DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Intentando cerrar el libro.

Intentando detener algo.

Pero ya era tarde.

La sombra había despertado.

Y la visión mostró una última escena.

Aureon abrazando a aquella mujer.

Con lágrimas en los ojos.

Como si supiera exactamente lo que iba a suceder. Como si ya hubiera vivido aquella tragedia antes. Y entonces todo desapareció.

El lago volvió a ser un lago.

La noche volvió a ser noche.

Y Nerea se quedó inmóvil.

Mirando el agua.

Respirando con dificultad.

—Otra vez.

Dijo una voz detrás de ella.

Eryan.

Nerea giró.

Y comprendió inmediatamente.

Él también había visto algo.

—¿Qué viste?

Preguntó.

Eryan observó el lago.

Su expresión estaba llena de tristeza.

—Una biblioteca.

Nerea sintió un escalofrío.

—Yo también.

Durante varios segundos ninguno habló.

Porque aquella coincidencia ya no podía ser casualidad. Los recuerdos estaban conectados.

Eran reales.

Y cada nueva visión parecía revelar la misma verdad. No importaba quiénes fueran.

No importaba dónde vivieran.

No importaba cuántas vidas pasaran.

Siempre encontraban algo.

Siempre despertaban algo.

Y siempre pagaban el precio.

La pregunta ya no era si aquello había ocurrido antes. La pregunta era cuántas veces había ocurrido.

Y cuántas veces más tendría que repetirse.

Aquella noche ninguno de los dos durmió bien. Los recuerdos eran cada vez más intensos.

Más detallados.

Más difíciles de ignorar.

Nerea permaneció sentada junto a la fogata observando las llamas.

Intentando ordenar todo lo que habían descubierto. La ciudad blanca.

El campo de flores.

La biblioteca.

La sombra.

Siempre la sombra.

Era como si una misma historia se hubiera repetido una y otra vez bajo diferentes rostros.

Y eso la aterraba.

Porque empezaba a sospechar que todavía no había visto la peor parte.

Las brasas crujieron suavemente.

El lago reflejaba la luz de la luna.

Y por primera vez en varios días, el mundo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Entonces Nerea escuchó una voz.

Suave.

Lejana.

Familiar.

—Sigues pensando demasiado.

Su corazón dio un vuelco.

Aquella voz.

Conocía aquella voz.

Se puso de pie de inmediato.

Miró a su alrededor.

No había nadie.

Solo árboles.

Oscuridad.

Y el lago.

—¿Nerea?

Preguntó Eryan.

Ella no respondió.

Porque volvió a escucharla.

Esta vez más cerca.

—Nunca aprendiste a descansar.

Nerea sintió que la respiración se detenía. Conocía esa voz.

La había escuchado durante años. Durante siglos.

En momentos buenos.

Y en momentos terribles.

—Asrael.

Susurró.

Eryan se levantó inmediatamente. —¿Qué ocurre?

Nerea giró sobre sí misma.

Buscando.

Esperando.

Pero no encontró a nadie.

Y entonces comprendió algo.

No estaba escuchando una voz real. Era un recuerdo.

Otro recuerdo.

Pero diferente.

Mucho más reciente.

Mucho más personal.

El mundo volvió a desaparecer.

La realidad se desvaneció.

Y una nueva visión apareció.

Nerea se vio a sí misma.

Mucho más joven.

Apenas una adolescente.

Estaba en medio de un enorme bosque. Y frente a ella se encontraba Asrael. Mucho más serio.

Mucho más frío.

Exactamente como era cuando la conoció. —Concéntrate.

Le ordenó.

La joven Nerea frunció el ceño.

—Lo estoy haciendo.

—No.

Respondió Asrael.

—Estás intentando forzar el poder.

Y eso es exactamente lo que no debes hacer. Nerea observó fascinada.

Aquello era uno de sus primeros entrenamientos. Un recuerdo que había olvidado hacía mucho tiempo. Asrael señaló una pequeña flor que crecía entre la hierba. —Empieza con eso.

La joven Nerea cruzó los brazos.

—¿Una flor?

—Sí.

—¿Y eso qué tiene de difícil?

Asrael soltó un suspiro.

—Muchas cosas.

Pero no llegaste hasta aquí para escucharme.

La adolescente rodó los ojos.

Y extendió la mano hacia la flor.

La energía de la Muerte comenzó a reunirse a su alrededor. Oscura.

Poderosa.

Inestable.

Asrael abrió la boca.

Probablemente para advertirle algo.

Pero fue demasiado tarde.

La energía explotó.

El recuerdo se sacudió violentamente.

Los árboles comenzaron a marchitarse.

Las flores murieron.

La hierba se volvió gris.

Y una onda de destrucción atravesó el bosque. Decenas de árboles cayeron.

La tierra se abrió.

Y Asrael salió despedido varios metros por el aire. La joven Nerea quedó inmóvil.

Con los ojos abiertos como platos.

—Oh.

Dijo.

El silencio duró varios segundos.

Hasta que una voz furiosa rompió la calma. —¡¿OH?!

Asrael se incorporó entre los restos de varios arbustos destruidos.

Cubierto de tierra.

Cubierto de hojas.

Cubierto de furia.

—¡CASI DESTRUYES MEDIO BOSQUE!

La joven Nerea comenzó a retroceder lentamente. —Bueno...

—¡Y CASI ME MATAS!

—Pero no te maté.

—¡ESE NO ES EL PUNTO!

La visión comenzó a desvanecerse.

Pero antes de desaparecer por completo, Nerea alcanzó a ver algo.

Asrael.

Intentando seguir enfadado.

Y fracasando.

Porque finalmente terminó riéndose.

Una risa pequeña.

Sincera.

Extraña para el demonio frío que había sido en aquella época.

La visión desapareció.

Y Nerea volvió al presente.

De pie junto a la fogata.

Con lágrimas en los ojos.

Pero también sonriendo.

Porque acababa de recuperar uno de los recuerdos más importantes de toda su vida.

Y porque por primera vez desde su sacrificio...

Había vuelto a escuchar la voz de su amigo.

A la mañana siguiente, Nerea se despertó con una sensación extraña.

Por primera vez desde que los recuerdos habían comenzado, no sentía miedo.

No completamente.

Todavía había preguntas.

Todavía había incertidumbre.

Pero el recuerdo de Asrael le había devuelto algo que creía perdido.

Calma.

Mientras preparaban el campamento para continuar el viaje, Eryan notó el cambio.

—Te ves diferente.

Nerea arqueó una ceja.

—¿Diferente cómo?

—Menos preocupada.

Ella sonrió levemente.

—Recordé algo importante.

Eryan la observó durante unos segundos.

Luego asintió.

Como si entendiera perfectamente.

Porque él también estaba cambiando.

Los recuerdos los estaban transformando.

No solo estaban descubriendo quiénes habían sido.

También estaban recordando partes olvidadas de sí mismos.

Continuaron avanzando durante gran parte del día. El sendero seguía conduciéndolos hacia el norte.

Y mientras más avanzaban, más frecuentes se volvían las anomalías.

Árboles que susurraban nombres.

Sombras que desaparecían cuando intentaban acercarse. Luces moviéndose entre las montañas durante la noche. Era como si la realidad estuviera adelgazándose. Como si dos mundos comenzaran a mezclarse.

Cuando el sol estaba a punto de ocultarse, llegaron a una colina.

Desde allí podían ver kilómetros de terreno.

Bosques.

Ríos.

Montañas.

Y algo más.

Muy a lo lejos.

Una ciudad.

Enorme.

Antigua.

Construida entre riscos de piedra.

Las últimas luces del día se reflejaban sobre sus murallas. —¿La Ciudad de los Ecos?

Preguntó Eryan.

Nerea observó el horizonte.

—Debe ser.

Por alguna razón, verla le provocó un escalofrío. Como si una parte olvidada de ella ya hubiera estado allí. Como si la ciudad también perteneciera a sus recuerdos. Entonces ocurrió.

Un dolor atravesó la cabeza de Nerea.

Más fuerte que cualquier otro.

Se llevó una mano a la sien.

Y la visión llegó.

Instantánea.

Violenta.

Definitiva.

Vio cientos de vidas.

Miles.

Como páginas de un libro pasando a toda velocidad. Diferentes rostros.

Diferentes nombres.

Diferentes épocas.

Pero siempre las mismas dos almas.

Siempre ella.

Siempre él.

Encontrándose.

Perdiéndose.

Buscándose.

Amándose.

Muriendo.

Y comenzando de nuevo.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Hasta que finalmente la visión se detuvo.

Y una voz habló.

Una voz antigua.

Más antigua que el mundo.

—No son recuerdos.

Nerea sintió que todo se congelaba.

—¿Qué?

La voz continuó.

—Son fragmentos.

Solo fragmentos.

La verdad completa permanece oculta.

Entonces apareció una última imagen.

Una puerta gigantesca.

Sellada.

Cubierta por símbolos imposibles.

Y sobre ella, una inscripción.

Nerea logró leer solo una parte antes de que desapareciera. "Cuando las dos almas recuerden..."

La visión se rompió.

Y el resto de las palabras desapareció.

Nerea volvió al presente.

Respirando agitadamente.

Eryan la sujetó antes de que cayera.

—¿Qué viste?

Ella tardó varios segundos en responder.

Porque comprendía algo que antes ignoraba.

Algo importante.

Algo peligroso.

—Los recuerdos no son el final.

Murmuró.

Eryan frunció el ceño.

—¿Entonces qué son?

Nerea levantó la vista hacia la distante Ciudad de los Ecos. Y respondió:

—Son el comienzo.

El viento recorrió la colina.

La ciudad permaneció inmóvil en el horizonte.

Esperándolos.

Y por primera vez desde el despertar de la profecía, Nerea comprendió que estaban siguiendo un camino que había sido preparado mucho antes de que nacieran.

Mucho antes de que existiera el mundo.

Mucho antes incluso de que existieran la Vida y la Muerte.