo antes de que la tocaran.

—Aquí comenzó todo.

Dijo Aion.

El silencio cayó sobre el balcón.

Nadie habló.

Nadie se movió.

Finalmente Eryan rompió el silencio.

—¿Qué hay detrás de esa puerta?

Por primera vez desde que apareció, Aion perdió la sonrisa. Y eso asustó a Nerea más que cualquier otra cosa. Porque si incluso el Tiempo temía la respuesta... Entonces debía ser algo verdaderamente terrible. Aion tardó varios segundos en responder.

Y cuando finalmente habló, su voz fue apenas un susurro. —El fin de todas las cosas.

El silencio permaneció sobre el balcón durante varios segundos.

Nadie parecía saber qué decir después de aquello. El fin de todas las cosas.

Las palabras seguían resonando en la mente de Nerea. Como un eco imposible de ignorar.

Finalmente fue Eryan quien habló.

—Si detrás de esa puerta está el fin de todo...

¿Por qué nos acercamos a ella?

Aion cerró los ojos.

Y durante un instante pareció cansado.

Profundamente cansado.

Como alguien que llevaba demasiado tiempo cargando los mismos recuerdos.

—Porque siempre intentan salvar el mundo.

Respondió.

—Y siempre terminan encontrando algo que jamás debió ser encontrado.

Nerea sintió un escalofrío.

Aquello encajaba demasiado bien con las visiones. La biblioteca.

El libro prohibido.

La ciudad destruida.

La sombra.

Siempre había una búsqueda.

Siempre había una verdad oculta.

Y siempre había consecuencias.

Aion observó el horizonte.

Luego volvió a mirar a los dos.

—La mayoría de las personas creen que la Vida y la Muerte nacieron con el mundo.

Pero no es verdad.

Nerea y Eryan intercambiaron una mirada.

Aquello captó inmediatamente toda su atención. —¿Qué quieres decir?

Preguntó Nerea.

Aion apoyó ambas manos sobre la barandilla.

Y respondió lentamente.

—Antes de convertirse en la Vida y la Muerte...

Ustedes fueron algo más.

El corazón de Nerea comenzó a acelerarse.

—¿Qué éramos?

El Tiempo guardó silencio.

Como si eligiera cuidadosamente cada palabra.

—Exploradores.

La respuesta los dejó confundidos.

—¿Exploradores?

Repitió Eryan.

Aion asintió.

—No de tierras.

No de océanos.

Exploradores de los límites de la existencia.

Buscadores de conocimiento.

De respuestas.

De verdades.

Nerea recordó inmediatamente la biblioteca.

Los mapas.

Los documentos.

Las vidas anteriores.

Todo parecía encajar.

—Y encontramos esa puerta.

Murmuró.

Aion la observó.

Sorprendido.

—Estás recordando más rápido de lo que esperaba. Aquello no le pareció precisamente una buena noticia. El Tiempo continuó.

—Ustedes fueron los primeros en descubrir que la realidad tenía fronteras.

Los primeros en sospechar que existía algo más allá. Algo escondido.

Algo sellado.

—¿Y qué hicieron?

Preguntó Eryan.

Aion sonrió.

Pero fue una sonrisa triste.

—Lo mismo que siempre hacen los curiosos. Buscar una respuesta.

Nerea sintió un nudo en el estómago.

Porque ya conocía el final de aquella clase de historias. Entonces ocurrió algo extraño.

Aion extendió una mano hacia ella.

Y durante un segundo, Nerea vio algo.

No una visión completa.

Solo un fragmento.

Un recuerdo.

Se vio a sí misma caminando junto a Eryan.

Pero eran diferentes.

Vestían ropas blancas.

Portaban símbolos desconocidos.

Y observaban una inmensa estructura dorada. La puerta.

Mucho antes de que fuera sellada.

Mucho antes de que se convirtiera en leyenda. Entonces escuchó una voz.

La suya.

Pero antigua.

Olvidada.

—Si existe una respuesta, debemos encontrarla. La visión desapareció.

Nerea dio un paso atrás.

Sobresaltada.

El corazón golpeaba con fuerza contra su pecho. Porque aquella frase...

Aquella frase sonaba exactamente como algo que ella diría. Y eso era lo aterrador.

Aion bajó la mano.

—Eran valientes.

Brillantes.

Imprudentes.

Eryan soltó una pequeña risa.

—Eso último sigue sonando familiar.

Por primera vez, Aion pareció realmente divertido. —Sí.

Definitivamente sigue siendo cierto.

La tensión disminuyó apenas un poco.

Pero solo por un instante.

Porque la expresión del Tiempo volvió a endurecerse.

—El problema es que no fueron los únicos que encontraron la puerta.

Nerea sintió otro escalofrío.

—¿Quién más?

Aion levantó la vista hacia el cielo.

Las grietas brillaban débilmente sobre la ciudad. Como heridas abiertas en la realidad.

Y respondió:

—Aquellos que ahora llaman los Primeros Soñados. El nombre cayó sobre ellos como una piedra.

Porque ya lo habían escuchado antes.

La criatura del árbol.

Las flores.

Las visiones.

Todo parecía conducir a ellos.

Y por la forma en que Aion los había nombrado... Nerea comprendió algo.

Aquellos seres no eran simples monstruos.