DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 3
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Capítulo 3

LOS ETERNOS

La Ciudad de los Ecos era incluso más impresionante de cerca.

Nerea la observó desde la base de la colina mientras el amanecer teñía de oro las murallas antiguas.

Las construcciones parecían haber sido esculpidas directamente en la montaña.

Torres de piedra gris ascendían hacia el cielo.

Puentes suspendidos unían distintos sectores de la ciudad.

Y enormes campanas colgaban de estructuras tan antiguas que parecían anteriores a la historia misma.

Había algo extraño en aquel lugar.

Algo que Nerea percibió de inmediato.

El silencio.

No era un silencio vacío.

Era un silencio atento.

Como si la ciudad estuviera escuchando.

Como si recordara.

Eryan parecía sentir lo mismo.

—No me gusta.

Murmuró.

—Pensé que ibas a decir que era hermosa. Respondió Nerea.

—También.

Pero las dos cosas pueden ser ciertas.

Ella sonrió ligeramente.

Y juntos avanzaron hacia las puertas.

A diferencia de otras ciudades, nadie los detuvo. Nadie pidió nombres.

Nadie preguntó quiénes eran.

Los guardias simplemente los observaron pasar. Como si ya supieran que llegarían.

Aquello no ayudó a tranquilizarla.

Las calles estaban llenas de personas.

Pero no eran como las de otras ciudades.

La mayoría vestía túnicas sencillas.

Muchos llevaban libros.

Mapas.

Pergaminos.

Algunos incluso caminaban tomando notas mientras observaban los edificios.

Era una ciudad dedicada al conocimiento. A la memoria.

A los recuerdos.

Y entonces Nerea comenzó a notar algo más. Las miradas.

La gente los observaba.

No con miedo.

No con odio.

Sino con reconocimiento.

Como si hubieran visto sus rostros antes.

Una anciana inclinó la cabeza al cruzarse con ellos. Un hombre cerró un libro y los siguió con la mirada. Una niña dejó caer unas flores al verlos pasar. Nerea sintió un escalofrío.

—Nos conocen.

Susurró.

—O creen conocernos.

Respondió Eryan.

Siguieron avanzando.

Hasta llegar a la plaza principal.

Y fue allí donde ocurrió.

Una campana comenzó a sonar.

Una sola vez.

Profunda.

Poderosa.

El sonido recorrió toda la ciudad.

La multitud se detuvo.

Los comerciantes dejaron de hablar.

Los niños dejaron de correr.

Todos levantaron la vista.

Y entonces una segunda campana sonó.

Y una tercera.

Nerea sintió que algo cambiaba en el ambiente. Las personas comenzaron a apartarse.

Abriendo un camino entre la multitud.

Como si esperaran la llegada de alguien importante. O peligroso.

Eryan se tensó.

—¿Qué está pasando?

Nadie respondió.

Porque nadie parecía dispuesto a hablar.

Entonces apareció.

Una figura avanzó lentamente por la plaza. Un hombre alto.

Vestido con una túnica azul oscura.

Su cabello era completamente blanco.

No por edad.

Sino por naturaleza.

Y sus ojos...

Sus ojos brillaban como si contuvieran estrellas. La multitud guardó silencio absoluto.

El desconocido se detuvo frente a Nerea y Eryan. Los observó durante varios segundos.

Sin decir una sola palabra.

Y luego sonrió.

No era una sonrisa amable.

Tampoco hostil.

Era la sonrisa de alguien que acaba de confirmar una teoría largamente esperada.

—Por fin.

Dijo.

Nerea sintió un escalofrío.

Aquella palabra ya la había escuchado antes.

La criatura del árbol también la había pronunciado. —¿Quién eres?

Preguntó Eryan.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

Y respondió:

—Soy Caelum.

El Guardián de Memorias.

Nerea intercambió una mirada con Eryan.

Lo habían encontrado.

O quizá...

Él los había encontrado primero.

Entonces Caelum añadió algo que hizo que el corazón de Nerea se acelerara.

—Y llevo siglos esperando su regreso.

Nerea permaneció inmóvil.

Observando al hombre de cabello blanco.

Había algo extraño en él.

Algo difícil de explicar.

No parecía peligroso.

Pero tampoco parecía humano.

Era como si estuviera contemplando una montaña disfrazada de persona.

Algo antiguo.

Algo inmenso.

Algo que existía desde mucho antes de que ella naciera. Caelum pareció notar su incomodidad.

Porque sonrió levemente.

—Sé exactamente lo que estás pensando.

—Lo dudo.

Respondió Nerea.

—Crees que oculto algo.

La sonrisa de Caelum se amplió.

—Y tienes razón.

Eryan soltó una pequeña risa.

—Al menos es honesto.

—Siempre he considerado que las mentiras consumen demasiado tiempo.

Respondió Caelum.

Luego los invitó a seguirlo.

La multitud comenzó a dispersarse.

Como si la llegada de Nerea y Eryan hubiera confirmado algo que toda la ciudad esperaba.

Aquello no hizo más que aumentar la inquietud de Nerea. Caminaron por calles estrechas.

Atravesaron varios puentes de piedra.

Y finalmente llegaron a una enorme torre construida contra la montaña.

La Torre de los Ecos.

Miles de campanas pequeñas colgaban de sus paredes. Moviéndose suavemente con el viento.

Produciendo un murmullo constante.

Como voces lejanas.

Como recuerdos susurrados.

El interior era aún más impresionante.

Bibliotecas.

Archivos.

Mapas.

Salas enteras llenas de documentos.

Nerea jamás había visto tantos libros juntos.

Ni siquiera en la visión de aquella vida pasada.

Caelum los condujo hasta una sala circular.

En el centro había una mesa de piedra.

Y sobre ella descansaba un mapa del mundo.

Pero no era un mapa normal.

Partes enteras parecían moverse.

Como si estuvieran vivas.

Como si representaran algo más que lugares.

—Antes de responder sus preguntas...

Dijo Caelum.

—Necesito hacer una propia.

Nerea cruzó los brazos.

—Adelante.

El hombre la observó.

Luego miró a Eryan.

Y finalmente preguntó:

—¿Cuántos recuerdos han recuperado?

Eryan y Nerea intercambiaron una mirada.

Después le contaron todo.

Los sueños.

Las visiones.

La ciudad blanca.

La biblioteca.

La sombra.

Las vidas repetidas.

Caelum escuchó sin interrumpir.

Y cuanto más avanzaba el relato, más preocupado parecía.

Cuando terminaron, permaneció en silencio varios segundos.

—Es peor de lo que pensaba.

Murmuró.

—¿Qué significa eso?

Preguntó Nerea.

Caelum apoyó ambas manos sobre la mesa.

Y respondió:

—Significa que el proceso ya comenzó.

Aquellas palabras no les gustaron.

—¿Qué proceso?

Preguntó Eryan.

Caelum levantó la vista.

Sus ojos brillaban débilmente.

—El despertar de los Eternos.

El silencio llenó la habitación.

—¿Los Eternos?

Repitió Nerea.

Caelum asintió.

—Antes de los reyes.

Antes de los imperios.

Antes incluso de la historia.

Existieron seres que representaban los grandes principios de la existencia.

Tiempo.

Destino.

Vida.

Muerte.

Memoria.

Olvido.

Sueño.

Y muchos más.

Nerea sintió un escalofrío.

—¿Como nosotros?

Caelum negó lentamente.

—No exactamente.

Luego señaló a Eryan.

—La Vida.

Después señaló a Nerea.

—La Muerte.

Su expresión se volvió más seria.

—Ustedes no representan esos conceptos. Ustedes son esos conceptos.

Aquellas palabras dejaron la habitación en silencio. Porque incluso después de todo lo vivido... Aquello era difícil de aceptar.

Caelum continuó.

—Durante milenios permanecieron dormidos. Dispersos.

Olvidados.

Pero el beso entre la Vida y la Muerte alteró algo fundamental.

Rompió un sello.

Y ahora están despertando.

Nerea recordó inmediatamente las criaturas imposibles. Los recuerdos.

Las anomalías.

Las grietas del cielo.

Todo comenzaba a encajar.

Aunque no le gustara.

—¿Cuántos son?

Preguntó Eryan.

Caelum tardó unos segundos en responder.

Y cuando lo hizo, su voz se volvió más grave.

—No lo sabemos.

Porque algunos llevan desaparecidos más tiempo que el propio mundo.

El viento golpeó las ventanas de la torre.

Las campanas comenzaron a sonar suavemente. Como si reaccionaran a aquellas palabras.

Y entonces Caelum añadió algo que hizo que la inquietud de Nerea aumentara.

—Pero uno ya ha despertado.

Nerea sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Caelum guardó silencio.

Y por primera vez desde que lo conocieron...

Pareció preocupado.

Realmente preocupado.

—El Tiempo.

El Tiempo.

La palabra permaneció flotando en el aire.

Pesada.

Inquietante.

Peligrosa.

Nerea observó a Caelum esperando una explicación.

Porque si alguien podía hacer que una sola palabra sonara aterradora, era evidente que había mucho más detrás.

—¿Qué significa que el Tiempo despertó?

Preguntó Eryan.

Caelum se acercó lentamente a una de las ventanas. Observó la ciudad durante unos segundos.

Como si estuviera recordando algo.

Algo que preferiría olvidar.

—Significa que el equilibrio está cambiando.

Respondió finalmente.

—El Tiempo siempre fue uno de los Eternos más poderosos. Porque todo está sujeto a él.

Los reyes.

Los imperios.

Las estrellas.

Incluso la Vida y la Muerte.

Nerea sintió un escalofrío.

No le gustaba cómo sonaba aquello.

Nada.

—¿Y dónde está?

Preguntó.

Caelum sonrió.

Pero no parecía una sonrisa feliz.

—Esa es precisamente la parte preocupante.

No lo sabemos.

El silencio regresó.

—¿Cómo puedes no saberlo?

Preguntó Eryan.

—Porque el Tiempo nunca permanece en un solo lugar. Caelum volvió a acercarse a la mesa.

Y extendió una mano sobre el mapa.

Inmediatamente aparecieron ondas luminosas. Como si la superficie fuera agua.

—Durante los últimos días han ocurrido cosas extrañas en todo el mundo.

Personas envejeciendo décadas en cuestión de segundos. Otras despertando con la apariencia que tenían de niños. Ciudades donde el amanecer se repite una y otra vez.

Bosques donde el otoño y la primavera existen al mismo tiempo.

Nerea intercambió una mirada con Eryan.

Aquello explicaba muchas cosas.

Demasiadas.

—Creímos que eran consecuencias del despertar del Primer Sueño.

Continuó Caelum.

—Pero nos equivocamos.

Algunas sí lo son.

Otras pertenecen al Tiempo.

El mapa cambió nuevamente.

Y una región comenzó a brillar.

Una zona ubicada al noreste.

Lejos de la Ciudad de los Ecos.

—Hace tres días recibimos noticias de este lugar. Dijo Caelum.

—Un pueblo entero desapareció.

—¿Desapareció?

Preguntó Nerea.

Caelum asintió.

—Sin destrucción.

Sin rastros.

Sin cadáveres.

Simplemente dejó de existir.

El aire de la habitación pareció enfriarse.

—¿Y crees que fue el Tiempo?

Preguntó Eryan.

—No.

Respondió Caelum.

—Lo sé.

El silencio se hizo aún más profundo.

Entonces una de las campanas de la torre sonó. Una sola vez.

Fuerte.

Repentina.

Todos levantaron la vista.

Luego otra campana sonó.

Y otra.

Y otra más.