Donde empieza el horizonte Capítulo 44 La entrega #2
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Capítulo 44 La entrega #2

María asintió, con los ojos húmedos, con el corazón latiéndole tan fuerte que creía que se le iba a salir del pecho.

—Por favor —dijo.

Y Aine la besó. Con la boca, con la lengua, con una lentitud que era una caricia y un descubrimiento al mismo tiempo. María sintió que su cuerpo se arqueaba, que las manos de Aine sujetaban sus caderas, que el placer la envolvía como una ola que no podía detener.

—No pares... por favor, no pares...

Aine no se detuvo. La llevó hasta el límite y, cuando María estaba a punto de dejarse llevar, ralentizó el movimiento hasta detenerse.

—Aún no —susurró—. Espera.

María abrió los ojos, confundida. Aine la miró con una sonrisa tranquila.

—Quiero ir despacio contigo.

María sintió que el corazón se le aceleraba. No era miedo. Era deseo, pero también la certeza de que quería seguir allí, con ella.

—No tengo miedo —susurró—. Quiero estar contigo.

—Hazlo —dijo, y su voz era un hilo de aire—. Quiero sentirte.

Aine la besó en la frente, en la nariz, en los labios. Y luego, despacio, con una lentitud que parecía detener el tiempo, introdujo un dedo, tanteando.

María sintió una presión, un dolor que no era insoportable, pero que la hizo contener la respiración.

—¿Estás bien? —preguntó Aine.

María asintió, con los ojos húmedos.

—Sí —dijo, y su voz temblaba—. Sí... no pares.

Aine siguió avanzando, despacio, sintiendo la resistencia. Y cuando María gimió, no fue de dolor, sino de la intensidad de sentir que alguien la tocaba donde nadie había llegado antes.

—Duele un poco —susurró María.

—Lo sé —respondió Aine, con la voz baja—. Coge aire.

María inspiró. Y entonces, con un movimiento suave, Aine rompió el himen. María sintió un dolor agudo que la hizo arquearse. Un sollozo se le escapó, pero no era de tristeza. Era el sonido de algo que se abría, de algo que nacía.

Aine se detuvo. La besó en la mejilla, en la frente, en los labios.

—Estoy aquí —susurró—. Tranquila.

María sintió que las lágrimas le caían por las mejillas, pero no eran lágrimas de dolor. Eran lágrimas de alivio, de asombro, de gratitud.

—Sigue —dijo, con la voz rota—. No pares.

Aine la besó de nuevo, y esta vez movió los dedos despacio, sintiendo cómo el cuerpo de María se abría, cómo el dolor se convertía en placer, cómo los gemidos de la joven se hacían más profundos, más urgentes.

—Así... así... —susurraba María, con la voz entrecortada—. No pares, por favor, no pares...

Aine la llevó al borde, y cuando María llegó, lo hizo con un grito ahogado, con todo el cuerpo tenso, con las manos aferradas a la espalda de Aine como si fuera el único ancla en medio de la tormenta.

Cuando todo terminó, María se quedó inmóvil, con el pecho subiendo y bajando, con los ojos cerrados, con el cuerpo tembloroso. Aine la abrazó, la besó en la frente, en los ojos, en los labios.

—¿Estás bien? —preguntó.

María abrió los ojos. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero real.

—Nunca he estado mejor —dijo.

Y entonces, con una voz quebrada por la emoción, añadió:

—Ahora yo.

Aine levantó la cabeza, sorprendida.

—María, no es necesario.

—Sí lo es —respondió María, con una determinación que no admitía réplica—. Tu cuerpo me reclama. Te deseo. Y quiero hacerte sentir lo mismo que tú me has hecho sentir a mí.

Aine sintió que el corazón se le salía del pecho. No por la intensidad del deseo, sino por la entrega con la que María le ofrecía su inexperiencia, su deseo desarmado.

—Ven —dijo Aine, tendiéndole la mano.

María se acercó, y Aine, despacio, le cogió la mano y la guió. No hacia la intimidad de Aine, sino hacia el cuerpo, hacia el descubrimiento.

—No necesitas saber —susurró Aine, con la boca en su oído—. Solo escucha. Escucha mi cuerpo.

María la miró y entendió. No se trataba de aprender.

Se trataba de estar, de escuchar y de dejarse llevar por lo que ambas estaban sintiendo.

Sus manos recorrieron el cuerpo de Aine con una mezcla de curiosidad y ternura, atentas a cada reacción, descubriendo poco a poco una intimidad que hasta entonces ninguna de las dos había compartido.

No necesitaba saber qué hacer. Solo escucharla, mirarla y dejar que Aine la guiara cuando lo necesitara. Y mientras permanecían juntas, sintió que algo cambiaba dentro de ella: ya no había miedo ni dudas, solo la certeza de estar viviendo algo que había elegido por sí misma.

Besó sus pechos con la misma ternura con la que Aine la había besado a ella. Sus labios se detuvieron sobre el pezón derecho, y Aine dejó escapar un gemido, un sonido que llevaba años sin pronunciar.

—Así —susurró Aine—. No te detengas.

El deseo envolvía a María por completo, y Aine, con sus gestos y su respiración, le estaba enseñando sin palabras lo que necesitaba saber. Sus manos recorrieron su piel, atentas a cada reacción, a cada cambio en su respiración.

—Así —susurró Aine, con la voz entrecortada.

María siguió su ritmo, pendiente de cada respuesta, dejándose guiar por ella sin necesidad de palabras. Poco a poco, ambas dejaron de pensar y se abandonaron a lo que estaban sintiendo.

Aine cerró los ojos y se aferró a ella, respirando cada vez más deprisa.

María sintió que el cuerpo de Aine se tensaba, que las caderas de la mujer que amaba se movían al ritmo de sus dedos, y supo que estaba haciéndolo bien.

Y entonces, Aine explotó. Su cuerpo se arqueó, sus manos se aferraron a la espalda de María, y un grito se le escapó de los labios, un sonido que era la liberación de una vida entera de silencio.

María la sostuvo mientras el orgasmo la recorría, sintiendo cómo su cuerpo temblaba, cómo su respiración se entrecortaba, cómo sus manos se aferraban a ella.

Y entonces, sintió que su propio cuerpo no podía más.

El deseo, la entrega, la intensidad de haber visto a Aine alcanzar el orgasmo, la habían llevado al borde.

Sin apartar su mano de Aine, María se tocó a sí misma, sintiendo que el placer la envolvía con una fuerza que no podía contener.

—Aine —gimió María, con la voz rota—. Aine...

Y llegó al orgasmo junto a ella, con el cuerpo tenso, con los dedos aún dentro de Aine, con la sensación de que aquel momento era el más intenso que había vivido nunca.

Cuando todo terminó, se quedaron abrazadas, con el pecho subiendo y bajando al mismo ritmo, con los cuerpos aún temblorosos, con la certeza de que aquello era el comienzo de todo.

Aine, con la voz quebrada, dijo:

—Me has hecho sentir algo que creí jamás volvería a sentir.

María sonrió, y con una ternura infinita, respondió:

—Y yo, contigo, he aprendido a vivir.

Se quedaron así, en la penumbra de la habitación, sintiendo el mar fuera y el latido de sus corazones, sabiendo que aquella noche era el horizonte que habían estado buscando.