DONDE EMPIEZA LA MUERTE Capítulo 2
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Capítulo 2

LOS RECUERDOS DE OTRAS VIDAS

Nerea soñó.

Y por primera vez en mucho tiempo, supo que aquello no era un sueño.

Era un recuerdo.

Se encontraba de pie sobre una inmensa llanura cubierta de flores blancas.

Miles.

Millones de flores.

Se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

El cielo era diferente.

No tenía sol.

No tenía luna.

Y tampoco estaba atravesado por las grietas que ahora marcaban el mundo.

Era un cielo puro.

Antiguo.

Hermoso.

Nerea caminó entre las flores.

Descalza.

Sin miedo.

Sin sentir el peso constante de la Muerte dentro de ella. Aquello también era extraño.

Por primera vez en siglos se sentía ligera.

Libre.

Viva.

Entonces escuchó una risa.

Una risa masculina.

Familiar.

Su corazón reaccionó antes que su mente.

Giró sobre sí misma.

Y lo vio.

Eryan.

Pero no era exactamente el Eryan que conocía. Su cabello era más largo.

Su ropa era distinta.

Y había algo en él.

Algo antiguo.

Algo imposible de describir.

Sin embargo, seguía siendo él.

La misma mirada.

La misma sonrisa.

La misma calidez.

Eryan caminó hacia ella.

Como si llevaran años sin separarse.

Como si aquel encuentro fuera completamente normal. —Llegas tarde.

Dijo con una sonrisa.

Nerea sintió que una extraña felicidad nacía dentro de su pecho.

Una felicidad tan intensa que casi dolía.

—No llegué tarde.

Respondió ella.

—Solo llegaste antes.

Eryan soltó una carcajada.

Y aquella risa llenó todo el paisaje.

Durante unos segundos caminaron juntos.

Entre las flores.

Sin hablar.

Sin preocuparse por el tiempo.

Sin preocuparse por el destino.

Como dos personas que sabían exactamente dónde pertenecían.

Juntas.

Entonces Nerea vio algo.

A lo lejos.

Una sombra.

Oscura.

Inmensa.

Moviéndose en el horizonte.

La felicidad desapareció.

El aire cambió.

Las flores comenzaron a marchitarse.

Y Eryan también dejó de sonreír.

—No.

Susurró él.

Como si reconociera aquello.

Como si lo hubiera temido durante mucho tiempo. La sombra siguió creciendo.

Acercándose.

Cubriendo el cielo.

Cubriendo la luz.

Cubriendo el mundo.

Nerea intentó preguntar qué era.

Pero no pudo.

La voz desapareció de su garganta.

Entonces Eryan tomó su mano.

La apretó con fuerza.

Y la miró.

Directamente a los ojos.

Había tristeza en su expresión.

Una tristeza infinita.

—Prométeme algo.

Dijo.

Nerea sintió que el corazón se detenía.

—¿Qué cosa?

—Cuando vuelva a suceder...

La sombra rugió a lo lejos.

El suelo comenzó a temblar.

Las flores murieron.

Y el mundo empezó a romperse.

—Encuéntrame.

El sueño se hizo pedazos.

Nerea despertó sobresaltada.

Respirando agitadamente.

La luz del amanecer atravesaba las ramas de los árboles. La fogata se había apagado.

Y Eryan seguía dormido cerca de ella.

Pero las palabras continuaban resonando en su mente. Tan claras como si acabaran de ser pronunciadas. "Cuando vuelva a suceder...

Encuéntrame."

Nerea se llevó una mano al pecho.

Intentando recuperar el aliento.

Porque estaba segura de una cosa.

Aquello no había sido una visión cualquiera.

Había sido un recuerdo.

Y acababa de contemplar una vida que había vivido mucho antes de convertirse en Nerea.

Durante varios minutos, Nerea permaneció sentada en silencio.

Intentando comprender lo que acababa de ver.

El sueño seguía vivo en su memoria.

Demasiado vivo.

Podía recordar el aroma de las flores.

La sensación del viento.

La calidez de la mano de Eryan.

Aquello no se parecía a ninguna visión que hubiera tenido antes.

Era mucho más real.

Mucho más profundo.

Como si realmente hubiera estado allí.

Como si realmente hubiera vivido aquella vida. —Te ves terrible.

La voz de Eryan la sacó de sus pensamientos.

Nerea levantó la vista.

Él acababa de despertar.

Y estaba observándola con evidente preocupación. —Gracias.

Respondió ella.

Eryan sonrió.

—Era un cumplido.

—Entonces eres pésimo haciendo cumplidos. —Eso ya lo sabía.

Por primera vez aquella mañana, Nerea sonrió. Aunque solo fuera por un instante.

Eryan se incorporó.

—¿Qué ocurrió?

La sonrisa desapareció.

Nerea observó el suelo.

No estaba segura de cómo explicarlo.

Ni siquiera estaba segura de entenderlo.

Pero finalmente decidió intentarlo.

Le contó todo.

El campo de flores.

El cielo antiguo.

La sombra.

Las últimas palabras.

Eryan escuchó sin interrumpirla.

Sin bromear.

Sin sonreír.

Cuando terminó, permaneció callado durante varios segundos.

Demasiados.

—¿Y bien?

Preguntó Nerea.

—Yo también soñé.

Aquellas palabras la hicieron levantar la cabeza. —¿Qué?

Eryan parecía tan confundido como ella.

—No era igual.

Pero soñé.

Nerea sintió que el corazón comenzaba a acelerarse. —¿Qué viste?

Eryan se quedó mirando las ruinas.

Como si intentara reconstruir los recuerdos.

—Una ciudad.

Muy grande.

Mucho más grande que cualquiera que exista ahora. Había torres blancas.

Jardines.

Y agua por todas partes.

Nerea recordó inmediatamente la visión del arco de piedra. Aquella ciudad.

La misma ciudad.

—Yo estaba allí.

Continuó Eryan.

—Pero no era yo.

No exactamente.

—¿Qué quieres decir?

—Era yo.

Pero también era alguien más.

Alguien mucho más antiguo.

Mucho más poderoso.

Nerea sintió un escalofrío.

Porque comprendía exactamente a qué se refería. Ella también había sentido algo parecido.

Como si hubiera otra versión de sí misma escondida detrás de quien era ahora.

Entonces Eryan frunció el ceño.

—Hay algo más.

—¿Qué?

Su expresión se volvió seria.

Extrañamente seria.

—En el sueño alguien me llamó por un nombre diferente. Nerea permaneció inmóvil.

—¿Qué nombre?

Eryan tardó varios segundos en responder.

Como si la palabra le resultara difícil de recordar. —Aureon.

El aire pareció congelarse.

Nerea no sabía por qué.

Jamás había escuchado aquel nombre.

Pero algo dentro de ella reaccionó.

Algo profundo.

Algo antiguo.

Algo que reconocía aquella palabra.

Aunque su mente no pudiera explicarlo.

Eryan también pareció notarlo.

—¿Te resulta familiar?

Preguntó.

Nerea dudó.

Luego asintió lentamente.

—Sí.

—¿Lo recuerdas?

—No.

Y esa era la parte más frustrante.

No recordaba nada.

Pero sentía algo.

Una emoción.

Una conexión.

Como si aquel nombre hubiera formado parte de su vida alguna vez.

Mucho antes de nacer.

Mucho antes del mundo actual.

El viento atravesó las ruinas.

Moviendo las hojas de los árboles.

Y durante unos segundos ninguno habló.

Ambos estaban pensando exactamente lo mismo. Los recuerdos habían comenzado.

Y una vez que habían empezado a regresar...

Probablemente ya no podrían detenerlos.

Lo que no sabían era que aquellos recuerdos no solo les mostrarían quiénes habían sido.

También les revelarían por qué estaban condenados a encontrarse una y otra vez.

Y por qué cada una de esas historias había terminado en tragedia.

Abandonaron las ruinas poco después del amanecer. El antiguo arco de piedra quedó atrás.

Pero los recuerdos no.

Nerea seguía pensando en el sueño.

En el campo de flores.

En la sombra que devoraba el horizonte.

Y en aquellas últimas palabras.

"Encuéntrame."

Mientras caminaban, intentó convencerse de que aquello no la afectaba.

Fue inútil.

La frase continuaba resonando dentro de ella.

Como un eco imposible de silenciar.

El camino descendía entre colinas cubiertas de niebla. La mañana estaba tranquila.

Demasiado tranquila.

Y esa tranquilidad terminó de golpe.

Nerea sintió un dolor agudo atravesarle la cabeza. Se detuvo inmediatamente.

Llevándose una mano a la sien.

El mundo giró.

Las rodillas le fallaron.

Y cayó al suelo.

—¡Nerea!

Escuchó la voz de Eryan.

Lejana.

Distorsionada.

Como si proviniera de otro lugar.

Otro tiempo.

Otra vida.

La realidad comenzó a deshacerse.

El bosque desapareció.

La niebla desapareció.

El cielo desapareció.

Y entonces la visión llegó.

No era un sueño.

No era un recuerdo tranquilo.

Era algo mucho más violento.

Mucho más real.

Nerea estaba corriendo.

Corría entre calles de piedra.

A su alrededor había fuego.

Destrucción.

Gritos.

La enorme ciudad blanca que Eryan había visto en sus sueños estaba siendo destruida.

Torres enteras se derrumbaban.

Puentes de cristal estallaban en mil pedazos.

Y el cielo estaba cubierto por una oscuridad interminable. Nerea observó sus propias manos.

No eran sus manos.

Eran otras.

Más delicadas.

Más antiguas.

Pero seguían siendo ella.

Y entonces lo vio.

Eryan.

O mejor dicho...

Aureon.

Estaba luchando.

Solo.

Frente a algo imposible.

Una gigantesca figura hecha de sombra.

Tan enorme que parecía tocar las nubes.

La criatura golpeó el suelo.

La ciudad tembló.

Miles de personas huyeron aterradas.

Nerea quiso correr hacia él.

Ayudarlo.

Pero no podía controlar la visión.

Solo podía observar.

Como una espectadora atrapada dentro de un recuerdo. Entonces escuchó una voz.

Una voz femenina.

La suya.

Pero no exactamente.

—Está ocurriendo otra vez.

La figura que era Nerea comenzó a caminar hacia Aureon. Sin miedo.

Sin dudar.

Como si ya conociera el final de aquella historia. Como si ya hubiera vivido ese momento antes. Y entonces Aureon la vio.

Su expresión cambió inmediatamente.

No había miedo.

No había sorpresa.

Solo tristeza.

Una tristeza inmensa.

Dolorosa.

—No.

Dijo él.

—No esta vez.

Ella sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Melancólica.

Y respondió algo que hizo estremecer a Nerea. —Siempre termina igual.

La visión se volvió inestable.

Las imágenes comenzaron a romperse.

A fragmentarse.

Pero antes de desaparecer por completo, Nerea alcanzó a ver una última escena.

Aureon sujetando a aquella mujer.

Intentando impedir que avanzara.

Intentando salvarla.

Intentando cambiar algo que parecía inevitable. Y luego...

Oscuridad.

Nerea abrió los ojos bruscamente.

Respirando con dificultad.

El bosque volvió a aparecer.

La niebla.

El sendero.

Eryan arrodillado frente a ella.

Sujetando sus hombros.

—¿Nerea?

Ella tardó varios segundos en responder.

Porque seguía viendo las llamas.

Seguía escuchando los gritos.

Seguía sintiendo aquella tristeza.

—Vi una ciudad.

Susurró.

Eryan se puso rígido.

—¿La ciudad blanca?

Nerea asintió lentamente.

El color desapareció del rostro de Eryan.

Porque eso significaba una sola cosa.

No estaban teniendo sueños diferentes.

Estaban recordando el mismo pasado.