Capítulo 45 El mar me traerá a ti de nuevo
Aine estaba despierta, con la espalda apoyada en la cabecera de la cama, y no podía apartar los ojos de María.
No quería perderse ni un segundo de aquella paz.
Miraba los hombros desnudos, el leve enrojecimiento en la piel del cuello donde sus labios se habían detenido más de la cuenta, la pequeña marca en la cadera donde sus dedos se habían aferrado con más fuerza de la necesaria.
El pelo revuelto, pegado a la sien por el sudor ya seco.
Y esa expresión en la cara, entre el cansancio y la paz, que solo tienen las personas que acaban de soltar un peso que llevaban demasiado tiempo cargando.
La mano de María descansaba sobre su pecho. Los dedos, relajados, abiertos, no apretaban. No sujetaban. Solo estaban. Y, sin embargo, Aine sentía cada uno de ellos, el calor de la piel, el peso ligero de aquella mano sobre su pecho.
Pasó los dedos por el brazo de María, despacio, sintiendo la tibieza de su piel, el latido de su pulso bajo la yema.
No podía dejar de mirarla. No podía dejar de recorrer con los ojos cada centímetro que la luna iluminaba: los hombros, la clavícula que asomaba bajo el pelo, el nacimiento de los pechos donde la respiración subía y bajaba con una calma que parecía imposible después de todo lo que habían vivido.
María se había entregado sin reservas. Sin miedo.
Sin pedir nada a cambio. Le había dicho "quiero que seas tú" con la voz temblorosa pero firme, y Aine había sentido que el mundo se detenía.
Porque nadie le había dicho eso. Nadie le había dicho "eres la primera", "eres la única", "te elijo a ti".
Y mucho menos con esa certeza tranquila que María tenía en los ojos cuando la miraba.
Aine tragó saliva. Sintió un nudo en la garganta que no era tristeza. Era gratitud. Era el peso de saber que alguien te ha confiado lo que tiene, lo que es, lo que llevaba guardado sin saber para quién. Y que lo había hecho solo por querer. Solo por estar.
Se inclinó y le apartó un mechón de pelo de la frente.
Lo hizo con una suavidad que era casi una oración, como si estuviera tocando algo que no le pertenecía del todo.
Los dedos rozaron la sien, la mejilla, el borde de la oreja.
María suspiró en sueños y se acurrucó un poco más contra su cuerpo.
Como si incluso dormida buscara su calor.
Aine cerró los ojos un momento. Sintió el cuerpo de María contra su costado.
Sintió su respiración caliente contra la piel.
Hacía tanto tiempo que no sentía eso. Tantas noches durmiendo en el centro de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho, protegiendo un hueco que nadie iba a llenar.
Y ahora, aquella mujer estaba ahí. Viva. Cálida. Y el hueco ya no existía.
Se quedó así un rato. Sin moverse. Sin querer romper nada. Escuchando la respiración de María, el sonido del mar, el crujido leve de la madera. No sabía cuánto tiempo llevaba mirándola. No le importaba.
Pero entonces notó que el cuerpo de María se tensaba.
Un temblor leve que empezó en los hombros y fue bajando por la espalda, por los brazos, hasta los dedos que descansaban sobre su pecho.
La respiración se volvió más rápida, más superficial.
Los dedos se aferraron a la sábana con una fuerza que no tenían cuando estaba despierta.
—María —susurró Aine—. Estás soñando. Estás a salvo.
Pero María no despertó. El ceño se le frunció. Los labios se apretaron. Y luego se movieron, apenas, como si estuviera intentando decir algo que no terminaba de salir. Aine se inclinó. Acercó el oído a su boca.
—No tengas miedo —murmuró María, con la voz perdida, apenas un hilo de aire—. No tengas miedo.
Aine sintió que el corazón se le aceleraba. No sabía por qué. No era una frase extraña. Pero había algo en la forma en que María la decía, en esa voz que no era del todo suya, que le hizo sentir un frío en la nuca. Como si alguien más estuviera hablando a través de ella.
María siguió murmurando. La voz era rota, lejana, como si viniera de un lugar que no estaba en aquella habitación.
—El mar me traerá a ti de nuevo. Regresaré.
Aine se quedó inmóvil. Sin respirar. Sin pestañear. Como si cualquier movimiento pudiera romper el hechizo. Las palabras resonaron en su cabeza como un eco que venía de muy lejos. De una noche que llevaba dieciocho años intentando cerrar.
Elena.
La última noche en el hospital.
La luz blanca, fría, cortante, entrando por la ventana.
El sonido de las máquinas, cada vez más lento, más espaciado.
La mano de Elena entre las suyas, ya sin fuerzas, con los dedos fríos y la piel tan transparente que se le veían las venas.
Elena había pedido que apagaran las máquinas.
Que la dejaran escuchar el mar. Aine había abierto la ventana, y el sonido del océano había entrado en la habitación como una despedida.
Y entonces, Elena, con la voz hecha de aire y los ojos ya medio cerrados, le había apretado la mano con una fuerza que no debería haber tenido. Y le había susurrado:
—El mar me traerá a ti de nuevo. Regresaré. No sé cuándo, pero regresaré. Y cuando lo haga, no me dejes ir.
Aine siempre las había tomado como un consuelo, el último regalo de una mujer que se iba, no como una promesa que pudiera cumplirse. Las había guardado en el fondo del pecho como quien guarda una carta que no va a abrir, porque sabe que, si la abre, el dolor será demasiado grande.
Pero ahora, María las había dicho en sueños. Con la misma voz rota. Con la misma certeza. Con la misma cadencia. Y Aine sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
No era una coincidencia. María no sabía nada de aquella noche. No sabía nada de aquellas palabras. Y, sin embargo, las había dicho como si las hubiera vivido. Como si Elena estuviera hablando a través de ella.
Las lágrimas le quemaban los ojos, pero no lloró.
Tenía que estar ahí. Para María. Para lo que viniera después.
Su mente daba vueltas, buscando una explicación que no existía.
Una razón. Una lógica. Algo que encajara.
Pero no había nada. Solo aquellas palabras, dichas por una boca que no debería conocerlas, en una noche que no debería significar nada más que el descanso después del amor.
No había respuesta. Y quizá no tenía que haberla. Quizá algunas cosas no necesitan explicación. Solo necesitan ser aceptadas.
María se movió de nuevo. Los párpados le temblaron.
Lentamente, abrió los ojos. Parpadeó un par de veces, confundida, sin saber dónde estaba.
Vio el techo. La luz de la luna. El cuerpo de Aine junto al suyo.
Y luego el rostro de Aine, pálido, con los ojos brillantes y una expresión que no había visto nunca.
—¿Qué pasa? —preguntó, con la voz aún áspera por el sueño—. ¿Aine? ¿Estás bien?
Aine no respondió. Solo la miró. Los dedos le rozaron la mejilla con una suavidad que era casi una oración. Como si estuviera tocando algo sagrado. Como si quisiera asegurarse de que estaba ahí. De que era real. De que no se iba a deshacer entre sus manos.
Y luego, sin decir nada, la abrazó. La apretó contra su pecho con una fuerza que sorprendió a María. No fue un abrazo suave. Fue un abrazo de quien se aferra a lo único que tiene. De quien ha encontrado algo que llevaba toda la vida buscando y no piensa soltarlo.
—Aine... —murmuró María, confundida, pero devolviendo el abrazo—. ¿Qué ha pasado?
Aine tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, su voz era apenas un hilo. Roto. Lleno de una certeza que llevaba años esperando.
—Nada. No ha pasado nada. Solo quédate. Quédate conmigo.
María no entendía. Pero no preguntó. Se quedó allí, abrazada a Aine, sintiendo el temblor de su cuerpo, el latido de su corazón contra la mejilla, la humedad de sus ojos contra la piel.
Y aunque no sabía qué había ocurrido, supo que aquello era importante.
Supo que había llegado a un lugar donde ya no necesitaba respuestas. Solo necesitaba estar.
Aine la sostenía como si fuera a desaparecer.
Como si el viento pudiera llevársela. Como si todo aquello fuera un sueño del que no quería despertar.
Dieciocho años esperando. Dieciocho años sin saber si aquellas palabras eran verdad o simplemente el deseo de una mujer que se iba.
Y ahora, la respuesta estaba allí, en sus brazos, viva y cálida, respirando al ritmo del mar.
No necesitaba entenderlo. No necesitaba saber cómo era posible. Solo necesitaba sostenerla.
María cerró los ojos, apoyando la cabeza en el hombro de Aine. Sintió el calor de su cuerpo contra el suyo. Sintió la mano de Aine en su espalda, recorriéndola despacio, como si quisiera memorizarla. Y justo antes de que el sueño la venciera de nuevo, dijo, con la voz apenas un susurro:
—No sé qué he soñado, Aine. Pero sé que he estado contigo. Siempre he estado contigo.
Aine la abrazó más fuerte. Y esta vez, las lágrimas que llevaba tanto tiempo conteniendo cayeron, silenciosas, sobre el pelo de María.
No eran lágrimas de tristeza. No eran lágrimas de miedo.
Eran las lágrimas de alguien que lleva dieciocho años esperando una respuesta y por fin la tiene en los brazos.
—Lo sé —susurró Aine—. Siempre lo he sabido.
El mar siguió sonando. Constante. Eterno. La luna se reflejaba en la superficie del agua, y el viento movía las ramas de los eucaliptos con ese rumor que parecía parte de la casa.
María se durmió de nuevo. Esta vez sin sueños. Sin palabras que no le pertenecían. Solo el cuerpo relajado, la respiración profunda, la mano todavía sobre el pecho de Aine.
Y Aine se quedó despierta un rato más. Mirándola. Sintiendo el peso de su cuerpo. Escuchando el mar.
El pazo se quedó en silencio. Pero ya no era el silencio de antes. Era el silencio de dos personas que, por fin, no necesitaban palabras para entenderse.