Capítulo 1 #2
Antes de que terminara la tarde, toda la aldea hablaba del árbol imposible.
Del ser hecho de hojas.
Y de las palabras que había pronunciado.
Algunos aseguraban que era un espíritu.
Otros juraban que se trataba de un demonio.
Los más ancianos afirmaban que aquellas cosas aparecían en las leyendas más antiguas.
Historias que nadie había tomado en serio durante generaciones.
Nerea y Eryan abandonaron la plaza cuando la multitud comenzó a crecer.
No querían llamar la atención.
Aunque resultaba difícil pasar desapercibidos después de lo ocurrido.
Caminaron por las calles en silencio.
Ambos estaban intentando comprender lo que acababan de presenciar.
—¿Qué crees que quiso decir con eso de los Primeros Soñados?
Preguntó Eryan.
Nerea negó con la cabeza.
—No lo sé.
Y por una vez era verdad.
No tenía ninguna respuesta.
Aquello comenzaba a escapar incluso de su comprensión. Continuaron caminando.
Las sombras de la tarde se alargaban entre las casas. Las grietas del cielo seguían brillando sobre ellos. Y la sensación de ser observados no desaparecía. Entonces Nerea se detuvo.
Algo había captado su atención.
Al otro extremo de la calle.
Junto a una fuente.
Tres personas los observaban.
No parecían aldeanos.
Vestían capas oscuras.
Llevaban símbolos extraños bordados sobre la ropa. Y ninguno apartaba la vista de ellos.
Eryan también los vio.
—¿Los conoces?
Preguntó.
—No.
Respondió Nerea.
Los desconocidos comenzaron a acercarse. Sin prisa.
Sin miedo.
Aquello bastó para ponerla en alerta.
La mayoría de las personas evitaban acercarse a ella. Aquellos no.
Cuando estuvieron lo bastante cerca, el mayor de los tres inclinó ligeramente la cabeza.
Era un hombre de cabello gris y mirada intensa. —Nerea.
Dijo.
Ella se tensó.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Porque llevamos años buscándote.
Nerea intercambió una mirada con Eryan.
Aquello no le gustaba.
Nada.
—¿Quiénes son ustedes?
El hombre sonrió levemente.
—Observadores.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es la única respuesta que recibirás por ahora. Nerea estuvo a punto de marcharse.
Pero entonces el hombre añadió algo que la hizo detenerse. —Sabemos lo que ocurrió la noche del beso.
El corazón de Nerea se aceleró.
Eryan dio un paso adelante.
—¿Cómo?
—Porque no fuimos los únicos que lo sentimos. El hombre levantó la vista hacia las grietas del cielo. —Todo el mundo lo sintió.
Luego volvió a mirarlos.
—Pero algunos comprendimos lo que significaba. Nerea sintió un mal presentimiento.
Aquellas personas sabían demasiado.
Mucho más de lo que deberían.
—¿Qué quieren?
Preguntó.
El hombre guardó silencio unos segundos.
Como si eligiera cuidadosamente sus palabras. —Queremos saber si entienden lo que han hecho. —Nosotros no hicimos nada.
Respondió Eryan.
—¿No?
El hombre señaló el cielo.
Las grietas brillaban entre las nubes.
—Entonces explíquenme eso.
Ninguno respondió.
Porque no podían.
Porque tampoco tenían respuestas.
El hombre pareció notar la incertidumbre en sus rostros. Y por primera vez su expresión mostró preocupación. Preocupación real.
—Eso es lo que temía.
Dijo.
—Han abierto una puerta sin saber qué había detrás. Nerea sintió un escalofrío.
Aquellas palabras eran demasiado parecidas a sus propios pensamientos.
Demasiado parecidas a sus propios miedos.
El hombre retrocedió un paso.
—Nos volveremos a encontrar.
—Espera.
Dijo Eryan.
—¿Quiénes son realmente?
El desconocido sonrió una última vez.
—Los que recuerdan.
Y sin añadir nada más, los tres se alejaron calle abajo. Desapareciendo entre la multitud.
Nerea permaneció inmóvil.
Observando el lugar por donde se habían ido.
Algo estaba ocurriendo.
Algo mucho más grande de lo que habían imaginado.
Y por primera vez desde el beso imposible, comenzó a sospechar que no eran los únicos que conocían la profecía.
Ni los únicos que la estaban vigilando.
Aquella noche, Nerea no pudo dormir.
Estaba sentada junto a una pequeña fogata en las afueras de la aldea.
Las llamas danzaban lentamente frente a ella. El viento movía la hierba.
Y las grietas del cielo continuaban brillando sobre sus cabezas.
Parecían más visibles durante la noche.
Más grandes.
Más profundas.
Como si el mundo estuviera realmente roto. Eryan dormía a pocos metros.
O al menos lo intentaba.
Nerea sabía que tampoco estaba tranquilo.
Los acontecimientos del día habían dejado demasiadas preguntas.
Y muy pocas respuestas.
La criatura del árbol.
Los Primeros Soñados.
Los que Recuerdan.
Todo parecía conectado.
Pero todavía no lograba entender cómo.
Suspiró.
Y por primera vez en mucho tiempo deseó que Asrael estuviera allí.
La idea la sorprendió.
Porque años atrás jamás habría imaginado extrañar la compañía de un demonio.
Sin embargo, se había acostumbrado a su presencia. A sus comentarios sarcásticos.
A sus constantes críticas.
A sus malas bromas.
Incluso a sus silencios.
Durante años él había sido la única constante de su vida. Y ahora ya no estaba.
El recuerdo de su sacrificio todavía dolía.
Nerea observó las llamas.
Intentando alejar aquellos pensamientos.
Entonces escuchó algo.
Un sonido lejano.
Un grito.
Se puso de pie inmediatamente.
Eryan abrió los ojos.
—¿Lo escuchaste?
Preguntó.
Nerea asintió.
Otro grito resonó en la distancia.
Esta vez más fuerte.
Provenía de la aldea.
Ambos intercambiaron una mirada.
Y comenzaron a correr.
Atravesaron los campos tan rápido como pudieron. Las luces de las casas aparecieron delante de ellos. La gente corría por las calles.
Algunos gritaban.
Otros señalaban hacia el extremo norte de la aldea. Nerea siguió las miradas.
Y sintió que el corazón se detenía por un instante. Algo caminaba entre las casas.
Era enorme.
Demasiado enorme.
Una criatura formada por raíces.
Troncos.
Ramas retorcidas.
Como si varios árboles hubieran sido arrancados del suelo y fusionados en una sola entidad.
Sus ojos brillaban con una luz azul pálida.
Y cada paso hacía temblar la tierra.
La multitud huía aterrada.
La criatura no parecía atacarlos.
Ni siquiera parecía verlos.
Avanzaba lentamente.
Como si estuviera buscando algo.
O a alguien.
—Eso tampoco debería existir.
Murmuró Eryan.
Nerea sintió cómo la energía de la Muerte despertaba dentro de ella.
Instintivamente.
Preparándose para luchar.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
La criatura se detuvo.
Giró lentamente la cabeza.
Y la miró directamente.
A ella.
No a la multitud.
No a Eryan.
A Nerea.
Los ojos azules brillaron con intensidad.
Y una voz profunda resonó dentro de su mente. No en sus oídos.
Directamente en su mente.
—La Portadora del Final.
Nerea se quedó inmóvil.
Aquella voz era antigua.
Mucho más antigua que cualquier cosa que hubiera escuchado jamás.
—Has despertado al Soñador.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
—¿Quién eres?
Preguntó mentalmente.
La criatura no respondió.
Simplemente siguió observándola.
Durante varios segundos.
Hasta que finalmente volvió a moverse.
Giró sobre sí misma.
Y comenzó a alejarse de la aldea.
Como si ya hubiera encontrado lo que buscaba. O confirmado algo.
Nerea dio un paso hacia adelante.
Pero Eryan la sujetó del brazo.
—No.
Ella lo miró.
—¿Lo escuchaste?
—No escuché nada.
Respondió él.
Y aquello fue suficiente para preocuparla aún más.
Porque significaba que el mensaje había sido únicamente para ella.
La criatura desapareció en la oscuridad.
Y el silencio regresó poco a poco.
Sin embargo, Nerea sabía que aquella noche acababa de cambiar algo.
Porque por primera vez alguien la había llamado de una forma distinta.
No la Muerte.
No Nerea.
La Portadora del Final.
Y tenía la sensación de que ese nombre significaba mucho más de lo que imaginaba.
La aldea tardó horas en recuperar la calma.
Nadie durmió aquella noche.
Los habitantes permanecieron reunidos alrededor de hogueras, contando una y otra vez lo que habían visto. Al amanecer, la criatura ya se había convertido en diez historias diferentes.
Algunos aseguraban que medía más que una montaña. Otros afirmaban que había hablado.
Incluso hubo quienes juraron que había aparecido desde una grieta en el cielo.
Nerea y Eryan abandonaron la aldea poco después de salir el sol.
Necesitaban respuestas.
Y presentían que no las encontrarían allí.
Caminaron durante horas siguiendo un antiguo camino de piedra que atravesaba las colinas.
El cielo permanecía cubierto por aquellas cicatrices luminosas.
A veces parecían inmóviles.
Otras veces, Nerea juraba que se movían.
Como si algo estuviera intentando abrirlas más. —Sigues pensando en lo que ocurrió anoche.
Dijo Eryan.
No era una pregunta.
Nerea asintió.
—Esa cosa habló conmigo.
—¿Qué dijo?
Ella dudó unos segundos.
—Me llamó la Portadora del Final.
Eryan guardó silencio.
Su expresión se volvió seria.
—No me gusta cómo suena eso.
—A mí tampoco.
Continuaron caminando.
El sendero descendía hacia un valle cubierto de flores silvestres.
Durante un instante el paisaje parecía normal. Hermoso incluso.
Pero entonces Nerea vio algo extraño.
Las flores.
Todas estaban creciendo hacia el mismo lado. Como si buscaran algo.
O siguieran una presencia invisible.
Eryan también lo notó.
—¿Lo ves?
—Sí.
Se acercaron.
Las flores no estaban marchitas.
Ni enfermas.
Simplemente estaban inclinadas.
Miles de ellas.
Mirando en una misma dirección.
Como si obedecieran una orden silenciosa.
Nerea siguió la línea que formaban.
Y descubrió que apuntaban hacia el horizonte.
Hacia el norte.
—Eso no es natural.
Murmuró.
Eryan se agachó para examinar una de ellas.
La flor pareció reaccionar a su presencia.
Sus pétalos se abrieron lentamente.
Luego otra hizo lo mismo.
Y otra.
Y otra más.
En cuestión de segundos, todo el valle comenzó a florecer. Nerea observó la escena con asombro.
Jamás había visto algo semejante.
Era hermoso.
Y extraño.
Demasiado extraño.
Entonces el viento comenzó a soplar.
Miles de pétalos se elevaron hacia el cielo. Giraron alrededor de ellos.
Y durante un breve instante formaron una figura. Una silueta.
Humana.
Nerea contuvo la respiración.
La figura estaba compuesta únicamente de pétalos brillantes.
Pero era inconfundible.
Parecía una mujer.
Una mujer de cabello largo.
Vestida con algo parecido a un manto.