Donde empieza el horizonte Capítulo 46 La mañana después
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Capítulo 46 La mañana después

María se despertó con la luz gris de la mañana entrando por la ventana.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Luego sintió el peso de Aine a su lado, la respiración tranquila, el calor de su cuerpo contra el suyo.

Y recordó la noche anterior. El sueño. La mujer morena.

La frase que había dicho sin saber por qué.

Se giró lentamente. Aine estaba despierta, mirándola.

No con la ternura de siempre, sino con algo más profundo.

Algo que María no sabía leer. Sus ojos estaban secos, pero había en ellos una luz que no había visto antes.

Como si hubiera estado llorando en silencio. O como si hubiera visto un fantasma.

—Buenos días —dijo María, con la voz aún ronca por el sueño.

Aine no respondió. Solo la miró, como si estuviera buscando algo en su cara. María se incorporó, apoyándose en un codo. El movimiento hizo que la sábana se deslizara, y el aire frío de la mañana le rozó la piel. Pero no sintió frío. Sintió la mirada de Aine, que no se apartaba.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Has dormido mal?

Aine negó con la cabeza. Se quedó un momento en silencio, con las manos sobre la sábana, los dedos moviéndose ligeramente, como si estuviera escribiendo en el aire. María había visto ese gesto antes, cuando Aine estaba nerviosa. Pero nunca la había visto así, tan contenida, tan frágil.

—María —dijo al fin, y su voz era más baja de lo normal, más áspera—. Anoche... hablaste en sueños.

María parpadeó. No recordaba nada. Solo el sueño borroso, la mujer morena, la sensación de haber estado en otro lugar. Había sido un sueño extraño, de esos que se desvanecen al despertar. Pero algo en la forma en que Aine lo decía le hizo pensar que no era un sueño cualquiera.

—¿Dije algo malo?

Aine tragó saliva. María vio cómo su garganta se movía, cómo sus dedos se aferraban a la sábana. Llevaba toda la noche despierta, repitiendo mentalmente lo que María había dicho en sueños. Sin saber si debía contárselo.

—Dijiste una frase. Una frase que no podías saber.

El silencio que siguió no era incómodo. Era un silencio lleno de algo que ninguna de las dos sabía nombrar. Como si la habitación contuviera la respiración. María la miró, esperando.

Aine respiró hondo y, con una voz que apenas era un hilo, repitió las palabras que llevaban dieciocho años grabadas en su memoria:

—"El mar me traerá a ti de nuevo. Regresaré."

María se quedó quieta. Las palabras le sonaron extrañas, como si las hubiera oído en otro lugar, en otro tiempo. Pero no recordaba haberlas dicho. No recordaba haberlas pensado siquiera. Y, sin embargo, al escucharlas, sintió que algo se movía dentro de ella. Algo que no era suyo.

—¿Yo dije eso? —preguntó, con la voz apenas un susurro.

Aine asintió. Y entonces, con una lentitud que parecía pesar años, comenzó a hablar.

—Fue la última noche en el hospital. Elena llevaba días sin fuerzas, pero aquella noche pidió que apagaran las máquinas. Quería oír el mar. Abrí la ventana y el sonido entró, frío y salado, como si el mar también estuviera despidiéndose.

Aine hizo una pausa. Sus dedos se aferraron a la sábana.

—Estaba a su lado, cogiendo su mano. Llevaba horas así, sin soltarla, como si pudiera impedir que se fuera. Y entonces ella me miró. Tenía los ojos ya perdidos, pero me miró. Y me dijo: "El mar me traerá a ti de nuevo. Regresaré." Nunca se lo conté a nadie, María. Solo lo sabíamos Elena y yo.

María sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No era miedo. Era otra cosa. Algo más parecido a la certeza. Porque, aunque no recordaba haberlo dicho, sabía que era verdad. Y esa certeza la atravesaba con una claridad que no podía explicar.

—No sé cómo lo sé —dijo, con la voz temblorosa—. Pero sé que es verdad.

Aine la miró. Y en sus ojos, María vio algo que no había visto antes. No era sorpresa. Era una especie de paz, como si hubiera estado esperando aquel momento durante dieciocho años y ahora, por fin, hubiera llegado.

—Lo sé —dijo Aine—. También lo sé.

María se acercó a ella y apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el latido de su corazón, la certeza de que no estaba sola.

—¿Qué vamos a hacer con esto? —preguntó.

Aine no respondió de inmediato. Se quedó en silencio, sintiendo el peso de María contra ella. Llevaba dieciocho años cargando con aquella promesa. Y ahora, la respuesta estaba allí, viva y cálida, respirando contra su piel.

—No lo sé —dijo al fin—. Pero vamos a averiguarlo juntas.

Y entonces, sin apartar la mano de María, cogió el teléfono de la mesilla. No dudó. Ya no quería esperar.

—Voy a llamar a Graciela.

María arqueó una ceja.

—¿Ahora?

—Ahora. No quiero esperar un minuto más.

María sonrió. Una sonrisa pequeña, tranquila, que no necesitaba explicación.

—Vale. Llámala.

Aine marcó el número de Graciela. El tono sonó tres veces antes de que su amiga contestara, y en su voz, incluso desde el otro lado de la línea, se notaba la misma energía inconfundible de siempre.

—Aine, ¿otra vez? Llamas dos veces en menos de una semana. ¿Qué pasa? ¿Te has quedado sin vino o es que María te tiene tan loca que ya no sabes ni qué hora es?

Aine cerró los ojos un momento, buscando paciencia. Cuando los abrió, su voz salió más baja, más seria.

—Graciela, necesito contarte algo, ha pasado algo.

—Estoy aquí. Cuéntame.

—Anoche, María habló en sueños. Dijo: "El mar me traerá a ti de nuevo. Regresaré."

Graciela se quedó callada un momento.

—¿Y eso qué significa?

Aine tragó saliva.

—Esa frase... Elena me la dijo la última noche que pasamos juntas en el hospital. Antes de morir. Me dijo: "El mar me traerá a ti de nuevo. Regresaré."

Graciela no dijo nada. El silencio al otro lado era denso.

—Y hay más —continuó Aine, con la voz rota—. María tiene un lunar justo debajo del pecho izquierdo. En forma de media luna. Y nació el 11 de marzo. El mismo día que Elena murió.

Graciela siguió en silencio. Cuando habló, su voz ya no era la de siempre. Era más suave, más seria.

—Aine... Elena tenía ese lunar. En el mismo sitio. Tú me lo contaste una vez, hace muchísimos años, cuando me hablabas de ella.

Graciela hizo una pausa. Aine podía oírla respirar al otro lado.

—Y la fecha... no es una coincidencia.

Aine sintió que el mundo se inclinaba.

—¿Qué significa esto, Graciela?

—Significa que ella ha vuelto. Como prometió.

Aine cerró los ojos. Las palabras de Graciela resonaban dentro de ella.

—Graciela, ¿qué hago con esto?

—Aine, conozco a alguien. Una terapeuta, trabaja con regresiones. ¿Quieres que le pregunte? Puede ayudaros a entender lo que está pasando.

Aine abrió los ojos. Miró a María, que seguía a su lado, esperando. Y supo que la respuesta era sí.

—Vale —dijo Aine—. Pregúntale.

—Gracias, Graciela.

—No me las des. Y Aine...

—¿Qué?

—No temas a lo desconocido, solo abre tu mente.

Colgaron. Aine dejó el teléfono sobre la mesilla y se quedó un momento en silencio. María la observaba, sin decir nada. Esperando.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó finalmente.

Aine la miró. Y entonces, con una lentitud que parecía pesar años, tomó su mano y la apretó suavemente, como si estuviera aprendiendo a confiar en el peso de otra mano junto a la suya.

—Dice que conoce a alguien. Una terapeuta que trabaja con regresiones. Le va a preguntar si puede ayudarnos a entender lo que está pasando.

María sintió que el tiempo se detenía. No era miedo. Era algo mucho más parecido a la certeza de que, por fin, todas las piezas empezaban a encajar.

—No sé qué significa todo esto —susurró.

Aine le apretó la mano con más firmeza.

—Yo tampoco lo sé. Pero vamos a descubrirlo juntas.

Se quedaron así, en silencio, con las manos entrelazadas y el mar sonando al otro lado de la ventana. La luz gris de la mañana se colaba por el cristal, lenta, sin prisa, como si el tiempo en Carragueiros siempre hubiera tenido otro ritmo.

Pero dentro de aquella habitación, el tiempo se había detenido. Por primera vez en dieciocho años, Aine no estaba en el umbral de nada. Ya había llegado.