Donde empieza el horizonte Capítulo 48 La visita de Laura
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Capítulo 48 La visita de Laura

El sábado amaneció con una luz limpia que entraba por las ventanas del pazo y dejaba el jardín cubierto de una claridad suave, todavía fresca, como si la mañana hubiera decidido concederles unas horas de calma antes de que llegara lo que llevaban tres días esperando.

María abrió los ojos poco después de las ocho y permaneció unos instantes mirando el techo, tratando de recordar qué había soñado, porque tenía la sensación de haber estado en algún lugar que conocía desde hacía mucho tiempo, aunque no conseguía retener ninguna imagen concreta.

Cuando se volvió hacia Aine, la encontró despierta, tumbada de lado y observándola con una mezcla de ternura y preocupación que María había aprendido a reconocer.

—¿Llevas mucho despierta?

—Un rato.

María sonrió.

—¿Estás nerviosa?

Aine soltó una pequeña risa, aunque no consiguió disimularlo.

—Mucho.

María se acercó hasta quedar frente a ella y le pasó los dedos por el pelo.

—Yo también.

—¿Has vuelto a soñar?

María tardó un momento en responder.

—Sí, pero no recuerdo nada.

Aine bajó la mirada.

—Quizá sea mejor así.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué vamos a encontrar hoy.

María se quedó mirándola unos segundos y después apoyó la frente contra la suya.

—No tenemos que encontrar nada.

—¿No?

—No. Vamos a ver qué hay.

Aine cerró los ojos.

Aquella diferencia, tan pequeña, consiguió tranquilizarla.

No estaban allí para obligar al pasado a entregarles una respuesta ni para demostrar que aquello que estaban viviendo tenía una explicación determinada.

Iban a abrir una puerta y mirar dentro, eso era todo.

Lo que hubiera al otro lado tendría que ser suficiente por sí mismo.

Bajaron a desayunar juntas y trataron de mantener la rutina.

María preparó café mientras Aine tostaba pan y cortaba fruta.

Hablaron de cosas pequeñas, del tiempo, de una llamada que Aine tenía pendiente con Graciela, de los apuntes que María había dejado abiertos sobre la mesa de la biblioteca y que probablemente seguirían allí por la tarde.

Ninguna de las dos mencionó la regresión hasta que el reloj se acercó a las diez.

Entonces se escuchó un coche detenerse delante del pazo.

Aine levantó la mirada hacia la ventana.

—Ha llegado.

María dejó la taza sobre la mesa y respiró hondo.

—Vamos.

Laura bajó del coche con un bolso de cuero en una mano y una carpeta en la otra.

Era una mujer de unos cincuenta años, de aspecto sencillo, con el pelo oscuro cortado por encima de los hombros y una expresión serena que no parecía esconder nada.

Cerró el coche, miró un instante hacia el pazo y caminó hasta la puerta.

Aine salió a recibirla.

—¿Laura?

—Sí. Tú debes ser Aine.

—Gracias por venir.

—Gracias a vosotras por recibirme.

Se estrecharon la mano y Laura entró. No miró la casa con curiosidad indiscreta, aunque sus ojos recorrieron brevemente el recibidor antes de detenerse en María, que había aparecido al fondo del pasillo.

—Y tú debes de ser María.

—Sí.

Laura sonrió.

—Encantada.

—Igualmente.

Durante unos minutos hablaron en el salón.

Laura quiso conocer directamente de María qué estaba ocurriendo, sin quedarse únicamente con la explicación que había recibido de Graciela.

María le contó los sueños, las sensaciones que había empezado a tener después de lo ocurrido, la impresión cada vez más frecuente de reconocer lugares en los que nunca había estado y la certeza extraña de que, cuando soñaba con Elena, no tenía la sensación de estar contemplando la vida de otra persona.

—Es difícil explicarlo —dijo—. No la veo como si estuviera viendo una película. Estoy dentro. Siento lo que ella siente, recuerdo cosas que no sé de dónde salen y, cuando despierto, tengo la impresión de haber estado allí.

Laura la escuchó con atención.

—¿Y qué sientes cuando recuerdas a Elena?

María miró a Aine antes de contestar.

—Amor.

La palabra quedó unos segundos entre las tres.

—¿Y cuándo piensas que podrías haber sido ella?

—No siento que podría haber sido ella. Siento que fui ella.

Laura no mostró sorpresa.

—Eso es lo que vamos a explorar. Pero quiero dejar una cosa clara antes de empezar.

Lo que ocurra durante una regresión no constituye una prueba científica de la reencarnación.

Puede vivirse como una experiencia profundamente real y tener un significado importante para ti, pero no quiero condicionarte para que encuentres una respuesta concreta.

—Lo entiendo.

—Tampoco quiero que intentes recordar a Elena. Si aparece, aparecerá. Si no aparece, no significa que la sesión haya salido mal.

María asintió.

—¿Y Aine puede quedarse?

Laura miró a Aine.

—Puede quedarse si tú quieres.

—Quiero.

Aine no dijo nada, pero María sintió cómo sus dedos buscaban los suyos.

Laura dejó la carpeta sobre la mesa.

—Entonces empezaremos cuando estés preparada.

Subieron a una de las habitaciones del piso superior, donde la luz podía regularse y el ruido del resto de la casa quedaba lejos.

Laura colocó una silla junto al sofá y dejó la puerta entreabierta.

No había velas, música ni ningún elemento extraño que transformara aquella habitación en algo teatral.

Solo silencio, una manta y la luz tenue de la mañana.

María se tumbó y Aine se sentó cerca de ella.

Laura le pidió que cerrara los ojos y que respirara con normalidad.

—No busques recuerdos —le explicó—. No intentes decidir qué deberías ver. Si aparece una imagen, déjala estar. Si aparece una sensación, préstale atención. Y si no aparece nada, también está bien.

María asintió.

Durante los primeros minutos solo escuchó la voz de Laura y el sonido lejano del viento entre los árboles. Poco a poco, la respiración se le hizo más lenta. Sus manos dejaron de tensarse y su rostro adquirió una serenidad que Aine había visto pocas veces.

—Quiero que pienses en un lugar en el que te sientas segura —dijo Laura—. No necesitas buscarlo. Deja que aparezca.

María permaneció callada.

El silencio se prolongó unos segundos.

—Hay agua —dijo finalmente.

Laura esperó unos segundos.

—¿Dónde estás?

—En el mar.

Aine abrió los ojos, pero Laura levantó ligeramente una mano para indicarle que no interviniera.

—¿Qué ves?

—Una playa.

María respiró más profundamente.

—Hay rocas. El agua está tranquila. No hace frío.

—Mira alrededor.

María movió ligeramente la cabeza sobre el cojín.

—Hay una casa.

—¿La reconoces?

—Sí.

La respuesta salió con una naturalidad que hizo que Aine sintiera un escalofrío.

—¿Has estado allí antes?

María frunció el ceño.

—Muchas veces.

Laura dejó pasar un momento.

—¿Estás sola?

María sonrió.

—No.

—¿Quién está contigo?

Esta vez tardó más en responder. Su expresión cambió lentamente, como si la imagen que estaba viendo se hubiera acercado.

—Una mujer.

—¿La conoces?

María asintió.

—Sí.

—¿Quién es?

María volvió a sonreír y, por primera vez desde que había cerrado los ojos, su rostro mostró una expresión completamente distinta. Había algo en ella que Aine no sabía nombrar, una familiaridad tan profunda que le produjo un dolor físico.

—Aine.

La mujer que estaba sentada junto al sofá dejó escapar el aire lentamente.

Laura continuó.

—¿Cómo sabes que es Aine?

María permaneció unos segundos en silencio.

—Porque la conozco.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace mucho tiempo.

—¿La quieres?

María sonrió.

—Más que a nada.

Aine bajó la mirada para contener las lágrimas.

Laura siguió guiándola.

—Mírala.

María respiró profundamente.

—Está leyendo.

—¿Qué está leyendo?

—Un libro.

—¿Sabes cuál?

—No.

María hizo una pausa.

—Pero siempre hace lo mismo. Se sienta junto a la ventana cuando lee.

Aine levantó lentamente la mirada.

Laura continuó preguntando por aquello que María veía, sin introducir nombres ni detalles que pudieran dirigirla.

María describió una habitación luminosa, una mesa junto a la ventana, una taza que alguien había dejado cerca de un libro y el sonido del mar detrás de los cristales.

Cada detalle aparecía acompañado de una emoción, de una familiaridad que parecía pertenecer a un tiempo que María no podía situar.

En un momento dado, María sonrió de nuevo.

—Está enfadada conmigo.

—¿Por qué?

—Porque he llegado tarde.

—¿Adónde?

—A casa.

Laura dejó pasar unos segundos.

—¿Qué casa?

María abrió ligeramente los dedos sobre la manta.

—La nuestra. El pazo.

Aine sintió que las lágrimas comenzaban a caerle por las mejillas.

Laura mantuvo la voz tranquila.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntas?

María negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Sois pareja?

María sonrió.

—Sí.

La respuesta fue tan sencilla que Aine tuvo que apartar la mirada.

Laura siguió avanzando con cuidado.

—Quiero que observes un momento que sea importante para vosotras.

María permaneció en silencio.

Su respiración cambió.

—Estamos en el dormitorio.

Laura no hizo ninguna pregunta durante unos segundos.

María tenía una expresión tranquila.

—Estamos juntas.

—¿Cómo te sientes?

—En casa.

Laura dejó que el silencio continuara.

—¿Qué ocurre después?

María sonrió.

—Nos quedamos abrazadas.

Aine cerró los ojos.

María permaneció unos segundos respirando con calma y después dijo algo con una voz tan íntima que Laura tardó un instante en reaccionar.

—Siempre le digo lo mismo.

—¿Qué le dices?

María sonrió.

—Que es mi principio y mi fin.

Aine abrió los ojos.

Laura la miró.

Durante un segundo ninguna de las dos dijo nada.

María continuaba con los ojos cerrados, completamente ajena a la reacción de Aine.

Laura volvió a centrarse en ella.

—¿Por qué se lo dices?

—Porque es verdad.

—¿Y ella qué responde?

María sonrió.

—Que me quiere.

Aine se cubrió la boca con una mano.

Laura dejó pasar unos segundos antes de continuar.

—¿Quién eres tú en este recuerdo?

María permaneció inmóvil.

La pregunta pareció llevarla a un lugar más profundo.

—Elena.

Aine cerró los ojos.

Laura mantuvo la voz serena.

—¿Ese es tu nombre?

—Sí.

—¿Y quién es ella?

María tardó unos segundos.

—Aine.

—¿La misma Aine que está aquí?

María respiró profundamente.

—Sí.

Laura esperó.

—¿Cómo lo sabes?

María abrió ligeramente los ojos, aunque parecía seguir viendo aquel otro lugar.

—Porque es ella.

La respuesta dejó a Aine sin palabras.

Laura decidió no avanzar todavía.

—Quiero que vayas a un momento posterior, cuando sabes que vas a tener que separarte de ella.

La expresión de María cambió.

La sonrisa desapareció.

Su respiración se volvió más irregular.

—No quiero.

—No tienes que hacerlo si no quieres.

María negó lentamente con la cabeza.

—Tengo que hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque me voy a morir.

Aine dejó escapar un sollozo.

Laura la miró un instante y volvió a María.

—¿Tienes miedo?

—Sí.

—¿Qué te preocupa?

María permaneció en silencio durante varios segundos.

—Dejarla sola.

Laura dejó que respirara.

—¿Qué quieres decirle?

María apretó ligeramente los dedos.

—Que no termina aquí.

—¿Qué no termina?

—Nosotras.

Aine ya no intentaba contener las lágrimas.

Laura continuó.

—¿Qué quieres que recuerde?

María respiró profundamente.

—Que voy a volver.

—¿Cómo vas a volver?

María abrió los ojos.

—El mar me llevará hasta ella.

Aine se quedó inmóvil.

La frase que había escuchado en sueños de labios de María volvía ahora dentro de aquella habitación, pero esta vez no era un susurro nocturno que pudiera atribuirse al subconsciente.

Laura preguntó con suavidad:

—¿Y qué le dices antes de irte?

María sonrió con una tristeza serena.

—Que me espere, que la amo más que a nada.

—¿Y ella te esperará?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

María tardó unos segundos en responder.

—Porque sabe que volveré.

Laura dejó que aquella frase permaneciera en el silencio.

Después comenzó a sacar a María de la regresión lentamente, sin precipitarla. Le pidió que volviera a escuchar el sonido de la habitación, que sintiera el peso de su cuerpo sobre el sofá y que reconociera el lugar en el que estaba.

Cuando María abrió finalmente los ojos, tardó unos segundos en reconocer a Aine.

La miró y frunció el ceño.

—¿Por qué lloras?

Aine se acercó y le cogió la mano.

—Has dicho una cosa.

—¿Qué?

Aine intentó hablar, pero tuvo que respirar antes de conseguirlo.

—La frase.

María la miró sin comprender.

—¿Qué frase?

—«Eres mi principio y mi fin».

María se quedó quieta.

—¿He dicho eso?

—Sí.

María miró a Laura.

—¿Yo he dicho eso?

—Sí.

—¿Yo conocía esa frase?

Laura negó con suavidad.

—Eso no puedo saberlo.

María volvió a mirar a Aine.

—¿Qué significa?

Aine se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—Era la frase de Elena.

María sintió un escalofrío.

—¿Qué frase?

Aine la miró directamente.

—Después de hacer el amor, Elena siempre me la susurraba al oído.

María bajó la mirada hacia sus manos.

Durante unos segundos no dijo nada.

—Nunca me lo habías contado, sabes que no tenía ni idea.

—Ya.

—Nadie podía saberlo.

—No.

María levantó lentamente la mirada.

—Entonces no sé qué hacer con esto.

Aine se acercó más.

—No tienes que hacer nada.

María apoyó la frente contra la suya.

—Pero lo recuerdo.

Aine cerró los ojos.

—¿Qué recuerdas?

María respiró profundamente.

—Que te quería.

Aine le acarició la mejilla.

—¿A mí?

María sonrió entre lágrimas.

—A ti.

Se quedaron así unos segundos, sin intentar encontrar una explicación que pudiera abarcar lo que acababa de ocurrir.

Laura permanecía en silencio, respetando aquel momento.

María volvió a mirarla.

—¿Eso significa que era Elena?

Laura respondió con honestidad.

—Significa que has vivido una experiencia que para ti ha sido profundamente real y que contiene recuerdos, emociones y detalles que desconocías conscientemente. Qué significa exactamente, tendrás que decidirlo tú.

María asintió.

No parecía decepcionada por aquella respuesta.

Miró a Aine.

—Yo no quiero ser Elena.

Aine le sostuvo la cara entre las manos.

—No lo eres.

—Pero la recuerdo.

—Entonces la recuerdas.

María cerró los ojos.

—Y ahora entiendo por qué el mar me trajo hasta ti.

Aine la abrazó.

Esta vez no hubo miedo en aquel abrazo, porque por primera vez en dieciocho años Aine podía sostener el recuerdo de Elena sin sentir que estaba perdiendo a alguien.

Tenía a María entre sus brazos.

María seguía siendo María.

Y, sin embargo, en algún lugar profundo de aquella mujer que había llegado al pazo después de perderlo todo, había una historia que parecía haber comenzado mucho antes de que ninguna de las dos supiera que volverían a encontrarse.

Fuera, el mar seguía sonando contra la costa. María apoyó la cabeza sobre el pecho de Aine y cerró los ojos, escuchando aquel rumor que ya no le parecía lejano.

Por primera vez, no tuvo la sensación de estar llegando a ninguna parte.

Solo de haber vuelto a casa.