DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Y cada nuevo recuerdo parecía acercarlos a una verdad que ninguno estaba preparado para descubrir.

El resto del día avanzaron más despacio.

Eryan insistió varias veces en que descansaran.

Nerea insistió otras tantas en que estaba bien.

Los dos mintieron.

Ella seguía afectada por la visión.

Y él seguía preocupado.

Pero ninguno quería admitirlo.

El bosque terminó dando paso a un antiguo camino empedrado.

Las piedras estaban desgastadas por el tiempo.

Algunas incluso habían sido devoradas por raíces. Era evidente que aquel sendero llevaba siglos abandonado. Sin embargo, alguien lo estaba utilizando.

Lo descubrieron cuando encontraron huellas recientes sobre el barro.

—No somos los únicos viajando hacia el norte.

Murmuró Eryan.

Nerea observó las marcas.

Había muchas.

Demasiadas.

Y parecían dirigirse exactamente al mismo lugar que ellos. Continuaron caminando.

Hasta que el camino desembocó en una pequeña construcción de piedra.

Parecía un santuario olvidado.

El techo estaba parcialmente derrumbado.

Las columnas estaban cubiertas de musgo.

Y una antigua campana oxidada colgaba sobre la entrada. Pero lo más extraño era la gente.

Había personas reunidas alrededor del santuario. Hombres.

Mujeres.

Ancianos.

Incluso algunos niños.

Todos parecían agotados.

Confundidos.

Asustados.

Y todos compartían algo en común.

Tenían exactamente la misma expresión que Nerea había visto en el espejo aquella mañana.

La expresión de alguien que había visto algo imposible. Nerea intercambió una mirada con Eryan.

Y ambos comprendieron lo mismo.

Aquellas personas también estaban recordando. Una mujer de cabello gris los vio acercarse.

—¿Ustedes también?

Preguntó.

Nerea frunció el ceño.

—¿También qué?

La mujer pareció sorprendida.

—Los sueños.

El corazón de Nerea se aceleró.

—¿Qué sueños?

La anciana soltó una risa nerviosa.

—Entonces sí.

Porque todos hacemos la misma pregunta al principio. La mujer señaló a los demás.

—Ninguno de nosotros se conocía.

Llegamos aquí desde lugares distintos.

Pero todos comenzamos a soñar hace pocos días. Nerea sintió un escalofrío.

—¿Soñar con qué?

La expresión de la mujer cambió.

Y por primera vez apareció miedo en sus ojos. —Con vidas que no son nuestras.

El silencio se apoderó del lugar.

Varias personas bajaron la mirada.

Como si aquellas palabras fueran demasiado reales. Demasiado dolorosas.

Un hombre joven dio un paso adelante.

—Yo era un soldado.

Lo recuerdo.

Recuerdo morir.

Recuerdo el dolor.

Recuerdo la batalla.

Su voz tembló.

—Y jamás he estado en una guerra.

Otra mujer habló.

—Yo recuerdo una ciudad bajo el mar.

Recuerdo haber vivido allí.

Recuerdo mi familia.

Pero nunca existió.

Nerea sintió cómo el estómago se le encogía.

Aquello era peor de lo que imaginaba.

Mucho peor.

No solo ella y Eryan estaban recuperando recuerdos. Estaba ocurriendo en todas partes.

La anciana volvió a hablar.

—Creemos que algo está despertando.

Algo que está trayendo de vuelta el pasado.

Nerea sintió un escalofrío.

Porque aquellas palabras coincidían exactamente con sus propios temores.

Entonces un muchacho que permanecía sentado junto a una columna levantó la cabeza.

Era apenas unos años menor que ella.

Parecía enfermo.

Agotado.

Y tenía los ojos llenos de miedo.

—Yo vi el final.

Murmuró.

Todos guardaron silencio.

—¿Qué final?

Preguntó Eryan.

El joven tragó saliva.

Y respondió:

—El final de todas las vidas.

El aire pareció congelarse.

—¿Qué quieres decir?

Preguntó Nerea.

Pero el muchacho ya estaba temblando.

—No lo sé.

Solo vi oscuridad.

Y una voz.

Una voz que repetía una frase una y otra vez.

Nadie habló.

Nadie se movió.

Finalmente el muchacho levantó la vista.

Y repitió las palabras que había escuchado.

—Los recuerdos son la llave.

Nerea sintió que el corazón daba un vuelco.

Porque, por alguna razón, aquellas palabras le resultaban peligrosamente familiares.

Como si una parte olvidada de ella ya conociera su significado.

Y eso la asustó más que cualquier visión.

Nerea no logró quitarse aquella frase de la cabeza. Los recuerdos son la llave.

La escuchó una y otra vez mientras ella y Eryan permanecían en el santuario.

Observando.

Escuchando.

Aprendiendo.

Durante horas, las personas reunidas allí compartieron sus experiencias.

Y cuanto más hablaban, más inquietante se volvía la situación.

Algunos recordaban vidas simples.

Campesinos.

Pescadores.

Mercaderes.

Otros recordaban cosas imposibles.

Ciudades desaparecidas.

Civilizaciones olvidadas.

Lugares que no figuraban en ningún mapa.

Todos poseían fragmentos distintos.

Pero había algo que se repetía constantemente. Una sensación.

La impresión de que el mundo actual no era el primero. Ni siquiera el segundo.

Como si hubieran existido muchas versiones antes. Y todas hubieran terminado de alguna manera. Nerea escuchó cada relato en silencio.

Intentando encontrar sentido a todo aquello. Sin éxito.

Hasta que una niña habló.

Tendría unos diez años.

Quizá menos.

Había permanecido callada durante toda la tarde. Sentada junto a una de las columnas.

Abrazando sus rodillas.

Mirando el suelo.

Pero finalmente levantó la mano.

Y habló.

—Yo recuerdo a la señora de negro.

El corazón de Nerea se detuvo.

Todos la miraron.

—¿Qué señora?

Preguntó alguien.

La niña señaló directamente a Nerea.

—Ella.

El silencio cayó sobre el santuario.

Nerea sintió decenas de ojos clavarse sobre ella. La pequeña continuó hablando.

—Siempre estaba allí.

En mis sueños.

En todos.

A veces era buena.

A veces daba miedo.

Pero siempre aparecía.

Nerea tragó saliva.

La niña jamás la había visto antes.

Estaba segura.

Y sin embargo...

—¿Qué más recuerdas?

Preguntó Eryan.

La niña frunció el ceño.

Como si estuviera intentando recordar.

—Había un hombre con ella.

Uno que brillaba.

La mirada de todos se desplazó hacia Eryan. —Y siempre estaban juntos.

La niña sonrió.

—Siempre.

Nerea sintió un extraño nudo en el pecho.

Porque aquellas palabras coincidían demasiado con las visiones que habían tenido.

Con los sueños.

Con las vidas pasadas.

Entonces la niña añadió algo más.

Algo que hizo desaparecer su sonrisa.

—Pero siempre terminaba mal.

El silencio regresó.

Pesado.

Incómodo.

Doloroso.

—¿Cómo terminaba?

Preguntó Nerea suavemente.

La niña bajó la mirada.

Y cuando volvió a hablar, su voz apenas fue un susurro. —Él desaparecía.

Nerea sintió un escalofrío.

—¿Siempre?

La niña asintió.

—Siempre.

El santuario quedó en silencio.

Nadie parecía saber qué decir.

Porque incluso sin comprender completamente aquellas palabras, todos percibían su importancia.

Eryan permaneció inmóvil.

Pensativo.

Más serio que nunca.

Y Nerea comprendió que estaba pensando exactamente lo mismo que ella.

Las tragedias no eran casualidad.

No eran accidentes.

Parecían formar parte de un patrón.

Uno que se repetía una y otra vez.

Vida tras vida.

Siglo tras siglo.

Entonces la anciana de cabello gris volvió a hablar. —Hay alguien que podría ayudarlos.

Nerea levantó la vista.

—¿Quién?

—Un Guardián de Memorias.

Aquellas palabras llamaron inmediatamente su atención. —¿Qué es eso?

La anciana señaló hacia el norte.

La misma dirección que les habían mostrado las flores. La misma dirección que parecía atraer todas las señales.

—Un hombre que ha dedicado toda su vida a estudiar los recuerdos antiguos.

Las leyendas.

Las vidas anteriores.

Dicen que sabe cosas que nadie más sabe.

—¿Dónde está?

Preguntó Eryan.

La anciana dudó.

—Si las historias son ciertas...

Vive en la Ciudad de los Ecos.

Nerea intercambió una mirada con Eryan.

Otro nombre.

Otro destino.

Otra pista.

Y una vez más, todo parecía conducirlos hacia el norte. Como si alguien estuviera guiándolos.

O preparándolos.

Para algo que todavía no comprendían.

Partieron del santuario al amanecer.

La Ciudad de los Ecos se había convertido en su nuevo destino.

Y el norte seguía llamándolos.

Aquel mismo día, el camino comenzó a elevarse hacia una región montañosa.

Las colinas quedaron atrás.

Los bosques se hicieron más espesos.

Y el aire se volvió más frío.

Nerea caminaba en silencio.

Pensando en la niña.

En sus palabras.

En aquel patrón que parecía repetirse en todas las vidas. Siempre juntos.

Siempre separados.

Siempre perdiéndose.

Era como una maldición.

Y cuanto más lo pensaba, menos le gustaba.

El sol ya comenzaba a descender cuando llegaron a un pequeño lago.

El agua era tan tranquila que parecía un espejo. Decidieron detenerse allí para descansar.

Eryan encendió una fogata.

Nerea se acercó a la orilla.

Observando su reflejo.

Durante unos segundos solo vio su rostro.

Su cabello oscuro.

Sus ojos cansados.

Nada más.

Entonces el agua cambió.

Las ondas comenzaron a extenderse por la superficie. Aunque no había viento.

Aunque nadie la había tocado.

Y una imagen apareció.

Nerea se quedó inmóvil.

Era otra vez un recuerdo.

Pero esta vez estaba despierta.

La superficie del lago se transformó en una ventana hacia otro tiempo.

Vio una enorme biblioteca.

Tan grande que parecía no tener fin.

Miles de estanterías.

Millones de libros.

Pergaminos.

Mapas.

Conocimientos olvidados.

Y allí estaban ellos.

Ella y Eryan.

O quienes habían sido antes.

Sentados juntos sobre una mesa cubierta de documentos antiguos.

Reían.

Discutían.

Compartían historias.

Aquella vida parecía diferente a las anteriores.

Más tranquila.

Más feliz.

Nerea observó fascinada.

La mujer que había sido sonreía constantemente.

Y Aureon tampoco parecía cargar el peso que ahora llevaba en los ojos.

Parecían jóvenes.

Libres.

Enamorados.

Entonces la visión avanzó.

Como si alguien pasara rápidamente las páginas de un libro.

Las imágenes cambiaron.

Los días se volvieron meses.

Los meses años.

Y Nerea vio cómo aquella felicidad crecía.

Hasta que una noche ocurrió algo.

La mujer encontró un libro.

Uno antiguo.

Encadenado.

Oculto.

Prohibido.

Nerea observó cómo lo abría.

Y en cuanto lo hizo, todo cambió.

La sonrisa desapareció.

La luz de la biblioteca se apagó.

Y una sombra comenzó a extenderse entre las estanterías. La misma sombra.

La misma presencia que había visto en otras visiones.

La misma oscuridad que parecía perseguirlos en todas las vidas.

Aureon apareció corriendo.