Donde empieza el horizonte Capítulo 50 Donde empieza el horizonte
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Capítulo 50 Donde empieza el horizonte

La mañana amaneció despejada después de varios días de lluvia.

María abrió los ojos antes que Aine y permaneció unos minutos tumbada, observando cómo la primera luz se filtraba por la ventana y avanzaba lentamente por la habitación, hasta que el rectángulo dorado tocó el borde de la cama y se derramó sobre las sábanas.

Tenía junto a ella el calor del cuerpo de Aine, su respiración tranquila, y esa sensación de calma que, meses atrás, le habría parecido imposible.

Durante un instante no pensó en la regresión, ni en Elena, ni en todo lo que habían descubierto durante aquellas semanas.

Solo permaneció allí, consciente de que estaba en el pazo y de que Aine dormía a su lado, y comprendió que aquella certeza sencilla se había convertido en una de las cosas más valiosas de su vida.

Se levantó sin hacer ruido y bajó a la cocina, donde puso café y abrió la ventana para que entrara el aire fresco de la mañana, cargado de humedad y con ese olor salado que llegaba desde el mar.

Apoyó las manos en el alféizar y contempló el camino que descendía entre los eucaliptos, una senda que había recorrido tantas veces que podía reconocer cada curva, cada desnivel y cada tramo de tierra más oscura después de la lluvia.

Pero aquella mañana lo miró de otra manera, como si la distancia hubiera cambiado, como si lo viera por primera vez desde que llegó.

Recordó entonces la primera ocasión en que lo había visto desde el coche, cuando todavía no sabía cuánto tiempo permanecería en Carragueiros ni siquiera si tendría un lugar donde dormir aquella noche.

Escuchó pasos detrás de ella y se volvió. Aine apareció en la puerta de la cocina con el pelo suelto y el sueño todavía en los ojos, la camiseta arrugada y los pies descalzos sobre la madera fría.

—¿Llevas mucho despierta? —preguntó, con la voz aún ronca.

—Un rato.

Aine se acercó, la rodeó con los brazos y apoyó la barbilla sobre su hombro, y María sintió su peso contra la espalda, el calor de su pecho, la forma en que sus manos se encontraban sobre su vientre como si siempre hubieran estado ahí.

—Eso significa que has vuelto a tener sueños.

María sonrió. —No esta vez.

—Entonces quizá pueda dormir tranquila.

—Puedes dormir tranquila. Estoy aquí.

Aine la miró, y había en sus ojos una luz que María ya conocía, esa mezcla de ternura y asombro que aparecía cuando menos lo esperaba, como si Aine todavía no terminara de creerse que todo aquello era real.

—Eso también ayuda —dijo, y la besó.

María apagó el fuego y sirvió el café. Desayunaron sin prisa, hablando de cosas pequeñas, de esas que no necesitan recordarse pero que construyen los días, hasta que ella dejó la taza sobre la mesa y miró hacia la ventana.

—Quiero ir al mar.

Aine levantó los ojos. —Hace frío.

—Ya lo sé.

—Y el suelo estará mojado.

—También lo sé.

—Y probablemente acabaremos llenas de arena.

María sonrió. —Entonces tendrás que venir conmigo.

Aine fingió pensárselo, inclinando la cabeza con ese gesto que María había aprendido a reconocer como su forma de jugar. —Supongo que no me queda otra.

—No.

—¿Por qué?

María se levantó y la besó antes de responder. —Porque quiero que vengas.

Subieron a cambiarse y, cuando María regresó al recibidor, llevaba el cuaderno de tapas blancas bajo el brazo. Aine la esperaba junto a la puerta y lo miró con una sonrisa que era una pregunta sin palabras.

—¿También viene él?

—Siempre.

—Pensaba que íbamos al mar.

—Y vamos.

—Entonces no entiendo para qué necesitas el cuaderno.

María se encogió de hombros. —Quizá hoy tenga algo que contar.

Aine abrió la puerta y el aire fresco de la mañana entró en el recibidor, trayendo el olor a sal y a tierra mojada. —En ese caso, será mejor que no lo hagamos esperar.

Bajaron juntas por el camino, con los pies sobre la tierra blanda y el rumor de la carretera llegando desde abajo.

El pueblo todavía estaba despertándose; desde algunas casas llegaban voces apagadas y el ruido de las primeras persianas al levantarse, y cuando pasaron frente al bar de Carmen, María reconoció el sonido de la cafetera y pensó que quizá más tarde entrarían a tomar algo, aunque ninguna de las dos lo mencionó.

La playa estaba casi vacía. La marea había bajado y dejaba al descubierto una franja amplia de arena húmeda que reflejaba la luz de la mañana como un espejo roto.

María se quitó los zapatos y caminó unos pasos, sintiendo el frío del agua cuando la primera ola le cubrió los tobillos.

Se quedó allí unos segundos, mirando el mar.

Aine permaneció detrás de ella, con los brazos cruzados y la mirada fija en su espalda.

—No te alejes demasiado.

María se volvió con una sonrisa.

—Sigues haciendo lo mismo.

—¿El qué?

—Cuidándome.

Aine bajó la mirada hacia el agua, hacia la espuma que se deshacía a sus pies.

—No sé hacerlo de otra manera.

María regresó hasta ella y le cogió la mano.

—Pues tendrás que aprender.

—¿A qué?

—A cuidarme sin tener miedo.

Aine la miró durante unos segundos. En sus ojos no había tristeza ni duda, sino algo distinto, como si estuviera entendiendo por fin lo que María le estaba pidiendo.

—Lo intentaré.

—Con eso me basta.

Caminaron por la orilla, dejando que las olas les rozaran los pies de vez en cuando.

María sintió el frío, pero ya no le producía aquella tensión que durante tanto tiempo había asociado al mar.

El agua seguía siendo la misma que la había arrastrado aquella noche, la misma que había estado delante de ella cuando no sabía qué hacer con su vida, pero ahora podía contemplarla sin sentir que escondía una amenaza.

Era solo agua. Y Aine caminaba a su lado.

Al llegar a las rocas donde habían estado el día anterior, se sentaron juntas, con el cuerpo pegado para compartir el calor. María sacó el cuaderno y lo abrió sobre las piernas, y el viento movió las páginas antes de que pudiera escribir nada.

Aine apoyó la cabeza en su hombro. —¿Qué vas a escribir?

—Todavía no lo sé.

—Siempre dices eso.

—Porque es verdad.

María permaneció un rato mirando la página en blanco, sintiendo el peso del cuaderno sobre sus piernas y la respiración de Aine contra su cuello, antes de empezar a escribir.

Aine no preguntó nada más. Se quedó a su lado, en silencio, mientras el viento movía ligeramente las hojas y el sonido de las olas llenaba los silencios entre una línea y otra.

Cuando María terminó, cerró el cuaderno y lo dejó sobre sus rodillas.

—Ya está.

—¿Puedo saber qué has escrito?

María sonrió.

—Sobre una chica que perdió su casa y llegó a un lugar donde no conocía a nadie.

Aine permaneció en silencio, esperando.

—También he escrito —continuó María— sobre una mujer que llevaba dieciocho años viviendo rodeada de recuerdos y que había llegado a creer que aquella era la única forma que tenía de seguir queriendo.

Aine levantó la cabeza, y sus ojos buscaron los de María. —¿Y qué pasó con ellas?

María miró el horizonte antes de responder. —Que se encontraron.

Aine sonrió. —Eso ya lo sabía.

—Entonces he escrito también sobre lo que ocurrió después.

—¿Y qué ocurrió después?

—Todavía no lo sé del todo.

Aine la observó con una expresión tranquila, como si aquella respuesta fuera exactamente la que esperaba.

—Eso significa que todavía tienes trabajo.

María soltó una risa, y el sonido se perdió entre el viento y el mar. —Mucho.

—¿Y cómo termina?

María volvió a mirar el cuaderno, y sus dedos rozaron la cubierta. —No termina.

Aine arqueó una ceja. —¿No?

—No creo que tenga que terminar todo lo que escriba.

—Eso suena sospechosamente parecido a algo que diría Marina Valer.

María la miró divertida, con esa chispa en los ojos que aparecía cada vez que se mencionaba el tema. —Quizá se me está pegando algo.

Aine le dio un pequeño golpe con el hombro. —No vuelvas a empezar.

—No he dicho nada.

—Te conozco.

María cerró el cuaderno y lo dejó a su lado, apoyando las manos sobre la arena.

Durante unos minutos permanecieron en silencio, contemplando el mar. Aine tenía la mano entrelazada con la suya y de vez en cuando movía el pulgar sobre sus dedos, como si necesitara comprobar que seguía allí, como si aquel contacto fuera su forma de asegurarse de que todo era real.

—¿Sabes qué pensé cuando te vi por primera vez? —preguntó Aine.

María sonrió. —Que estaba loca.

—Eso lo pensé después.

—¿Después?

—Cuando descubrí que habías estado durmiendo en el coche.

María soltó una risa. —Entonces, ¿qué pensaste primero?

Aine tardó unos segundos en contestar, y cuando lo hizo su voz era más baja, como si estuviera diciendo algo que no había compartido con nadie. —Que estabas esperando algo.

María dejó de sonreír. —¿Qué?

—No lo sabía. Solo tenía esa sensación cuando te veía desde la ventana. Estabas allí todos los días, mirando el mar, como si estuvieras intentando encontrar algo al otro lado.

María contempló la línea lejana donde el agua se confundía con el cielo, y recordó aquellas primeras semanas, la incertidumbre, el miedo, la sensación de estar suspendida en el tiempo. —Yo tampoco sabía qué estaba buscando.

—¿Y ahora lo sabes?

María giró la cabeza hacia ella. —Sí.

Aine esperó, y el silencio entre las dos se llenó del rumor de las olas.

—Un lugar donde pudiera quedarme.

Aine le acarició la mejilla, y el gesto fue tan suave que María sintió que se le aflojaba algo dentro del pecho.

—Lo encontraste.

María negó suavemente con la cabeza.

—Creo que me encontró él.

Aine comprendió lo que quería decir y no hizo falta que preguntara nada más. El mar, el pazo, aquella primera noche, la mujer que había corrido hacia ella cuando estaba a punto de desaparecer bajo el agua.

Se levantaron cuando el sol comenzó a ganar altura y emprendieron el camino de regreso, con los pies aún mojados y la arena pegada a los tobillos.

María llevaba el cuaderno bajo el brazo y Aine caminaba a su lado, con la mano enlazada a la suya, mientras el viento movía sus cabellos y el sendero se abría entre los eucaliptos.

Al atravesar la parte del camino donde los árboles formaban una especie de túnel, María volvió la cabeza hacia el mar, hacia aquella franja azul que se extendía hasta perderse.

Había pasado demasiado tiempo intentando comprender qué había ocurrido antes de llegar al pazo, quién había sido Elena y por qué algunos recuerdos parecían haber encontrado el camino hasta ella.

Ahora podía aceptar que quizá nunca tendría una explicación que pudiera demostrar con palabras.

Y no necesitaba tenerla para saber lo que sentía.

Recordó entonces una tarde de su infancia en la que su padre le había hablado del horizonte.

Durante años había entendido aquellas palabras como una promesa de que algún día encontraría algo que todavía no podía ver, un lugar al que llegar cuando hubiera dejado atrás lo que le dolía y estuviera preparada para comenzar otra vida.

Ahora sabía que no era eso. El horizonte no era un lugar al que llegar, sino la posibilidad de seguir avanzando cuando todavía no se sabía qué había delante.

Y María, por primera vez desde la muerte de sus padres, no sentía la necesidad de saberlo.

Aine estaba a su lado. El pazo las esperaba al final del camino. La vida, con todo lo que todavía pudiera traer, estaba delante de ellas.

Cuando llegaron a la puerta, María se detuvo antes de entrar. Aine, que estaba a punto de cruzar el umbral, se giró al notar que su mano tiraba suavemente de la suya.

—Aine.

—¿Qué?

María la miró durante unos segundos.

—¿Sabes qué me alegra de todo esto?

—Dime.

—Que Elena cumplió su promesa.

Aine sintió un nudo en la garganta, pero sonrió.

—Sí.

María bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas, hacia los dedos de Aine entre los suyos.

—Aunque creo que las dos entendimos mal lo que significaba.

Aine la observó, esperando.

—Ella pensaba que el mar la devolvería a ti.

Aine permaneció en silencio.

—Y quizá lo hizo —continuó María, levantando los ojos—. Pero no para que yo volviera a ser ella, sino para que pudiera encontrarte siendo quien soy ahora.

Aine levantó la mano libre y le acarició el rostro, despacio.

—María.

—¿Qué?

—Eres mi presente.

María sonrió.

—Y tú eres el mío.

Aine la besó. Fue un beso sin prisa, de esos que no necesitan decir nada porque ya lo han dicho todo, y cuando se separaron, María apoyó la frente contra la suya y respiró el mismo aire, sintió el mismo latido.

Después Aine abrió la puerta y entraron juntas.

La casa estaba tranquila, con la luz de la mañana entrando por las ventanas y el olor a café flotando todavía en el aire.

Sobre la mesa del salón había dos tazas que habían dejado allí la noche anterior; en la biblioteca seguían abiertos los apuntes de María y, junto a ellos, descansaba el cuaderno de tapas verdes de Aine.

María dejó su cuaderno sobre la mesa y miró a Aine, que estaba a su lado, con los dedos todavía enlazados a los suyos.

—¿Qué hacemos ahora?

Aine se acercó, apoyó la frente contra la suya y cerró los ojos.

—Lo de siempre.

—¿Qué es lo de siempre?

—Vivir.

María cerró los ojos también, sintiendo el calor de Aine contra su piel, la respiración de Aine acompasada con la suya.

Afuera, el mar seguía extendiéndose hasta el horizonte, ese lugar donde el agua se confundía con el cielo y el ojo humano ya no podía distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Pero ellas ya no necesitaban mirar tan lejos.

Se quedaron allí, juntas, en el centro de la casa, sabiendo que no podían cambiar lo que había sucedido antes de encontrarse, pero que podían elegir cada día lo que harían con todo lo que todavía estaba por venir.

Y mientras el sol seguía subiendo, el viento movía las hojas de los eucaliptos y el mar continuaba rompiendo contra la orilla, María comprendió que ya no necesitaba buscar nada al otro lado.

El horizonte no era un lugar al que llegar.

Era el sitio donde había decidido quedarse.