Capítulo 47 La llamada
Pasaron tres días.
No fueron días de silencio, pero tampoco de palabras fáciles. Fueron días de presencia, de esos en los que una persona se queda en el mismo sitio que tú, no porque tenga que hacerlo, sino porque ha decidido que ahí es donde quiere estar.
María lo notaba en las pequeñas cosas: en la forma en que Aine dejaba su taza de café un poco más cerca de la suya, en la manera en que sus dedos rozaban los suyos al pasarle el pan, en el silencio que compartían en el salón por las tardes, cuando el mar sonaba fuera y ninguna de las dos necesitaba decir nada.
El primer día, María se despertó y encontró a Aine en la cocina, de espaldas, preparando café.
Se detuvo un segundo en el umbral. La imagen de Aine de espaldas, con el pelo recogido y la luz de la mañana entrando por la ventana, le resultó extrañamente familiar.
Como si ya hubiera estado allí antes. Como si hubiera visto esa misma escena en otro tiempo, en otra vida.
Parpadeó. La sensación desapareció. Pero algo se quedó flotando en su pecho.
No la saludó. Solo se acercó y apoyó la frente en su espalda.
Aine se quedó quieta un momento. Luego, sin girarse, puso una mano sobre la de María, que descansaba en su cadera.
—¿Has dormido bien? —preguntó Aine.
María negó con la cabeza contra su ropa.
—Más o menos. He vuelto a soñar con Elena.
Aine se giró entonces. La miró. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba.
—¿Qué ves en los sueños? —preguntó, con la voz baja.
María se encogió de hombros.
—La casa. El mar. La playa. Y ella, mirándome desde la orilla. No es como si la estuviera viendo desde fuera. Es como si yo fuera ella. Como si estuviera recordando cómo era estar en su piel.
Hizo una pausa.
—A veces, en el sueño, soy yo quien está en la orilla. Y sé que tú estás ahí, esperándome. No sé cómo explicarlo. Pero lo siento. Es como si ya lo hubiera vivido.
Aine la miró un momento.
—¿Y eso te da miedo?
María negó con la cabeza.
—No. No me da miedo. Porque soy yo. Supongo que mi alma me está contando cosas de mi otra vida a tu lado. Y eso... no da miedo. Es una sensación de paz.
Aine la miró un momento más. Luego levantó una mano y le rozó la mejilla.
—Ojalá yo pudiera sentir esa paz —dijo, con la voz baja—. Llevo tanto tiempo con miedo que ya no sé si sé estar sin él.
María no respondió con palabras. Solo alzó la mano y le tocó la mejilla.
—Pues juntas superaremos esto, ya lo verás —dijo.
Aine cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, sonrió. Una sonrisa pequeña, temblorosa. Y entonces, sin más, la besó en la frente.
El segundo día, María estaba en la biblioteca, con los apuntes abiertos pero la mirada perdida en el mar. Aine entró sin hacer ruido, se sentó en el suelo junto a ella, apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.
—No puedo concentrarme —murmuró Aine.
—Yo tampoco.
—¿Qué vamos a hacer?
María pasó un brazo por los hombros de Aine y la atrajo un poco más cerca.
—Esperar. No podemos hacer otra cosa hasta que Graciela nos diga algo.
Aine no respondió. Pero su mano encontró la de María y la apretó.
El tercer día, el teléfono de Aine vibró sobre la mesa de la cocina.
Estaban desayunando. María tenía la taza entre las manos, el vapor subiendo en espirales finas, y Aine estaba a su lado, con la mirada perdida en la ventana. El sonido del teléfono las sobresaltó a las dos.
Aine lo miró. Vio el nombre en la pantalla. Graciela.
—Es ella —dijo.
María dejó la taza.
—¡Cógelo ya, estoy ansiosa de saber si aceptó vernos!
Aine asintió. Pero no se movió. Se quedó un momento mirando el teléfono.
María alargó la mano y la puso sobre la de Aine.
—Estoy aquí —dijo.
Aine la miró. Cogió el teléfono y deslizó el dedo por la pantalla.
—Graciela.
—¡Aine! —la voz de Graciela llegó vibrante—. ¿Estás sola?
Aine miró a María.
—No. Estamos las dos.
—Mejor. Porque esto va para las dos.
Aine no dijo nada. Pero su mano, la que sostenía el teléfono, tembló ligeramente.
—He hablado con Laura —continuó Graciela—. La terapeuta. Le he contado lo que me dijiste, lo del sueño, lo del lunar, lo de la fecha. Y ha dicho que quiere veros. Que está dispuesta a venir al pazo, si vosotras queréis.
Aine sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Cuándo? —preguntó, y su voz salió más baja de lo que esperaba.
—El próximo sábado, si os viene bien. Ha dicho que puede desplazarse. Que no le importa.
Aine miró a María. María la miró. Y en esa mirada, sin necesidad de palabras, las dos dijeron lo mismo: sí.
—Vale —dijo Aine—. El sábado, entonces.
—¿Estás segura, Aine? —preguntó Graciela, y su voz, por primera vez, no era la de siempre. Era más suave, más seria—. No tenéis que hacer esto si no queréis.
—Lo sé —respondió Aine, y su voz se quebró apenas un segundo—. Pero necesitamos saber qué está pasando, Graciela.
Graciela se quedó callada un momento.
—Entonces adelante. Os paso el contacto de Laura por WhatsApp. Y Aine...
—¿Qué?
—Todo va a estar bien, ya lo veréis. Laura es buena, de verdad.
Aine sonrió.
—Gracias, Graciela.
—No me las des. Y llamadme después, ¿eh? Que quiero saber qué pasa.
—Te llamamos. Te lo prometo.
Colgaron. Aine dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó un momento en silencio.
—El sábado —dijo al fin, con la voz rota—. Viene el sábado.
María se levantó. Rodeó la mesa, se arrodilló frente a Aine y le cogió las manos.
—¿Cómo te sientes?
Aine tardó un momento en responder.
—Como si hubiera estado esperando toda la vida a que llegara este momento. Y ahora que está aquí, no sé si estoy preparada.
María le apretó las manos.
—Yo también estoy asustada. Pero confío en Graciela. Y si ella dice que Laura es buena, solo queda esperar.
Aine la miró. Y entonces sus ojos se llenaron de lágrimas. No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de alivio.
María la abrazó. La sostuvo mientras Aine lloraba contra su hombro.
—No voy a irme —susurró María—. Pase lo que pase, no voy a irme.
Aine no respondió. Solo apretó el abrazo.
El resto del día pasó con una lentitud que no era pesada, sino consciente. Como si el pazo supiera que algo importante estaba a punto de ocurrir.
María intentó estudiar, pero no podía concentrarse. Así que cerró los apuntes y salió al jardín. Aine estaba sentada en el banco de madera, con el cuaderno de tapas verdes en el regazo. No escribía. Solo estaba con la mirada perdida en la nada.
María se sentó a su lado. Apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.
El viento movía las hojas de los eucaliptos. El mar sonaba lejos, constante. Y de repente, sin saber por qué, sintió que ya había estado allí. En ese mismo banco. Sintió una paz tan profunda que le dolió en el pecho.
—¿Te acuerdas de aquella noche en que me sacaste del mar? —preguntó.
Aine sonrió.
—No voy a olvidarla nunca.
—Yo tampoco.
Se quedaron un momento en silencio.
—A veces pienso —continuó María, con la voz más baja— que el mar me trajo hasta ti. No sé cómo, no sé por qué. Pero sé que fue él.
Aine la miró.
—Yo también lo pienso.
María levantó la cabeza y la miró a los ojos.
—No es solo que lo piense, Aine. Es que lo sé. No sé cómo explicarlo. Pero cuando digo que el mar me trajo hasta ti, no es una metáfora. Es la verdad. Y sé que Elena quería demostrarte que cumpliría su promesa. Que el mar la traería de vuelta. Y lo hizo.
Aine no respondió. No podía. Pero su mano encontró la de María y la apretó.
María se inclinó y la besó. Un beso suave, tranquilo, que no pedía nada más que estar ahí.
Cuando se separaron, Aine tenía los ojos húmedos, pero no lloraba. Sonreía.
—¿Y eso te asusta? —preguntó María.
Aine negó con la cabeza.
—No.
Esa noche, Aine no podía dormir.
María llevaba un rato respirando a su lado, con el cuerpo relajado, el pelo revuelto sobre la almohada. Aine la miró en la penumbra. La luz de la luna entraba por la ventana y dibujaba una línea plateada sobre su hombro desnudo.
Llevaba muchos años durmiendo sola.
No se había dado cuenta de cuánto pesaba esa soledad hasta que dejó de sentirla. Hasta que aquella mujer ocupó el otro lado de la cama con una naturalidad que no debería ser posible, como si siempre hubiera estado ahí. Como si el hueco hubiera estado esperándola.
Aine alargó la mano y rozó su mejilla con la yema de los dedos. María no se despertó. Solo se movió un poco, buscando su calor, y Aine la abrazó sin pensar. Sintió el peso de su cabeza contra su pecho, el ritmo de su respiración, la calma que transmitía su presencia.
Y en ese silencio, en esa oscuridad, supo que no tenía miedo. No de la noche, no del sábado, no de lo que pudieran descubrir. Porque pase lo que pase, aquella mujer estaba allí.
Aine pasó los dedos por el pelo de María, despacio.
—Mañana —susurró—. Mañana empezaremos a entender todo.
El mar sonaba fuera. La luna seguía entrando. Y Aine se quedó despierta, sintiendo que el tiempo, por fin, empezaba a moverse de nuevo. No sabía qué iba a traer el día siguiente, pero por primera vez en mucho tiempo no necesitaba saberlo.