Capítulo 1
EL MUNDO HA CAMBIADO
El mundo no volvió a ser el mismo después del beso.
Durante días, el cielo permaneció cubierto por aquellas grietas luminosas que habían aparecido la noche en que la Vida y la Muerte se unieron.
Nadie podía explicar qué eran.
Ni siquiera Eryan.
Ni siquiera Nerea.
Las enormes fracturas brillaban sobre las nubes como cicatrices abiertas en la realidad.
Y, sin importar dónde estuvieran, siempre podían verse. Algunas personas comenzaron a llamarlas las Heridas del Cielo.
Otras aseguraban que eran puertas.
Los más supersticiosos afirmaban que el fin del mundo había comenzado.
Nerea observaba aquellas grietas desde la cima de una colina.
El viento agitaba su cabello oscuro mientras contemplaba el horizonte.
A su lado, Eryan permanecía sentado sobre una roca. Durante varios minutos ninguno habló.
Los dos parecían perdidos en sus propios pensamientos. Abajo, en el valle, se extendía una pequeña aldea. La gente continuaba con su vida.
Trabajaban.
Caminaban.
Reían.
Intentaban fingir que todo seguía igual.
Pero nada seguía igual.
Nerea podía sentirlo.
Lo percibía en el aire.
En la tierra.
En cada rincón del mundo.
Algo había cambiado.
Algo profundo.
Algo antiguo.
Y aquello la inquietaba.
—Sigues pensando que fue nuestra culpa.
La voz de Eryan rompió el silencio.
Nerea no respondió de inmediato.
Porque la verdad era que sí.
Lo pensaba todos los días.
Desde el momento en que despertó.
Desde el momento en que sobrevivieron al beso imposible. —¿Y si lo fue?
Preguntó finalmente.
—¿Y si realmente despertamos algo que jamás debió despertar?
Eryan guardó silencio unos segundos.
Luego se puso de pie.
Caminó hasta quedar a su lado.
—Si hubiera sido un error...
Nerea lo miró.
—¿Sí?
Eryan sonrió suavemente.
Aquella sonrisa que seguía provocando cosas extrañas en su interior.
—Seguiría eligiéndote.
El corazón de Nerea dio un pequeño salto.
Algo que todavía no terminaba de acostumbrarse a sentir. Eryan tomó una de sus manos.
—Una y otra vez.
Ella bajó la mirada.
Y por un instante permitió que aquella calidez disipara sus preocupaciones.
Solo por un instante.
Porque entonces ocurrió.
El cielo vibró.
Ambos levantaron la cabeza.
Las grietas brillaron.
Más intensamente que nunca.
Y una extraña onda de luz recorrió el firmamento. Nerea sintió un escalofrío.
No era miedo.
Era algo peor.
Reconocimiento.
Como si una parte de ella supiera exactamente qué significaba aquello.
Aunque su mente todavía no pudiera comprenderlo. La tierra tembló.
Muy levemente.
Pero lo suficiente para que ambos lo sintieran. Luego todo volvió a quedar en silencio.
Un silencio inquietante.
Pesado.
Antinatural.
Eryan frunció el ceño.
—¿Sentiste eso?
Nerea asintió.
Sí.
Lo había sentido.
Y no le gustaba nada.
Porque tenía la impresión de que aquello no era una advertencia.
Era un anuncio.
Algo estaba despertando.
Y acababa de recordar que existía.
El temblor no volvió a repetirse.
Al menos no ese día.
Sin embargo, la sensación de inquietud permaneció acompañando a Nerea durante el resto del camino. Ella y Eryan abandonaron la colina al caer la tarde y descendieron hacia la pequeña aldea del valle.
Necesitaban provisiones.
Y respuestas.
Aunque Nerea sospechaba que nadie tenía respuestas.
La gente caminaba por las calles de tierra intentando comportarse con normalidad.
Pero el miedo era evidente.
Se percibía en las conversaciones susurradas. En las miradas nerviosas dirigidas al cielo.
En los niños que permanecían cerca de sus padres.
Todos observaban las grietas luminosas que cruzaban el firmamento.
Todos.
Incluso aquellos que intentaban fingir que no existían. —No me gusta este lugar.
Murmuró Nerea.
Eryan arqueó una ceja.
—¿Porque te recuerda a todos los demás?
Ella no respondió.
Porque era verdad.
Durante años había recorrido pueblos parecidos. Pueblos donde la gente la observaba con miedo. Con sospecha.
Con odio.
Pero algo era diferente allí.
Nadie parecía prestarle demasiada atención.
Ni siquiera cuando pasó junto a un grupo de comerciantes. Ni cuando cruzó la plaza principal.
Era extraño.
Muy extraño.
Entonces ocurrió.
Un grito rompió el murmullo de la multitud.
Todos se volvieron.
Nerea también.
Y lo que vio la dejó inmóvil.
En el centro de la plaza había aparecido un árbol. Un árbol enorme.
Imposible.
No estaba allí unos segundos antes.
La tierra seguía levantada a su alrededor.
Como si hubiera emergido desde las profundidades del mundo.
Las raíces atravesaban el suelo.
Las ramas se extendían sobre los tejados.
Y las hojas brillaban con un resplandor plateado. La multitud retrocedió aterrada.
Algunos comenzaron a rezar.
Otros huyeron.
Nerea observó el árbol sin comprender.
—Eso no debería existir.
Susurró.
Eryan parecía igual de confundido.
Se acercó lentamente.
Las hojas vibraron.
Y durante un instante pareció que el árbol reaccionaba a su presencia.
Como si lo reconociera.
Como si estuviera vivo de una forma distinta.
Más consciente.
Más antigua.
Nerea sintió un escalofrío.
Entonces algo llamó su atención.
Había figuras moviéndose entre las ramas.
Pequeñas sombras.
Demasiado rápidas para ser aves.
Demasiado grandes para ser insectos.
Una de ellas descendió.
Y aterrizó sobre una rama baja.
Toda la plaza quedó en silencio.
La criatura tenía aspecto humano.
Pero apenas medía medio metro.
Su piel parecía estar hecha de corteza.
Sus ojos brillaban como pequeñas estrellas verdes. Y de su espalda crecían hojas.
Muchas hojas.
La criatura inclinó la cabeza.
Observó a la multitud.
Luego observó a Eryan.
Y sonrió.
Una sonrisa extraña.
Inquietante.
Antigua.
—Por fin.
Dijo con una voz suave.
Una voz que parecía el crujido de los árboles durante una tormenta.
—La Vida ha despertado.
El corazón de Nerea se aceleró.
La criatura conocía a Eryan.
O al menos sabía lo que era.
La pequeña figura volvió a sonreír.
Y esta vez miró directamente a Nerea.
La sonrisa desapareció.
—Y la Muerte también.
El aire se volvió pesado.
Nerea sintió cómo todos los presentes retrocedían un paso. Nadie entendía lo que estaba ocurriendo.
Ella tampoco.
Pero una cosa estaba clara.
Aquello no era una criatura normal.
No pertenecía al mundo que conocían.
Y si había aparecido allí...
Significaba que el despertar del Primer Sueño ya estaba cambiando la realidad.
Mucho más rápido de lo que habían imaginado. El silencio se apoderó de la plaza.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Todos observaban a la extraña criatura posada sobre la rama del árbol imposible.
La pequeña figura continuaba mirando a Nerea y a Eryan. Como si hubiera estado esperándolos.
Como si supiera exactamente quiénes eran.
Eryan dio un paso adelante.
—¿Qué eres?
La criatura inclinó la cabeza.
Pareció divertida por la pregunta.
—Una pregunta más adecuada sería qué soy ahora. Nerea frunció el ceño.
Aquella respuesta no aclaraba nada.
—Habla claro.
La criatura volvió a sonreír.
—Antes no existía.
La plaza quedó en silencio nuevamente.
—¿Qué significa eso?
Preguntó Eryan.
La pequeña figura extendió los brazos.
Las hojas de su cuerpo comenzaron a brillar. —Significa que fui soñada.
Un escalofrío recorrió la espalda de Nerea.
El Primer Sueño.
Otra vez.
Todo parecía regresar a él.
Todo parecía conducir hacia él.
—¿Fuiste creada por el Primer Sueño?
Preguntó.
La criatura asintió.
—Como muchas otras.
Aquellas palabras hicieron que el ambiente cambiara. Nerea sintió que algo se hundía en su estómago. Muchas otras.
No era la única.
No era un accidente aislado.
Aquello era apenas el comienzo.
La criatura descendió de la rama.
Aterrizó suavemente sobre el suelo.
Algunos aldeanos soltaron gritos de miedo.
Otros huyeron.
Pero la figura no pareció prestarles atención.
Seguía observando únicamente a Nerea y a Eryan. —El mundo está cambiando.
Dijo.
—Los sueños olvidados están regresando.
—¿Qué sueños?
Preguntó Eryan.
La criatura señaló las grietas del cielo.
—Los que existían antes de que el mundo recordara quién era.
Nerea no entendió completamente aquellas palabras. Pero tampoco le gustaron.
Porque algo en ellas sonaba verdadero.
Peligrosamente verdadero.
Entonces la criatura comenzó a caminar alrededor del árbol. —Durante mucho tiempo estuvimos dormidos. Escondidos.
Olvidados.
Esperando.
—¿Esperando qué?
Preguntó Nerea.
La criatura se detuvo.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Esperándolos.
El corazón de Nerea se aceleró.
—¿A nosotros?
—A la Vida.
A la Muerte.
A la unión.
A la llave.
Nerea sintió que el aire se volvía más frío.
Las mismas palabras.
La llave.
Aquello era exactamente lo que habían descubierto al final de la profecía.
Ella y Eryan jamás habían sido el destino final.
Solo eran quienes habían abierto la puerta.
Y ahora algo estaba cruzándola.
Entonces ocurrió algo extraño.
La criatura comenzó a temblar.
Sus hojas se agitaron violentamente.
La luz verde de sus ojos parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Parecía asustada.
Mucho más asustada que ellos.
—Viene.
Susurró.
Nerea sintió un escalofrío.
—¿Quién viene?
La criatura levantó la vista hacia el cielo roto.
Y por primera vez desde que había aparecido, el miedo fue evidente en su rostro.
—No lo sé.
La respuesta sorprendió a todos.
—Pero algo más despertó con el Primer Sueño.
Algo antiguo.
Algo que ni siquiera nosotros recordamos.
El viento comenzó a soplar.
Las ramas del árbol imposible se agitaron.
Las hojas plateadas volaron por toda la plaza.
Y entonces la criatura dio un paso atrás.
Luego otro.
Y otro más.
Como si quisiera escapar.
Como si hubiera dicho demasiado.
—Debemos irnos.
Murmuró.
—¿Quiénes son ustedes?
Preguntó Eryan rápidamente.
La criatura lo observó por última vez.
—Los Primeros Soñados.
Y antes de que pudieran hacer otra pregunta, su cuerpo se deshizo en cientos de hojas brillantes.
Las hojas se elevaron hacia el cielo.
Giraron alrededor del árbol.
Y desaparecieron.
La plaza quedó en silencio.
Otra vez.
Nerea observó el lugar vacío donde la criatura había estado. Sin saber qué pensar.
Sin saber qué creer.
Pero comprendiendo una cosa.
El mundo había cambiado.
Y apenas estaban empezando a descubrir cuánto. La noticia se extendió más rápido que el viento.