Capítulo 49 Lo que permanece
Laura se marchó poco después del mediodía.
Antes de salir, se quedó unos minutos hablando con María en el recibidor mientras Aine esperaba junto a la puerta.
Le explicó que no debía intentar reconstruir inmediatamente todo lo que había vivido durante la sesión, porque algunos recuerdos podían permanecer confusos durante horas o incluso días, mezclándose con sueños, sensaciones y fragmentos que quizá tardaría en comprender.
También le recordó que nada de lo ocurrido durante la regresión tenía que convertirse en una obligación para ella.
—No tienes que decidir hoy qué significa todo esto —le dijo Laura—. Puedes quedarte simplemente con lo que has sentido.
María asintió.
—Creo que eso es lo que voy a hacer.
Laura sonrió.
—Me parece lo más sensato.
Después miró a Aine.
—Y tú tampoco tienes que encontrarle una explicación ahora.
Aine bajó la mirada hacia sus manos.
—Lo intentaré.
Laura le puso una mano en el brazo.
—No intentes entenderlo todo. Algunas cosas se entienden cuando dejamos de perseguirlas.
Aine asintió.
Laura salió al camino y caminó hasta el coche. Antes de abrir la puerta se volvió hacia ellas y levantó una mano a modo de despedida. María y Aine permanecieron junto a la puerta hasta que el coche desapareció detrás de los eucaliptos.
Solo entonces Aine cerró.
Durante unos segundos ninguna de las dos se movió.
La casa había recuperado su silencio habitual, pero no era el mismo silencio de aquella mañana. Algo había cambiado dentro de ellas y parecía haberse quedado suspendido en las habitaciones, en el pasillo, en las escaleras, como si el pazo también necesitara tiempo para acostumbrarse.
María se volvió hacia Aine.
—¿Estás bien?
Aine la miró.
—No lo sé.
María se acercó.
—Yo tampoco.
Aine la abrazó y apoyó la cara en su pelo. Permanecieron así durante un rato, sin hablar, hasta que María se separó ligeramente y le sostuvo la mirada.
—¿Quieres que hablemos de ello?
Aine respiró hondo.
—Quiero hablar de todo y, al mismo tiempo, no quiero hablar de nada.
María sonrió.
—No tienes que hacerlo ahora.
Aine soltó una pequeña risa que terminó convirtiéndose en una lágrima.
—Siempre consigues hacer que parezca fácil.
—No es fácil.
María le acarició la mejilla.
—Solo que no quiero que esto nos quite lo que tenemos.
Aine la miró con una intensidad que hizo que María entendiera que aquella era precisamente su mayor preocupación.
—Tengo miedo de confundirte con ella.
María no respondió inmediatamente.
Se sentó en el último escalón de la escalera y Aine se sentó a su lado.
—Durante la regresión —dijo María—, no sentí que dejara de ser yo.
Aine escuchó en silencio.
—Era extraño. Recuerdo cosas que no puedo explicar, pero no sentía que estuviera desapareciendo para convertirme en Elena. Era como si hubiera una habitación dentro de mí que llevaba cerrada mucho tiempo y alguien hubiera abierto la puerta.
Aine bajó la mirada.
—¿Y qué había dentro?
María pensó unos segundos.
—Una vida que fue mía.
Aine levantó los ojos.
—¿Y ella?
—También.
María le cogió la mano.
—Pero yo estoy aquí.
Aine apretó sus dedos.
—Lo sé.
—Y te quiero por lo que eres tú para mí, no porque seas la mujer que Elena quiso.
Aine cerró los ojos.
Aquella frase le dolió de una manera extraña, porque durante dieciocho años había temido exactamente lo contrario: que cualquier persona que entrara en su vida terminara convirtiéndose en una comparación con Elena.
Sin embargo, María no estaba pidiéndole que olvidara a Elena ni estaba intentando ocupar su lugar.
Le estaba ofreciendo algo diferente, algo que Aine no había sabido que necesitaba hasta que aquella muchacha había llegado al pazo con una maleta, un coche y una tristeza que no sabía dónde dejar.
—No quiero perderte —dijo Aine.
—No me vas a perder.
—No puedes prometerme eso.
María sonrió.
—Tienes razón. Pero sí puedo prometerte que no voy a marcharme porque me asuste lo que he descubierto.
Aine apoyó la frente sobre la suya.
—Eso me basta.
Se quedaron allí un rato más.
Después María se levantó.
—Tengo hambre.
Aine la miró sorprendida.
—¿Hambre?
—Mucha.
Aine sonrió por primera vez desde que Laura se había marchado.
—Eso sí que me tranquiliza.
Bajaron a la cocina y prepararon algo sencillo. María cortó pan mientras Aine calentaba una tortilla que había quedado de la noche anterior. Hablaron poco, pero la tensión que había llenado la casa empezó a aflojarse con cada gesto cotidiano.
Cuando terminaron de comer, María dejó el plato en el fregadero y miró a Aine.
—Tenemos que llamar a Eva.
Aine se quedó quieta.
—Sí.
—Quiero que lo sepa.
—¿Quieres que la llame yo?
María negó con la cabeza.
—Las dos.
Subieron al salón. Aine cogió el teléfono y buscó el número que había guardado meses atrás. María se sentó a su lado y apoyó una mano sobre su rodilla.
El teléfono sonó varias veces antes de que Eva contestara.
—¿Aine?
—Hola, Eva.
Hubo una pausa.
—¿Ha pasado algo?
Aine miró a María.
—Sí.
La voz de Eva cambió inmediatamente.
—¿María está bien?
María se inclinó hacia el teléfono.
—Estoy aquí.
Eva soltó el aire.
—Vale. Entonces ya puedo respirar.
María sonrió.
—Laura ha venido esta mañana.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Y?
Aine miró a María antes de responder.
—Ha hecho la regresión.
Eva permaneció callada.
—¿Y qué ha pasado?
María habló esta vez.
—He recordado cosas.
Eva tardó unos segundos.
—¿Cosas de Elena?
—Sí.
—¿Y qué has visto?
María miró a Aine.
—La vi a ella. Vi a Aine. Vi una casa, el mar, cosas que no sabía que conocía. Y entendí que aquella vida había sido mía.
Eva guardó silencio.
—Pero sigo siendo María —añadió ella.
La respuesta llegó enseguida.
—Eso nunca lo he dudado.
María cerró los ojos un momento.
—Hay algo más.
Aine le apretó la mano.
—Díselo —murmuró.
María respiró hondo.
—Durante la regresión dije una frase.
—¿Qué frase?
María miró a Aine.
—«Eres mi principio y mi fin».
Eva guardó silencio.
—¿Qué significa? —preguntó.
Aine tardó unos segundos en responder.
—Era algo que Elena me decía siempre después de hacer el amor.
Eva permaneció callada.
—¿Y María nunca la había oído? —preguntó finalmente.
—Nunca —respondió Aine.
Eva dejó escapar el aire lentamente.
—Entonces entiendo por qué esto os ha removido tanto.
María sonrió débilmente.
—¿Te parece que estamos locas?
—No.
La respuesta fue tan firme que ambas se miraron.
—Me parece que os ha pasado algo que no sé explicar —continuó Eva—, pero eso no significa que esté mal.
María sintió que los ojos se le humedecían.
—¿No necesitas entenderlo?
Eva soltó una pequeña risa.
—María, te conocí antes de que conocieras a Aine.
Estuve contigo cuando perdiste a tus padres, cuando no querías levantarte de la cama y cuando te empeñabas en decirme que estabas bien, aunque no lo estabas.
Si después de todo eso me llamas para decirme que has recordado otra vida, ¿crees que voy a empezar ahora a preguntarme quién eres?
María se quedó callada.
Eva continuó:
—Eres María. Eso lo tengo bastante claro.
Aine bajó la mirada.
—Gracias —dijo.
Eva suspiró.
—Y tú eres Aine.
—Sí.
—Así que las dos vais a tener que aprender a vivir con esto.
María sonrió.
—Parece que no nos queda otra.
—No. Pero tampoco parece una mala vida.
Las tres rieron.
Durante un momento, la conversación volvió a ser la de siempre. Eva preguntó si habían comido, si María seguía estudiando, si Aine había conseguido dormir algo aquella noche. María le contó que tenía los apuntes abandonados en la biblioteca y Aine reconoció que no había dormido casi nada.
Antes de colgar, Eva se quedó un momento en silencio.
—María.
—¿Sí?
—Hay algo que quiero que recuerdes.
—Dime.
—No importa quién fuiste antes. Lo que importa es quién eliges ser ahora.
María bajó la mirada.
—Gracias, Eva.
—Y dile a Aine que como vuelva a hacerte llorar, cruzo el océano.
Aine soltó una carcajada.
—Prometo portarme bien.
—Más te vale.
Se despidieron y la llamada terminó.
María dejó el teléfono sobre la mesa y permaneció unos segundos mirando la pantalla.
—La echaba de menos.
Aine pasó un brazo por sus hombros.
—Ella también a ti.
—Ha estado desde el principio.
—Lo sé.
María apoyó la cabeza en su hombro.
—Me gusta que sea parte de esto.
—A mí también.
La tarde fue cayendo lentamente sobre el pazo.
María terminó entrando en la biblioteca para recoger los apuntes que había abandonado aquella mañana. Los miró durante unos segundos, pero no consiguió concentrarse. En lugar de abrirlos, sacó el cuaderno de tapas blancas y lo dejó sobre la mesa.
Aine apareció unos minutos después.
—¿Vas a escribir?
—Creo que sí.
—¿Sobre lo de hoy?
María abrió el cuaderno.
—No exactamente.
Aine se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Entonces sobre qué?
María pensó unos segundos.
—Sobre lo que significa volver.
Aine la observó.
—¿Y qué significa?
María bajó la mirada hacia la primera página en blanco.
—Todavía no lo sé.
Aine sonrió.
—Entonces tendrás que descubrirlo escribiendo.
María levantó los ojos.
—Eso me suena a algo que diría Marina Valer.
Aine se echó a reír.
—No vuelvas a empezar.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
María sonrió y comenzó a escribir.
Aine se quedó un rato observándola desde la puerta antes de regresar al salón.
La tarde siguió su curso.
Más tarde, cuando María cerró el cuaderno, se dio cuenta de que había escrito varias páginas sin mencionar una sola vez a Elena.
Había escrito sobre el mar.
Sobre la pérdida.
Sobre llegar a un lugar desconocido.
Sobre una mujer que la había encontrado cuando ella ya no sabía cómo encontrarse a sí misma.
Y sobre el miedo de descubrir que algunas historias quizá comienzan mucho antes de que sepamos que estamos dentro de ellas.
Cerró el cuaderno y lo sostuvo contra el pecho.
Aine apareció en la puerta.
—¿Has terminado?
María asintió.
—Por hoy.
—¿Quieres salir?
—Sí.
Caminaron juntas hasta el jardín.
El cielo comenzaba a oscurecerse y el aire traía el olor húmedo del mar. Se sentaron en el banco de madera donde habían estado el día anterior, aunque ahora ninguna de las dos necesitaba preguntarse qué iba a suceder.
María apoyó la cabeza en el hombro de Aine.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que durante la regresión recordé haber amado a alguien que eras tú.
Aine la miró.
—Y ahora amas a otra persona.
María sonrió.
—Sí.
—¿A quién?
María levantó la cabeza.
—A ti.
Aine la besó.
El beso fue tranquilo, sin necesidad de demostrar nada.
Cuando se separaron, María volvió a mirar el mar.
—Quizá Elena tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre que iba a volver.
Aine entrelazó sus dedos con los de ella.
—Sí.
María permaneció unos segundos contemplando el horizonte.
—Pero creo que se equivocó en una cosa.
—¿En cuál?
—Ella pensaba que volvería a ti.
Aine la miró.
—¿Y no?
María sonrió.
—Volví a mí misma. Y entonces pude encontrarte.
Aine sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
No dijo nada.
No hacía falta.
El mar seguía delante de ellas, extendiéndose hasta donde la vista dejaba de alcanzarlo, y por primera vez ninguna de las dos necesitaba saber qué había más allá.
Habían llegado hasta allí.
Y eso era suficiente.